v.e)S7<^v
Digitized by the Internet Archive
in 2011 with funding from
University of Toronto
http://www.archive.org/details/tratadodelalnnaOOvive
PROLOGO
Si en la historia de la filosofía española qui-
siéramos buscar un nombre que representara
en ella un valor semejante al de Descartes,
Bacon o Kant en la de Francia, Inglaterra o
Alemania, seguramente habríamos de acordar-
nos del de Luis Vives. Porque ni nuestros mís-
ticos, no obstante su alta y tal vez incompara-
ble significación, ni la pléyade de nuestros
grandes juristas, sin los cuales no podría expli-
car la historia cabal y completamente la perso-
nalidad de Grocio, y en su consecuencia, la de
todo el movimiento de la filosofía del derecho
en los siglos xvii y xviii, ni, en fin, ninguno de
nuestros teólogos, aunque alguno como Suárez
vaya vSubiendo cada vez más en jerarquía, pue-
den ser en justicia considerados, al modo de
Luis Vives, como un eslabón en la cadena del
pensamiento, sin el cual, no ya esta o la otra
actividad especulativa quedaría disgregada y
suelta de la totalidad y del conjunto, sino que
VI PROLOGO
la evolución y la continuidad lógica de la filo-
sofía entera quedaría truncada y deshecha.
En efecto, bastará para justificar nuestra
aserto, la sencilla consideración de que no
podríamos comprender nunca el alcance y la
significación de la filosoñ'a moderna si desco-
nociéramos el valor sustantivo y la finalidad
suprema del Renacimiento, y éste sería inexpli-
cable si prescindimos de lo que en él represen-
tan, especialmente Erasmo y nuestro gran pen-
sador.
Hemos de ver, por tanto, en Luis Vives, un
filósofo que entra por derecho propio en la
historia universal de la especulación filosófica,
aunque su intelecto tenga, como era y será
siempre necesario en semejantes casos, aquella
modalidad y aquella característica distintiva e
inconfundible de la raza y del pueblo de donde
procedía. Esto quiere decir, que la doctrina y
la concepción total de nuestro filósofo na
puede ser íntegramente comprendida si no es
considerada desde el doble punto de vista de
lo humano y de lo nacional, o si se quiere,
de lo universal y podríamos decir genérico y
objetivo de la indagación filosófica, y desde
aquel otro, en que la propia especulación se nos.
ofrece condicionada y como moldeada por los
elementos inseparables de su propia esencia^
PRÓLOGO VII
el del lugar y el del tiempo, y el que a nosotros
ahora más nos importa, el de su raza y su na-
cionalidad. O si se nos exigiera una mayor
concisión en lo que queremos expresar, que
habrá que estudiar en Luis Vives, su doble cua-
lidad de filósofo y de español, cuando se pre-
tenda conocer el valor íntegro de su doctrina
en la historia de la cultura.
Ahora bien, si después de enfocada de esta
manera nuestra atención, nos preguntamos en
primer término, cuáles son las aportaciones más
decisivas de carácter y valor universales que
nuestro genial pensador hace a la investigación
filosófica, nos sería muy difícil dar una contes-
tación rápida y sencilla, como podría darse de
cualquiera otro filósofo de su representación y
de su categoría. Y, sin embargo, tal vez no fue-
ra imposible encontrar en sus libros, los gérme-
nes unas veces, las raíces otras, en ocasiones
las plantas ya formadas, cuyas flores han embe-
llecido más la cultura europea de la época mo-
derna, y cuyos frutos han sido atribuidos a sus
más grandes representantes.
¡Cuántas veces por entre las líneas de sus
obras inmortales hemos sido llevados a inter-
calar nombres como los de Comenio, Bacon,
Descartes, Newton, Leibniz, Kant y aun los de
poetas como Shakespeare o Calderón, cuando
VIII PROLOGO
hemos sorprendido coincidencias, y probable-
mente repeticiones de sus mismas ideas, en las
páginas más profundas y características de estos
genios incomparables! Y es que ningún otro
gran pensador de su época representa, como
Luis Vives, el entronque del espíritu moderno
en toda su inagotable complejidad y policro-
mía, con la cultura greco-romana y con lo más
excelso y supremo de la inspiración genuína-
mente cristiana. Y así es como se explica, que
no sepamos a punto cierto dónde situarlo, si
entre aquella corriente de pensadores que han
hecho de la conducta y de la acción, de la mo-
ral propiamente dicha, la finalidad última e in-
superable de la humanidad en la tierra, o en
aquella otra, para la cual, la ciencia, la especu-
lación, el conocimiento, es cifra y compendio,
alfa y omega de cuanto, como seres de razón,
nos está encomendado realizar en el mundo.
Tocaba a un español realizar la obra de pre-
sentar a la filosofía del siglo xvi, una concep-
ción genial y admirable, en la que se equili-
braran y se armonizaran perfecta y adecuada-
mente estas dos tendencias, que desgarran más
que escinden y separan las modaUdades del es-
píritu moderno, y tal vez sea ésta la enseñanza
más preciada que nos haya dejado a sus com-
patriotas. Porque bien pudiera suceder, que la
PROLOGO IX
misión que nos toque realizar en el campo de
la indagación filosófica, cuando propiamente
seamos un órgano vivo de la investigación, sea
el de llevar al acuerdo y a la conciliación en un
plano más complejo, y en su consecuencia más
elevado, teorías y doctrinas que se ofrezcan
como antagónicas e irreductibles para otras po-
siciones menos complicadas del intelecto. Pue-
blo el nuestro el más vario y rico de composi-
ción de todos los de Europa, en cuyo territo-
rio se han entrecruzado las lenguas, las artes,
el derecho, la ciencia y la filosofía de las civili-
zaciones más diversas y apartadas, ^no será el
propiamente llamado, cuando purifique y des-
envuelva los elementos vivos y eternos de esas
culturas, para encontrar el sentido y la fórmula
de humanidad en que todas necesariamente han
de coincidir?
Cuando vemos que nuestro Luis Vives es el
pensador en que aparecen como definitiva-
mente unidos Platón y San Pablo, Aristóteles
y San Agustín, Cicerón y Séneca con los Evan-
gelios, el Cristianismo en suma, con el espíritu
de Atenas y de Roma, y al propio tiempo le
vemos abrir ancho camino al estudio amoroso
y paciente de la naturaleza en toda su inagota-
ble variedad, sacar a plena luz de la reflexión
el valor sustantivo e irremplazable de la mate-
PROLOGO
mática para toda la investigación científica,
mostrar el influjo del arte en la cultura y en la
formación del espíritu, describir con mano fir-
me y segura el sistema de educación que en
sus orientaciones fundamentales pudiera ser-
virnos en el siglo en que vivimos como ideal y
definitivo, distinguir y separar inapelablemente
las ciencias particulares de la metafísica, y mos-
trarnos, por último, en el siglo xvi, el programa
de la vida ciudadana de nuestros tiempos ma-
duros de libertad, y todo ello sin violencia, con
la aparente sencillez con que el árbol produce
sus frutos o la fuente vierte su agua, no puede
parecer absurda nuestra anterior afirmación.
[Ejemplo lleno de enseñanzas y de promesas
el de nuestro gran filósofo, de lo que podría
ser esta raza si hubiera tenido en sus manos los
medios y los instrumentos de cultura de otros
pueblos!
Ahora bien, si circunscribiendo nuestra aten-
ción al problema del concepto y de la posición
que la psicología deba tener en la enciclopedia
de las ciencias, nos preguntamos cuál era la
concepción de Luis Vives, podríamos tal vez
definirla con rigurosa exactitud, respondiendo
sencillamente, que es la dominante y casi ex-
clusiva de los psicólogos contemporáneos.
Y en efecto, coincidiendo con ellos, separa
PROLOGO XI
de la metafísica y hace de la psicología una
ciencia particular y completamente indepen-
diente; adelantándose a todos, se propone estu-
diar primero los fenómenos del alma, para aco-
meter después la indagación racional de su na-
turaleza, porque «sólo por sus operaciones po-
demos conocer las cosas que no son accidentes» ;
hace descansar los cimientos de la pedagogía
en la ciencia del espíritu, ya que «lo primero es
conocer el artífice para saber qué actos hemos
de esperar de él»; considera, por último, el es-
tudio y conocimiento del elemento fisiológico
como imprescindible para comprender cabal-
mente el desenvolvimiento y el alcance de los
fenómenos psíquicos, y de un modo especialí-
simo, ¡quién habría de decírselo a Lange y a
AV. James!, de las emociones.
Si tenemos en cuenta que cualquiera de es-
tas ideas, que ahora podemos enumerar de pa-
sada y sin esfuerzo, cómo el niño de nuestras
escuelas puede decirnos cuántos y cuáles son
los continentes, de qué gases se compone el
agua, cuál es el volumen del sol, etc., repre-
sentan una fase nueva, mejor dicho, un tras-
torno en la concepción tradicional y más hon-
damente arraigada en la cultura europea res-
pee toa la naturaleza y a la función del es-
píritu en el mundo, y que es un pensador el
XII PROLOGO
que la sustenta, que nace en el siglo xv y en
un país tan poco propicio para novedades y re-
voluciones en las doctrinas como el nuestro,
surgirá, sin duda alguna, en nuestra mente la
más decidida admiración.
Surgirá la admiración, y también la amargu-
ra, si somos llevados a pensar, en que habiendo
nacido entre nosotros el hombre que no sólo
escribe en la época moderna el primer tratado
de psicología, con el carácter y con los méto-
dos de que al presente se valen los investiga-
dores, sino que se aventura a emplear y utilizar
sus enseñanzas en la educación (aspiración que
ahora es cuando empieza a abrirse camino en
los pueblos más adelantados), fundando en ella
todo el sistema v los diferentes arados de la
instrucción, seamos también de los que más
rezagados nos hallemos en la senda abierta
por el filósofo genial.
Tiempo era ya de hacer asequibles para to-
dos las enseñanzas de nuestro gran maestro, y
honda gratitud merecen los que publicando sus
obras rinden tamaño servicio a nuestra cultura.
¡Ojalá que ello sirva para que en adelante po-
damos presentarnos en la historia del pensa-
miento como dignos poseedores de tan sobe-
rana y excelsa herencia!
Martín Navarro.
INTRODUCCIÓN
EL PADRE DE LA PSICOLOGÍA MODERNA
POR EL PROFESOR FOSTER WATSON
El "padre" de la Psicología moderna es, en mi opinión^
Juan Luis Vives. Podrá objetárseme que si empleamos
la palabra "moderna" en una significación literal rigurosa
deberíamos retroceder hasta Aristóteles, ya que el gran
fi'lósofo señaló el origen y desarrollo de la Psicología pre-
socrática, hizo la critica de la doctrina de Platón y agru-
pó y organizó la de aquellos de sus predecesores sobre
que se sustentaba; y además, mediante sus propias inves-
tigaciones y con su inteligencia, elaboró un sistema orgá-
nico de Psicología, que ha reclamado incesantemente, y
todavía reclama, un estudio cuidadoso durante cerca de
veintitrés siglos, Santo Tomás de Aquino, quince siglos
después de Aristóteles, reafirmó los soportes esenciales de
la Psicología aristotélica, completándola con una inter-
pretación racional, en la que en muchos casos se anticipó
al pensamiento moderno (i).
No liay duda de que se puede señalar por este camino,
la línea del avance continuo de la Psicología desde Aris-
tóteles, considerándolo como el verdadero fundador de esta
(i) El Rev. Profesor Michael Maher ha señalado el pa-
ralelo entre Santo Tomás de Aquino y la Psicología moderna.
en su interesante obra Psychology Empirical and Rational.
XIV INTRODLCCION
■ciencia. Pero nuestra actual división de la historia en
antigua, media y moderna, nos obliga á adoptar nuevos
puntos de partida, no obstante lógicamente, guiados por
el principio de la continuidad, sea erróneo considerar es-
tas grandes divisiones como cortadas y aisladas las unas
de las otras. Aun cuando en el Renacimiento, en el pe-
ríodo del quince y del diez y seis, hubo de desenvolverse
una firme y concentrada atención hacia los problemas psi-
cológicos, como igualmente para todo lo referente á las
^'humanidades", el resurgimiento más importante de la
ciencia psicológica ha sido determinado manifiestamente
por los grandes pensadores Aristóteles y Santo Tomás. de
Aquino. y era de esperar que continuaran su progreso los
que partían de ellos como de su base.
Se ha dicho con frecuencia, que el ''padre" de la Psi-
•cología moderna fué Renato Descartes (1596-1650). Sin
tratar de disminuir la gloria de las conquistas efectivas
debidas á Descartes, á su tiempo y á su pueblo, en la es-
fera de la Psicología, sería extraordinario, razonando a
priori. que la época del Renacimiento (desde 1450 en ade-
lante) hasta el nacimiento de Descartes (1596). no hubiera
podido producir un pensador notable en una clase de saber
tan esencialmente humanista como la referente al espíritu.
Algunos escritores están de acuerdo en considerar á Fran-
cisco Bacon (1561-1626) como el precursor de la Psicolo-
gía moderna. Bacon fué. sin duda, el defensor más influ-
yente del método científico y empírico de todo el siglo xvii.
Y la Psicología ha logrado sus mayores progresos por el
cfmpleo de este método. De esto se ha inferido que ha
sido Bacon el primero que ha señalado los comienzos de
la Psicología moderna. Pero ni Bacon ni Descartes han
sido los primeros escritores del Renacimiento que dirigie-
ran su atención á la ciencia psicológica, ni siquiera los
•defensores del método empírico de la inducción. En el
más amplio sentido de la palabra, cada hombre es un psicó-
logo, V todos emplean el método inductivo; por tanto, la
paternidad de ambos es no solamente tan antigua como
Aristóteles, sino por lo menos como el hombre mismo.
INTRODUCCIÓN XV
Pero el consciente valor de la inducción como un método
Qe indagación y de descubrimiento en los problemas filo-
sóficos, y especialmente e'n los psicológicos, debe retro-
traerse dentro de la época del Renacimiento, más allá de
Descartes y de Bacon, y en un determinado aspecto^ hasta
Juan Luis Vives (1492-1540).
Vives manifiesta de una manera explícita su pensamiento
respecto á la significación del método empírico inductivo,
en su estudio sobre el origen de las artes. El nacimiento
de las artes, dice Vives, fué deibido á la observación, uni-
da con el razonamiento. "Desde muy al principio fué se-
ñalada otra observación con el asombro de su novedad,
para las necesidades de la vida; de un grupo de hechos
aislados, el espíritu formaba una ley universal, que con
e] apoyo y confirmación de otros varios, era considerada
como permanente y verdadera. Después, este conocimiento
era transmitido á la posteridad. Otros agregaban sus ob-
servaciones encaminadas al mismo fin y para el mismo
uso. y esta suma de materias y de conocimientos hecha
por, hombres de grande y brillante inteligencia, dio naci-
miento á las diferentes ramas del saber, ó sea á las ar-
tes... Todo lo que hay en las artes, estuvo primero en la
naturaleza, de modo semejante á como las perlas se en-
cuentran en las conchas ó las piedras preciosas entre la
arena (i)." La idea por la cual Vives llevó al campo del
método empírico inductivo la formación de las artes y
de las ciencias fué para él de capital importancia cuando
abordó el estudio teóricamente del problema de la Psi-
cología.
En 1538 publicó Vives su obra de Psicología titulada
conforme á la de Aristóteles: De Anima et Vita. La de-
(i) Para el estudio de las relaciones de Francisco Bacon
y Juan Luis Vives, véase Rudolf Günther, Inwicweit hat
Ludzvig Vives die Ideen Bacas von Verulan vorbereite'r (1912),
y en cuanto al influjo de Vives sobre Descartes, véase Ro-
mán Pade, Dic Affectenlehrc des Joliannes Ludovicus Vi-
ves (1893).
XVI INTRODUCCIÓN
dicó á D. Francisco, duque de Béjar; y á uno de sus descen-
dientes, otro Duque de Béjar, dedicó también Cervantes,
en 1605, El higenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha,
En el prefacio de la obra dice Vives claramente que
él no escribe de las cosas del espíritu de una manera neg-
ligente ó puramente convencional, pues reconoce que el
conocimiento del alma se relaciona con asuntos ''de la
mayor utilidad". Para gobernarse uno á sí propio debe
conocerse á sí mismo y no ciertamente los huesos y la
carne, los nervios y la sangre, aunque todo ello también;
mas lo que quería que se estudiase es la naturaleza y cua-
lidad del alma, su ingenio, facultades y afectos, así como
explorar en lo posible sus diversas y largas revueltas y
sinuosidades... He pensado, dice, por dichas razonas, ex-
plicar algunas cosas acerca de asunto tan importante, y
nmcho más cuando en ésta como en las distintas materias
de conocimiento, han mostrado indiferencia los filósofos
modernos, contentándose con lo que dejaron escrito los
antiguos; si bien, para no estar totalmente ociosos, agre-
garon algunas cuestiones, ya de explicación casi imposi-
ble ó ya sin utilidad alguna después de explicadas"...
Primeramente, 'ios antiguos, al tratar asuntos tan re-
cónditos, cayeron y se enredaron en grandes absurdos; y
no es extraño que juzgasen tan mal del alma, como cosa
que no se percibe por ningún sentido corporal, cuando
tales necedades dijeron de aquello mismo que recibimos
mediante los sentidos''.
Deliberadamente \'ives abandona como siempre el mé-
todo ''de refutar las falsas opiniones acerca del alma, más
numerosas que en ninguna otra materia, cosa que sería
muv trabajosa, larguísima y con más espinas que frutos
por resultado" (i). Él quiere emplear "no sólo aquellas
palabras de origen y uso popular, sino también las de los
<i ) Vives, sin embargo, enumera con alguna extensión las
"falsas opiniones" de sus predecesores en la investigación
psicológica en su De Causis Corruptarum Artium y en su De
Vertíate Fidei Christianae.
INTRODUCCIÓN XVII
doctos, para acomodar á nuestro lenguaje las que son
poco congruentes ; pues no existiendo cosa más recóndita
que el alma, ni más oscura é ignorada de todos, son las
cosas que á ella atañen las que menos han podido expre-
sarse con vocablos perfectamente adecuados". Y tratán-
dose de los recónditos problemas del espíritu, el uso de
un vocabulario preciso es una parte esencial de la tarea
de hacerse entender de los que los estudian. Y en lo que
respecta á la elección del lenguaje y del vocabulario, será
bueno recordar cuánto influyó y con qué éxito en sus su-
cesores Francisco Bacon, Tomás Hobbes, Renato Descar-
tes, y, muy especiamente, sobre el libro tercero del En-
sayo sobre el entendimiento humano, de Locke, pues sería
difícil encontrar una maestría superior, tanto en el len-
guaje como en el arte de expresar las ideas con cla-
ridad.
En el prefacio dedicado al Duque de Béjar, dice Vi-
ves que se ha separado de los estoicos, "que al querer de-
finirlo todo y envolverlo en nimiedades sutiles, derrocha-
ron hasta el infinito su molesta palabrería", y no menos
de Aristóteles, que "como suele se muestra oscuro y as-
tuto".
Pasando al contenido del Tratado del alma, diremos
que Vives tiene más empeño en hacer resaltar la indepen-
dencia y originalidad de sus ideas que en señalar las coin-
cidencias que indudablemente se encuentran en su libro
con aquellas obr-as en que se ocuparon del mismo asunto
Aristóteles y Santo Tomás de Aquino (i).
Alejado Vives de la atmósfera de los torneos dialécti-
cos que favorecían la vanidad de la victoria más que es-
timulaban para la investigación de la verdad, se hallaba
en una situación favorable para encontrar los nuevos ca-
minos. El método psicológico alabado en su época exigía
la discusión del problema respecto á la naturaleza del
(i) Véase T. G. A. Kater, /. L. Vives und seine Stellung
su Aristóteles; G. Hoppe, Die Psychologie des J. L. Vives;
K. Pade, Die Affectenlehre des /. L. Vives.
II
XVIli INTRODUCCIÓN
alma, y sin embargo. Vives se atrevió á escribir su Tra-
tado del Alma, en el cual dice: "Xo nos importa saber qué
es el alma, aunque si, y en gran manera, saber cómo es y
cuáles son sus operaciones (i). Esta sencilla renuncia
de la metafísica en obsequio del examen descriptivo de
las actividades del espíritu, era un resultado necesario y
natural de la protesta de \'ives contra los antiguos méto-
dos académicos para la disputa que cerraban la puerta
á todo progreso, ya que no se podía ir más allá en la
conclusión de lo que se contenía en las premisas, v éstas
descansaban en último término, sobre abstracciones aprio-
rísticas. De esta manera, la discusión respecto á la natu-
raleza del alma empezaba en lo desconocido y acababa, ó
únicamente buscaba el apoyo de una autoridad, que era
igual y fundamentalmente desconocida (ya que no se la
hacía objeto de indagación). Mves. consecuentemente, ale-
jó de su propósito la discusión de la esencia del espíritu.
y en su lugar hizo una investigación cuidadosa de las
manifestaciones del alma en todas las actividades de la
conciencia." \'eamos ahora, dice, "lo que es el alma''. Pero
esto no puede hacerse directamente, puesta y como pre-
sentada ante la vista la nuda esencia del objeto, sino ves-
tida y como en pintura, con los colores más propios y ade-
cuados que podamos. Ella habrá de ser observada en sus
operaciones, porque no se ofrece á nuestros sentidos, mien-
tras que con todos estos, aBÍ internos como extemos, po-
demos conocer sus obras.
"Se demuestra la bondad de! autor de la naturaleza
para con nosotros con grandes pruebas y por todos lados ;
puso á nuestra disposición con la mayor abundancia, todo
aquello que nos conviene, y la señal más evidente de no
convenirnos algo, es el que esté apartado, sea raro y di-
fícil de adquirir."
"Quien encareció que nos conozcamos á nosotros mis-
mos, no quiso se entendiese con respecto á la esencia del
alma, sino de los actos necesarios para la moderación de
(i) Página 55 de la traducción.
INTRODUCCIÓN XIX
las costumbres ; para que, rechazado el vicio, sigamos la
virtud que ha de conducirnos adonde pasemos la vida más
feliz, siendo sapientísimos é inmortales (i)." Es doctrina
fundamental de Vives la de que el valor del conocimien-
to depende de su valor para la práctica. El método de ob-
servación para estudiar las manifestaciones de nuestra
alma tiene un valor de aplicación que no necesita que se
le demuestre. Aun cuando, sin género de duda, la forma-
ción del conocimiento era considerada como la única de un
propio valor intelectual, un estudio profundo de las pa-
siones como se presentan en nosotros mismos y en los
grandes personajes de la historia, puede tener un alto va-
lor moral, presentándolas como ejemplos y como conse-
jos. Vives lo comprendió así, y consagró uno de los tres
libres del Tratado del alma al estudio crítico y constructi-
vo de las pasiones.
Hemos visto anteriormente que Vives pone la finalidad
de los estudios psicológicos en la observación de las ma-
nifestaciones del alma al exteriorizar sus actividades. Y
de este modo, cuando observamos los resultados de la ac-
tividad psíquica en la fenomenología numerosa de los
conocimientos, de los sentimientos y de los deseos, tanto
€n nosotros como en los demás, nos situamos en el punto
de vista de 'la psicología empírica. Por esta razón, debe
ser considerado Vives como el mantenedor de la defensa
de este método antes que Francisco Bacon y que Renato
Descartes. No era muy largo el paso que había que dar
para llegar desde la Psicología empírica que se limita á
describir el proceso de la actividad mental en 'los otros,
a la de registrar por el camino de la investigación psi-
cológica los resultados de las indagaciones de lo que apa-
rezca en nuestra propia conciencia. Así, podemos encon-
trar en Vives pruebas manifiestas del empleo reflexivo de
la introspección como método empírico, que es el que ca-
racteriza de una manera especial a los últimos investiga-
dores; y como estas aplicaciones son los primeros ejem-
(i) Páginas 54 y 55 de la traducción.
XX INTRODUCCIÓN'
píos de la introspección reflexiva en los estudios psicológi-
cos en los tiempos modernos, ó sea desde el Renacimiento,
tienen un alto interés y signiñcación.
"Así, dice Vives, siempre que veo en Bruselas una casa
que se ve ro lejos del palacio real, me acuerdo de Idiá-
quez, de quien era aquélla, y en la cual hemos conversado
muchísimas vces y muy largos ratos, cuando se lo permi-
tían sus ocupaciones, acerca de asuntos sumamente gratos
para ambos. Pero no al contrario: es decir, no siempre que
me viene á la imaginación Idiáquez, pienro en aquel edi-
ficio : y es que en mi espíritu es más notable el recuerda
suyo que el de la casa (i)."
"Lo mismo sucede con los sonidos, con el sabor y eí
olor. Hallándome en \'alencia postrado con la fiebre, y ha-
biendo comido cerezas con mal sabor de boca, siempre que
comía esta fruta, después de pasados muchos años, no sólo
me acordaba de la calentura, si no que me parecía tenerla
en aquel momento (2)."
Estos ejemplos de la aplicación del método introspectivo
se relacionan con el estudio que hace Vives de la asocia-
ción de dos ideas [recordatio gemina]. Y dicho sea de paso^
no es cierto, como afirman algunos escritores, que la teo-
ría de la asociación empiece con David Hartley. ó con los
dos Mili, ni siquiera con Tomás Hobbes ó con Juan Loc-
ke. La explicación de este fenómeno mental se remonta á
Aristóteles, Pero ha de reconocerse que se debe á Vives el
(i) Página 79 de la traducción. Vives sostiene que nuestro-
espíritu va más fácilmente de lo más pequeño á lo más gran-
de, que al contrario. Podría pensarse, según esto, que la casa
opuesta al palacio nos llevaría á recordar el palacio; pero Vi-
ves cumple cortésmente con su amigo, sin dejar de ser psicó-
logo, cuando dice que la casa de su amigo le recuerda lo más
importante, ó sea la idea elevada de su amigo y sus conver-
saciones de antaño.
(2) Vives agrega que, por esta razón, en la "mnemotec-
nia" los "recursos" para excitar la memoria no deben des-
pertar un interés que aparte la atención excesivamente de las
cosas que se trata precisamente de evocar con ellas.
INTRODUCCIÓN XXI
progreso que se inicia en el Renacimiento con el desarrollo
de la doctrina de Aristóteles, ya que ningún otro autor
antes que él hizo de ella una exposición tan exacta y tan
completa. Por esto, sir William Hámilton, el más erudito
de todos los filósofos ingleses, dice, al ocuparse de la his-
toria de la Psicología, que "en las observaciones de Vives,
está compendiado y resumido casi todo lo más importante
de cuanto se ha dicho sobre el problema de la asociación
mental, lo mismo antes que después'^ (i).
Antes que sir William Hámilton, Samuel Taylor Co-
lerjrdge (2), en su empeño de demostrar que no debe con-
siderarse á Hobbes como el primer descubridor de la ley
de la asociación, como había sostenido Sir James Mac-
kintosih, recuerda el Tratado del alma, siendo el primer
pensador inglés que fijó su atención en el modo de enun-
ciar Vives la ley de la asociación de las ideas. Esto
ocurrió en 1817. Las palabras de Vives, anotadas por Co-
leridge, son éstas: Quae simul sunt á phantasia comprc-
hcnsa si altenitrum occurrat, solet secum alterum repre-
sentare (3), Coleridge creyó que Vives "subordina todas
las demás causas de evocación á la asociación del tiempo".
El espíritu va "a causa ad affectum, ab hoc ad instru-
mentum, á parte ad totum; de éste al lugar; del lugar á
la persona ; de ella á sus antecedentes, á sus consiguientes,
á los contrarios, á los semejantes, en proceso indefini-
do" (4), como siendo partes de una impresión total en la
que cada una debe tirar de la otra. La cadena de las ideas
asociadas debe tener sus eslabones más lejanos, unidos
por el mismo pensamiento, no siendo más que partes in-
tegrantes de dos ó más impresiones totales. El ejemplo
(i) The Works of Thomas Reid (incluidas las Disertacio-
nes de Hámilton), 1872, 7^ edic. Vol. H, pág. 896, column. f.
(2) Véase la Biographia Literaria, cap. V.
(3) "Las cosas que se han recibido juntas en la fantasía, rd
presentarse una de ellas, suele llevar también consigo la otra."
Página 79.
(4) De la causa al efecto; del efecto al instrumento; de la
parte al todo. Página 78.
XXII INTRODUCCIÓN
señalado por Coleridge es aquel en que dice Vives, que
de "Escipión se viene al pensamiento del imperio turco,,
por las victorias de aquél en Asia, donde reinaba An-
tíoco" (i).
Hámilton, que muestra, por cierto, poca inclinación
hacia Coleridge, nos dice que todo el último capítulo de-
la historia de 'la ley de la asociación, fué transcrito, usan-
do una antigua expresión, del alemán Maass, y es "un
plagio grotesco". Y respecto al aserto de Coleridge de que
Vives circunscribe la ley de la asociación a la de la
sucesión de las representaciones en el tiempo, esto es,.
á los fenómenos del recuerdo, Hámilton sostiene termi-
nantemente que Vives no encierra la asociación de las
ideas en el tiempo y en el espacio, sino que encuentra
sus manifestaciones en todas las relaciones del pensamien-
to y del sentimiento.
La doctrina sostenida por Vives en su exposición de la
ley de la asociación de las ideas nos prepara para enten-
der algunos pormenores de su estudio empírico de la
memoria. De igual modo dice que tenemos dos manos,
poseemos dos clases de memoria, la de recoger y la de
retener (2). Las diferentes clases de memoria que hay en
los ihombres son debidas a 'la naturaleza; "así se dice qui?^
Temístocles se distinguió mucho en la memoria de cosas^
y Hortensio en la de palabras"; "unos recuerdan más
pronto y mejor los hechos curiosos; otros, los corrientes
y sencillos; quiénes, los públicos ó los privados, 'los an-
tiguos ó los recientes; quiénes, los propios, los ajenos,,
los vicios, las virtudes conformes es lo peculiar de su
condición, y según que atienda con preferencia á unas
ó á otras cosas, pues 'la atención es, en una palabra, la
que sanciona la memoria... Tiene grandísima relación
con la memoria el temperamento natural del cuerpo, como
es presumible le tuviesen TemJstocles, Ciro, Cineas y Hor-
(i) Página 78.
(2) Dos son las funciones de la memoria, como las de las
manos: "coger" y ''retener". Página 74-
'^
INTRODUCCIÓN XXIII
tensio... Se fa»vorece esta facultad mediante d régimen
entero de sustento, etc.. La memoria es más tenaz en el
tardío, como es más duradero el sello en la roca ó en el
hierro, aunque también los rápidos vuelven al recuerdo
con más facilidad".
"A lo hondo de la memoria bajan las cosas que desde
el principio se han recibido con atención y cuidadosa-
mente... Cuando á la memoria primera de cualquier ob-
jeto se une un vivo afecto, es luego su recuerdo más fá-
cil, pronto y duradero, como sucede con aquello que ha
penetrado en nuestra alma con gran tristeza o con gran
dolor; por lo cual hay en algunos pueblos la costumbre
de golpear cruelmente á los niños que presencian el des-
linde de sus campos para que se recuerden los límites res-
pectivos con más firmeza y duración."
"Adquiere la memoria gran vigor con el ejercicio y la
reflexión frecuente...", mientras las demás "dotes del en-
tendimiento no se deterioran con 'la interrupción y el
descanso, sino que, á menudo, con ellos se restauran y ad-
quieren mayor vigor; la memoria que no se ejercita se
embota y hace más tarda cada día y más floja por el ocio
y la quietud (i)."
"De cuatro distintas maneras se produce en nosotros
el olvido : cuando la imagen pintada en la memoria se
desvanece y borra por completo; cuando está como inte-
rrumpida y destruida en parte; cuando se oculta á nuestras
pesquisas, y, por último, si se halla como tapada ó cubierta
con un velo, según pasa en las enfermedades ó en la ex-
citación pasional." Vives describe el medio de evocar una
representación por "una restauración verificada mediante
pesquisa y como por grados que nos lleven á lo que bus-
camos; v. gr., del anillo al orfebre, de éste al collar de
una reina, de aquí á (la guerra que hizo su marido, de la
guerra á sus caudillos, de éstos á sus antepasados ó á sus
hijos, de ellos á los estudios en que se ocupaban, sin que
exista límite a'lgunO' en la serie (2)." Estas conexiones se
(i) Páginas 75, 76 y -]-].
(2) Páginas -]-/ y 78.
XXIV INTRODLCCION
extienden á toda clase de asuntos, además -de las de causa
y efecto y todas las demás que hemos visto en la nota de
Coleridge. Vives, por otra parte, describe un ejemplo, que
no cita Coleridge, pero que debe aquí recordarse, ya que
hemos acentuado su apelación á la experiencia: "Del nom-
bre de Cicerón se pasa al recuerdo de Lactancio, que fué
su imitador, y luego á 'la calcografía, porque dicen que
fué el libro de este escritor el primero ó de los primeros
que se estamparon con caracteres de cobre."
"Esta reminiscencia es: ó natural, que pasa de unos
pensamientos á otros, ó voluntaria é impuesta cuando el
alma se propone llegar al recuerdo de alguna cosa. Las
cosas anotadas y dispuestas por orden son fáciles de re-
cordar ; y de este género son las verdades matemáticas.
También los versos son adecuados para su fiel retención
en la memoria, á causa del orden de su composición y de
su estructura... que no permite divagar al espíritu (i)."
El arte mnemotécnico se basa en ordenar lo que se con-
fía á la memoria. Y precisamente al tratar de este asun-
to es cuando \'ives da su definición de la asociación. En
lo que respecta á las representaciones, "las que se han
recibido juntas en la fantasía, al presentarse una de ellas,
suele lle^'ar también consigo la otra" (2). Según su cos-
tumbre. Vives aclara con ejemplos su definición: "En la
construcción de la memoria hay, pues, ciertos asientos
como para mirar el sitio de las cosas, desde el cual nos
viene á la mente lo que en él sabemos que ha pasado ó
se halla. En ocasiones, simultáneamente con una voz ó
un sonido, nos sucede algo agradable, y así nos gusta
siempre que volvemos á oírle, ó nos entristecemos si lo que
ocurrió fué triste ; cosa que también se observa en los ani-
males; si al llamarlos de cierto modo se les da una cosa
que les guste, acuden alegres corriendo cuando oyen el
mismo sonido; pero si han recibido daño, tiemblan al oírle.
(i) Página 78.
(2) Página 79-
INTRODUCCIÓN XXV
por el recuerdo de los golpes (i)." Volviendo á la memo-
ria, el otro factor que señala Vives para que ésta sea
clara es el del tiempo. Una distinción del tiempo es nece-
saria en la reminiscencia, pues de otra manera se confun-
den las imágenes, de igual modo á como si sobre las
figuras de un cuadro se pintaran otras después de un in-
tervalo. Las imágenes que hemos recibido con el ánimo se-
reno y tranquilo dejan impresa su huella con mayor du-
ración y son más permanentes cuanto más atención les
prestemos. A esto se debe que las cosas que hemos visto
ú oido en los primeros años de nuestra vida, sean recor-
<iadas con mayor claridad. La causa es que en esa edad,
la mente está libre de cuidados y de cavilaciones. Todas
las cosas nos parecen nuevas. Por esto, observamos aten-
tamente los objetos que despiertan nuestra admiración y
los imprimimos profundamente en nuestro ánimo. Los viejos
se hallan preocupados y "reina en su alma un tumulto que
ni la permite admitir cosa alguna tranquilamente, ni ha-
llarla cuando se la busque" (2).
Al ocuparse de la asociación por semejanza, advirtió
Vives la facilidad para incurrir en error en la memoria
y en el juicio, cuando pasamos de lo semejante á lo se-
mejante: "así tomamos Jorge por Gregorio, problema por
entimema, Píndaro por Pándaro, semejanza que en los
vocablos puede estar en el medio, en el principio ó en el
fin. Igualmente puede ofrecerse el error con respecto á lo
que considera nuestra atención en ciertas cosas ó perso-
nas, v. gr., confundir á Xenócrates con Aristóteles; á
Escipión con Quinto Fabio en las guerras púnicas, á Iro
con Codro por la pobreza, á Narciso con Adonis por su
hermosura, al ajo con las cebollas por el olor. Del mismo
modo hay errores de lugar y de tiempo, de actos y de
cualidades, cuyos ejemplos son innumerables".
"La semejanza perturba también la memoria como los
(i) Página 79.
<2) Página 82.
XXVI INTRODUCCIÓN
ojos corporales, de suerte que no puede formar juicio acer-
tado de aquello que se la confía confusamente (i).''
Vives observa que los errores pueden nacer de la "pr:-
mera atención", que es cuando se forman las imág^enes, ó
en la "se^nda reflexión" que tiene lugar "cuando saca con
falsedad lo que se había depositado íntegramente en la
memoria" (2). "Ayer, dice, " me saludó en la plaza Pe-
dro de Toledo; pero no me fijé bastante, ni me acuerdo
bien de ello ; ahora, si alguno me pregunta quién fué el
que me saludó, si no dice otra cosa, me acordaré más fá-
cilmente que si añade: ¿Fué J. Manrique ó L. Abilense...
Así es doble el trabajo: primero, el de rechazar lo no con-
o-ruente ; después el de determinar lo que se pide (3)."
Podemos, pues, ver que Vives tuvo un concepto claro
del método empírico de la introspección, tal como ahora se
le entiende en su Tratado del Alma, y que lo aplicó exten-
samente en el desarrollo de la doctrina, de la asociación,
de las ideas, y en la exposición de los fenómenos de la
memoria.
Emitió, además, Vives otras ideas que tienen un gran-
dísimo interés. Así, por ejemplo, su reconocimiento de
la necesidad de observar y distinguir la gran variedad
de las diferencias que hay en el espíritu del hombre, fué
la base del tratado de su compatriota Juan Huarte, escrito
€n 1557 y traducido al inglés (4) por Richard Carew en
1594 con el título de Examination of Men's IVits. Este
libro desarrolló la idea expuesta claramente por Vives en
el Tratado del Alma, al pedir que se observaran los im-
pulsos y las inclinaciones de los niños en sus juegos y
en sus actos, lo cual serviría de base psicológica para co-
nocer la clase de estudios y profesiones á que se les de-
biera dedicar.
(i) Página 80.
.(2) Página 81.
(3) Página 81.
(4) Indirectamente, pues se hizo la traducción de la ita-
liana de Gamillo Camilli.
INTRODUCCIÓN XXVII
Vives distinguió exactamente la ratio speculativa, cuya
fin es la verdad, de la vatio practica, cuyo fin es el bien.
El profesor español, biógrafo de Vives, D. Adolfo Bo-
nilla y San Martín, observa la semejanza de esta teoría
de Vives con la que después desarrolló Kant. Vives in-
trodujo las formas subjetivas y a priori de la razón, que
él llama anticipationes seu informationes naturah's, y' como
advierte Bonilla, el término anticipationes naturales, es el
que fué empleado por Francisco Bacon en el libro prime-
ro de su Novum Organum. No habrá teólogo ni filósofo
que al revisar el Tratado del Alma no le sorprenda el
modo cómo se estudian los problemas del libre albedrío y
de la inmortalidad, pues se plantean de una manera inte-
resante y característica de esta época del Renacimiento.
Los educadores deberían realizar lo que Vives escribe-
en el Tratado del Alma, en el capítulo que denomina "De-
Discendi Ratione" {De la man-cra de aprender). Busca un
camino seguro para la valoración de los diversos auxi-
lios y disciplinas intelectivas aportadas por los sentidos, y
dice: "La marcha del aprendizaje va desde los sentidos
á la imaginación, y de ésta á la mente, como pasa en la
vida y en la naturaleza; así va el proceso de lo simple-
á lo compuesto, de lo particular á lo general, como es de-
observar en los niños... Por eso son los sentidos los pri-
meros maestros (í), en los cuales está como encerrada la
inteligencia (2)." En este capítulo es donde refiere Vives
con admiración rayana con la incredulidad, "que ha habí -
do un sordomudo de nacimiento que aprendía las le-
tras" (3), y advierte que la enseñanza implica necesaria-
mente y en gran medida el aprender por cuenta propia.
Aun cuando las teorías psicológicas de Vives, apunta-
das anteriormente, tienen un carácter marcadísimo de mo-
(i) Compárese con la afirmación repetida de Rousseau, de
que nuestros primeros maestros de Filosofía son nuestro-^
pies, nuestras manos y nuestros ojos.
(2) Página 113.
(3) Página 114. • '
XXVIII INTRODUCCIÓN
dernidacl, debe quedar bien sentado que descansan sobre la
antigua concepción de la Psicología aristotélica; y también
que las modificaciones introducidas en su exposición están
frecuentemente inspiradas de un modo indiscutible por los
escritores escolásticos, ya que como español, Vives recha-
zó cuidadosamente el utilizar á sabiendas ninguna fuente
árabe. Al estudiar las clases de almas como diversas de las
"cosas inertes" (ó sea el mundo de lo inorgánico), las cla-
sifica atendiendo al poder que tengan para moverse á sí
mismas. Así, atribuye, conforme con los psicólogos aris-
totélico-escolásticos, un anima aleus á las plantas; uíi ani-
ma sentieus á los zoófitos; un anima cogitans íi las aves y
á los cuadrúpedos, y un anima rationalis al hombre (i).
El alma del hombre es la "fonna'', de la cual es el cueree
la ''materia''. El cuerpo humano es, por tanto, una poten-
cia que pasa al acto por su unión con el alma. Ahora bien,
este principio de la forma haciendo pasar á acto la poten-
cia de una materia apropiada, es el que caracteriza á to-
dos los seres vivos, ya sean plantas, zoófitos, aves ó ani-
males superiores, incluso el hombre. Los seres vivos más
inferiores, ó sea las plantas, poseen el movimiento de la
nutrición, del crecimiento y de su aniquilamiento ; los ani-
males tienen, además, la sensación y cuanto se debe al des-
arrollo de las sensaciones; en el hombre, por último, se
combinan todas estas cualidades, incluso los deseos que na-
cen de la sensación, del conocimiento y de la razón. El
alma humana, por tanto, es un resumen de todas las de
los seres inferiores, poseyendo además sus facultades aní-
micas características. De aquí surge la necesidad de un es-
tudio del "a'lma vegetativa" como de la del "animal", lo
mismo que de la del hombre. Por esto se hace un examen
de los fenómenos físicos de la nutrición, del crecimiento,
de ía corrupción, de la generación, de la sensación (en
su significación general) y de los sentidos especiales (en
la jerarquía que en ellos existe), á la par de los del cono-
•cimiento interior, incluyendo la imaginación, la fantasía
(i) Véase la página 63.
INTRODUCCIÓN XXIX
(en 'la cual "los ángeles buenos y los malos intervienen
para excitarla") (i), el sensus communis, el juicio y la ra-
zón. Vives nos da también su definición del alma (2), y al
hacer la habitual indag-ación del lugar en que se halla, sos-
tiene con Aristóteles, que "informa'- el cuerpo entero, au,i
cuando localiza ciertas y determinadas funciones, como,,
por ejemplo, en la parte delantera del cerebro radica la
fantasía, en la posterior, la memoria, y asi sucesivamente.
Todas estas materias se contienen en el libro primero
del Tratado del Alma. El libro segundo está dedicado aÁ
alma racional y á sus facultades. El hombre, dice, ha sido
creado para la felicidad eterna y provisto de todos los
medios para conseguirlo. Esto exige implícitamente la
inteligencia para conocer d bien, la memoria para con-
servar este conocimiento y la voluntad para obrar. Aquí
tenemos la trinidad del espíritu. Vives describe también,
al por menor 'las funciones de la simplex intelligentia (sim-
ple aprehensión) de la memoria, y el recuerdo, la inteli-
gencia compuesta, 'la razón, el juicio, el ingenio y sus va-
riedades individuales, el lenguaje, la manera de aprender
(en donde indaga por qué son tan pocos los pueblos cul-
tos), el conocimiento, la contemplación, la voluntad (y aquí
discute el problema de su libertad (3) del alma en gene-
ral, del sueño, de los ensueños, de'l hábito, de la vejez, de
la longevidad, de la muerte y de la inmortalidad del alma
humana.
En el libro tercero, que trata de las emociones ó pasio-
nes ("affectus"), Vives sigue indudablemente á Santo To-
(i) Página 46.
(2) En esto sigue fundamentalmente las enseñanzas de
Aristóteles: "Animan esse agens praecipium, habitam in cor-
pore apto ad vitam."
(3) Es digno de notar que Vives protesta enérgicamente
contra la doctrina admitida, aun muicho después de su época,
de que la voluntad es gobernada ó influida por el movimiento
de los astros. El valor de esta protesta se aprecia sólo cuando-
se recuerda que Tycho-Brahé, Keplero y el mismo Galileo
examinan las clases de nacimientos. (Cast nativitiesj
XXX INTRODUCCIÓN
más de Aquino (i). Hemos ya visto cómo Vives considera
á la intlig-encia como la que nos suministra el conoci-
miento del bien que ha de realizar la voluntad, y, por tan-
to, debemos prepararnos para hallar que las "pasiones" son
estudiadas en su relación con el fin supremo en que ter-
mina la volición.
Las pasiones son definidas por Vives como los "actos
■de 'las facultades otorgadas á nuestra alma por la natura-
leza para seguir el bien y evitarnos el mal" (2). Existe.
pues, una evidente y estrecha relación entre la ética y Ca
Psicología. El estudio de las pasiones, aun cuando inspira-
do en Santo Tomás de Aquino, es grandemente ampliado
con el auxilio de la propia observación é introspección.
Por esto, aunque tiende á hacer resaltar el interés de In
descripción y el análisis de cada una de las emociones, y
nos presenta las enseñanzas recogidas en su trato con las
personas de todas las clases sociales, no se muestra tan
cuidadoso como acostumbra en su Psicología de las emo-
ciones en general. A 'lo menos, no nos ofrece una doctri-
na completa de las pasiones como Descartes y Espinosa,
encaminada, por una parte, al estudio de la emoción en
abstracto, y, por otra, á formular una teoría basada aprio-
rísticamente en la matemática, sino que, apartándose por
entero de puntos de vista tan generales, señala las rela-
ciones empíricas más profundas, situándose con ello en la
corriente de pensadores que media entre la Escolástica y
ja escuela moderna de la Psicología descriptiva cuando
hace el estudio de las pasiones.
Vives reduce todas las pasiones á las del amor y el
odio. Todo 'lo que nos excita y estimula hacia el bien, pro-
(i) Aristóteles queda fuera. Como dice Mr. Hicks, "Aris-
tóteles sublimó el elemento cognoscitivo, y su estudio de las
emociones y de la voluntad es completamente inadecuado, si
la ética y la retórica son las llamadas á dirigir la balanza."
Aristotle de Anima, pág. lxxii. Para el paralelo entre Vives
y Santo Tomás, véase Román Pade. Die Affectenlehre des
J. L. Vives, Münster, I. W., 1803.
(2) Página 184.
INTRODUCCIÓN XXXI
viene del impulso del amor, y todo cuanto nos empuja al
mal, nace de la pasión del odio, en alguna de sus formas.
Esto no obstante, Vives estudia completa y separadamen-
te las pasiones siguientes: el amor, los deseos, la venera-
ción y respeto, misericordia y simpatía, alegría y gozo,
el deleite, la risa, el disgusto, el desprecio, el odio, ía en-
vidia, los celos, la indignación, la venganza y la crueldad,
üa tristeza, las lágrimas, el miedo, la esperanza, el pudor
y el orgullo.
Vives estuvo profundamente influido por la doctrina
-de Platón, especialmente la que expone en el "Fedro" y
en el "Banquete". Pero el valor del libro tercero, como e^
de los otros dos, descansa en la aplicación del método em-
pírico, encontrándose en ellos numerosas observaciones y
ejemplos aportados por su propia experiencia introspecti-
va. El renombrado psicólogo Harold Hoí¥ding (i), en la
parte de la Psicología del sentimiento, al estudiar la risa,
recuerda que Vives observa que "cuando tomamos después
de sufrir hambre largo rato, los primeros bocados, no po-
demos contener la risa'' (2). Hóífding dice también que,
según Vives, lo que el hombre expresa mediante la risa,
Jo manifiestan los animales con "saltos y gritos infor-
mes" (3).
En su obra, propiamente psicológica desde el principio
hasta el fin, de 'los tres libros del Tratado del Alma, se
destaca Vives como el mantenedor del método empírico
moderno de la Psicología; pero cuando realmente adverti-
mos cuan completamente convencido estaba de su método
■de observación y de introspección, es cuando vemos la per-
sistente aplicación que de él hace en sus restantes obras y
en los asuntos corrientes de la vida. Y, en efecto, él aplica
constantemente sus principios psicológicos á la práctica
profesional, á la conducta privada y de un modo especial
(i) Bosquejo de una psicología basada en la experiencia,
traducción española de D. Domingo Vaca.
(2) Página 250 de la traducción de Hóffding.
- (.3') Página 252 de ídem.
XXXII INTRODUCCIÓN
á la función de la enseñanza. O dicho de otro modo, se
propone adoptar para la vida práctica preceptos y méto-
dos psicológicos, capaces de crear el hábito de -la intros-
pección y formar por su influjo una atmósfera psicológi-
ca, podríamos llamarla así, que nos lleve á pensar como-
psicólogos.
Ningún otro escritor de] Renacimiento sobresalió tan-
to como Vives en aplicar á la educación la ciencia psico-
lógica. En su obra De tradendís discip-linis (1531), está
manifiesto su deseo de dar á '1?. ciencia de la educación una
base psicológica. En efecto, hemos visto que su estudia
de la memoria es una de las notas más sobresalientes y
características de su Tratado del Alma; pero al desarro-
llar este asunto desde el punto de vista del educador, es
cuando más de acuerdo se presenta con los más recientes
investigadores al demostrar que, 'lo mismo el aprender
rápidamente 'como la fidelidad de la retención en la me-
moria, están auxiliados por ]a adecuada disposición en que
se nos presente lo que haya de enseñarse. Por esto, agre-
ga, es exacta la afirmación de que el arte de la memoria,,
es uno de los que, según se ha dicho, carecen los animales.
Sus preceptos para el cultivo de la memoria no han
perdido su interés y su actualidad. Veamos, como ejemplo,
algunos de ellos: Lo que queramos recordar debe ser im-
preso en nuestra memoria, estando los demás en silencio ;
pero no necesitamos guardarlo nosotros, pues con frecuen-
cia, lo que hemos aprendido en alta voz, es retenido más
profundamente... Es una costumbre muy útil la de escri-
bir aquello que necesitamos recordar, pues queda señalado
con la pluma lo mismo en la mente que en el papel. La
atención se conserva fija por tiempo más largo, sobre un
asunto, cuando escribimos algo sobre él. Muy grande es el
auxilio que recibe la memoria si se asocian los razona-
mientos á la materia enseñada.
Hemos visto también que Vives considera al interés
como un enérgico estímu'lo para alcanzar el conocimiento
de las cosas. Él llega en esta dirección de Herbart, no sólo
hasta el reconocimiento de que el interés es un medio para.
INTRODUCCIÓN XXXIII
la adquisición de los conocimientos, sino á sostener que
una amplia asociación de los intereses debiera ser el fin-
último de todos nuestros estudios. En la historia de Car-
los Virulus, el maestro de Lovaina, se nos presenta Vives
con una orientación tan moderna como la del propio Her-
bart. Cuando el padre de un alumno lo visitaba, sobre toda
en la hora de 'la comida, tenía un gran empeño en averi-
guar la profesión y las cosas que le interesaban, y se pre-
paraba con el mayor cuidado para hablar'le de los asuntos
que le eran más familiares y apropiados á sus gustos; j
le requería para que hablase con entera libertad de aque-
llo que le era más conocido. De este modo se enteraba en.
un corto tiempo de pormenores que habría difícilmente re-
cogido con el estudio de muchos años.
La educación, para Vives, no es la preparación para
una profesión, sino el crecimiento de la sabiduría práctica
para la vida y la preparación para la perfección moraL
En todo Centro de enseñanza debieran reunirse los maes-
tros cuatro veces al año y discutir d "modo de ser'' dé-
cada alumno para encaminario á la clase de estudios para
que presentara mayores aptitudes. El premio del estudia
no es el dinero ni la posición, sino la cultura del espíritu,
que es cosa del más excelso é incomparable valor, puesta
que el joven debe llegar a ser, mediante una buena ense-
ñanza, más instruido y má;s virtuoso.
Los niños deben ser clasificados desde un principio en
la escuela, y los maestros son los llamados á averiguar
para qué clase de estudios son aptos ó incapaces. Como
Ascham afirma, Vives advirtió primeramente que las in-
teligencias más lentas son frecuentemente las más segu-
ras. La admirable variedad de las aptitudes de los niños
exige la más celosa atención por parte de 'los maestros
para "clasificar" á los alumnos. Esto no obstante, difíci'l-
mente se encontrará alguno que no pueda ser instruido,
si se le da una enseñanza adecuada. Y dicho sea de paso,,
probablemente ningún otro escritor del Renacimiento ha
tenido tan en cuenta el problema de la enseñaza de los
mentalmente retrasados, de los sordomudos y de los ciegos,.
in
XXXIV INTHODUCCION
aun cuando no estuviera Vives en condiciones de señalar los
•métodos más adecuados para su educación ; pero su sólido
•conocimiento de los principios que deben guiarnos para el
cirltivo de las diferentes capacidades de los individuos, lo
puso en camJno de darse cuenta de todos los prablemas que
surgen relativos á este asunto. En este respecto, Vives, ad-
virtió con entera claridad que el problema fundamental de
la educación se identifica con el de la propia actividad. Así,
abliga a'l alumno á conservar las libretas de apuntes en las
•que reúne el diverso material requerido para su instruc-
ción. Estas libretas deben tener capítulos y secciones, y
-agregarles un índice hecho por el propio alumno, en el
que se contenga convenientemente clasificado todo cuando
haya aprendido en los libros y con los maestros. O dicho
-de otra forma, el alumno debe hacer con la extensión con-
■\-eniente, su propio libro de texto.
También nos ofrece un buen sistema de castigos ba-
sado en la Psicología, y sin duda alguna su experiencia
-psicológica de los exámenes, si podemos llamarla de esta
manera, es un avance de los métodos de nuestro tiempo, pues
en vez de comparar niño con niño (una vez comprobada
la gran diversidad de aptitudes que existe originariamen-
te), exige lógicamente la comparación del niño consigo
mismo, desde su primera época. "Haced que los alumnos
conserven sus resúmenes escritos en los primeros meses
con el fin de compararlos con los hechos últimamente, y
así podrán medirse los progresos alcanzados para perse-
verar en el buen camino."
De este modo, si por un lado advierte la decisiva im-
portancia de construir la Pedagogía sobre una firme base
psicológio, no deja de reconocer, por otro, el valor de la
Psicología en la función del maestro. El conocimiento de
Ja Psicología es, por consiguiente, esencial, para todos los
que se ocupan de cosas referentes al espíritu. ''El estudio
del alma humana ejerce el influjo más útil en toda dase
-de indagaciones á causa de que nuestro conocimiento está
•determinado por la inteligencia y por el poder de nuestra
jnente y no por las mismas cosas."
INTRODUCCIÓN XXXV
Las obras de texto de Psicología recomendadas poi
Vives son la Biblia y 'los tres libros del tratado De Ani-
mg^<% Aristóteles (especialmente el segundo y el tercero)^
Lcl^ apropiados para 'la lectura son : Alejandro, Temistio^
Timeo de Locrio, el Timeo de Platón, Proclo, Calcidio y
el escritor del Renacimiento Marsi'lio Ficino, al cual con-
sidera como guía para la lectura de Plotino. El médico,
para Vives, está en una esfera intermedia entre el estu-
dio de la naturaleza y el del espíritu, que deben hacerse
en el hogar. Pero su aspecto psicológico debe tenerse en-
cuenta, no sólo para los estudios, sino también para los
hábitos profesionales. No deberá ser enfermizo, ni pálido'
de rostro, para que no nos recuerde aquella frase def
evangelio: "¿La herida del médico mata?" Por otra par-
te, el médico debe vestir con más 'limpieza que lujo. En
su primera visita al enfermo, se revestirá interior y exte-
riormente de madurez y vivacidad. Todos los informes que
juzgue necesarios deberá recogerlos de la manera más
afable y cortés. Lo oirá todo con paciencia... Jamás cam-
biará sus impresiones ni discutirá con otros médicos ttt
presencia del enfermo ó de gentes que no estén enteradas
de lo que convenga hacer. De otro modo, fácilmente se
despierta en ellos cierto desencanto y hasta la antipatía
contra unos conocimientos que llegan á ser considerados
muy adecuados para hacer nacer la incertidumbre.
Desde el punto de vista del historiador, las guerras
y las batallas deben ser considerados como casos de la-
trocinio. El (historiador deberá estudiar las cosas propias
de la paz, señalar la gloria y la sabiduría de los actos vir-
tuosos, y tomar nota de 'las desgracias que acarrean los
perversos. La sabiduría de los grandes estadistas y !a
de los que 'han descollado en el arte, los filósofos, los san-
tos y todos los que .han sobresalido en las cosas útiles
deben ser estudiados con el mayor cuidado é inteligencia-
Es indigno, dice, conservar en nuestra memoria los he-
chos de la historia debidos á nuestras pasiones, y olvidar
los que han nacido de lo más excelso de nuestra razón. La
historia analiza la esencia de 'la naturaleza de los seres
XXXVI INTRODUCCIÓN
humanos y también las manifestaciones del sentimiento y
de la inteligenx:ia del espiritu, y en su consecuencia, su
asunto descansa manifiestamente sobre una base psicológica.
Por igua'l motivo, el político y el economista deben
estudiar las aptitudes y facultades de los pueblos. De aquí
nace el valor predominante de 'la experiencia. Frecuente-
mente los ancianos conversan entre sí de un asunto de su
competencia y llaman á los jóvenes para que los escuchen.
Este es un método excelente para que aprendan los jóve-
nes con tal que se les aparte de la compañía de cavilosos
y obstinados disputadores. "Un hombre, como dice Cice-
rón con harta razón, que desea más vivamente alcanzar
un triunfo dia'léctico que descubrir la verdad, ocasiona la
ruina de la verdadera sabiduría." Vives describe además las
características mentales que deben adornar á los adminis-
tradores del pueblo, y recomienda para el estudio de la
filosofía política, no solamente á Platón y Aristóteles y á
otros escritores clásicos, sino también la Utopia de To-
más Moro y 'la obra de Erasmo Christiani Principis Ins-
íitutio. De un modo igualmente evidente, el jurisconsulto
debe ser un psicólogo, pues debe conocer la naturaleza uni-
versal de todos los hombres, las ideas y las costumbres de
los diversos pueblos, y, especialmente, las de las gentes de
su propio país. Esto lo consigue mediante una rica expe-
riencia de ver, oír y de observar 'las cosas, leyendo las
acciones de los antepasados y los cambios y mudanzas que
han tenido lugar en el Estado. Estos hombres necesitan
iitia inteligencia viva, nn juicio penetrante, y al mismo
tiempo observar v valorar cada una de las circunstancias.
Todas estas indagaciones de Vives, tienen un aspecto
de modernidad por su constante empleo de la observación
psicológica, y son buen ejemplo de la gran atracción que
siente hacia la experiencia y hacia 'la enseñanza adquirida
por el ejercicio y actuación del propio entendimiento sobre
el medio que nos rodea, abandonando el antiguo sistema
de las abstractas explicaciones y discusiones metafísicas
sobre los fundamentos últimos de los fenómenos psico-
lógicos.
INTRODUCCIÓN XXXVII
La característica más señalada de los escritores del
primer Renacimiento es su atención concentrada y retros-
pectiva sobre la cultura y la sabiduría de la edad de oro
de Grecia y d'e Roma. Pero, esto no obstante, Vives nos
dice en un notable pasaje (i) : "El estudiante no debe aver-
gonzarse de entrar en los talleres \ factorías, ni de inte-
rrogar á los obreros para conocer los pormenores de sus
oficios. En otro tiempo, los hombres cultos desdeñaban
enterarse de estas cosas, que tanta importancia tiene para
la vida, conocerlas y recordarlas. Esta ignorancia ha ido
creciendo en los siglos sucesivos hasta la época actual...
y por este motivo, nosotros sabemos más de la edad de
oro de Cicerón ó de Plinio que de los tiempos de nuestros
abuelos." Su profundo interés por el aspecto empírico de
la PsicoloMa se infiltraba consecuentemente en su con-
cepción general, impulsándolo á organizar inteligentemen-
te los problemas fundamentailes del espíritu humano y de
los fenómenos relativos á su evolución y desarrollo y
también de su acción y reacción sobre el medio en que se
desenvuelve. No puede ponerse en duda que Vives par-
ticipaba de la creencia de que la experiencia y las glorio-
sas conquistas del pasado arrojaban mucha más luz sobre
Cí^tos problemas de lo que se cree probablemente en la
actualidad ; pero su posición psicológica respecto de la vida
y del medio actual en que se desenvuelve es evidentemen-
te mucho más moderna que antigua ó medioeval.
El nombre de Vives ha caído en Inglaterra en un in-
merecido olvido, no obstante haber vivido en esta nación
ei glorioso valenciano durante algunas temporadas de
cada año, desde 1523 hasta 1528, en que tuvo que abando-
narla á causa de su conocida adhesión hacia la reina Ca-
talina de Aragón, la cual confiaba tanto en su talento, que
deseaba fuera su abogado ante el Tribunal tan hábilmen-
te constituido por Enrique VIII para juzgarla.
En sus visitas á Inglaterra enseñó Vives la Retórica
en Oxford, en el Coleg'io del Corpus Christi, al cual es-
(i) De Tradendis Disciplinis, lib. IV, cap. VI.
XXXVIII INTRODUCCIÓN
tuvo asociado. Fué uno de 'ios amigos del cardenal Wol-
sey y de Tomás Moro. Y sin embargo, es sorprendente
como antes hemos visto, que se deba á un gran escocés,
á Willianí Hámilton, que Vives haya logrado su alto re-
nombre en el siglo pasado, y también que otro escocés^
Dugal Steward, sea tal vez quien con mayor precisión
haya puesto de relieve el carácter moderno de la doctrina
de Vives en este párrafo notable :
"De todos los escritores del siglo xvi_, parece que fué
Luis Vives el que tuvo la más viva y certera visión de
la nueva tarea que iba á ocupar al espíritu humano. El
siguiente pasaje tomado de una de sus obras (i) no des-
merecía del NoT/uní Organum, de Francisco Bacon : "La
"comparación que han heoho muchos entre la superioridad
''de los modernos sobre los antiguos con la altura de un
'"'enano puesto sobre las espaldas de un gigante, es al pro-
'*pio tiempo falsa y pueril. Nadie ha sido gigante, ni nos •
"otros somos enanos, sino hombres todos de la misma ta-
''11a, aunque estemos más altos que los antiguos, por haber
''sumado á su estatura la nuestra. Procuremos que en cada
''momento no les cedam.os en el estudio, en la atención, en
'"el cuidado y en el amor á la verdad; pues si carecemos
"de estas prendas, lejos de poder subir sobre las espaldas
''de los gigantes, anularemos las ventajas de nuestra pro-
*'pia estatura, quedando tirados en el suelo."
(i) De Causis Coruptarum Artium, lib. I, cap. V.
NOTA BIOGRÁFICA
He aquí algunas de las fechas más importantes de la
biografía de Luis Vives.
Vives nació en Valencia en el mes de marzo de 1492
y allí hizo sus primeros estudios, hasta que fué á Pa-
rís en 1509, en donde residió cinco años. De allí pasó á
Brujas y á Lo vaina, donde estuvo consagrado á la ense-
ñanza, teniendo entre otros célebres discípulos á Guiller-
mo de Croy que fué cardenal y designado para el Arz-
obispado de Toledo.
En 1522 visitó por primera vez á Inglaterra, en donde
ya conocía al cardenal Wolsey, encargándose por media-
ción de éste de la educación de la princesa María en el
año 1523. En este mismo año dio sus enseñanzas en 'la
Universidad de Oxford.
En 1524 volvió una corta temporada á Brujas y allí
se casó con Margarita Valdaura, hija de otro español,
Bernardo Valdaura. En los años su'cesivos dividió su tiem-
po entre Brujas é Inglaterra, hasta que en 1J28 'le fué
suprimida su pensión por el Rey, perdiendo después la que
le había asignado la Reina, una vez expulsado de dicha
nación, y ihabiendo fracasado* el proyecto de Catalina de
que fuera su abogado en su divorcio con Enrique VIII.
Después estuvo dedicado por entero al estudio, á la
enseñanza y á la redacción de sus obras más importan-
tes, siendo escrito el Tratado del Alma y de la Vida en
Í538. En esta época estuvo en París unos seis meses
Í1536J y en Breda (1537-38). De allí volvió á Brujas, en
donde murió á la edad de cuarenta y ocho años en 1540.
Entre dos amigos más célebres de Luis Vives deben
señalarse á Erasmo, á Tomás Moro y á Guillermo de
Budé.
M. N.
PREFACIO
DEDICADO Á DON FRANCISCO, DUQUE DE BEJAR,
CONDE DE BELALCÁZAR, ETC.
No hay conocimiento de cosa alguna más importante
que el del alma, ni tampoco más agradable, ni más ad-
mirable, y que tenga mayor utilidad para las materias
más altas, porque al ser el alma lo más excelente de
cuanto se ha creado bajo el cielo, y aun más que los cie-
los mismos, sucede que tenemos en mucho todo aquello
que podamos aprender acerca de ella. Hay en el alma
tal variedad, armonía y ornato, que no se ha hecho
pintura ni descripción semejante de la tierra ni del
cielo; es además inventora y artífice de las cosas admi-
rables de toda la vida, hasta el punto de que no es posi-
ble contemplarla sin sumo placer y gran admiración.
Desde luego, por radicar en ella la fuente y origen de
todos nuestros bienes y males, nada más conveniente
que el conocerla debidamente, para que, una vez limpio
el manantial, salgan puros los arroyos de todas las accio-
nes: pues mal podrá gobernar su interior y sujetarse á
obrar bien quien no se haya explorado á sí mismo. En
efecto: lo primero es conocer al artífice para saber
qué actos hemos de esperar de él, para qué cosas es apto,
ya como agente ó paciente, y para cuáles otras no lo es;
por eso aquel antiguo oráculo, famosísimo en el mundo
entero, mandaba establecer como primer paso en el ca-
PREFACIO
mino de la sabiduría éste: «que cada uno se conozca á
sí mismo»; y no ciertamente los huesos y la carne, los
nervios y la sangre, aunque todo ello también; mas lo
que quería se estudiase es la naturaleza y cualidad del
alma, su ingenio, facultades y afectos, así como explo-
rar en lo posible sus diversas y largas revueltas y sinuo^
sidades.
He pensado por dichas razones explicar algunas cosas
acerca de asunto tan importante, y mucho más cuando
en ésta, como en las distintas materias de conocimiento,
han mostrado indiferencia los filósofos modernos, con-
tentándose con lo que dejaron escrito los antiguos; si
bien, para no estar totalmente ociosos, agregaron algunas
cuestiones, ya de explicación casi imposible, ó ya sin uti-
lidad alguna aun después de explicadas; tal era su pru-
rito de gastar las fuerzas hablando de cosas en absoluto
vacías. En cuanto á los antiguos, al tratar asuntos tan
recónditos, cayeron y se enredaron en grandes absur-
dos; y no es extraño que juzgasen tan mal del alma,
como cosa que no se percibe por ningún sentido corpo-
ral, cuando tales necedades [dijeron de aquello mismo
que recibimos mediante los sentidos. Así, los estoicos,
al querer definirlo todo y envolverlo en nimiedades su-
tiles, derrocharon hasta el infinito su molesta palabre-
ría; Aristóteles, como suele, '"se muestra obscuro y as-
tuto.
Yo voy á exponer con más claridad lo que pienso
según la norma, no de la luz natural con que sueñan los
indoctos, sino de la verdad, la cual, tanto en la natura-
leza como sobre ella, es una solamente y no dos, error
del cual traté con bastante extensión en ei tratado de
la Corrupción de las ciencias, y hablaré luego en los li-
bros de la Verdad de la fe cristiana. Por ello no me ocu-
paré aquí en refutar las falsas opiniones acerca del alma,
más numerosas que en ninguna otra materia, cosa que
PREFACIO
sería muy trabajosa, larguísima y con más espinas que
frutos por resultado.
Ha costado en cambio gran esfuerzo el empleo de las
palabras, no sólo aquellas de origen y uso popular, sino
también las de los doctos, para acomodar á nuestro len-
guaje las que son poco congruentes; pues no existiendo
cosa más recóndita que el alma, ni más oscura é igno-
rada de todos, son las cosas que á ella atañen las que me-
nos han podido expresarse con vocablos perfectamente
adecuados; por eso hemos tolerado algunos, pulido y
luego adoptado otros, sustituido algunos, según el mayor
fruto para los lectores.
Este tratado expuesto en tres volúmenes: Del alma
de los brutos, Del alma racional y De las pasiones, he
determinado dedicarle á vuestro nombre, oh Francisco,
exclarecido Duque, no tanto por vuestros beneficios para
conmigo, que desde luego son muchos, y por vuestra
alta consideración hacia mí (lo que más estimo), como
porque sé que os complace ocupar en estos estudios
vuestro buen talento. Es además el Tratado de las pa-
siones que contiene el libro tercero, el fundamento de
toda la doctrina moral, privada y pública, la cual, según
oí de vuestros mismos labios en Bruselas, es la que os
subyuga y preocupa sobre todas las restantes, y con toda
razón, pues ninguna otra es de tan alta conveniencia para
un varón principal, si ha de gobernarse bien á sí mismo,
á los suyos y á la nación entera.
TRATADO DEL ALMA Y DE LA VIDA
LIBRO PRIMERO
División del asunto.— Sólo por sus operaciones pode-
mos conocer las cosas que no son accidentes — percep-
tibles por nuestros sentidos— ni están en ellos envuel-
tas. Vemos en el mundo natural ciertos cuerpos pesados
incapaces de movimiento, que ni se nutren ni crecen;
no mudan de lugar por impulso propio, sino que per-
manecen siempre fijos en el lugar en que desde el princi-
pio fueron creados por su autor, con sólo el cambio ex-
terior del aumento que sufren por agregárseles nuevas
moléculas, ó la disminución por sustraérseles otras, tal
como ya hemos explicado en la Filosofía primera. Otros
vemos que se nutren, crecen y disminuyen interior-
mente; los hay que se mueven por sí; otros tienen, ade-
más de esto, sentidos internos y externos; por último,
hay aquellos que están dotados de razón y de entendi-
miento. Los primeros, careciendo de toda fuerza y vigor
propios, no puede decirse que viven; los restantes, de los
cuales se afirma la vida, por tener aquel impulso inte-
rior, forman cuatro distintos grados: los que únicamente
reciben alimento, que se difunde por el cuerpo para cre-
cer y reproducirse; de ellos se dice que tienen vida ó fa-
cultad nutridora, y en este grupo se contienen todas las
especies; los que además han sido dotados de sentidos
que se aplican á la vida sensible ó senciente, como son
LIBRO PRIMERO
las esponjas marinas, las conchas y los llamados stirpani-
tnantia, en griego CwócpuTa; luego los que tienen, además
de sentidosexternos, una cierta vidaiinieligente,dotadade
memoria y de entendimiento, como las aves y los cua-
drúpedos; por último, los de vida racional ó humana, la
más excelente de todas, que ocupa un término medio en-
tre los seres espirituales y los corporales; tal es solamen-
te el hombre. Así se distingue la vida y el alma, de suerte
que es en unos alma alimentante; en otros senciente; en
otros inteligente, y racional en el hombre. De cada una
trataremos por separado.
Nutrición. — Es nutrición el acto de convertirse el
alimento, por virtud corporal, en el cuerpo mismo ya
antes animado; cualidad que existe de un modo fácil é
inmediato en aquellas materias que por sus efectos y con-
diciones son á propósito para que de ellas se sirva la
facultad de alimentarse propia del ser viviente; pues ni
la árida madera ni las cenizas son de este orden, aunque
á veces, por los cambios de las acciones naturales, pue-
dan convertirse en hierbas y en frutos; mas esta propie-
dad es ya remota, y entonces las cosas serían muy dis-
tintas de lo que antes eran.
Calor. — Dos son los principales instrumentos que en
el cuerpo tiene esta vida ó alma nutridora: el calor y la
humedad; de ellos el primero toca propiamente á esa
fuerza de alimentación, mientras que la humedad per-
tenece al calor. Mediante éste se conserva toda el alma
en el cuerpo; él es su más poderoso instrumento; é igual-
mente por el calor, ó sea por el amor divino, se difunde
la vida de nuestras almas: y sin él todo languidece y
muere. Como éste á su vez necesita de algo á modo de
alimento para no desvanecerse y extinguirse en se-
guida, se ha agregado á los cuerpos vivos la hume-
dad, cual freno del calor, para continuar la vida. El
calorse apodera de la humedad y la absorbe; en cam-
SED V HAMBRE
bio la humedad refresca al calor, contiene y estorba su
rapidez.
Regresión del agua á la frialdad. — Y no es otra
cosa ese paso del agua á la frialdad que mencionan al-
gunos filósofos al decir que el agua caliente vuelve poco
á poco á la condición de su naturaleza, ó sea al frío. En
efecto: lo mismo el agua que el vino, el aceite y cual-
quier otro líquido vuelven al frío cuando se los aparta
del fuego; pues lo húmedo por virtud de su naturaleza
al principio refrena el calor; y si es en gran cantidad,
le consume; por lo cual todo cuerpo húmedo, aunque
esté caliente en ocasiones, se enfría al quitarle la cale-
facción exterior. Volvamos al cuerpo del animal.
Sed y hambre. — Cuando en él domina el calor, apa-
rece la sed, que es el deseo de lo húmedo y lo frío, ó sea
lo contrario de aquél; entonces hay que aumentar la
humedad para aplacar los ardores. Si llegan á la fatiga
al obrar el calor sobre la humedad y ésta sobre aquél,
han menester ambos restaurarse y adquirir fuerzas; á
esto se llama hambre, apetito de caliente y de húmedo si
el líquido que la sed desea es menos que el del hambre;
pero cuando se aumenta exageradamente el líquido, se
amortigua el calor y decaen las ganas de tomar alimento,
es preciso restablecerle con remedios. Toda nutrición
es hasta cierto punto más fuerte que la medicina; aun-
que el alimento repara lo .animal y aquélla los instru-
mentos de la fuerza, que son de estudiar más ade-
lante.
Se ha dado el apetito á los seres vivientes para su con-
servación, ó sea para que se dirija á las cosas útiles y
evite las nocivas; y esa conservación se verifica por el
equilibrio entre la humedad y el calor cuando mantie-
nen igualdad ó una desigualdad que se quita fácilmente
por la comida ó la bebida; desigualdad por cierto muy
agradable como uno de los placeres naturales, un inci-
8 LIBRO PRIMERO
tante para desearlos y á la vez condimento para que
resulten gustosos en extremo.
De todo ello aparece claro que nos nutrimos con las
materias análogas y nos curamos con las contrarias;
porque la proximidad de las cosas hace más fácil el trán-
sito de unas á otras, cosa que sucede en la nutrición.
Así, los animales recién nacidos se alimentan perfecta-
mente con leche, por ser lo más semejante á la masa de
la cual se han congregado las partículas de su cuerpo.
Base de todos los alimentos. — Constan los cuerpos
naturales de los elementos mismos de la naturaleza, que
sabemos son cuatro: fuego, aire, agua y tierra. De todos
ellos nos alimentamos, ya de su misma naturaleza, ya
de la de sus propiedades: del agua y el aire por sí pro-
pios, y por semejanza de las substancias acuosas, espiri-
tuosas, calientes, sólidas y duras, como cerveza, vino,
aceite, carnes, frutas y especias. Como el cuerpo del ani-
mal debe ser sólido, á fin de que contenga los elementos
vitales que en él funcionan y no se dispersen y disuel-
van de pronto todos ellos, asimismo conviene que en los
comestibles haya algo sólido y como de la cualidad de la
tierra, que retenga otros líquidos y en el cual sealoje la
fuerza del calor y pasea la masa del animal. Este, de no
ser así, estaría siempre hambriento y nunca cesaría de
comer. En el mar, unos peces comen á otros, y los que
se cree sustentarse con agua del mar, toman de ella la
crasitud, y así se hallan peces hasta en las conchas y las
ostras, según demuestra su sabor aciduloso. Los seres
naturales fijos en el suelo chupan, por medio de sus raí-
ces, el jugo de la tierra, de cuya parte más tenue se pro-
ducen las hojas y flores: de la más densa, los frutos, y
de la que tiene el grado mayor de densidad la raíz, el
tronco y las ramas.
Se sabe igualmente que en todas las naciones se come
pan y viandas, ó lo que haga las veces de pan, como cas-
COCCIÓN
tañas, bellotas, raíces, pescados secos. Entre los anima-
les, los que son más gruesos y tienen calor más fuerte
en su compacta masa necesitan alimento de mayor fuer-
za y gordura; así sucede en el Norte y con los caballos
y asnos; el caballo hasta enturbia con sus patas el agua
que bebe, si acaso es demasiado líquida y en tanto poco
conveniente, como alimento tan delgado. Se cuenta de
algunos asiáticos que viven sólo con el olor de las fru-
tas, y muchos de nuestros españoles mueren en las
islas del Nuevo Mundo y en el otro extremo del Con-
tinente, á causa de la tenuidad del cielo y de los ali-
mentos; pues aquellos cuerpos sólidos, habituados á un
aire y alimentos más gruesos, no pueden sostener más
la vida.
Por la misma razón se dice que el agua pura no ali-
menta, sino que disuelve; ni la bebida por sí constituye
materia de alimento si no se agregan otras substancias que
la necesidad ó la gula inventaron, ó bien jugos de fru-
tas, como uvas, peras y manzanas.
Bebida. — Pero éstas son bebidas que nosotros usa-
mos; la natural es aquella que beben indistintamente
todos los animales y también los hombres que se rigen
sin artificio alguno por solo el dictado y enseñanza de la
naturaleza; por eso vemos que se presenta abundan-
tísima por dondequiera para todos los seres vivos. Así
como la humedad detiene el calor, éste siempre que
puede coge y absorbe aquélla.
Cocción. — Cuece y disuelve las substancias por vir-
tud y operación de su naturaleza; al cocerlas separan lo
útil al cuerpo de lo superfluo, y por tanto nocivo. Lo
útil para el cuerpo son los jugos adecuados á él, lo no-
civo es ó la materia árida ó el jugo extraño, y por lo
mismo perjudicial á la salud del cuerpo.
Lo útil se distribuye primeramente entre los miem-
bros; después se convierte en cuerpo del animal, y queda
ÍO LÍBRÓ PBÍMÉftO
abarcado ya y reconocido como parte del mismo por la
fuerza anímica.
Partes del alma vegetativa. — Muchos son los ofi-
cios y como funciones particulares de esta propiedad
nutridora que sirven á la general, á saber: la fuerza que
atrae hacia <íí el alimento, y que vemos también en las
plantas, las cuales extienden por todas partes las fibras
de sus raíces, á manera de dedos, para tomar de qué
alimentarse; por eso toda raíz tiene cierta natural fuerza
para romper y abrir; de tal suerte que estando sujeta en
la tierra puede abrirse paso por sitios duros y apreta-
dos, ya para extenderse, ya también para absorber lo
que haya de alimento en las cercanías. Mas poco le apro-
vecharía esta facultad de coger si desapareciese en segui-
da lo que se ha recibido; por eso hay otra retentora que
detiene y sujeta el alimento hasta tanto que se haga su
cambio adecuado mediante la potencia coctri^; viene
luego la purgatri^, que separa lo puro de lo impuro
y entrega esto último á la expulsara para que lo arroje
fuera y lo puro á la distributiva que lo difunda por los
miembros. Es la última de ellas la llamada función incor-
poradora; pero todas se relacionan y ayudan entre sí; en
efecto, el alimento se cuece antes de separarse, y se
separa antes de que se expela lo nocivo; la función de
atraer no cumple su cometido hasta que se haya eva-
cuado el cuerpo, ni la de cocer si no se ha expurgado el
anterior alimento. Y si alguna de ellas cesa en su ejerci-
cio, inmediatamente se siente en las demás cierta floje-
dad y desidia; tan grande es la armonía que entre todas
existe, y la proporción establecida por disposición divina
en el conjunto del cuerpo; ella nos mueve á la admira-
ción de aquel supremo Artífice cuya obra es tal que no
ya imitarla (cosa imposible para ningún otro poder ni
sabiduría) sino sólo comprenderla con el entendimiento
y la razón, es obra magnífica y hermosísima.
Partes vegetativas íí
Esas facultades no tienen su sitio establecido en el
cuerpo animado, de modo que cada una esté en un
miembro, y no en otro; sino que se hallan en todas las
partes y miembros, aunque en unos en mayor propor-
ción, y más expuesta á nuestra observación, mientras
que en otras, menos señaladas, más oscuras. Así es de
ver en los animales perfectos en cuyo estómago se veri-
fica la cocción á manera de tisana; en el hígado la de la
sangre, y en los miembros, la de la substancia animal.
Al principio es la substancia uniforme, igual sólo á sí
misma; luego, distinta y desemejante.
Tampoco se para nunca ni termina la función de
cocer, ni la de purgar ó la de expeler, pues el calor man-
tiene en constante ebullición lo húmedo; ni hay subs-
tancia alguna tan pura que no tenga heces que separar;
por eso todo el cuerpo del animal está como perforado
de poros y dispuesto para la expulsión de residuos que
se verifica día y noche, primero por los orificios abiertos
arriba y abajo: boca, nariz, oídos y ojos; después por
los llamados descargadores que hay en los sobacos y
junto á las ingles, en fin, por todo el cuerpo, se exhalan
heces más sutiles. Así lo demuestran también las cas-
pas y asperezas de la cabeza, el lavado de las manos
que siempre halla algo que eliminar, y del mismo modo
en los pies, como en toda otra parte del cuerpo. Por este
motivo necesita el animal tomar alimento tan á menudo
para que se restaure lo que continuamente perece: tal
facultad 7iutridora es la primera y la más sencilla de
todas, dada por Dios para el sustento del animal.
CAPÍTULO PRIMERO
DE LA FACULTAD ACRECEDORA
Vemos que todos los seres vivientes crecen de algún
modo y que muchos de ellos engendran otros semejan-
tes á ellos; es que se agrega á la facultad nutridora la
acrecedora en todos y la generadora en la mayor parte.
Al afirmar que la primera es universal, no se dice que
funciona siempre; pues las cosas acrecidas paran de
crecer y aun retroceden de modo que disminuyen y se
contraen como antes habían expansionado al aumentar.
En cuanto á la generadora, se presenta en época deter-
minada, cuando las fuerzas están desarrolladas; á su vez
se debilita por la disminución de vigor, y perece. Así,
pues, la potencia alimentadora es perpetua en el ser
vivo; la acrecedora y la que produce su semejante son
temporales; la primera de estas dos funciona desde el
nacimiento mismo hasta un cierto límite; la segunda,
sólo después de alcanzar determinados tamaño y fuer-
zas. Tratemos en primer lugar de la acrecedora.
No consiste ésta en una agregación por el exterior,
como cuando se edifica una casa, agregando maderas y
piedras, ó se hace un vestido, cosiendo telas, sino me-
diante el mismo artificio silencioso y oculto por el cual
nos nutrimos, esto es, al convertirse el alimento en subs-
tancia íntima se extiende la cantidad exteriormente. De
aquí que esa fuerza dimana de lo nutriente, y la comida
alimenta donde hay substancia dotada de cualidades
CAP. I, — DE LA FACULTAD ACRECEDORA l3
adecuadas y alimenta donde existe masa. Por eso creó
Dios los cuerpos de los animales á manera de esponjas,
teniendo todos ellos poros, unos más, otros menos nu-
merosos, por los cuales penetre el alimento y se difunda
la masa.
Hay quien incluye los metales entre las cosas dota-
das de alma, al ver que crecen también interiormente, lo
que parece no puede ser sin alimento, opinión que de
modo alguno es absurda, no habiendo motivo que impi-
da considerarlos como seres vivos que igualmente tie-
nen sus poros. Pero su aumento puede referirse más
bien á la adaptación de la masa que á la acción de la fa-
cultad acrecedora, lo mismo que crecen los manantiales
y ríos por agregación del agua, los peñascos en lo más
alto de la tierra y las peñas en la superficie.
Antiguamente también consideraban algunos el fuego
como ser vivo, y entre los primitivos romanos existía la
creencia religiosa, al decir de Plutarco, de que no se
apagaba, sino que se alimentaba y crecía. En realidad,
no es tanto el fuego un animal, como más bien algo muy
semejante á la virtud nutridora y acreciente, esto es, no
ciertamente causa, sino instrumento de dichas faculta-
des en el cuerpo animado, y ya Aristóteles infiere acerta-
damente que no es tal causa, por cuanto el fuego no
tiene término en su incremento, sino que se extiende
mientras haya materia que quemar, al paso que en el ani-
mal hay algún límite por razón del alma, ya próximo,
ya más lejano, según la fuerza y proporciones del calor
y la humedad, ó de los elementos naturales y primitivos
que la naturaleza infundió en la estructura misma cor-
pórea, ó ya también de los adquiridos después por la
cualidad del alimento, del lugar y del hábito. Todo ello
dentro de ciertos límites conocidos del Dios creador y
prefijados por el mismo á la naturaleza, de los cuales
nos es más fácil decir cuáles no son que señalar los que
14 LIBRO PRIMERO
son. En eíecto: el hombre jamás llegará á tener la eleva-
da talla del olmo ó de la encina, ni podrá estar contenida
en la pequenez de una hormiga el alma humana, pro-
vista V adornada de todas sus facultades é instrumentos.
Se ha dicho que hay gentes que adivinan desde el naci-
miento mismo de un niño la estatura que ha de tener;
pero esto habrá de entenderse más bien del tamaño en
general que respecto de un punto determinado, pudién-
dose decir, por la constitución de los miembros, de los
huesos y la proporción del conjunto, que será de poca
altura, regular ó mediana ó desmesurada; de cuerpo
cuadrado y muy compacto, ó por lo contrario. Y ^jcómo
sería de otro modo cuando tantas cosas hay que influyen
más tarde en ese punto? Así, por ejemplo, el alimento
seco ó húmedo, el vivir en sitio caluroso y árido ó frío
y con humedad. Pues el líquido aumenta los cuerpos, y
por eso son más corpulentos los animales marinos que
los terrestres y éstos más que las aves; así son más
gruesos los hombres que viven en lugares húmedos que
los de tierras secas, y los del Norte que los del iMedio-
día. La bebida ensancha los cuerpos más que la co-
mida.
Esta propiedad de aumentar se ha concedido para la
perfección de cada ser viviente; plugo, en efecto, al Au-
tor de todas las cosas imponer tales leyes á su obra de la
Naturaleza, que los seres creados de estos elementos del
mundo inferior van creciendo paulatinamente desde sus
pequeños comienzos; y cuando se hacen adultos y llegan
como á la plenitud, detienen un poco su marcha y luego
retroceden despacio hacia su origen, según observamos
que sucede por dos veces todos los días en el movimiento
del océano.
Esta producción de cosas realizada por la Naturaleza
es una imagen del mundo creado desde el principio. La
Naturaleza no puede sacar cosa alguna de la nada, pues
CAP. I. — DE LA FACULTAD ACRECEDORA I 5
eso sólo á Dios está reservado; y las crea con un co-
mienzo tan débil que nos parece diferenciarse muy poco
de la nada, luego sostiene y aumenta lo que ha produ-
cido; con lo cual admiramos á la vez la bondad y el
poder del Creador en esta que es como una segunda
creación. Después, ya agotadas las fuerzas de aquello
que había crecido hasta su límite, y no pudiendo ya sos-
tenerse, disminuye; así resulta el curso y duración de
cada día como una especie de vaivén, según quedó ex-
plicado en la Filosofía primera. Por ese camino van
todas las cosas que vemos y palpamos en este mundo
sublunar, ya sean obras de Dios, ya invenciones de los
hombres. Aquella primera constitución del cuerpo ani-
mado y aquel temple por acción del calor y de la hume-
dad de que se dotó á la Naturaleza, una vez llegada ésta
á su total evolución y desarrollo, al luchar en ellas las
cualidades diversas del lugar y de los alimentos, se des-
gasta y hace más débil de día en día, hasta que sucumbe
á manos de los oponentes. Y esto sucede en la marcha
natural de las cosas, pues se presentan muchísimos in-
cidentes que unas veces no permiten evolucionar aquella
constitución, otras la detienen ó hacen retroceder poco
á poco, sino que la matan de pronto ó en breve tiempo,
pero siempre por medio violento.
Sucede también á menudo que aquella constitución es
demasiado endeble, ó porque la materia no obedece bas-
tante á la acción de la Naturaleza, ó porque es escasa y
mal abastecida, ó ya por hallarse infectada de una pro-
piedad nociva. El instrumento del alma nutridora y
acreciente es el calor; el pábulo de éste, la humedad.
Hay en la Naturaleza un calor ingénito determinado;
hay tam.bién cierta humedad, la cual, si bien está difun-
dida por todo el cuerpo, tiene su fundamento en los ner-
vios y en los huesos; cuando ésta abunda al principio es
causa de que los niños sean débiles, que no se sirvan de
l6 LIBRO PRIMERO
SUS sentidos y de su capacidad, y que necesiten un sueño
prolongado.
De esa humedad se apodera el calor lentamente y la
reforma; á la vez, para alejar la violencia del calor y no
acabe en poco tiempo con toda la humedad, nos ha dado
Dios los comestibles y las bebidas. Aquella humedad
cada día se hace menor, mientras el calor, como en lo
seco, se hace más activo hasta que decrece por faltarle
alimento, por lo cual flojean asimismo las fuerzas cor-
porales; de este modo vuelve hacia abajo el cuerpo gra-
dualmente casi por los mismos pasos por que había
subido.
CAPÍTULO II
DE LA GENERACIÓN
Adulto ya el cuerpo vivo, é iniciado en él un deseo in-
terior de que no se extinga su especie, Dios concedió á
la Naturaleza el poder infundir en los seres vivientes la
fuerza de engendrar otros semejantes á ellos. Primero
obra la Naturaleza en los comienzos del ser mediante la
función de alimentarle, después con la de aumentarle por
el crecimiento, y luego, á medida que puede, por la con-
servación de los individuos de cada especie, haciendo que
procreen. Vemos, por tanto, que es la generación obra del
animal completo y adulto; y esto no sólo se observa en los
animales, sino también en las plantas, que en época de
la primavera tienen toda su fuerza en la raíz; después, en
las hojas y las ramas; luego, en la flor y el fruto, por últi-
mo, en la semilla, de la cual, sembrada, sale una planta
semejante á la anterior. Así, es la generación la conver-
sión del cuerpo animado, que realmente es una semilla,
en otro semejante á aquel del cual fué tomado.
Y como el nutrirse, crecer y engendrar provienen del
alimento, se comprenden bajo el nombre de alma vege-
tativa. Aristóteles la definió como la facultad que con-
vierte el alimento en cuerpo animado, para su salud, le
aumenta hasta completar su masa debida y procrea un
cuerpo animado de su misma forma y condición. La
semilla contiene en pequeña porción de materia la fuerza
de su acción; la cual, una vez que alcanza las propor-
l8 LIBRO PHIMERO
ciones adecuadas, se extiende y desarrolla; cosa que más
bien pertenece á la índole de la acción que á la de la
masa; y por eso viene la función última después de haber
cumplido su misión la fuerza vegetativa aumentando
el cuerpo, cuando carece ya de aquellas facultades que
mantienen al alma en el gobierno del cuerpo, es decir,
las de reunir mucho en pequeño espacio. Así aparece
más tarde una acción semejante, en cuanto lo permiten
las cualidades de la materia; pues si éstas son opuestas
á las que convienen á la acción, degenera lo producido,
como sucede en la tierra cuando produce plantas distin-
tas de aquéllas de donde se había tomado la semilla, en
los monstruos de los animales, y aun en la mujer, que á
veces da á luz un animal de varias formas, según es fre-
cuente en Ñapóles de Italia, y en Flandes de Bélgica»
donde se engendran en las mujeres animales multifor-
mes, á menudo solos, otras veces con un niño, que en
ocasiones nace medio comido ó chupado por el animal.
Ello se debe á que abunda en tales mujeres un humor
muy espeso, y en extremo pútrido, por alimentarse de
coles y beber cerveza; lo mismo se procrean en ellas
animales que las lombrices en el vientre del niño, á causa
de las frutas crudas. En efecto: la mala condición del
receptáculo causa violencia á la propiedad de la semilla
de su especie, y la obliga á no producir su semejante ó á
producir con éste otro ser. Igual causa reconoce también
el tumor de la matriz.
A menudo proviene de degeneración de la semilla,
cuando está corrompida por infección interior en su pro-
ducción, ó exterior por el lugar, tiempo ó algo agregado.
De los seres vivientes unos tienen generación espontá-
nea, como las moscas, mosquitos, hormigas, abejas, que
no tienen sexo alguno; otros nacen de la mezcla de sexos,
como el hombre, el caballo, el perro, el león; los hay de
procreación ambigua, como los ratones, de los cuales
CAP. II. — DE LA GENERACIÓN IQ
unos provienen de las inmundicias, sin concúbito, otros
de concúbito. Todas las plantas tienen origen espontá-
neo, primeramente de la propia semilla, después también
de la fuerza de la tierra, en la cual esparció el Creador
del mundo semillas de todas las hierbas, arbustos y
árboles, cada una en lugares distintos. Así, los cereales
y viñedos que con tanto esmero cultivamos, son natura-
les y han nacido de la tierra con espontánea originalidad,
puesto que no los hemos hecho nosotros. En Sicilia se
dice que nace el trigo de suyo, sin el cuidado del hombre;
aunque luego nosotros trabajamos para que esas semillas
sean más adecuadas para nuestro uso. Por eso se tienen
como inventores de ellas aquellos que imaginaron su
cultivo ó le enseñaron á otros: así lo fué Ceres del trigo,
Noé del vino. Minerva del olivo.
Hay ciertos árboles que ni tienen fruto ni semilla,
como el tamarindo y el álamo, por lo cual se llaman in-
fecundos; pero si no se propagan por la semilla, se les
quita un tallo que sirve de ella, además de la naturaleza
y fuerza de la tierra. De los que procrean por la mezcla
de sexos, el macho es de donde sale la semilla y la hem-
bra la que la recibe dentro de sí; la generación se veri-
fica estando ya completo el animal para que se pueda
sacar del macho sin perjuicio y recibirse sin molestia en
la hembra, nutrirse y aumentar de la substancia de ella.
Lo que hay de principal en el cuerpo vivo y como más
próximo al alma proviene de la semilla del padre; y lo
más craso, de la materia, de la madre; por esta razón
aventaja en calor el macho ya para expeler la semilla,
ya para comunicarla alientos; al paso que la madre es
más fría y húmeda para conservar la semilla y alimen-
tar el feto. La semilla masculina y la materia femenina
son lo mismo que el grano seminífero de cualquier
planta y la substancia de la tierra; pues la fuerza de pro-
crear tal género de árbol está en la semilla, y la masa de
20 LIBRO PRIMERO
la cual se alimenta y crece el árbol mismo, en la facul-
tad déla tierra. Por eso sale y se desarrolla la fuerza y
naturaleza de la semilla en la materia que suministra la
tierra.
La diferencia entre los sexos es pequeña, pues la
hembra no es más que el macho imperfecto, porque no
hubo en ella medida justa de calor; y así parece que la
hembra nace por escasez. Pero está establecido por
mandato de la Naturaleza que sean necesarios ambos
sexos en los animales, y uno nazca de las fuerzas, otro
de la debilidad, sin que falten nunca ambas causas para
engendrar el uno y el otro. Quien supo sacar cosas bue-
nas de las malas es quien saca el vigor de la flojedad;
tal es la sabiduría de nuestro Creador.
Los animales que por su corpulencia recibieron mu-
cho de la semilla paterna, dominan por los alientos,
agilidad, fuerzas y sutileza de alma; mientras que quie-
nes han recibido más de la materia de la madre son tar-
dos y flojos.
En la familia de las plantas es mayor la semejanza de
forma é índole entre engendrado y engendrador; en los
animales es menor, pero mayor entre éstos y el hombre,
porque en ellos es más estable la imaginación que en
nosotros, que tenemos mayores divagaciones con el
alma.
Las propiedades particulares de la facultad genera-
dora son éstas: la expulsora en el macho por la cual se
derrama la semilla, y se infunde en la hembra; en ésta
á su vez se recoge y conserva; la permutadora, que mez-
cla y modera la semilla masculina con la materia de la
madre, en cuanto conduce á comunicar el temple del
cuerpo y de cada uno de sus miembros; la formatriz,
que forma y traza los miembros, y por último aquella
que hace salir el feto en la época determinada por las
leyes naturales.
CAP. II. — DE LA GENERACIÓN 21
Tal es el alma vegetativa y sus funciones, las cua-
les siendo tantas y tan diversas es conveniente que dis-
ponga de los debidos instrumentos y lugares en que
funcionen. Por eso también hay en el animal partes y
miembros no de una sola clase y semejantes sino di-
ferentes, con admirable variedad, por su aspecto y cua-
lidades.
CAPITULO Ilí
DE LOS SENTIDOS
Esta forma de vida es común á la planta y á los ani-
males; pero en éstos vemos que hay algo de que carecen
las plantas, á saber: el conocimiento, ver, oír, tocar
gustar y oler, cosas que pertenecen á lo exterior, una
vez que toda la vida de la planta mira hacia adentro,
privada de lo exterior é ignorante de ello.
Tres son las clases de conocimiento: el que conoce
sólo los cuerpos presentes; otro, que también los au-
sentes, y el tercero, el délas cosas incorpóreas. El cono-
cimiento del primer género se llama sensación ó sentido,
y aunque de nombre poco adecuado por ser tan extenso
como el conocimiento mismo, hay que usar las palabras
ya admitidas, salvo cuando se habla con más claridad,
como al decir «sensación corporal».
Esta es el conocimiento del alma mediante el instru-
mento externo del cuerpo. Vemos en el animal ojos por
los cuales ve, oídos por donde oye, nariz por la cual
huele, paladar por el que distingue los sabores, y además,
difundido por todo el cuerpo, un cierto sentido de lo
caliente y lo frío, de lo húmedo y lo seco; se los llama
sensorios, y son como los órganos é instrumentos del
sentir ó r eceptáculos de las sensaciones; así, aquella
fuerza que opera y efectúa el sentir, se llama sentido, y
lo que se siente, lo sensible; habiendo, por tanto, en la
CAP. III.— DE LOS SENTIDO^ 2^
sensación dos elementos primeros, el vigor y el órgano,
como potestad de la naturaleza.
Mas para que esta potestad se ejercite, se agrega algo
en que ejercitarse, á saber: el objeto, como materia de
sensación. Para ésta, pues, se unen los sentidos y lo sen-
sible. Pero como en la naturaleza se reúnen cosas diver-
sas, hay que referirlas á un medio común adecuado á
ellos; así los huesos se unen á la carne por los cartílagos.
Es, por tanto, el medio aquello que corresponde con lo
sensible y con el sentido; como en la visión ó la audi-
ción el aire ó el agua. Hay también que ver en el medio
la circunstancia de hallarse lo sensible como atenuado
por la distancia, y venir al sensorio algo menos mate-
rial y más congruente con la naturaleza del sentido, el
cual es más espiritual que el objeto mismo sensible. Por
eso se exige una distancia proporcionada, pues si está
lejos, ó se atenúa la imagen enviada por lo sensible, ó el
vigor de la impresión que ésta deja en el sentido, de
suerte que no puede ya existir sensación alguna.
Ejemplo de ello puede verse en el sello impreso en
cera; si fuere demasiado grande la figura, no se estam-
pará tanto en el medio como en la parte superior pró-
xima al anillo. La distancia no es única y siempre la
misma en todas partes, sino distinta en cada sitio en pro-
porción del sentido, del objeto y de la cualidad del me-
dio; y conviene igualmente que haya cierta analogía ó
proporción entre la fuerza senciente y su objeto sensible
para que éste esté comprendido dentro de los límites de
aquélla; no siendo tan tenue que se escape, como sucede
á los granos pequeños no cogidos por la piedra del
molino.
CAPITULO IV
DE LA VISTA
Trataremos primero de este sentido por ser el más
sencillo y el más conocido, hasta el punto que se extien-
de su nombre á los sentidos restantes y al conocimiento
anímico. Así se suele decir: «^Ves qué manzana tan
agradable, qué metal tan pesado, qué armonía tan suave,
qué olor tan pestífero y repugnante, qué raciocinio tan
bien presentado?» En esto referimos las diversas nocio-
nes á una sola.
Los ojos están en el alma lo mismo que en el cuerpo;
cuanto se dice de la vista, ya sea perspicaz ó ya sea torpe,
se aplica igualmente á las funciones de los demás senti-
dos. El autor de todas las cosas difundió su luz por
todo el mundo, la espiritual para los objetos espirituales
y la corpórea para las cosas corporales, á fin de que por
este beneficio entendiesen los espíritus y viesen los ojos
del cuerpo: en los ángeles existe la luz espiritual de
Dios, y en el sol, la corporal.
Esta última luz recibida corporalmente por las masas,
si se detiene en un objeto tenue, le hace transparente de
modo que puede verse por entero, como el cristal, el
agua, el aire; y los griegos le llamaron oicícpcívi;; si afecta
á una substancia más densa, no penetrando en lo inte-
rior, se queda en la superficie; y la luz tenue que se ve
en la cara externa se llama color; no porque no esté
CAP. IV. — DE LA VISTA
6
también coloreado el interior de los cuerpos, sino por-
que el efecto del color está sólo en la superficie.
Según la cantidad de luz se gradúa de distinta manera
el color: ya retiene el máximum de aquélla, y se llama
blanco, ó el mínimum, y entonces es negro; habiendo en
ambos también ciertas diferencias ó grados; pues hay
blanco y claro; negro, oscuro y sombrío. De la mezcla
y combinación de éstos salen otros diversos colores;
unos próximos al blanco, otros al negro, y algunos
como intermedios entre ambos, con matices casi infini-
tos, pues dentro de estas mismas formas hay otras me-
nores cuyo número no es fácil de señalar. Baste decir
que sólo en el color verde no hay hierba ni árbol que
no tenga su verdor propio y distinto del de todos los
demás.
El órgano externo de la vista son los ojos; el interno
son dos nervios que á ellos llegan desde el cerebro. La
luz exterior se junta con la de los ojos para la función de
ver, como la espiritual con la luz de la mente para enten-
der; no siendo posible ver ni discernir cosa alguna de no
haber un cierto modo de luz ó claridad según la poten-
cia de los ojos; y no basta una pequeña cantidad de ella,
como sucede de noche.
Por otra parte, la luz exagerada obstruye el empleo
de los ojos, como cuando miramos al claro sol de po-
niente, molestia que no sufre en verdad el águila.
La luz, ó la claridad — que no hay para qué diferen-
ciar aquí — no es tan necesaria por el espacio que media
entre el ojo y lo visible, como por el objeto mismo — ,
una luz pequeña se sustenta con otra mayor — pues si no
hay luz cerca del objeto visible, aunque la haya en el
intervalo restante, no se verá. Pero si reina oscuridad
en el espacio intermedio, y hay luz cerca de lo visible,
se verá. Por eso, á quien lleva de noche una hacha
encendida ó una linterna le ven los demás, mientras que
20 LIBRO PRIMERO
él no los ve; y los objetos que más luz tienen se distin-
guen con mayor facilidad en las tinieblas; como las bra-
sas, los diamantes, los granates, la nieve, los espejos, el
oro, la plata, el cobre, el oropel, las cosas bruñidas y
pulimentadas y los pequeños animale¿i llamados luciér-
nagas. La luz de todos ellos se cubre por el resplandor
del día y persiste de noche como la de otros luminares
pequeños en la de los mayores. Y no sólo esos objetos
lúcidos se suministran luz en la oscuridad para ser
ellos vistos, sino que se extiende á las cosas cercanas.
Es necesario, pues, que exista cierto espacio como
intervalo entre el color y el ojo. Este, en efecto, nada ve
desde luego y por sí mismo, sino la luz, y ésta sin que
haya intervalo; mientras que si el color se coloca sobre
el ojo, no será visto porque se quita la luz con cuyo
auxilio se realiza la función de la vista. Y si el color se
retira lejos, no se verá; ya porque la fuerza visual es
demasiado débil para llegar hasta él, ó ya porque se
desvanecen con tanta distancia los rayos que parten de
lo visible al ojo.
Lo visible en primer lugar, como antes decíamos, es
la luz; las demás cosas se ven por razón y modo parti-
cular de la luz, á saber: en forma de una pirámide cuya
base es el objeto que se mira, y el cono toca á la pupila,
á veces no por entero; porque todo el cono de un objeto
grande no puede contenerse en el tamaño de la pupila.
En tales casos ésta se revuelve activamente con sorpren-
dente rapidez para recorrer todos los contornos del cono,
hasta donde alcance. Por eso si se agita el objeto visible
se ve con menos seguridad, pues que las líneas del cono
no hieren el centro de la pupila tan fijamente como con-
viene á la visión.
También se perturba la vista por movimiento del es-
pacio, como pasa en el aire, y más claramente en cosas
más densas, como el agua y el cristal. Los que tienen la
CAP. IV. — DE LA VISTA 2'}
vista débil necesitan un cono mayor para ver, y por lo
mismo no ven desde lejos. Para remediarlo se usan an-
teojos para que el objeto aparezca más grande y no es-
cape á una vista débil. Algunos, cuando quieren mirar
una cosa más intensamente, contraen las mejillas para
que, recogida en sí la fuerza délos ojos, sea más eficaz y
á la vez no se difunda la imagen del objeto, reducida en
mayor estrechez, sino que se imprima con más ampli-
tud y estabilidad en el órgano. Así vemos que ocurre
una cosa igual con los espejos que con los ojos: si unos
y otros son cóncavos, reciben una imagen mayor; mien-
tras que es menor en los espejos convexos y en los ojos
salientes.
De suyo no tienen los ojos color alguno, pues si le tu-
viesen, todas las cosas parecerían de ese mismo color;
así, el que mira por un cristal azul ó rojo cree que todo
es del mismo color. Igualmente, en medio de una fuerte
congestión biliosa parecen negras las cosas, y amarillas ó
sangrientas en un ataque de ira, sin que lo sean efecti-
vamente.
Por tanto, lo primero visible es la luz, lo segundo el
color y lo tercero, por virtud de la proximidad, aquello
que está envuelto en luz y en color. Con todo, no se dice
que se ven las cosas que obtienen sólo la luz, como el
aire tenue y limpio, por lo cual nadie dice fácilmente lo
que son, mientras que sí se dice del agua y del cristal en
los cuales es más densa la materia y devuelve la luz que
más se acerca á la naturaleza del color.
CAPITULO V
DEL oído
Hay otro sentido por el cual se perciben los sonidos,
pues éstos no los distinguimos con los ojos. Es difícil
explicar lo que es el sonido: se produce por el choque
de dos cuerpos, en virtud del cual se empuja el aire
hasta llegar al oído.
Es cuestión nada fácil de explicar, y enteramente in-
necesaria, si consiste el sonido en el aire así expulsado,
ó en aquel golpe de los cuerpos, ó en alguna substancia
que se adhiere. No de otro modo se realiza el sonido en
el aire que los círculos formados en el agua cuando se
arroja en ella una piedra; lo mismo se extiende el sonido
por el círculo, agotándose y desvaneciéndose más cada
vez; y si los círculos se quiebran antes de llegar al oído,
se oye aquél imperfectamente. Por eso es preciso que sea
sólida y dura la masa desde la cual se impele el aire,
pues la que es blanda como el lino ó la lana no tiene esa
fuerza. Una materia ligera, extensa é igual, mientras
tenga dureza hiere el aire vigorosamente, le envía ínte-
gro á lo lejos y suena á distancia. Si es la materia hueca
como en los calderos y los címbalos, suena aún á mayor
distancia y más íntegramente por la frecuente repercu-
sión que hace aparearse el choque.
Una superficie áspera rompe el aire y suena como algo
ronco y confuso. El aire tiene que ser impelido sin des-
CAP. V. — DEL oído 29
hacerse; por lo cual se necesita á la vez el golpe y la ra-
pidez, pues si los cuerpos chocan con flojedad, el aire
lento disipa continuamente sus ondas, cosa que hay que
prevenir con la rapidez del choque. Así, cuando se hien-
de el aire vivamente con una varita ó correa, no permite
la velocidad del golpe que se perturben las ondas del
aire, y se verifica el sonido; en el cual el aire sacudido
hace de masa herida, y el que está próximo ocupa el
lugar del intervalo.
El sensorio ú órgano externo es el oído y un cierto
aire craso á modo de humor; el interno son los nervios
que llegan desde los oídos al cerebro. Este aire auricular
se une con el exterior, que es el expulsado por el golpe
de los cuerpos, y de ahí resulta la audición, así como la
visión de unirse luz con luz. Se da como prueba de este
aire natural el que si apretamos la oreja con la mano
sentiremos ruido interior ó sea aquel aire en movi-
miento.
Pero si existe allí algún aire, que yo más bien creo sea
un humor tenue y esponjoso, el cual carece en absoluto
de movimiento y de sonido, ^cómo ha de intervenir en
los demás sonidos? Aquel zumbido es del aire exterior,
que al aplicarse la mano está encerrado en las revueltas
y senos de la oreja, y buscando la salida produce aquel
sonido, como sucede en una bocina retorcida.
Hay quien afirma que en el agua también se oye, por-
que los peces oyen los sonidos, cosa que no creo sea
verdad, pues no es que oigan, sino que sienten por el
tacto el movimiento del agua. Yo no niego que oigan al-
gunos peces, que observamos tienen agujeros en la ca-
beza á modo de oídos y que fuera del agua perciben so-
nidos que escuchan atentamente, unas veces con admi-
ración, otras con terror y hasta hechizados. Pero esos
son arcanos de la naturaleza, incomprensibles para nos-
otros; bien puede suceder que algunos peces oigan de*
3o LIBRO PRIMERO
bajo de las aguas y sea ésa su particularidad. Quede ello
aquí por resolver. En cuanto á los demás, si no tienen
acceso para el aire, tampoco para el sonido, lo mismo
que ocurre en las paredes gruesas. Con todo, yo vi en
el tesoro eclesiástico de D.^ Mencía, Marquesa del Cé-
nete, un globo de oro sin hendidura alguna, que produ-
cía un sonido interior por las partículas ú hojas de oro
que le formaban; pero eso consistía en que la lámina ex-
terior de oro era muy delgada, y sacudida por las par-
tículas interiores, agitaba ella misma el aire producién-
dose el sonido.
El aire que salta por el choque de las masas, si se re-
chaza todo él del sitio de donde venía, por interposición
de un cuerpo sólido, resulta un sonido reflejo ó recípro-
co que los griegos llamaban :^/o..
Cuanto más próximo se halla el cuerpo con el cual
choca y más completamente se rechaza, tanto mayor y
más completo resulta el eco, siendo menor y más confu-
so cuando aquel cuerpo está más lejos ó el aire está más
reducido. Como los últimos puntos rechazan más que
los primeros, el eco repite siempre con mayor claridad
lo último del sonido.
Con razón dice Aristóteles que el aire sacudido se re-
fleja siempre, y, por tanto, que siempre se produce el
eco; pero no le percibimos por ser débil la reflexión. El
aire, en efecto, aunque no se interponga cuerpo sólido
alguno, no empuja al aire inmediato sin que á su vez sea
repelido por éste; pero el aire sacudido vence al próxi-
mo, que está en quietud por el empuje y violencia que le
comunica el choque de los cuerpos. Por eso, cuando so-
plan vientos fuertes se oyen menos los sonidos, y la no-
che es más á propósito para oír que el día, pues con el
movimiento del viento no se extiende el aire sacudido
como cuando está todo en quietud, según puede verse
en el agua ondulante, en la cual se interrumpen de
CAP. V. — DEL OÍDO 3l
continuo los círculos producidos por el objeto que se
arrojó.
El sonido es el objeto sensible del oído, y los cuerpos
que suenan es por el sonido. Así, aquellos que no emiten
sonido, como la lana y el lino, se llaman inaudibles. En
su acción es el sonido tardo ó rápido; en cuanto á la sen*
sación, agudo ó grave. Entre ambos existen numerosos
intervalos con distinta gradación.
CAPITULO VI
DEL TACTO
La constitución primitiva del cuerpo natural com-
prende aquellos elementos de la naturaleza cuyas cuali-
dades y fuerzas son las principales y las más sencillas:
lo caliente, lo frío, lo húmedo, lo seco. De éstas nacen
otras combinaciones: lo duro y lo blando, lo áspero y lo
suave, lo pesado y lo ligero.
Hay un sentido que las distingue, el cual se llama
tacto y se halla diseminado por todos los nervios del
cuerpo y por cuanto hace oficio de éstos. Esa propiedad
de tocar se comunica igualmente á la carne por la
aproximación, aunque de modo más tenue y débil.
Cierto que es la carne el medio del tacto, y táctil de
suyo; pero también órgano ó sensorio por virtud de
cierta comunidad que tiene; pues si se pone algo sobre
la carne, experimentará sensación el alma del nervio en
que está la facultad de tocar; como pasa á través del
guante lo caliente ó frío, lo duro ó blando, pero no sin
que antes penetre en la carne aquella cualidad.
Entre aquellas cosas tangibles que hemos establecido
según la opinión general, quien examine la cuestión más
detenidamente hallará que en rigor sólo pertenecen á
este sentido las cualidades primitivas y elementales; las
demás tocan á las fuerzas y al vigor; así se reputan
unas como más blandas ó más duras, más pesadas ó
CAP. VI. — DEL TACTO 33
ligeras; pero lo áspero ó lo suave se dice de lo seco y de
lo húmedo por la igualdad ó desigualdad de su super-
ficie.
Es por tanto uno el sentido de tocar y uno lo tangible;
á saber: aquella propiedad elemental por cuya virtud
está construido y compacto el cuerpo natural.
Como dichas cualidades, por su proporción y con-
gruencia, son perjudiciales ó saludables para el cuerpo
de los animales, se ha concedido á todos éstos el tacto
para conocerlas, extendido por el cuerpo entero para que
se deseche más fácilmente lo nocivo. En el hombre está
principalmente en los extremos de los dedos de las ma-
nos; no porque sea más blanda esa carne, sino parte por
adaptación y parte también por la costumbre. Así es
que nos inclinamos naturalmente á tocar con los dedos
los objetos para hacer un ensayo de sus cualidades pri-
meras; como cosa tan corriente de realizar, será muy
pequeño el daño que pudiera ocurrir.
Y es éste otro beneficio de la naturaleza; que las mate-
rias que se tocan irritan menos el sentido que las visibles
ó audibles que por sí mismas no tocan al animal; pues
en tal caso sería el perjuicio más directo y de mayor
gravedad. En efecto, el cuerpo que vemos ú oímos no
toca al ojo ni al oído. Hay también la ventaja de que los
actos de tocar y de gustar se hallan circunscritos en tér-
minos más breves que los de la visión y de la audición;
por eso nos cansamos más pronto de tocar y gustar que
de ver ú oir. Y es que como el tacto y el gusto pertene-
cen á la esencia del animal, y no así el oído y la vista,
puso la Naturaleza moderación en sus actos para que no
se estropease el sentido por sus repetidas operaciones, y
pereciese el animal: peligro que no existe de parte de los
demás sentidos.
CAPITULO VII
DEL GUSTO
No todas las cosas que saca del suelo la Naturaleza
sirven de comida á los animales. Algunas de ellas les son
adecuadas, j^como las frutas y el pan al hombre; las hier-
bas al ganado; otras son enteramente contrarias y ene-
migas, ya por su amargura, como la hiél y el ajenjo, ya
por el perjuicio que causan, como los venenos.
Dio asimismo una condición repugnante al gusto á las
que han de resultar nocivas, y, por lo contrario, ade-
cuada y agradable á las saludables, dándolas est^ nom-
bre con respecto al cuerpo en estado de salud, no al
enfermo. Y no son del caso aquellos que, por su índole
peculiar ó por la costumbre, se apasionan por cosas
amargas, desabridas ó extrañas al gusto, como sucede á
personas voraces ó ebrias, ó á mujeres en cinta, ó á
quienes padecen bilis negra. Esa cualidad, que agrada ó
desagrada al gusto, se llama sabor.
El órgano del gusto es un nervio que se extiende por
la lengua, al que llega el sabor mediante la saliva; y así
como el sentido del tacto es más delicado en las puntas
de los dedos, lo mismo sucede en el gustar con la extre-
midad de la lengua, por la sutilidad del alma del nervio,
no por sí mismo — pues el verdadero y más seguro sen-
tido reside en la raíz de la lengua, por donde se une al
paladar — , sino porque como toca al extremo de ella,
llega más pronto al paladar.
CAP. vil.— DEL GUSTO 35
La humedad de la saliva es á manera de un medio
para la sensación, la cual cambia el sabor, así como los
demás medios por sus cualidades. Careciendo por sí la
lengua de todo sabor, recibe fácilmente todos ellos; de
ahí que nada gustamos cuando está seca, y si la saliva no
está impregnada de algún sabor, no percibirá debida-
mente los demás, como sucede en la fiebre; de igual
modo que mirando á través de un cristal azul todas las
cosas parecen de ese color.
Algunos dicen que hay otro medio, unido con ese mis-
mo órgano más profunda é íntimamente, á saber: la
carne de la lengua. Pero ésta es más bien que medio, una
parte del órgano. Los animales que no tienen lengua gus-
tan con su boca ó con la parte que haga veces de ésta, es
decir, por donde toman el alimento.
Siendo el medio la saliva, solamente se gustan aquellas
cosas que pueden convertir la saliva en su cualidad, ó
sea lo cálido y lo húmedo, pues de resolverse éste por
aquél resulta el sabor. El calor agota la saliva para reci-
bir más sutilmente la humedad del objeto sápido; por lo
cual las cosas más sabrosas están combinadas de lo cálido
y lo húmedo, como el azúcar y el vino. En cuanto á la
miel, aunque tiene la virtud de enjugar y secar, posee
mucha humedad en su substancia.
Las cosas que tienen más calor y poca humedad se
gustan con más viveza por lo que acabamos de explicar,
como son la pimienta, el clavo, la canela y las especias.
En cambio, las que tienen mucha humedad y poco calor
son insípidas y embotan el gusto, como las acuosas. En
efecto: se espesa con ellas la saliva, por lo cual se hace el
sentido más obtuso, según sucede á la vista en la oscu-
ridad ó en la niebla.
La estopa y la madera seca no afectan al gusto, y lo
mismo el agua, como elemento puro, por carecer aqué-
llas en absoluto de humedad, y ésta de calor.
CAPITULO VIH
DEL OLFATO
Hay en la Naturaleza muchas cosas que inmediata-
mente de gustadas producen gran daño, y hasta á veces
una ponzoña mortal, como son los venenos activos. Por
esta razón se ha dado á los animales la facultad de oler,
para prevenir al gusto respecto de aquello que es conve-
niente, ó no lo es, antes que el animal ponga en peligro su
vida por el ansia de comer, ó se abstenga por sospecha ó
miedo, de cosas saludables.
Así es que este sentido tiene gran afinidad y concor-
dancia con el gusto; pues lo que bien sabe, huele bien, y
al contrario. Pero no es cierta la recíproca, porque mu-
chas cosas de buen olor repugnan al gusto.
Esto no rige siempre tocante al provecho, pues en el
gusto y en el olfato hay conveniencias y hay deleites;
éstos unas veces favorecen y otras se oponen al provecho.
Esto sucede, no sólo en caso de enfermedad, como
con el uso del ajenjo y del ácibar, sino en estado de com-
pleta salud, por pervertirse á menudo la naturaleza con
la educación y la costumbre. Antiguamente nada era
más agradable que el olor de las mieses, el del campo en
primavera, que también hoy es el que más gusta á la
gente campesina, como igualmente á los viejos el olor
del pan recién cocido.
Luego se han preferido otras cosas, la mejorana, el
aiuilzcle, el nardo; aguas destiladas de flores ó mezcla-
CAP. VIH. — DEL OLFATO
Í7
das y preparadas con artificio, que hacen tomar disgusto
á lo natural. Lo mismo sucede con la afición á los ban-
quetes y á la taberna, cosa que siendo la más contraria á
la naturaleza, hay muchos que no pueden vivir sin ella;
esos rechazan los manjares dulces, no gozan con la deli-
cadeza de los olores y es frecuente que les produzca do-
lor fuerte de cabeza el más agradable de ellos. Esto mis-
mo sucede también en algunas personas de cerebro débil,
ó por la violencia misma del mucho calor, que tienen olo-
res excelentes, como el incienso, el ciprés, el almizcle.
Su órgano reside en las carnosidades de la nariz, ó de
lo que hace sus veces en otros animales, de donde llegan
los nervios al cerebro.
Hay olores suaves y moderados; hay otros acres, como
pasa en los colores, unos de los cuales son agradables,
como el verde, otros distinguidos, como el muy blanco
y brillante. Por razón del objeto sensible sobresale la
cualidad primera, como en la luz; al paso que con res-
pecto al órgano, la cualidad de lo suave, porque se refiere
al gusto.
Lo contrario á un olor favorable se llama hedor; y lo
opuesto á lo dulce, es lo amargo. Como no se gustan las
cosas secas y frías, tampoco huelen; aunque el olfato
tiende más que el gusto hacia lo caliente y lo seco.
La evaporación cálida produce un calor muy acre,
como sucede en los aromas. Todas las plantas de Etiopía
y de la Arabia son en extremo olorosas.
CAPITULO IX
DE LOS SENTIDOS EN GENERAL
Son, según esto, cinco los sentidos de los animales
perfectos: ver, oír, tocar, gustar y oler, que Dios les ha
concedido para su bienestar; porque siendo todo animal
corpóreo y habiendo de vivir entre los cuerpos, quiso
dotarlos de cierto conocimiento de éstos, á fin de que
buscase lo saludable y evitase lo que habría de perjudi-
carle.
En efecto: estando ocultas las cosas que hay dentro de
un objeto, se conocen por medio de lo exterior; y para
eso se han dado los sentidos, por los cuales se conozca
todo lo externo, sin que de elle quede cosa alguna que
no caiga bajo el conocimiento de los sentidos. De aquí
resulta que no se han debido dar ni más ni menos sen-
tidos al animal completo, por más que esto sólo pode-
mos decirlo por conjetura, dentro del respeto á la sa-
biduría y al poder de Dios, único que sabe lo que con-
viene y hasta qué punto. Así, continuemos con nuestros
pobres y oscuros razonamientos.
De la fuerza y las cualidades de los cuatro elementos
hemos obtenido las facultades de los cinco sentidos para
que, con cierta proporción y semejanza, experimente-
mos cada una de las cosas; tiene el tacto un vigor como
de tierra, es decir, espeso, tenaz y capaz de coger algo
con fuerza; el gusto es acuoso; el olfato, de aire grueso,
como es el humo, que por exhalarse de lo húmedo en
CAP. IX. — DE LOS SENTIDOS EN GENERAL Sq
virtud del calor, le relegaron al elemento ígneo los
jefes de la escuela peripatética, Aristóteles y Teofrasto.
En verdad, aquél es su fundamento y, en cierto modo,
su origen; pero el olor en sí se halla en la evaporación
y es como un aire más denso; el oído es aéreo; la vista,
ígnea; pues, aun cuando tienen los ojos naturaleza
acuosa, son ígneos su vigor y actividad. En suma, los
sentidos experimentan mejor la sensación de aquellas
cosas que son correspondientes á su respectiva índole.
El primero de los sentidos es el tacto; el último, la
vista. La unión de estos dos es la primera, lo mismo que
sucede en aquella unión material del mundo, en la cual
los primeros que se combinaron fueron el fuego y la tie-
rra, siendo agregados después los otros elementos.
La distinción y separación de los elementos deben
partir de los objetos sensibles, pues toda facultad se re-
fiere á aquello en lo cual se ejercita. Aunque existen al-
gunos objetos comunes á varios sentidos, como el movi-
miento, el tamaño, el número, la forma ó figura, el
sitio ó la posición en un lugar, así como las cosas en
ellos comprendidas, que son próximamente comunes á
la vista y al tacto, de ningún modo pertenece á los sen-
tidos lo que la facultad interior saca de los conocimien-
tos dados por ellos, verbigracia, la hermosura en la for-
ma ó la fealdad, la semejanza y desemejanza. Así, tam-
bién, después de gustar una manzana, parece que los
ojos juzgan del sabor y del calor en el fuego; mas no son.
ellos los que juzgan, sino el alma por medio de la me-
moria, pues, si falta ésta, hay que volver de nuevo al
experimento de cada sentido, como sucede en los niños
y en algunos animales.
Son estos verdaderos objetos sensibles hermanos, que
se llaman xaGc^úid, esto es, por sí mismos, pues la subs-
tancia es percibida por su inherente, y en tanto por sen-
sación ajena, la cual es más bien de la mente que de
40 LIBRO PRIMERO
sentido. Por eso mismo, las cosas de menor valor men-
tal penetran con más dificultad por los inherentes, hasta
contemplar la esencia, como las bestias, los hombres
rudos y tardos. Son infinitas las cosas que inferimos
por conjeturas y por raciocinio.
Yo veo, en efecto, un músico, y puedo también ver un
rey; pero el conocimiento del uno y del otro no es délos
ojos, como tampoco el del canto, aunque vea un libro
con notas musicales. Es esto un resultado de la costum-
bre cuando hablamos; y aunque cosa natural en la con-
versación, no hay para qué tenerla por ley y regla al
juzgar.
No se acabaría nunca si pretendiésemos siempre cu-
brir y defender tan vicioso hábito con mezquinos distin-
gos ó con nuevas palabras.
Pasemos ahora á otras cuestiones del mismo asunto.
Se ha discutido si á nuestros sentidos llega alguna es-
pecie procedente de las cosas; cuestión no tanto de esen-
cia como de polémica, y por tanto, muy apropiada para
los grupos de las escuelas y para el desarrollo de sus
discusiones.
Nuestros sentidos están dispuestos y ordenados por
Dios en forma de ser como receptáculos de cuanto suce-
de fuera de ellos; pues es evidente que sacan de lo exte-
rior, mas nada emiten de sí mismos. Se ve esto por la
forma cóncava de todos los órganos, á propósito para
recibir lo que llega de afuera; y lo propio que en los
sentidos ocurre en el alma, que de suyo nada envía al
exterior, sino que de todas partes atrae hacia sí materia
para conocer y elaborar.
Ello es fácil de observar en los sentidos mismos, que
si por acaso se ocupan en echar algo fuera, no cumplen
con su misión; así, por ejemplo, el gusto al escupir, el
olfato al respirar y los ojos cuando lagrimean. Si se
realizasen las sensaciones echando algo al exterior, se
CAP. IX. — DE LOS SENTIDOS EN GENERAL 4Í
fatigaría excesivamente el ser animal con actos tan
continuos; mientras que en su actividad de recepción es
mucho menor el cansancio y más fácil la reparación.
En cuanto al liecho de que en todo conocimiento pen-
samos que de algún modo es también objeto conocido el
mismo que conoce, como la imagen reflejada en un es-
pejo, ó el sello estampado en la cera, no es ciertamente
la proyección hacia afuera quien lo verifica, sino la re-
cepción hacia dentro. Es un hecho bastante aceptable
que vemos demostrado por la Naturaleza misma, por la
disposición de los órganos, ó por los actos de las sensa-
ciones.
Queda todavía la cuestión de si los objetos sensibles
envían de sí propios algo hacia los sentidos, á lo cual se
llama especies.
Es del todo evidente que algo llega de los cuerpos mis-
mos hasta los sentidos en las cuatro sensaciones: á la
nariz los olores, al paladar el sabor, al tacto las cualida-
des primeras del objeto, y al oído el aire en movimien-
to. En cuanto á los ojos, les llegan las luces ó luminares
de la manera que ya antes explicamos; y es indudable
que tocan aquéllas la pupila del ojo del mismo modo que
al espejo, siendo en ambos casos semejante el efecto.
Estas son, pues, las especies y no creo sea necesario
que haya otras. Cosa es, realmente, admirable y que en
muchos produce confusiones el que llegue á nuestros
ojos algo del cuerpo exterior con rapidez capaz de reco-
rrer en un momento larguísimas distancias. Hay que
distinguir ahora estos movimientos según la cualidad é
índole de cada elemento. En la vista es mayor la rapidez
que en el oído, por ser ígnea la sensación de la primera y
aérea la otra. En efecto, el ímpetu del fuego es rapidí-
simo; y si llamamos á los colores luces tenues, es por-
que la naturaleza de la luz indica la índole del color.
Recorre y llena la luz en un solo instante espacios in-
42 LIBRO PRIMERO
mensos; los colores son del mismo género que la luz, su
origen v creadora.
Necesitan los animales muchas cosas para conservarse,
y se hallan expuestos á muchos peligros; por eso han
recibido varios sentidos como instrumentos, ya para pro-
curarse la salud, ya para evitar el mal. El tacto y el gusto
se concedieron á todos ellos por ser necesarios para pro-
pagar la vida, y para esto también se les dispuso en me-
dio del cuerpo un intestino. Mediante el gusto distinguen
el alimento útil del inútil; por el tacto, lo destructor y lo
inocente; y á este fin no colocó la Naturaleza este sentido
en lugar determinado, sino que se halla distribuido por
todo el cuerpo para que cada una de las partes estén
como apostadas para vigilar su conservación.
El olfato es útil para el gusto, por lo cual le precede
con el fin de anunciarle los objetos que reconoce, incli-
nándole á ellos, ó apartándole. No era sentido muy ne-
cesario para el conocimiento de las cosas; habiendo
quien le tenga muy débil, y conozca solamente los man-
jares por el nombre. Es, en efecto, un sentido que se
embota con facilidad por el flujo del humor craso, y
hasta llega á destruirse completamente; así es que mu-
chas personas carecen de él, con lo cual, en realidad, se
ven libres de no pequeñas molestias, sobre todo, dadas
las costumbres privadas y públicas que hoy existen.
Aquellos animales que tenían que buscar lejos su sus-
tento recibieron oído y vista, sentidos que, además, tie-
nen utilidad por otros conceptos: la vista nos presenta
el propio aspecto del mundo y de la Naturaleza; es para
cada uno su guía y maestro familiar; por eso la conside-
ramos como el sentido más precioso y así lo demuestra
el sitio elevado que ocupa en la cabeza, á modo de ata-
laya. Es sentido al que tenemos mayor cariño porque
obtenemos de él grandes comodidades para la vida en-
tera; fué autor é inventor de casi todas las artes y estu-
CAP. IX. — DE LOS SENTIDOS EN GENERAL 4^
dios; por su explicación conocemos la luz, color, tamaño,
figura, número, lugar y movimiento de los cuerpos que
se hallan esparcidos en nuestra proximidad y á lo lejos.
El oído es también muy á propósito para transmitir los
conocimientos de unos á otros y por eso se llama el sen-
tido de la enseñanza, del cual carecen los animales que
no son adecuados para entender lo que se enseña, como
verbigracia, los gusanos.
Es increíble hasta qué punto se mostró cuidadosa la
Naturaleza para compensar á quienes privó de algún
sentido, bien aumentando el vigor de los restantes, bien
por el conocimiento interno. Así, dio á los ciegos y á los
sordos sutilidad de tacto, una memoria rápida y firme
y agudeza de entendimiento; agrégase á esto la necesi-
dad, con cuyo estímulo se despierta el ingenio. Como la
vista y el oído sirven al conocimiento interno, no las
hallamos en todo animal, como se hallan los otros tres
que sirven al cuerpo.
Tienen estos dos sentidos una gran comunicación y
como mutua afinidad; de suerte que el uno corrige los
errores del otro en un objeto sensible, común á ambos;
en la pintura, por ejemplo, cree la vista percibir algunas
partes salientes; pero deshace ese error el tacto, que es
el sentido más seguro que tiene el hombre. Aunque tal
engaño es de los ojos, no del alma; y entre los filósofos
se discute si pueden ó no engañarse los sentidos.
Cuestión antigua, que ya trataron los estoicos, epicú-
reos y académicos. A mi juicio, los sentidos no pueden
engañarse, si bien pueden engañar; porque se equivoca
quien toma lo falso por verdadero, ó al contrario; pero
los conceptos de verdad y falsedad constituyen una de-
terminación y distinción que no caen bajo los sentidos,
los cuales conocen simplemente sus objetos, sin agregar
que tal cosa sea esto ó lo otro, lo cual corresponde al
pensamiento. Y tal creo fué la idea de aquel axioma an-
44 Libro primero
tiguo: «quien abstrae no puede mentir». Pues la noticia
que nos dan los sentidos no es sino una cierta recepción
ó la impresión de una imagen como la de un anillo en la
cera ó de una figura en un espejo. Pero todavía queda
la duda de si puede el alma engañarse en virtud de la
noción de los sentidos.
Existen en la sensación el órgano, el objeto sensible
y el medio. Puede engañar el órgano mal impresionado,
como unos ojos lagañosos ó miopes; también un objeto
que esté lejano, agitado ó que se ofrezca de repente, y
puede, por último, engañar un medio no bastante ade-
cuado, como el humo, la niebla, el agua, el aire en movi-
miento, un cristal manchado de color.
Si todos estos factores se mantienen en buen estado na-
tural, á saber: un órgano bien impresionado, un objeto
que se presenta tranquilamente y el medio congruente
en tiempo y lugar, no engañarán al alma atenta. Lo
mismo sucede en todas las demás cosas; si se sigue to-
talmente á la Naturaleza, de ningún modo se errará. De-
cimos que el alma debe estar atenta, porque si se dirige
á otra parte, aunque cumpla el sentido con su misión
ella juzgará mal, com.o cuando un mensajero refiere una
cosa cierta á quien no le escucha. De igual modo cree-
mos no haber visto lo que realmente vimos, ó haberlo
visto en otro lugar; y sé comprende bien que esto puede
suceder cuando alguien oye cosas que no escucha y se
calla sin haberlas entendido; pero, á poco, como desper-
tando de un sueño, repite de memoria lo que se le había
dicho, y declara que lo ha oído y entendido.
CAPITULO X
DEL CONOCIMIENTO INTERIOR
Además del conocimiento externo de estos objetos
presentes, es manifiesto que existe otro de las cosas au-
sentes, pues no sólo vemos muchas en sueños, sino que
estando despiertos y sin funcionar absolutamente ningún
órgano de nuestros sentidos, damos vueltas con el pensa-
miento á cuanto hemos antes visto, oído, tocado, gus-
tado y olido: fenómenos que se presentan con claridad á
la observación de todos, aun en los mudos.
Así como en las funciones de nutrición reconoce-
mos que hay órganos para recibir los alimentos, para
contenerlos, elaborarlosjy para distribuirlos y aplicarlos,
así también en el alma, tanto del hombre como de los
animales, hay una facultad para recibir las impresiones
délos sentidos, la cual se llama imaginativa; otra para
retenerlas, ó sea la memoria; otra que las perfecciona,
la fantasía, y finalmente, la que las clasifica según su
asenso ó disenso, que es la estimativa. Son, en efecto, las
cosas espirituales imágenes de Dios; al paso que las cor-
porales son en cierto modo como simulacros de aqué-
llas; por eso no ha de sorprender que se infieran las cosas
espirituales de las corporales, como hay también repre-
sentaciones délos cuerpos en sombras ó por pinturas.
Es la función imaginativa en el alma como los ojos en
el cuerpo, la de recoger las imágenes mirando; luego
está la memoria en forma de abertura de vaso, para
46 LIBRO PRIMERO
conservarlas; la fantasía, que reúne y separa aquellos
datos aislados y simples que recibiera la imaginación.
No ignoro que muchos confunden ésta con la fanta-
sía, empleando ambos nombres indistintamente, y que
algunos creen ser idéntica su función; pero juzgo más
conveniente dividirlas tanto por el fondo de la cuestión
como para la facilidad de la enseñanza, por cuanto
vemos que existen funciones distintas, de las cuales in-
ferimos sus facultades. Con todo, no habrá incon-
veniente en usar á veces una ú otra denominación.
Agrégase á ellas la del sentido que llama Aristóteles
común, por el cual se juzgan los objetos sensibles ausen-
tes, y se distinguen los que tocan á varios sentidos;
puede colocarse después de la imaginación y la fantasía.
Es esta última admirablemente suelta y libre: ella for-
ma, reforma, combina, encadena y disocia cuanto se le
antoja; enlázalas cosas más distintas, y separa hasta el
extremo aquellas que se hallan más íntimamente unidas.
Por eso, de no hallarse gobernada y contenida por la
razón, agita y perturba al alma como al mar las tempes-
tades. Esa función se pone en movimiento por los sen-
tidos y también por el estado del cuerpo; del mismo
modo los seres espirituales, como los ángeles buenos y
los malos, intervienen para excitar aquella facultad, em-
pleando con suma delicadeza las acciones de las cosas
naturales, impidiendo fácilmente el conocimiento de los
sentidos y nuestro propio juicio.
Realizan, en efecto, aquellos espíritus ciertos actos
desconocidos para nosotros, como el hombre también
hace cosas que no comprenden los brutos.
De igual modo que algunos hombres son capaces de
conmover la fantasía y la mente de los demás por medio
déla palabra, con señas o gestos, con escritos y signos,
lo cual excede á la comprensión de los animales, así
también pueden las ciencias espirituales agitar nuestra
CAP. X. — DEL CONOCIMIENTO INTERIOR 47
fantasía mediante actos propios y sólo de ellos conoci-
dos, moviendo antes la facultad imaginativa, la cual
está grandemente unida con el cuerpo, pues á la par que
es influida por los sentidos, ella infunde en el cuerpo
admirables energías; cualquier cosa que impresione á
uno, refleja también en el otro.
El cuerpo recibe y devuelve aquella misma forma y
acción que la fantasía concibió, como se ve muy clara-
mente en las relaciones amorosas y del modo más expre-
sivo en las mujeres embarazadas, en las cuales realiza la
imaginación excitada^ aquello que en ningún otro caso
podría hacer la inteligencia ni la razón.
La facultad estimativa es aquella que partiendo de las
impresiones sensibles produce el acto del juicio, dirigido
á distinguir lo que puede ser provechoso ó nocivo,
puesto que la naturaleza le creó para nuestra salud, y
para el conocimiento ó estímulo de los sentidos. Así,
primeramente se juzga qué es en sí cada objeto, y des-
pués, si es conveniente ó perjudicial. En el primer jui-
cio sigue el alma el dictamen del sentido, verbigracia, de
la vista; en el segundo se mueve por un misterioso estí-
mulo natural y se retira de pronto, como la oveja hu-
yendo de un lobo que antes nunca viera, ó las gallinas
del águila ó del buitre, y el hombre mismo del dragón y
de los monstruos; hasta en ocasiones nos asustamos de
la repentina presencia y encuentro de ciertos hombres.
De la memoria trataremos más adelante.
Es indudable que los sentidos externos tienen cierta
proporción, ó sea analogía, con los interiores, pues hay
imágenes crasas, terreas; las hay de cosas sutiles y espi-
rituales. En el alma nada hay tan semejante á los senti-
dos como el ojo. Así que las imágenes anímicas pare-
cen hallarse allí de igual modo, dada la proporción de las
cosas, que las externas; pues como éstas se imprimen
en los ojos, aquéllas en el espíritu luminoso que las con"
48 LIBRO PRIMERO
serva largo tiempo y las presenta con' mayor pureza y
claridad á los ojos del alma, formando en ella como una
impresión ó afecto; y cuando se ocupa en combinarlas ó
separarlas, resulta un acto anímico.
Otorgó la Naturaleza á estas facultades diversos ins-
trumentos, á modo de laboratorios distintos en las par-
tes del cerebro: en la región anterior de éste se afirma
que está el origen y asiento de los sentidos, y que en ese
mismo sitio se forma la imaginación; en el centro se
hallan la fantasía y la facultad estimativa; la memoria
en el occipucio. Y lo infieren de que cuando se perturba
cualquiera de estas partes, sucede lo mismo á la función
correspondiente, sin que las demás cambien de estado.
Y no es cosa distinta la que observamos en los miem-
bros del cuerpo: teniendo malo un pie, no podemos an-
dar; pues, aunque el principio y la facultad de la marcha
está en el alma, el instrumento y la actividad están en
los pies.
El conocimiento y juicio de lo nocivo y de lo prove-
choso engendran en nosotros el deseo de esto y la aver-
sión y alejamiento de aquello; así como los movimientos
del alma que nos inclinan hacia el bien presente ó veni-
dero y nos desvían del mal, los cuales se llaman afec-
tos ó perturbaciones, en griego T.ádq, de que trataremos
por separado con más extensión.
Aquel apetito, por tanto, que es «hacia algo» y
aquella aversión que es «de algo»; lo mismo que con-
mueven el alma, comunican también ese movimiento al
cuerpo para que se dirija á lo útil y se aparte de lo da-
ñoso.
Esto se verifica andando, volando, nadando ó arras-
trándose; pero hay animales minúsculos que están quie-
tos en un sitio porque no tienen que buscar en otra parte
lo que necesitan, y carecen de aquellos movimientos; así
son las conchas y las esponjas, las cuales no hacen más
CAP. X. — DEL CONOCIMIENTO INTERIOR 49
que encogerse y estirarse en la forma que basta para su
vida.
En cuanto á la palpitación ó pulso, en cualquier ani-
mal, no es un movimiento producido por el apetito, sino
que es de la nutrición, pues el calor actúa sobre las co-
sas húmedas, según puede verse en aquellas que se
aplican al fuego.
CAPITULO XI
DE LA VIDA RACIONAL
Estas facultades de los sentidos, ya externos ya inter-
nos, son las superiores en los brutos, mientras que en
el hombre sirven á la mente, que, partiendo del cono-
cimiento de la imaginación y de la fantasía se eleva más
alto, ó sea hasta conocer las cosas espirituales.
Pero encerrada como está ella en la oscura cárcel
corpórea, y cercada de tinieblas, se ve privada de la inte-
ligencia de muchos objetos; no puede mirar ni entender
con toda claridad lo que quisiera, esto es, la esencia de
las cosas envueltas en la materia, la cualidad de índole
de lo inmaterial, como tampoco emplear su suspicacia y
su viveza dentro de aquella obscuridad. A tal altura no
llega nmguna de las facultades de los animales, porque
no es capaz de volver jamás sobre sí misma, ni piensa ó
juzga cosa alguna que se halle sobre los sentidos del
cuerpo.
De aquel conocimiento de los objetos supremos, los
más excelentes de la naturaleza, por los cuales llega la
mente hasta al autor mismo de todas las cosas, nace el
amor hacia ellas. De aquí la pugna y lucha entre la mente
y la fantasía: ésta arrastra al alma hacia lo corpóreo,
aquélla tiende hacia lo más elevado, á las cosas supremas
no comprendidas por ningún sentido ni por la fantasía,
deteniendo á ésta en su marcha errante y divagadora á
CAP. XI — DE LA VIDA RACIONAL 5l
través de inacabables, pervertidos caminos y trayéndola
al verdadero.
No se inclina la aspiración entera de la mente ante
la utilidad ó daño presente sino que recuerda lo pasado,
y conjetura acerca de lo futuro; busca el juicio de lo
verdadero y de lo falso, cosa de que no se preocupa el
animal, sólo atento á mirar lo que conviene al cuerpo y
lo que le daña, sin más que el arrebato de la fantasía.
De esa potencia de la mente trae su fuente y origen el
lenguaje, expresión de cuanto en ella se contiene y facul-
tad de que asimismo carecen los brutos, que por eso se
llaman «mudos», según explicaremos detalladamente en
lo sucesivo. En cuanto á la cuestión que ahora nos
ocupa la definiremos por el orden siguiente, para no traer
confusión á la inteligencia de cosas tan difíciles y abstru-
sas: «La vida dotada de mente, esto es, de prudencia, de
juicio, de razón, llamada en lo antiguo Xo^i/rj y por nos-
otros vida racional, es la que, siendo creada para cono-
cer á Dios, y en tanto para amarle, tiene por fin la feli-
cidad eterna adquirida por esos medios.»
CAPITULO XII
^QUÉ ES EL ALMA?
Hasta aquí hemos hablado de la vida de los anima-
les. Veamos ahora, hasta donde nuestra investigación
alcanza, qué es aquello por cuya virtud viven todos los
seres.
Hay en éstos manifiestamente, según dejamos al prin-
cipio sentado, algo que infunde vigor á sus actos, y que
falta en las cosas inertes, ó sea aquello que les da vida,
y á éstas les falta. No es posible que sea aquella masa
que se llama materia, inmóvil siempre, y sólo semejante
á sí misma sin ser capaz de sacar fuerzas de su propia
índole y naturaleza. Si tuviese esta virtud la materia
donde quiera que abundase, hallaríamos que también la
tenía en grandes proporciones, siendo así que vemos
suceder lo contrario; que en un cuerpo de tamaño
mediano no existe menor alma é inteligencia que en uno
grande y enorme; ni sería menos hombre un cadáver,
que en vida.
Ningún elemento adherente puede dar aquellas facul-
tades tan grandes: es quien la da antes bien la cosa extre-
ma y más tenue de toda la naturaleza; próxima á la nada,
casi la nada misma y muchas veces sin existencia total-
mente, existiendo no más que en el conocimiento de
nuestra mente.
Pero esa fuerza y facultad de la vida produce admi-
Cap. xií. — ¿que es él alma
> bi
rabies operaciones que es maravilloso se originen de
una substancia que con razón la han colocado los hom-
bres más sabios en el orden superior de las substancias.
Luego no es racional admitir que lo que de éstas pro-
viene con gran admiración nuestra se atribuya sólo á las
cosas inherentes.
Veamos, pues en qué consisten éstas.
Son las cualidades de los elementos que se llaman
primeras ó principales, y la conformación misma de los
miembros, interior y exteriormente. Mas no porque uno
tenga más calor ó más frío, tiene también más inteligen-
cia; ni aquel enlace y armonía resultantes de tal diversi-
dad de cualidades puede ser una forma de la naturaleza;
pues aquella puede aumentar ó disminuir, mientras que
las formas son siempre las mismas y de igual manera.
En otro caso, podría variar el orden y la naturaleza de
la especie; cosa que á ningún filósofo se le ha ocurrido
afirmar. Nada por tanto hace para el caso la composición
y figura del cuerpo, la cual es idéntica en un cadáver
que en el ser vivo.
Además, es mayor y más próximo al sentido humano
el de algunos animales que más se apartan de la confor-
mación del hombre, como el elefante, que el del puerco,
del cual se dice que ningún otro se parece más á aquel
interiormente, hasta en el temperamento de la carne,
como lo demuestra su sabor, según afirman quienes se
vieron precisados á comer cadáveres humanos, y halla-
ron un gusto semejante al de la carne de aquel animal.
En cuanto á nuestra mente, no solo no sigue la natu-
raleza del cuerpo, sino que le gobierna, doblega y tuerce
á su arbitrio; son, para ella repugnantes las impresiones
que provienen de esa como maceración de la masa. Y si
la sola facultad de experimentar sensaciones excede de la
potencia corporal y la de sus adherentes, incapaces de
expresar las operaciones de aquella; en mucho mayor
$4 LIBRO PRIMERO
grado la excederá la facultad de entender, que es en nos-
otros la más elevada.
Con mucha razón pregunta Aristóteles á Empedocles
qué es en definitiva aquello por cuya virtud se contienen
y encierran en el cuerpo todos aquellos adherentes con
tan gran variedad de funciones, sino alguna sustancia,
y ciertamente no de los grados últimos de la esencia.
Es evidente que hay también en los distintos cuerpos
de los animales unos mismos inherentes, ya sean de pri-
mero ó segundo orden, ya también de tercero ó de úl-
timo; pero con muy diversas operaciones, como puede
observarse en el niño y el mono, en el león y el gato, en
el cuervo y el grajo; que al contrario, existen adherentes
distintos siendo muy semejantes las acciones, como en
el viejo y el joven. Aquellos que no hacen investigación
alguna en las cosas insensibles, fácilmente atribuyen á
los inherentes algo que está más elevado y recóndito que
la apreciación de los sentidos; así que les parece super-
fina toda forma, y aun la materia misma, no quedán-
doles más que una cierta masa del género de la cantidad,
como son las cosas geométricas. Tampoco se puede afir-
mar que esta facultad de sentir y entender es un cuerpo
compuesto de materia y forma; pues lo primero que
mueve al ser viviente á realizar las operaciones de la
vida es aquella fuente y principio vital de que ya habla-
mos: luego en todo cuerpo es la forma misma el princi-
pio y origen de sus actos. Y aun fuera más acertado de-
cir que es la forma aquello por lo cual vivimos, que
llamar al cuerpo compuesto de materia y forma; pues
antes pudiera esto llamarse cuerpo animado que alma,
ó sea lo que vive por su forma, como lo blanco es tal
por la blancura.
De cuanto llevamos dicho es fácil colegir «qué no es el
alma». Veamos ahora «lo que es». Pero esto no puede
hacerse directamente, puesta y como presentada ante la
CAP. XII. — ¿QUE ES EL ALMA? 55
vista la nuda esencia del objeto, sino vestida y como en
pintura, con los colores más propios y adecuados que
podamos. Ella habrá de ser observada en sus opera-
ciones, porque no se ofrece á nuestros sentidos; mientras
que con todos estos, así internos como externos, podemos
conocer sus obras.
Se demuestra la bondad del autor de la naturaleza
para con nosotros con grandes pruebas, y por todos
lados: puso á nuestra disposición, con la mayor abun-
dancia, todo aquello que nos conviene; y la señal más
evidente de no convenirnos algo, es el que esté apartado,
sea raro y difícil de adquirir.
No nos importa saber qué es el alma, aunque sí, y en
gran manera, saber cómo es y cuales son sus opera-
ciones. Quien encareció que nos conozcamos á nosotros
mismos, no quiso se entendiese con respecto á la esen-
cia del alma, sino de los actos necesarios para la mode-
ración de las costumbres; para que, rechazado el vicio,
sigamos la virtud que ha de conducirnos á donde pase-
mos la vida más feliz, siendo sapientísimos é inmortales.
Continuando nuestra explicación, diremos que tam-
poco es posible definir en absoluto todo lo relativo á las
operaciones mismas, pues se presentan poco á poco y
por partes á nuestra inteligencia, hasta que logramos
abarcar el conjunto. A la materia bruta é inerte agregó
Dios aquellas «eficacias» que se ha dado en llamar espe-
cies ó formas, de que en otra parte hemos tratado. Son
partícipes de la magnificencia divina, cada una según su
manera y alcance, y podemos representarlas como rayos
de aquella luz infinita y perpetua. Es la excelencia su-
prema de Dios condición de aquella vida eterna, col-
mada de toda bienaventuranza; cuanto se pueda pensar
ó desear, quiso por su bondad comunicarla á las inteli-
gencias, que creó para ser capaces de tan gran bien.
De tal modo, en las cosas creadas es la felicidad como
56
LIBRO PRIMERO
una mano en el extremo de la perfección universal, y
como consecuencia de ésta la bondad, á modo de instru-
mento por el cual Dios nos infunde aquella y nosotros
la recibimos. Es la bondad quien le impulsó á comuni-
carnos la felicidad, y la que nos eleva hasta participar de
ésta. No puede existir bondad alguna donde no haya
conocimiento de ella, esto es, de lo que se debe hacer,
de lo que hemos de conservar, y de aquello de que tene-
mos que huir.
Se asciende á todas estas cimas tan elevadas por
medio de las formas, á modo de escalones unidos y rela-
cionados entre sí, de suerte que nada queda vacío entre
los extremos más apartados por Dios y los más inmedia-
tos. Llámase así esta unión y proximidad, más por ana-
logía de su importancia para nuestros juicios que por
aplicación de su esencia; de modo que tal conjunción y
separación no han de tomarse simplemente, sino para
algo; esto es, por comparación, no respecto de Dios, sino
entre las cosas creadas^ por la participación que tienen
de la excelencia divina. Son, pues, aquellos elementos
por los cuales viven las cosas, formas ó especies de los
seres vivientes: así por ejemplo, aquello por lo cual este
objeto es papel, es la forma del papel; si diamante, lana
ó piedra, la forma de cada una de estas especies. Y del
mismo modo, solo soy hombre por la forma humana,
el caballo lo es por su forma equina, y el perro por la
canina. Esta forma toma su nombre del género de las
cosas individuales; géneros y partes ó figuras que efectúa
la naturaleza misma de la forma, como son la diaman-
tina, papirácea ó lapídea por virtud de las cuales son
aquellos objetos diamantes, papel ó piedras.
Ella pudiera llamarse vida en los animales á no haber
empleado el uso general esta palabra más bien para la
acción que para la esencia de la especie. Y no de otro
modo está el alma unida al cuerpo— ó aneja y agregada,
CAP. XIÍ. — ¿QVé ES EL ALMAí* $7
como algunos prefieren — que las demás formas á sus
materias respectivas; solamente que hay una gran dife-
rencia en la índole y manera del enlace, como pasa en
el orden de la naturaleza en el cual las cosas superiores
se juntan con las inferiores; la tierra con el agua, ésta
con el aire, el aire con el fuego, el fuego con el cielo, las
cosas celestes con las supracelestes y en cierto modo di-
vinas.
Las cosas que se reúnen y combinan en la naturaleza,
todas ellas están enlazadas por algún medio, ya sea por
participar de la esencia de los extremos, como se unen
los cuerpos: la tierra con el aire mediante el agua, ésta
con el luego, por el aire; la carne con el hueso, por los
cartílagos; ó ya mediante cierta congruencia de la fun-
ción y de la operación; como el artista con su obra me-
diante los instrumentos, como el pintor con el cuadro
por el pincel ó el carboncillo, el carpintero con la ma-
dera, por el hacha ó la azuela. De tal modo es loda forma
el artífice en su materia: los instrumentos son cualidades
y conformación de ésta; por medio de ellas se une la espe-
cie á la masa. Y de igual manera se viste el alma con el
cuerpo que la luz con el aire, de cuya combinación re-
sulta el aire lúcido, aunque permaneciendo íntegros
aquélla y éste; pues no se confunden como los elementos
en una mezcla natural, v. gr., la hierba pulverizada
y el aceite, por el farmacéutico. Pero en otras formas
está el enlace más próximo ó la substancia de ambas
partes, mientras que en el alma dista de ellos muchí-
simo.
Cuál sea la naturaleza de cada forma se infiere de sus
oficios y acciones; las rocas y las piedras nada tienen en
absoluto más que lo frío é inerte, tomando su forma de
la tierra y el agua; y su unión, de la índole y cualidades
de ellas; las plumas y las pajas tomaron algo de la natu-
raleza aérea. Pero el alma, que se llama nutridora, es
58
LIBRO PRIMERO
ígnea, y todos sus oficios son de este orden. Las almas
de los brutos son superiores, esto es celestes, por lo cual
han obtenido sentidos y cierta noción, mediante la cual
no sólo sienten, sino que de algún modo también com-
prenden los cambios y movimientos de los cielos y los
astros, como son los del día y la noche, del invierno y el
verano; si bien no es facultad de estos elementos dar
sensación y conocimiento, sino del poder celestial.
En cuanto al hombre, se elevó sobre los cielos hasta
el mismo Dios; por eso es divino su origen. La materia
se halla en lo último de todas las cosas, y ninguna for-
ma puede bajar hasta ella si no arrastra consigo los me-
dios, es decir, la condición y naturaleza de las formas
intermedias. Así, la especie animal contiene la facultad
del alma vegetal; la humana, la de ambas, juntamente
con las de los elementos inferiores. Esto mismo observa-
mos en los sentidos: los ojos son ígneos, aéreos el oído y
el olíato, acuoso el gusto y terreo el tacto. Quien tiene
vista, tiene también los restantes sentidos; mas el que
disfruta gusto y tacto, no por eso goza desde luego del
ver y oir. Al hombre, con razón se le ha llamado un
mundo pequeño, por comprender en sí las facultades y
naturaleza de todas las cosas. Mas no debe desconocerse
que las vidas inferiores no son principio y origen de ac-
tuar de suerte que nazcan de ellas las superiores, sino
sólo unos adminículos y como grados, por los cuales su-
ban éstas y bajen; como no es la vegetación origen de los
sentidos, sino escalones por donde viene el sentido al
cuerpo y asciende paulatinamente á sus funciones. Cada
vida, en efecto, tiene en sí propia su origen, y el término
en que se detiene.
De los instrumentos del alma unos son líquidos, atem-
perados según cierto orden y ley; otros, miembros inter-
nos ó exteriores conformados y distribuidos de diversa
manera, los cuales, antes que aquella se revista del
Cap. xu.—¿qvé es el alma? 5g
cuerpo le son adaptados por la naturaleza, en tanto no
puede hacerlo ella misma por sí; los demás se le reser-
van, puesto que por virtud de su presencia es capaz de
anexionarlos, como función en que se ocupe y ejercite,
según nos enseña la experiencia en los animales pe-
queños.
Aparece de esto que el alma es «un principio activo
esencial que habita en un cuerpo apto para la vida».
Expliquemos algo más estos términos, con breve razo-
namiento sobre el orden de cada uno: se llama princi-
pio «activo», y en cierto modo «artista», porque cuando
realiza cualquiera alguna cosa con instrumentos, la facul-
tad de hacerlo reside en él mismo; así, en el pintor está
la facultad de pintar, y en mí la de escribir, aunque
aquél no pinta sin pincel y colores, ni yo escribo sin plu-
ma y tinta. Mas quien no tenga fuerza y facultad de ha-
cer algo no lo realizará, aun cuando emplee instrumen-
tos. Ahora, si existe algún acto que el alma ejecute pri-
vada de estas armas, es cuestión que trataremos en lo
sucesivo con mayor espacio.
Se agrega «esencial», porque si decimos que el calor,
la humedad ó el aire operan algo en el cuerpo, se debe
tener en cuenta que esos no obran por sí, sino que es del
alma de quien vienen cuando hacen; de igual modo que
si la tinta estampa estas letras y la pluma las traza, es
por mí, no por ellas. Por tanto, es el alma artífice ó
«artista», es «activa», sin que tenga que tomar en otra
parte la fuerza que emplea en el cuerpo. Se dice que ha-
bita en éste porque está Dios en el cuerpo mismo, y, sin
embargo, no habita en él, como el demonio puede infil-
trarse en el cuerpo del animal, pero quien habita allí es
el alma; allí está su mansión cual en un edificio, con to-
dos sus enseres y auxiliares domésticos. Por último, este
cuerpo «apto» conviene que sea correspondiente á la
forma de su especie; pues el alma no puede adherirse in-
éo
LIBRO PRIMERO
distintamente á cualquier forma y figura corporal para
realizar las operaciones de la vida, sino con un orden
natural dado, y conforme á las leyes establecidas por el
autor del universo desde que fué creado.
Aquella atemperación de líquidos y cualidades siendo
más íntima en el cuerpo y en la obra misma de la natu-
raleza, es también por eso el órgano más adecuado del
alma y ma>or la unión del artífice con él; de suerte que
faltando aquél, se aparta el alma; y alejada ésta, necesa-
riamente falta aquél en seguida. Pero los miembros per-
manecen después de separada el alma, porque la confor-
mación de los miembros interiores y exteriores está más
lejana y apartada, mientras que la mezcla de las hume-
dades en aquellos, es íntima. Y aun tales cualidades de
los miembros son sirvientes, y á modo de instrumentos de
los instrumentos, porque mediante ellos se sirve el alma
de sus miembros, y si faltan, carecen éstos de toda utili-
dad, como pasa en los que están secos, ó hinchados, ó afec-
tados de cualquier otra enfermedad. Todo miembro es,
en efecto, idóneo para el ejercicio exterior, y la atempe-
ración de las humedades lo es para mantener aquel ór-
gano en su aptitud. Estas, por tanto, siempre están en
movimiento, y deben siempre conservar al miembro,
que no lo está, dispuesto para la acción cuando es
preciso.
Los artistas que no realizan sino una sola y sencilla
obra, tienen suficiente con un instrumento; así, para
sacar agua de una fuente basta un cántaro ó un jarro;
una espada para cortar, y una sierra para serrar; mien-
tras que los que hacen muchas cosas, ó una variada, ne-
cesitan muchas, como los que cincelan, y pintan, ó los
que edifican. Esto mismo hay que pensar acerca del alma
á quien se han concedido miembros por fuera para las
operaciones exteriores y líquidas, para las funciones de
la vida. Coopera la sangre á la saludable irrigación del
CAP. XII.— ^;qué es el alma? 6i
cuerpo, por donde se exhalan las emanaciones, como los
saludables airecillos salen de ríos y fuentes; sirve la
bilis negra para contener y reprimir los aires ambulan-
tes á fin de que demasiado enrarecidos por su sutilidad,
no se desvanezcan con perjuicio del cuerpo; la bilis ama-
rilla sirve para la cocción de los humores sobrantes y
para excitar al cuerpo evitando el sopor; es la pituita
alimento de avidez ígnea, á modo de freno que impide
se arrebaten de pronto todas las cosas. Y así como el
artífice ejecuta diversas obras con varias herramientas,
no lo mismo con todas, ni siempre cosas diversas con
varias, hay en el cuerpo del animal ciertos actos que el
alma realiza con determinadas partes; otros con varias
de ellas; las hay que son hechas con todas indiferente^
mente, pero de modo distinto en los diversos seres vivos;
así, el experimentar sensaciones, alimentarse, crecer, se
hallan esparcidos por todo el cuerpo; al paso que vemos
sólo con los ojos y oímos con el oído.
En los árboles, si se les cortan ramas y se clavan en
la tierra, unas retoñan y echan raíces, otras mueren, y
asimismo algunos animales tienen partes que aun después
de cortadas viven por sí, como en los insectos llamados
iv>.ojj.c<, cual los gusanos, abejas y hormigas. En otros,
al contrario, cualquier miembro que se arranca del
cuerpo pierde inmediatamente la vida; y así como es el
instrumento un gran factor para hacer bien ó mal, la
obra, en los humores y miembros del cuerpo consiste
mucho que ejecutemos debidamente los actos de la vida
de los sentidos, del movimiento y de la inteligencia. Del
mismo modo que con la densidad ó el enrarecimiento
del aire la luz resulta más pura y sutil, ó por lo contra-
rio más densa, impura, comparación que ya empleó Gre-
gorio Niseno hablando de este asunto — también están to-
dos los órganos á disposición del alma, como de un
artista, y ésta solamente es quien se sirve de ellos; d^
02 LIBRO PRIMERO
donde se infiere que debe tenerse como perfección y
complemento de su adaptación al cuerpo del animal en
cuyo desarrollo se ocupa con tal cuidado y diligencia la
naturaleza. Por eso llamó Aristóteles, fundadamente y
con su habitual agudeza al alma ivtsXéxs^av, como la
que lleva consigo la perfección.
Antes de pasar á debatir otras cuestiones, debe diluci-
darse cuántos son en la estera de seres vivientes los gra-
dos, ú órdenes, y formas de vida. Lo que más importa
es saber cual es el camino para la investigación de las
«formas» que de suyo no son visibles; y difícilmente
llegaremos á averiguarlo si no tomamos como punto de
partida acciones propias y hermanas. Al efecto, algunos
establecieron muchos géneros diversos, ya observando su
respectivo movimiento por el cual las dividieron en ani-
males que nadan, andan, se arrastran ó vuelan, ya el
estado del cuerpo, de donde resultan los bípedos, cua-
drúpedos, ápodos, supinos tumbados, rectos y curvos; ya
su localidad, habitación, como terrestres, aéreos, acuá-
ticos y ambiguos que los griegos llaman cí|i'ft§i«; pero
todo esto son cosas exteriores que declaran muy poco
y confusamente la índole de las «formas», las ínti-
mas y propias; aquellas que no pueden quitarse sin detri-
mento, no tanto del ser como de la especie, son las que
declaran en definitiva cuál es su «forma».
Ya en su lugar trataremos debidamente lo que toca á
los actos de la vida; teniendo demostrado que unos son de
la vida vegetativa, otros de la sensitiva, otros del conoci-
miento y otros, por último, de la razón y de la inteli-
gencia.
Son estas operaciones las más íntimas de los animales,
y tan en conexión con ellos que no pueden separarse de
su substancia, aunque sí interrumpirse sus actos por al-
gún obstáculo que los impide funcionar hasta tanto que
éste desaparezca, como un hombre que no ve ni oye
CAP. XII. — ^'QUÉ ES EL ALMA? 63
afectado de locura ó de una apoplegía, ó se halla privado
de la razón é inteligencia por embriaguez, ira ó temor.
Así pues, tantos son aquellos actos como los géneros de
animales, esto es: vegetativo, sensitivo, cognoscente ó
pensante, racional; y de esos géneros unos son parte ó
formas, como el vegetativo que corresponde á todas las
plantas y se extiende también en cierto modo á los meta-
les que se nutren y crecen en las entrañas de la tierra.
Este género de vida comprende las facultades de todas
las «formas» inferiores, sin llegar al sentido; tienen sen-
tido, pero no conocimiento las que llamaron los griegos
^o)ócpuTa, de una cierta índole intermedia entre animales
y plantas; nombre que hay quien piensa, no sin razón,
pudiera traducirse por plantánimes ó animales plantas:
son de este género las ostras, las esponjas, las conchas
de muchas clases, dotadas de sabor y tacto, aunque ca-
rentes de pensamiento y de noción interior, si bien la
concha se acerca más que la esponja á la naturaleza
animal.
Tienen^ sí, los animales ese conocimiento interior en
el cual hasta no carecen de discernimiento evidente; y
aunque algunos no están dotados de todos los sentidos,
han logrado un pequeñísimo pensamiento interno, que
aparece nulo en ciertos de ellos, como son los insectos;
vemos, sin embargo, con admiración la obra de una
providencia natural y cuidado, como pasa en las abejas,
las hormigas, arañas y gusanos de seda. Siendo difícil
la clasificación de estos últimos seres, los dejaremos en
el género animal, haciendo la distinción de llamarlos
incipientes. Son perfectos, en cambio, los animales que
tienen cinco sentidos, pudiendo muy bien inferirse de
esto que existe en ellos algún pensamiento interior, pues
la vista se ha dado para observar, y el oído, como antes
se dije, es el sentido de la enseñanza.
Ocupa el lugar superior el alma que goza de una ra-
64 LIBRO PRIMERO
zón, la humana, y que en su facultad contiene todas las
inferiores. De ella nos ocuparemos más adelante; pero
antes hay que tocar dos cuestiones.
La primera de ellas es que existiendo en el hombre
lo vegetativo, el sentido y aquel conocimiento propio
también de los brutos, y en el animal, sentido, conocí'
miento y nutrición, ,ihay un alma en el animal y otra
en el hombre, ó más bien hay tantas como íunciones?
sobre todo cuando vemos que son distintas en lugar y
tiempo, como la vista que está en los ojos; el pensa-
miento y la inteligencia en el cerebro; que el niño mien-
tras toma cuerpo en el útero apenas se diferencia de la
planta, y una vez nacido, del bruto; viviendo antes lo
que es animal, según dijo San Pablo, y después lo que
está dotado de razón.
En verdad el alma es única en todos y cada uno de los
animales; como en cada cuerpo hay una «fcrma» por la
cual vive, aunque diferenciándose en sus facultades y
funciones, como hay muchos cargos y oficios en un mis-'
mo hombre, los cuales desempeña en diversos sitios y
en distinto tiempo con variedad de instrumentos y
auxiliares.
De igual modo la diversidad de órganos y actos con-
trarios entre sí demuestra ser uno su autor, del cual
todos provienen, y quien los gobierna y modera con su
sabiduría del modo que conviene á cada ser viviente. Si
los distintos actos, operaciones é instrumentos probaran
que hay varias almas, no habría dificultad en admitir que
una tuviera muchas especies; en ese caso ,ipor qué no
pudiera decirse que produce obras multiformes.'^
De no ser así no habría un modo constante de «for-
mas», y provendría una gran confusión en el estudio de
la Naturaleza; y lo que vemos es que al acercarse lo más
elevado se retira lo inferior, como sucede en la sucesión
del orden natural é intelectual. Así, al realizarse nue^-
CAP. XII. — ííQUE ES EL ALMA
? 63
tra perfección eterna cesarán estas cosas rudimentarias
é imperfectas, llegando á su te'rmino la bondad divina,
y en virtud de ese múltiple cuidado y sabiduría de ta-
artífice, se han dado por Dios mismo al alma varios ins-
trumentos de diversa forma, substancia y naturaleza, á
cuya descripción particular han consagrado muchos li-
bros ingenios eminentes.
Otra cuestión es la de cuál sea el sitio del alma en el
cuerpo. Se halla en todo él, lo mismo que cada una de
las formas está en toda su materia respectiva. Si en alguna
de las partes no estuviese el alma, perecería aquélla, como
sucede en un miembro completamente seco. Ella ve con
los ojos y oye con los oídos, de igual modo que el agri-
cultor abre la tierra con el arado, la escarda con el ras-
trillo, la iguala con el cilindro, la cava con azadón ó
pala; en el mismo caso estaría el preguntar en cuál de
aquellas herramientas estaba preferentemente el labra-
dor. Por eso se ha creído más oportuno preguntar cuál
es el instrumento principal del alma.
Mas tampoco es muy discreta la pregunta á la cual
contestaremos: el ojo para ver, el oído para oir; como es
la principal herramienta del agricultor el arado para
arar, la escardilla para limpiar; y el instrumento de la
inteligencia y de todo conocimiento es el cerebro, y en
éste, ciertas emanaciones en extremo tenues y luminosas.
La fuente de la vida es el corazón. Hay en el animal
muchos miembros, por dentro y por fuera, tan necesa-
rios que no puede vivir si se le quita uno de ellos: tales
son el corazón, la cabeza, el hígado y algunos otros.
Mas no son todos ellos fuentes de vida, sino el corazón,
que es el primero que vive en la estructura del animal,
como un manantial que brota desde el principio, y lo
último que muere, por ser en él donde tiene su co-
mienzo y su término la vida.
Los demás miembros pueden lastimarse y herirse sin
5
66 LiBRO PRIMERO
que perezca el cuerpo; pero no así el corazón; por eso
vemos que está situado en el medio, en el sitio principal
del cuerpo, protegido y amparado por la gran defensa
del tórax, de los intestinos, de los diafragmas, como for-
taleza y custodia de la vida corporal; y desde él, como
de un arca y depósito, manan las saludables aguas del
arroyo hacia todas oartes del cuerpo, y por ellas vive
y prospera todo lo restante. Si alguna molestia, por pe-
queña que sea, se aproxima á él, aunque no le toque, de-
cae de pronto el animal entero y languidece, por más
ánimo que tenga, de donde aparece que nada le hace
animoso sino un corazón bien encerrado y como armado
de sangre y calor para que no llegue hasta él fácilmente
molestia alguna. Los seres que tienen corazón privado
de estos elementos son débiles, medrosos y quedan exá-
nimes por cualquier ligero dolor de los demás miembros,
no á causa de éstos, sino por la debilidad del corazón,
proclamando así evidentemente que la vida reside en
aquél y que desde él viene hasta ellos.
Dio la Naturaleza en todos los hombres la particulari-
dad de que, al hablar de si mismos ó señalándose, pon-
gan su mano en el pecho, cosa observada ya por Crisipo
el Estoico y que tampoco rechaza el médico Galeno, si
bien no debe ello considerarse como argumento evidente
é indiscutible, sino como una conjetura que no ha de des-
echarse en absoluto.
No hay miembro alguno de que no carezcan ciertos
animales; los hay que no tienen pies, ó cabeza, ó pulmo-
nes; pero ninguno existe sin corazón ó, por lo menos,
algo que haga sus veces, ni aun las mismas plantas.
TRATADO DEL ALMA Y DE LA VIDA
LIBRO SEGUNDO
Creado el hombre para la felicidad eterna, se le ha
concedido la facultad de aspirar al bien, para que desee
unirse á él. Esta facultad se llama voluntad. Y como no
se puede desear lo que no se conoce, existe á este fin
otra facultad, que se llama inteligencia. Además, nues-
tro espíritu no permanece siempre en un mismo pensa-
miento, sino que pasa de unos á otros, por lo cual nece-
sita un cierto depósito en que, al presentarse los nuevos,
conserve los anteriores como tesoro de cosas ahora ausen-
tes, las cuales reproduzca y tome cuando es menester.
El nombre de esta función es la memoria.
Así, el alma humana consta de tres principales funcio-
nes, facultades, ó sea fuerzas, dones y oficios, ó, según
otros dicen, potencias y partes, no porque tenga parte
alguna lo que es indivisible, sino que las llamamos así
por el oficio y función que desempeñan. Son aquéllas la
mente ó inteligencia, la voluntad y la memoria, en las
cuales se representa la imagen de la Trinidad, según ya
demostraron los Santos Padres.
Cosa por extremo ardua y difícil, de obscuridad la
más intrincada, es investigar las operaciones de estas
facultades; cuántas y cuáles sean en realidad, su origen,
desarrollo, su crecimiento, disminución y término, por-
que no tenemos otra inteligencia superior á ella capaz de
68
LIBRO SEGUNDO
contemplar y juzgar á ésta inferior, así como lo hace la
mente misma fácilmente respecto de los sentidos y de la
parte vegetativa, en concepto de inferiores. Dios nos
concedió estas facultades, más bien para nuestro uso que
para adquirir conocimiento de ellas. El, como su autor,
sabe bien cuáles son; nosotros somos no más que obre-
ros suyos por medio de éstas. Es, sin embargo, obra muy
hermosa —por tratarse, en efecto, de cosa preciosísima
y grandiosa, conducente, en primer lugar, á dirigir nues-
tro espíritu — el inquirir y explorar hasta donde sea lícito
la cualidad de nuestra inteligencia, su poder, sus funcio-
nes y operaciones; todo ello será un estudio y disquisi-
ción de gran importancia; sus resultados, por exiguos
que fuesen habrán de tener un alto valor.
Las facultades, como su nombre indica, están dispues-
tas para actuar; por eso se dividen según sus actos, es
decir, por las respectivas operaciones que emanen de la
esencia misma, no de sus intereses ó de aquello que su-
ceda exteriormente. Así, la facultad de los ojos es ver,,
no este color ó aquél, de tal ó cual manera, sino nuda y
simplemente. Consideramos doble á la inteligencia; pues
existe como facultad general en todo el universo, y como
una función particular de la misma. Observamos que la
inteligencia humana conoce aquello que viene de fuera,.
y que conserva como en una caja las cosas conocidas
para tomarlas otra vez en el momento preciso: esta repe-
tición, á modo de investigación, se llama reflexión, de la
cual se pasa al recuerdo. Observamos luego que com-
para entre sí las cosas que ha conocido, que de ellas pasa
á otras, y en ellas ve y juzga lo que es verdadero ó falso,,
bueno ó malo; en su consecuencia, la voluntad adopta lo
que es bueno y rechaza lo malo; y á este resultado se
refieren las facultades y actos superiores, recorriendo
igualmente esos mismos grados desde el último al pri-
mero. La voluntad, en electo, nada persigue ni evita sin
LIBRO SEGUNDO 69
que antes «1 juicio lo haya declarado ser bueno ó malo;
ni se establece juicio alguno sin que le forme la razón, ni
ésta le forma sin haberle comparado, ni es posible com-
pararle antes de ser reflexionado y reproducido por la
memoria, ni se quedará en ésta si no ha sido conocido y
entendido previamente.
También las cosas ausentes se presentan al conoci-
miento; pues no sólo de las presentes hay deseo ó repug-
nancia de parte de nuestra voluntad, que apetece igual-
mente los elevados y situados lejos, á los cuales hay que
acercarse paso á paso, y tras larga investigación; y por
último, aquello que conoce y adopta, apetece ó desecha
á veces lo contempla tranquilamente en una como quie-
tud del espíritu.
Son, por tanto, las facultades del alma racional: volun-
tal, inteligencia, mente; y bajo ésta, la simple inteligen-
cia, la reflexión, el recuerdo, la comparación, el razona-
miento, la censura ó juicio y la atención.
De cada una de ellas trataremos por separado.
CAPÍTULO PRIMERO
DE LA INTELIGENCIA SIMPLE
Es esta la primera y sencilla recepción de las cosas
que se presentan á la mente, en la cual está como los
ojos en el cuerpo y la imaginación en el espíritu. No se
llama simple porque sólo conozca las cosas simples, ó
sea lo individual de las mismas, sino por no comprender
y mirar nada que no sea lo que se le ofrece al conoci-
miento. En cuanto á lo vario por cualquier concepto, lo
compuesto y conexo, como los raciocinios, los discur-
sos largos y múltiples, aparecen con mucha confusión á
esta inteligencia.
Cuando al espíritu se ofrece un objeto simple y sin
composición, si está presente, la imaginación recibe la
figura misma que se ofrece á los sentidos; si está ausente,
V. gr., cuando se habla de él en una conversación, si es
cosa de las que caen bajo los sentidos y está impresa en
la memoria, la fantasía reproduce su forma, tomada de
la memoria misma. Si es un objeto que no puede ser
conocido por los sentidos, el ser ó no ser, de una ó de
otra manera, es la mente quien la infiere con la razón y
la fantasía quien inventa su imagen, tomada de las cosas
que ya conoce; así, por ejemplo, cuando representa á
Dios, á los ángeles, nuestras mentes y otros objetos aná-
logos. Esto mismo hace en las cosas corpóreas descono-
cidas, las cuales pinta según las conocidas, como un
león, un elefante, Boma, París y demás que antes nunca
había visto.
CAP. I. — DE LA INTELIGENCIA SIMPLE 7I
No existe lo universal en la imaginación, como tam-
poco en la naturaleza; sólo se alcanza por el trabajo de
la razón y bajo una imagen sumamente confusa y tenue,
despojándose la inteligencia, hasta donde es posible, de
los caracteres de la fantasía. Difícil es afirmar qué for-
mas tienen en el espíritu los ciegos de nacimiento.
De igual modo que para ver es necesario tener abier-
tos los ojos, necesita la inteligencia para entender la aten-
ción, es decir un cierto advertir del espíritu á que
llaman los griegos xooas/siv xóv vwv, una especie de aper^
tura de la mente para recibir cuanto se le ofrece.
Los impedimentos de esta inteligencia son: unos «inte-
riores», ya por iiallarse el espíritu ocupado y abstraído
en otro pensamiento más intenso, ya por acumulación
de pensamientos, en que unos expulsan inmediamente á
otros y la mente acude á varios de ellos sin pararse en
ninguno, ya también cuando la ordena la voluntad que
se ocupe de otras cosas, abandonando la presente, cosa
que no se realiza sin que el espíritu, por complacer á la
voluntad, aparte á la inteligencia de otro pensamiento
que se presente como á la puerta.
«De la parte de afuera», la causa de los impedimentos
está en el cuerpo, por los humores fríos y crasos que pro-
ducen espíritus densos y tardos, por tanto, poco ade-
cuados para percibir. También es de fuera cuando los
sentidos se hallan muy Ocupados en otras cosas y apartan
á la inteligencia de atender á las demás, aunque ya esto
se refiere á lo que dejamos dicho, que unos pensamientos
empujan ó excluyen á otros, pues los sentidos en nada
estorbarían, si á ellos no se adhiriese la mente como
quien presta oído al que habla. Con todo, á veces una
acción vehemente y laboriosa de los sentidos corporales
impide funcionar á la inteligencia, por separar ó ligar
emanaciones que son instrumento principal de la mente,
como sucede en la enfermedad y cuando hay dolor.
72 LIBRO SEGUNDO
Aquellos que se agitan de ese modo en sus pensamien-
tos están como peregrinando siempre con su espíritu,
sin hallarse jamás en el objeto presente; se llaman «los
que hacen otra cosa» y son aquellos que pasan inútil-
mente la mayor parte de su vida. Los hay también que,
no habiendo, por ejemplo, entendido la primera parte de
un discurso, conjeturan acertadamente lo que se quiso de-
cir por lo que oyeron y entendieron después, ó ya por lo
poquísimo comprendido de lo anterior, ó por compara-
ción de las conjeturas desde las negativas hasta la que
afirma; así, v. gr., cuando se argumenta: «no es verosí-
mil que esto sea aquello, ni lo otro, ni lo tercero, luego
será este cuarto objeto, puesto que ya no queda ninguno.»
En total, pues, son dos las causas de no entender;
cuando el agente está ocupado, ó cuando no sirve el ins-
trumento, en lo cual se comprende también el cansancio
de la facultad, que no consiste en ésta sino en los ins-
trumentos. Nuestra mente, en efecto, no dispone de po-
tencia infinita, ni de cuanto desea para una acción pre-
sente, ó para la materia propuesta, aunque sí en cuanto
á la duración temporal y la continuación de su obra; por
lo cual en estos actos nunca falla por debilidad propia,
sino por la de los órganos.
La intensidad se repone en los fatigados, ya por el des-
canso, ó por la mera conversión del espíritu á otro ob-
jeto, tanto mejor cuando se pasa de un asunto grave á
otro ligero, de un objeto molesto á uno agradable; ya
también alegrando los sentidos, bien con un espectáculo
ameno, con la música, con refrigerio de comida y be-
bida; bien sentándose si estuvo de pie, ó viceversa; bien
por el paseo, ó por la excitación de un afecto nuevo: de
alegría, tristeza, deseo ó venganza, según la inclinación
de cada uno: por último, de cualquier modo que devuel-
va al espíritu su frescura.
CAPÍTULO ÍI
DE LA MEMORIA Y EL RECUERDO
Es la memoria aquella facultad del alma por la cual
se conserva en la mente lo que uno ha conocido me-
diante algún sentido externo ó interno. Es, por tanto, su
acción dirigida hacia adentro toda ella, y la memoria á
manera de un cuadro pintado; así como éste al ser mi-
rado por los ojos produce una noción, aquélla la realiza
por la mirada del alma que entiende ó conoce. Esa no-
ción no es simple, pues necesita primero la reflexión que
examina é investiga, y después viene el recuerdo cuando
se ha llegado á lo que nos proponemos reproducir.
Hay en el recuerdo una segunda operación al insistir
el espíritu en traer alguna cosa que maneja y revuelve
en su pensamiento, á lo cual se llama recoger. Este re-
cuerdo se produce por una simple mirada del alma ala
memoria, y es también común á los animales; mas la
nuestra es aquella que se verifica por ciertos grados,
marchando desde las cosas que se presentan al espíritu
á las que se habían ocultado, ó sea mediante discurso,
propio sólo del hombre. Los filósofos la llaman reminis-
cencia, en lo cual no están conformes con el modo gene-
ral de hablar, pues Virgilio dijo también del caballo:
Dulces moriens reminiscitur Argos (i).
(i) Eneida, lib. lo, verso 782.
74 LIBRO SEGUNDO
Conservemos no obstante para la más fácil compren-
sión, ese vocablo empleado en las escuelas con el signi-
ficado que tuvo para los griegos la palabra «vápr^a-.;, 6
sea la reducción á recuerdo, una especie de recuerdo
del recuerdo mismo.
Tenemos, por consiguiente, memoria, recuerdo y remi-
niscencia. Colocó la naturaleza á la memoria, como en
su asiento y fábrica, en la nuca, con admirable sabiduría
para ver lo pasado, á manera de un ojo mucho más ex-
celente que si tuviésemos uno corporal colocado en la
frente, como el que la fábula atribuye á Jano.
Dos son las funciones de la memoria, como las de las
manos: «coger y retener». Cogen ó aprenden fácilmente
los que tienen húmedo el cerebro; y aunque lo son todos
los cerebros, ha de entenderse que lo sean sobre mane-
ra. Un sello, por ejemplo, se imprime rápidamente en
una humedad fluida, pero no se conserva mucho tiem-
po si no está seca la materia; por eso los biliosos son
más aptos para retener lo que una vez aprendieron, si
bien ese temperamento es adecuado para ambas fun-
ciones.
En los niños que la tienen supone buen entendi-
miento, según observó Quintiliano, porque la memoria
le ayuda, no sólo para recibir fácilmente lo que sea desea,
sino para reproducirlo pronto y con fidelidad cuando sea
necesario. Esas dos condiciones: la representación «rá-
pida y fiel», pertenecen á la función que llamamos reten-
tiva; pues hay quien conserva bien, pero es tardío para
devolver ese depósito y se esfuerza largo rato para
buscarle, ó le devuelve con poca fidelidad; esto es, no
íntegramente, sino con confusión é incoherencia. Los
que se hallan en tal caso tienen un entendimiento per-
vertido y desdichado.
Tienen mejor memoria que los viejos los jóvenes,
á causa del calor, y de las humedades más puras; «lo
CAP. II. — DE LA INTELIGENCIA SIMPLE 7^
primero en que influye la edad es la memoria», dijo Séne-
ca; y no hay señal más cierta de senectud que el decaer
la memoria. Con efecto: el calor disminuye, y las ema-
naciones se condensan con la edad; en cambio Dios
otorgó á los ancianos un gran beneficio en lugar de la
memoria; á saber, una prudencia obtenida por el uso de
las cosas y un juicio más agudo y eficaz.
No todos tienen memoria igual para todas las cosas:
hay quienes recuerdan más fácilmente palabras, otros,,
sucesos; así se dice que Temístocles se distinguió mucho
en la memoria de cosas, y Hortensio en la de palabras;
ejemplo que puede servir para toda clase de hombres y
de asuntos: unos recuerdan más pronto y mejor los he-
chos curiosos; otros los corrientes y sencillos; quiénes
los públicos, ó los privados; los antiguos ó los recientes;
quiénes los propios, los ajenos, los vicios, las virtudes
conforme es lo peculiar de su condición, y según que
atienda con preferencia á unas ó á otras cosas, pues la
atención es, en una palabra, la que sanciona la memo-
ria; y así como en una pintura no vemos ú observamos
todo cuanto está allí representado, ni se nos ofrece de
pronto lo que en ella buscamos, también en la memoria
tenemos muchas cosas desconocidas, y otras que tenién-
dolas no creíamos tenerlas, y viceversa. Las hay igual-
mente que, sabiendo de cierto que las tenemos, no apare-
cen, aun después de buscarlas y perseguirlas mucho; y
cuando alguien nos las presenta, las reconocemos al
momento, como sucede al hablar; muchos entienden
diversos idiomas al oírlos y no saben hablarlos, y es
porque ai expresarnos buscamos las palabras, mientras
que cuando oímos se nos presentan y las reconocemos
fácilmente.
Tiene grandísima relación con la memoria el tempe-
ramento natural del cuerpo, como es presumible le tu-
viesen Temístocles, Giro, Cineas y Hortensio cuya me-
76 LIBRO SEGUNDO
moria enorme se halla celebrada en obras literarias. Se
favorece esta facultad mediante el régimen entero de sus-
tento, comida y bebidas, con ejercicios moderados, con el
descanso y sueño y adecuados á los instrumentos de ella.
También hay cosas que auxilian especialmente á la me-
moria y otras que la perjudican, consignadas ya en el
régimen de los médicos y en los libros.
Así como no se estampa el sello de un anillo en el agua
corriente, tampoco se retienen en la memoria las cosas
conocidas si el cerebro se halla fuertemente agitado,
como pasa en los párvulos á causa del continuo creci-
miento de su cuerpecito; en los embriagados y los enfer-
mos, porque la fuerza del ardor arrastra consigo y arro-
lla todas las exhalaciones. Asimismo reciben con dificul-
tad los que tienen en el occipucio humores fríos y, por
lo tanto, duros", de naturaleza pétrea para la impresión,
tales como los ancianos, los torpes y tardíos. En cambio
los que están sanos y cabales, pero de temperamento rá-
pido, aprenden pronto, aunque no retienen bien; de este
género son ios biliosos: «Los caracteres lentos (según
Aristóteles) se distinguen por la fidelidad del recuerdo y
por su viva reminiscencia».
La memoria es más tenaz en el tardío, como es más
duradero el sello en la roca ó en el hierro, aunque tam-
bién los rápidos vuelven al recuerdo con más facilidad.
A lo hondo de la memoria bajan las cosas que desde
é[ principio se han recibido con atención y cuidadosa-
mente; por eso sucede á menudo que personas muy inte-
ligentes y dotadas ampliamente del beneficio de la me-
moria no recuerdan muchas cosas tan bien como algu-
nos que no las igualan en estas facultades, por ver, oiró
leer muchas veces con descuido. Cuando á la memoria
primera de cualquier objeto se une un vivo afecto, es
luego su recuerdo más fácil, pronto y duradero, como
sucede con aquello que ha penetrado en nuestra alma
CAP. II. — DE LA INTELIGENCIA SIMPLE 77
con gran tristeza ó con gran dolor; de esas cosas queda
muy larga memoria; por lo cual hay en algunos pueblos
la costumbre de golpear cruelmente á niños que presen-
cian el deslinde de sus campos para que se recuerden
los limites respectivos con más firmeza y duración.
Adquiere la memoria gran vigor con el ejercicio y la
reflexión frecuente, porque se hace mas pronta para re-
cibir, más extensa para contener muchas cosas y de ma-
yor tenacidad para conservarlas. Ninguna otra función
del alma pide como ésta el propio cultivo, pues las dotes
del entendimiento no se deterioran con la interrupción
y el descanso, sino que, á menudo, con ellos se restau-
ran y adquieren mayor vigor, mientras que la memoria
que no se ejercita se embota y hace más tarda cada día y
más floja por el ocio y la quietud.
De cuatro distintas maneras se produce en nosotros eí
olvido: cuando la imagen pintada en la memoria se des-
vanece y borra por completo; cuando está como inte-
rrumpida y destruida en parte; cuando se oculta á nues-
tras pesquisas, y, por último, si se halla como tapada y
cubierta con un velo, según pasa en las enfermedades ó
en la excitación pasional. Es la primera olvido verda-
dero y más genuínamente propio; la segunda es obs-
curidad ó destrucción; las otras dos, ocultación; así
puede verse en un cuadro de cuyas figuras una está bo-
rrada, otra cortada ó destruida á trechos, la tercera se
nos escapa y la última se halla cubierta ó falta de des-
arrollo.
También se dice que olvidamos las cosas que hemos
recibido de la Naturaleza misma, como sucede al dudar
de aquellas primeras informaciones naturales que reci-
ben el nombre de verdades evidentísimas, porque equi-
valen á haberlas alguna vez aprendido por propio mi-
nisterio de la Naturaleza.
La primera clase de olvido exige un conocimiento en-
yS LIBRO SEGUNDO
teramenie nuevo; la cuarta necesita una especie de des-
cubrimiento que sanee el cuerpo ó el alma, y las dos res-
tantes medias, una restauración verificada mediante pes-
quisa y como por grados que nos lleven á lo que busca-
mos; V. gr., del anillo al orfebre, de éste al collar de una
reina, de aquí á la guerra que hizo su marido, de la gue-
rra á sus caudillos, de éstos á sus antepasados ó á sus
hijos, de ellos á los estudios en que se ocupaban, sin que
exista límite alguno en la serie; porque estos grados se
-extienden con la mayor latitud y por toda clase de con-
ceptos: de la causa, al efecto; del efecto, al instrumento;
de la parte, al todo; de éste, al lugar; del lugar, a la per-
sona; de ella, á sus antecedentes, á sus consiguientes, á
los contrarios, á los semejantes, en proceso indefinido.
Hay en él, con todo, ciertos pasos larguísimos y aun sal-
tos, por ejemplo, cuando se viene desde Escipión al pen-
samiento del imperio turco, por las victorias de aquél en
Asia, donde reinaba Antíoco; ó cuando del nombre de
Cicerón se pasa al recuerdo de Lactancio, que fué su imi-
tador, y luego á la calcografía, porque dicen que fué el
libro de este escritor el primero ó de los primeros que
se estamparon con caracteres grabados en cobre.
Esta reminiscencia es: ó natural, que pasa de unos
pensamientos á otros, ó voluntaria é impuesta cuando el
alma se propone llegar al recuerdo de alguna cosa. Las
-cosas anotadas y dispuestas por orden son fáciles de
recordar; y de este género son las verdades matemáticas.
También los versos son adecuados para su fiel retención
^n la memoria, á causa del orden de su composición y
de su estructura que no está dispersa y vagando capri-
chosamente, sino contenida en límites determinados de
suerte que no permiten divagar al espíritu por hallarse
■el camino por ambos lados como protegido y cercado de
ciertas barreras. Por el contrario, es difícil coger y rete-
ner lo esparcido al arbitrio ó lo acumulado descuidada-
CAP. ir. — DE LA INTELIGENCIA SIMPLE 79
mente; por lo cual quien desea recordar algo, observa
con cuidado v atención el orden de todo cuanto confían
á la memoria; así, los maestros de este arte presentan á
sus discípulos ciertos pasajes elegidos para aprender. Las
cosas que se han recibido juntas en la fantasía, al pre-
sentarse una de ellas, suele llevar también consigo la
otra.
En la construcción de la memoria hay, pues, ciertos
asientos como para mirar el sitio de las cosas, desde el
cual nos viene á la mente lo que en él sabemos que ha
pasado ó se halla. En ocasiones, simultáneamente con
una voz ó un sonido, nos sucede algo agradable, y así
nos gusta siempre que volvemos á oírle, ó nos entriste-
cemos si lo que ocurrió fué triste; cosa que también se
observa en los animales; si al llamarlos de cierto modo
se les da una cosa que les guste, acuden alegres corriendo
cuando oyen el mismo sonido; pero si han recibido daño,
tiemblan al oírle, por el recuerdo de los golpes; en cuyo
doble recuerdo suele ocurrir que con más frecuencia nos
viene al pensamiento la cosa mayor desde la menor, que
al contrario.
Al decir mayor se entiende mejor, más excelente,
rara, preciosa y estimada; en una palabra, aquella que
tenemos en más. Así, siempre que veo en Bruselas una
casa que se ve no lejos del palacio real, me acuerdo de
Idiáquez, de quien era aquélla, y en la cual hemos con-
versado muchísimas veces y muy largos ratos, cuando se
lo permitían sus ocupaciones, acerca de asuntos suma-
mente gratos para ambos. Pero no al contrario: es decir,
iíno siempre que me viene á la imaginación Idiáquez pien-
so en aquel edificio; y es que en mi espíritu es más nota-
ble el recuerdo suyo que el de su casa.
Lo mismo sucede con los sonidos, con el sabor y el
olor. Hallándome en. Valencia postrado con la fiebre, y
habiendo comido cerezas con mal sabor de boca, siempre
8o LIBRO SEGUNDO
que comía esta truta, después de pasados muchos años,
no sólo me acordaba de la calentura, si no que me pare-
cía tenerla en aquel momento. Por eso conviene tam-
bién que estén sin objetos los locales en que se cultiva la
memoria, pues si tienen alguno de gran importancia ó
apariencia, es decir, notable para nosotros, ocultarán
lo que se desea encomendar á la memoria. En etecto:
aquel objeto saliente sugestiona el recuerdo y le ocupa
apartándole de los demás, de igual manera que el estó-
mago prefiere entre muchos alimentos el que le es más
adecuado, y desdeña todos los restantes.
Como la semejanza hace que muchas cosas parezcan
una misma, es un error común, no solamente de la me-
moria, sino también del pensamiento el pasar de un
objeto á otro parecido: así tomamos Jorge por Gregorio,
problema por entimema, Píndaro por Pándaro, seme-
janza que en los vocablos puede estar en el medio, en el
principio ó en el fin. Igualmente puede ofrecerse el error
con respecto á lo que considera nuestra atención en cier-
tas cosas ó personas, v. gr., contundir á Xenócrates
con Aristóteles en la filosofía y la doctrina de Platón; á
Escipión con Quinto Fabio en las guerras púnicas, á
Iro con Codro por la pobreza, á Narciso con Adonis por
su hermosura, al ajo con las cebollas por el olor. Del
mismo modo hay errores de lugar y tiempo, de actos y
de cualidades, cuyos ejemplos son innumerables.
La semejanza perturba también la memoria como los
ojos corporales, de suerte que no puede formar juicio
acertado de aquello que se la confía confusamente. Ori-
gínase este error ó en la «primera atención», por no
haber observado bastante la inteligencia aquello que se
la presente para poderlo entregar á la memoria íntegra y
distintamente, en cuyo número están «los que hacen
otra cosa», ó en la memoria misma, que lo conservó con
poca fidelidad, ó en la «segunda reflexión» que es la
CAP. II. — DE LA INTELIGENCIA SIMPLE 8l
atención, cuando saca con falsedad lo que se había depo-
sitado íntegramente en la memoria. Esto sucede unas
veces por desidia ó negligencia, otras por excitación del
espíritu, como en los embriagados, coléricos, temerosos,
en los que aman ó aborrecen, en los soberbios y en
otros casos semejantes.
Cuando ese depósito no se devuelve tal como fué en-
tregado, es culpable quien le recibe, ó el que le guarda
ó le reproduce. Igualmente se perturba la reflexión si al
mandarla que busque ó saque algún objeto, se la presenta
de fuera una cosa distinta ó extraña: así, por ejemplo,
cuando digo: «Ayer me saludó en la plaza Pedro de
Toledo; pero no me fijé bastante, ni me acuerdo bien de
ello; ahora, si alguno me pregunta quién fué el que me
saludó, si no dice otra cosa, me acordaré más fácilmente
que si añade: ^fué J. Manrique ó L. Abilense?» Así
mismo, cuando se pregunta quién fué el padre de Sócra-
tes, vendrá el nombre á la memoria más pronto que si
agregan: «^Fué quizás Demócrito?»; porque se confunde
más la reflexión cuando se halla el asunto en estado de
error de semejanza. En efecto: si solamente busca una
cosa, se ocupa en la única tarea que le incumbe, mien-
tras que si se le presenta á la vez otra distinta, se au-
menta la tarea de refutar ésta, y así es doble el trabajo:
primero, el de rechazar lo no congruente; después, el de
determinar lo que se pide.
Es necesario distinguir los momentos de la reminis-
cencia, pues, si no, se confundirían las imágenes como en
cuadro cuando se pintan unas sobre otras sin intervalo.
Aquello que recibimos con espíritu libre y tranquilo se
queda más fácilmente en la inteligencia y deja su huella
más impresa y duradera, con tal que apliquemos á ello
nuestra alma con atención. Por eso, lo que hemos visto
y oído en la edad primera lo recordamos durante más
tiempo y con mejor integridad, porque nuestra mente
6
82 LIBRO SEGUNDO
se halla entonces exenta de cuidados y cavilaciones; ade-
más, atendemos con diligencia, porque en aquel tiempo
todo lo contemplamos como nuevo, observamos cuidado-
samente lo que nos produce admiración, y así desciende
profundamente á nuestra alma. Por la misma causa se
pinta con mayor relieve en la memoria, acude pronto al
recuerdo y se saca con claridad cuando es menester.
Los viejos perciben y retienen más difícilmente, por
razón de la edad, porque se condensan sus espíritus y no
reciben con facilidad las imágenes. Agrégase el estar
ocupada el alma y atenta á varias cosas, por lo cual reina
un tumulto dentro de ella que ni la permite admitir cosa
alguna tranquilamente, ni hallarla cuando se la busque.
Además, se desgastan las imágenes grabadas en la me-
moria, y de ahí resulta defectuoso el recuerdo, de mo-
do que siempre parece que busca algo. Se perdieron las
circunstancias de lugar, tiempo y personas, vicio este el
primero de una memoria que decae por la edad.
La reflexión es quien investiga lo que ha quedado
escondido en la memoria. Las imágenes de los objetos en
ella conservados se estampan bien en un espíritu lúcido
que, como caliente y ágil, nunca descansa. Cuando
alcanza una parte del objeto, la fuerza de la reflexión, es
decir, el espíritu á servicio de ésta, la contempla directa-
mente. Por eso no siempre lo recordamos todo, ni aun
aquello mismo que ordena la voluntad; á veces buscamos
lo que no se halla, y que se ofrece después hasta durante
el descanso, como sucede á muchos que después de inves-
tigar con empeño y mucho tiempo, estando bien despier-
tos, la resolución de una dificultad ó el nombre de algu-
na cosa, le hallan en sueños.
Hay cosas que recibe aquella primera inteligencia sim-
ple, la cual se refiere á las cosas que ocurren en el exte-
rior, mediante el sentido del oído ó el de la vista, y las
inadvertidas pasan á la memoria; en ésta las mira la aten-
CAP. II.— DE LA INTELIGENCIA SIMPLE 83
ción como levantándose, y las entiende á veces inmedia-
tamente, á veces tras largo intervalo, lo mismo que
cuando á uno se le despierta de un sueño ó vuelve en sí
después de un estado de enajenación mental. Las perso-
nas de esta clase son tardías de entendimiento, de espí-
ritu errante ó muy ocupadas en otra cosa, como ocurre
también en la visión y la audición cuando el sentido
común está haciendo algo distinto, según antes se explicó.
CAPITULO IIÍ
D£ LA INTELIGENCIA COMPUESTA
No hay en el alma imagen alguna de substancia pura,
esto es, despojada de sus accidentes, sino la de estos mis-
mos que la envuelven. Recibida ya aquella primera y
sencilla imagen que ha entrado por las puertas de los
sentidos, agrega á ella la fantasía otras representaciones
y formas de las cualidades y actos que se perciben me-
diante los sentidos mismos. Luego viene la razón que
compara aquellos elementos entre sí, los clasifica como
siendo éstos ó los otros y realizando tal ó cual cosa, ó lo
contrario; después añade aquello que en las escuelas se
llaman asincategoremas», ó sea cosignificantes, no cog-
noscibles por ninguno de los sentidos, y que son en tanto
mayor número y más adecuados cuanto más crece la ra-
zón: así más en los adultos que en los niños, en los
inteligentes que en los necios, y en los doctos que en
los indoctos.
La fantasía nada une ó separa mediante cópula, v. gr.:
esto es tal ó no es tal cosa, que actúa ó no actúa así, sino
que lo acumula de este modo: esto tal, no tal; hace esto,
aquello, de esta manera, la otra, ó al contrario. Bien lo
manifiesta el lenguaje de los niños, de las personas rudas
y bruscas que al hablar omiten mucho las conjunciones,
amontonando nombres de las cosas sin enlace.
Pasa la razón de los accidentes á la substancia y ex-
presa, no sólo cuál sea, ola cualidad de una cosa, ó qué
hace, sino que es ó no es. Cuando afirma se llama unión,
y cuando niega, separación.
CAPITULO ÍV
LA RAZÓN
Todo cuanto hemos entendido, reflexionado y com-
parado está dispuesto para servir á la razón. Es esta una
marcha de la comparación de una cosa á otra, de va-
rias á una ó á diversas, y por lo mismo se llama también
«discurso» y «nueva poda», pues así como en la vid se
cortan los sarmientos inútiles, igual en la razón, para
que sólo lo útil se conserve puro, según se dice, ó limpio
y podado, hasta donde esto se puede alcanzar.
No ha de extrañarnos ese nombre de discurso, pues á
veces la razón no procede tanto paso á paso como á
pequeños saltos, eligiendo á su gusto cosas diversas. Hay,
en efecto, una razón que marcha por sus grados sin inte-
rrumpir la serie; otra, en cambio, va como saltando y
deja sin recorrer algún paso intermedio, ya por ignorar
el verdadero y conveniente camino, ya porque no juzga
necesario seguir todos aquéllos.
No puede la fantasía figurarse imagen alguna que no
sea de las cosas que adquirió por los sentidos, ya sea que
exista en la naturaleza, ó que la forme, tomándola de
alguna ó varias de ellas.
La razón pasa volando por esas imágenes ó tan leve-
mente como si no las recibiese. Consiste esto en que nada
toma de los particulares accidentes; más bien mira á lo
86 LÍBRO SEGÜNDd
lejos y se aparta cuanto puede de lo que ha visto; pues
si se mezclase y envolviese en ello, se vería arrebatada
cual por un torrente, según sucede en el estado de em-
briaguez ó de furor, y lo miraría como á través de una
lente pintada y con distintos dibujos.
Por esto se necesita mente muy sana para discurrir
debidamente por las cosas que nos convienen; pues aque-
lla que no puede detenerse, agitada por las cosas que ve,
es semejante á quien baja por un resbaladero. Con todo,
no es por eso menos necesario, para un discurso expedito,
el ministerio de la fantasía, no disipada, pero suelta y
libre; porque la razón se sirve también de fantasmas,
aunque sin mezclarse con ellas. Así, pues, el sentido sirve
á la imaginación, ésta á la fantasía, la cual á su vez
sirve al entendimiento y á la reflexión, ésta al recuerdo,
el recuerdo á la comparación, y en último término ésta
á la razón. Es el sentido una á modo de mirada de «la
sombra», la fantasía ó imaginación, lo es de «la imagen»;
la inteligencia, «del cuerpo»; la razón, de «la forma» y
de las fuerzas.
Hay un cierto discurso de la razón, mandado por la
voluntad, para que busque algo verdadero para la inte-
ligencia, ó algo bueno para la voluntad misma; hay otro
espontáneo, de iniciativa propia, movido por la fuerza
libre de la mente, que no puede cesar. Este último no
emprende su obra guiado por principios ciertos y cono-
cidos, como lo está el primero, porque investiga con
negligencia lo que hay verdadero y falso, bueno y malo
encada cosa. La noción que el hombre adquiere viene
de lo que conocen los sentidos, de donde se pasa á lo que
conocen el alma y la inteligencia, á saber: de lo singular
á lo general, de lo material á lo espiritual, de los efectos
á las causas, de lo inmediato y patente á lo recóndito.
Para Dios, autor y modelador de todo lo existente,
las causas son antes y más conocidas que los efectos, lo
tíAP. IV. — LA RAZÓN 87
general que lo particular de las cosas; nosotros, al cono-
cer é inducir, seguimos más bien el camino de la natura-
leza, es decir, de Dios, según cada cual se distingue por
su inteligencia, por la práctica de hs cosas, ó por la
ciencia; aquellos que son más torpes siguen el rumbo de
los sentidos.
En cuanto al discurso de la razón, marcha por todos
los derroteros del raciocinio; va de la negación á la afir-
mación, por ejemplo: no es esto, ni eso, luego es- aque-
llo, que es un discurso oblicuo; ó de la negación á otra
negación; v. gr., no es esto, ni aquello, ni lo otro; luego
es algo incierto; uno es falso, ó vó6oc;, otro es verdadero
y legítimo, que va de objeto á objeto, y también de la
afirmación á la negación: Es esto, luego no es aquello.
Se ha dado la razón al hombre para investigar el bien
á fin de que le adopte la voluntad; el bien está descu-
bierto en el animal, esto es, en el cuerpo; el del hombre,
oculto en la inteligencia, y por eso tuvimos que investi-
gar la verdad en las tinieblas, las cuales no existen para
los animales; su estimativa sólo conduce al bien y al mal;
la nuestra nos lleva también á lo verdadero y á lo falso.
De aquí la existencia de una doble dirección: la
razón especulativa cuyo fin es la verdad, y la razón
práctica que tiene el bien por fin. La primera termina
en sí misma, la otra trasciende á la voluntad. La espe-
culativa no es simple; porque, ó está en las verdades
asequibles por el sentido, la fantasía, ó por estos medios
reunidos, y se llama inferior, ó se halla en las cosas más
altas ó más escondidas, que es la superior. En una y
otra no se distinguen ni se ejercitan por igual los hom-
bres; pues así como los hay que ven mejor por la tarde
que al mediodía, también unos raciocinan bien acerca de
lo verdadero, y no de lo que debe hacerse, y otros al
contrario; porque la manera de obrar se aprende con la
experiencia, y la de saber, con la fuerza del enten-
SS LI6R0 SEGUNDÓ
dimiento. Asimismo hay algunos que sobresalen en las
artes manuales, según que el impulso de su carácter los
inclinó á uno ú otro lado por sugestión de la natura-
leza.
La cualidad de quienes se emplean en el bien es la
prudencia; la de aquellos que ejercitan en las cosas úti-
les de la vida externa es el arte, en opinión de Aristó-
teles; pero como el experto obra con más seguridad que
el sabio, no es bastante la ciencia para tener prudencia
ó arte, hace falta también la experiencia, comprendidas
en ella la memoria y el recuerdo. Por eso los inexpertos
no son buenos artistas ni bastante prudentes, como
sucede á los jóvenes y á los que no ocupan sus manos en
el trabajo que aprendieron á ejecutar. El arma del pen-
samiento se aguza y pulimenta con la enseñanza como
la fuerza de hacer y practicar con el ejercicio. El tér-
mino de la razón que contempla es la verdad; el de la
que obra, el bien. Esta última produce el juicio compa-
rando lo bueno con lo malo, comparación de que ca-
recen las bestias, porque se lanzan hacia el primer bien
que se les presenta, mientras que nuestro juicio se de-
tiene, vacila, se para y se revoca; á pesar de lo cual no
cabe dudar que los animales han recibido de Dios cier-
tas tendencias y reglas para su bien, como el hombre
para el suyo; y por éste para la verdad; pues no es de
pensar que tan gran artífice hubiera creado de mejor
condición á quien es inferior que al que nada tiene supe-
rior á él bajo el cielo.
Pero el pecado cubrió nuestra mente de grandes y muy
densas nieblas, por lo cual se malearon aquellas rectas
normas. De la ignorancia nacen luego muchos errores
cuando establecemos juicios desde aquellas generalidades
á las especies y á las cosas particulares; quedan con todo
en nosotros restos de aquel bien tan grande que ates-
tigua elocuentemente de cuánto valor era lo que perdí-
ÓaP. IV. — LA RAZÓN Sg
mos. La mayor parte de los teólogos llama á esto sindé-
resis ó conservación; para San Jerónimo es la concien-
cia; para San Basilio, un judicativo natural y San Juan
Damasceno la llama luz de nuestra inteligencia. Los filó-
sofos han entrevisto de lejos esta idea y la consideran
como unas anticipaciones y naturales informaciones que
no hemos aprendido de los maestros, ni de la experien-
cia, sino que las sacamos y realizamos de la naturaleza,
aunque unos han aprendido, según la excelencia de cada
entendimiento, más reglas de esas y más ciertas que
otros, las cuales además se cultivan y perfeccionan con
la práctica, los experimentos, el estudio y la meditación.
Esta especie de luz intelectual ó juicio nos lleva siem-
pre, directa ó indirectamente, hacia lo bueno y lo verda-
dero, moviéndonos á la aprobación de las virtudes y á
la censura de los vicios; de ello vienen después las leyes
y preceptos morales, así como en cada uno interiormente
la conciencia, que censure, reprenda y condene sus pro-
pios vicios, á menos que se carezca de todo sentido hu-
mano y se descienda á la condición del bruto.
Lo que dejamos dicho sirve para resolver la dificultad
que Platón presenta en el Meno?i, donde, para demostrar
que los entendimientos no fueron creados en estado
rudo, sino adornados del conocimiento de las ciencias y
artes más elevadas, aduce el siguiente argumento: «De
otra suerte no asentiríamos á los primeros y más eviden-
tes axiomas antes que á sus contrarios, ni los conoce-
ríamos como tales en el momento en que se nos propu-
sieren; del mismo modo que no sería posible conocer y
coger á un esclavo fugitivo, que luego hallásemos, si
nunca le hubiéramos visto antes de huir.» Lo cierto es
que nuestra inteligencia no posee condición alguna antes
de unirse al cuerpo; pero recibió al ser creada inclina-
ciones para dirigirse más bien á lo verdadero que á lo
falso, y como resultado de tal propensión y congruencias
9^ LIBRO SEGUNDO
obtuvo también ciertos cánones ó fórmulas que no hay
inconveniente en llamar semillas de todas las discipli-
nas; porque, así como en la tierra misma existen gérme-
nes de todos los vegetales que de ella sacan luego su creci-
miento, aunque se fomentan y aplican á nuestras necesi-
dades por el cuidado y diligencia del hombre, también en
la mente de cada uno están sembrados principios que son
origen de las artes, de la sabiduría y de toda ciencia. De
lo cual resulta que nacemos aptos para todo, que no hay
arte alguna ni disciplina de que no pueda nuestra inteli-
gencia mostrar algún indicio, siquier tosco é imperfecto,
que más tarde se perfeccionan con los estudios y el ejer-
cicio, como sucede en las plantas que se crían mejor que
otras cuando á ellas aplica su industria la mano del
agricultor.
Tratamos aquí del conocimiento de las cosas que se
ofrecen constantemente en la naturaleza; en cuanto á las
inventadas por el entendimiento humano no pueden
aprenderse sin maestro y su enseñanza, como sucede en
las lenguas, v. gr., el latín, el griego ó el español. Por
eso no se equivocan en la satistacción de sus necesidades
los animales al seguir aquella naturaleza primitiva, ínte-
gra é incorrupta; pero el hombre que va detrás de sus
conjeturas se pierde á través de las sendas que el mismo
se traza, abandonando el camino real. Así los brutos
obran del mismo modo todos los de una especie, por
seguir unas mismas reglas y avisos de la naturaleza; el
hombre, como vario en sus juicios, obra de una manera
distinta y aun contraria en diversos momentos.
Se ofrece naturalmente aquí la cuestión de si tienen
inteligencia los animales, si discurren é infieren lo des-
conocido de lo conocido: cosa muy discutida entre los
antiguos, más por las diversas explicaciones que por su
conclusión, en la cual coinciden casi todos afirmando
4<que carecen de la facultad de la razón». Plutarco escribió
Cap. IV.— la razón ^i
un libro con este título: Que muchos animales tienen
uso de ra^ón, en el cual se ve un carácter y estilo más
bien declamatorio que filosófico, pues no se funda en
argumentos sólidos y dignos de la filosofía, sino sola-
mente en un error popular; y antes discurre acerca de
la bondad y maldad de las costumbres que sobre la razón.
En su Dialéctica afirma Lorenzo Valla que están dota-
dos de razón; pero en esa obra, obsesionado por el afán
de contradecir y argumentar, cae en muchas necedades
y absurdos. Otros dijeron que eran racionales, ignorando
qué es la razón y cuáles las condiciones que la adornan.
Esto es lo que debemos aclarar.
Si es el discurso la transición de una cosa á otra, no
cabe dudar que los animales discurren; pero si consiste
en pasar por comparación de lo menos á lo más cono-
cido, como dependiendo lo uno de lo otro, ó siguiéndose
de ello, es evidente que no discurren, pues no son capa-
ces de proceder de aquello que conocen á lo que no
conocen. Todos sus juicios son acerca de lo particular,
pero sin descender de las cosas generales á las especiales
y de éstas á las particulares, ni subir de nuevo de éstas
á aquéllas para alcanzar así la verdad. Tampoco conocen
las cosas ausentes para de ellas inferir otras también
ausentes, ó las presentes, ni al contrario. No hacen
depender unas cosas de otras ú originarse por el tránsito
recíproco, sino que permanecen estacionados en aque-
llas presentes y particulares que conocen, aprobándolas
ó desechándolas. Ahora bien: el discurso no es un estado,
sino una progresión; por eso nuestro juicio al combinar
entre sí las comparaciones por el camino de la razón
no asiente, sino que se queda en incertidumbre.
Sirviéndonos de un ejemplo, los animales no empiezan
en A para pasará S á fin de conocer C, ni tampoco
proceden de A á ^ para volver de ésta á aquélla, como
conexas y dependientes entre sí; sino que no agradan-
(^i LÍBRO SEGUNDO
doles .4 buscan otra cosa, y van á parar á B: de igual
modo que un perro cuando busca á su amo, ó sigue un
rastro de caza, olfatea ó mira á un hombre: si el olor ó
la vista de éste le recuerda el de su amo, allí se detiene,
aunque no sea el mismo; pero viendo que no es, aban-
dona la huella y sigue otra, luego una nueva, sin guiarse
por relación alguna con la primera, hasta que da con lo
que busca.
Además, el animal sigue lo que conoce simplemente
por el sentido, lo que enlaza y combina con la fantasía,
ó lo que le estimula su facultad estimativa á modo de
acicate tácito de la naturaleza. El hombre compone
y clasifica, pasa de unas á otras cosas, comparándolas
entre sí, de las cuales saca y produce algo; mientras que
en el animal, de la forma misma de él y de todo el cuerpo
es fácil inferir que su alma está privada de razón. En el
hombre basta la mirada que alrededor y hacia todas par-
les dirigen sus ojos para enseñarle m.uchas cosas; los del
animal van siempre inclinados hacia la tierra; sin con-
tar con que sus cuerpos son incapaces de ejercer las artes,
siendo así que Dios ha dotado de órganos á propósito para
realizar los actos correspondientes á las facultades que
les concediera: tal es la prerrogativa de aquel sapientísi-
mo artífice.
Por otra parte, los animales no necesitan una razón
que sería para ellos superflua, pues por virtud del im-
pulso mismo de su naturaleza se dirigen ya hacia el bien
que les es propio; y en vez de una inteligencia racional
se les ha infundid© cierla natural habilidad para defen-
derse y conservarse. Ello es más que suficiente para que
algunos, admirando tal facultad, la hayan llamado razón;
como se ve en la abeja, que construye sus panales y
fabrica la miel; en la hormiga, que se aprovisiona de
comida; en la araña, que teje su red, y en el perro, que
descubre la caza; asimismo el caballo, el mono, el ele-
CAP. IV. — LA RAZÓN qB
fante, en muchos de cuyos actos vemos algo semejante á
la inteligencia humana. Si hay quien á esto llama razón
por tratarse de cosas tan grandes y admirables, no habrá
dificultad en afirmar que de la razón provienen cosas tan
maravillosas, formadas por la naturaleza. Proceden cier-
tamente de la razón, no del objeto natural, sino de la
naturaleza misma, esto es, de Dios, su autor. Nada, en
efecto, puede ser grande sin la razón; aunque el nombre
de ésta corresponda á la sabiduría divina. De tal modo,
podrá creerse dotadas de razón hasta las hierbas y todos
los vegetales, la mayor parte de las piedras, muchas cla-
ses de aguas y otros seres cuyas admirables acciones
presenciamos.
Otra gran prueba de que son irracionales y dotados de
almas mortales es que carecen de toda clase de religión,
pues el resultado y la fuente á la vez de la piedad no
está puesto en esta vida perecedera; luego están en la
otra que ha de seguirla. Y nuestra razón no se nos ha
concedido para cosas tan viles y momentáneas como son
las en que se ocupa la vida humana — y no digamos aque-
llas en que se emplea la vida de los brutos — , sino para
que conozcamos, honremos y amemos á Dios, fin el más
alto y digno de la razón, que es á su vez la más excelente
de todas las facultades.
En eso consiste la religión de que están en absoluto
privados los brutos; como al contrario, tampoco hay
hombre que no tenga alguna. Y de igual fuerte que á la
piedra no se ha destinado la vida del árbol, porque es
suficiente para ella su naturaleza ruda é inmóvil siempre
en un mismo sitio, tampoco á los árboles el sentido ni la
fantasía, las cuales ninguna falta les hacen para vivir,
así no no se ha concedido razón al bruto por ser muy
suficiente la facultad estimativa, unida á la imagina-
ción, para su vida y su substancia.
Esa carencia de razón se manifiesta también en que no
94 LIBRO SEGUNDO
tienen el don de la palabra; si tuvieran tal interior guía
racional, nada les faltaría para hablar. Y no es porque el
lenguaje constituya una diferencia esencial entre el hom-
bre y el bruto, según la opinión de algunos que no pen-
saron bastante en qué consiste la esencia de uno y otro,
sino que aquélla nace, como el arroyo de la fuente, de
la otra, á saber de la razón. Cierto que entre los animales
se distinguen también unos de otros en habilidad, agu-
deza y prudencia; mas estas cualidades no son genuínas
sino únicamente semejantes á las nuestras. Igualmente
se ha observado que ciertas plantas realizan actos por los
cuales pudiera creerse que están dotadas de sentido, y lo
mismo alguna clase de piedras; sin embargo, eso no re-
presenta más que una ficción de vida, pues se sabe que
ni los vegetales tienen sentido de ningún género, ni vida
las piedras, sobre todo las cortadas; son sombras, no
cuerpos verdaderos. Y así como todos los hombres he-
mos recibido la facultad de la razón, y, á pesar de eso
hay entre nosotros grandes diferencias con respecto á
ella, así todos los animales tomaron la enseñanza de la
naturaleza, aunque sin la razón, por más que unos han
obtenido tal enseñanza con mayor pureza ó más exten-
sión, siendo, no obstante, irracionales todos ellos.
Así lo dejó establecido el Autor omnipotente de todas
las cosas para que se fuese subiendo como por una serie
de grados, desde lo más ínfimo hasta lo supremo, según
expusimos en lá Filosofía primera. Pero se debe enten-
der que en ellos no interviene la obra de la razón, según
ya observó San Gregorio Niseno, porque los actos de los
irracionales se verifican por especies, sin variar con
multitud de matices desemejantes, sino en más ó en me-
nos, hasta el punto de que si algún animal obra un poco
diversamente de los restantes de la misma familia, se le
clasifica en seguida en otra especie.
A esto se agrega que el hombre se eleva mediante la
CAP. IV.— LA RAZÓN qS
razón sobre los sentidos y la fantasía, que se afirma aun
dentro de las tinieblas como aquel que se halla encerrado
en una habitación, aunque nada perciba con sus sen-
tidos sino lo que está en ella, comprende que existen
fuera muchas cosas. El bruto se produce en igual forma
que un niño, el cual, mirando á través de un cristal
azul ó encarnado cree que es de ese color cuanto ve, por
ignorar la causa de tal fenómeno.
Ahora pasemos á otras cuestiones; pues la presente
parece ya bastante explicada.
Es grande la diversidad de discursos conforme son
igualmente muy variados los caracteres en los hombres,
en parte por su misma constitución natural, en parte tam-
bién por la enseñanza que reciben, sus hábitos y otras
causas, de que más adelante trataremos. Para decirlo en
pocas palabras, rhay un cierto discurso aagudo», acerca
de alguna materia, que penetra hasta lo íntimo de ella;
otro es «sagaz» para partir de conjeturas leves, ó que
halla dispersadas á lo lejos, y que llega, sin embargo,
adonde se propone; cuál es «extenso», que abarca muchos
objetos, como el de muchas personas dotadas de tal am-
plitud de entendimiento que ven de una sola mirada
cuanto hay en su derredor referente al asunto. A éstos
acompaña asimismo una fantasía expeditísima, un abun-
dante tesoro reunido por la memoria, reflexión fácil,
recuerdo íntegro y fresco; mientras que una fantasía
lenta, ó memoria cerrada, ó reflexión interrumpida, ó
un recuerdo débil producen un discurso tardo y des-
dichado, como sucede en los niños, en los enfermos y en
quien está conmovido ó afectado de una gran tristeza.
Hay en la inteligencia una primera y simplicísima
mirada de las cosas que vemos ú oímos; hay otra por la
cual entrevemos á distancia el lugar á que corresponde
cada una; ésta es la que se dirige por discurso de la razón
á las cosas desconocidas, ó por costumbre en las cono-
96 LIBRO SEGUNDO
cidas, y es la que tienen los perros, caballos y elefantes
cuando perciben algo por la práctica ó por nuestra en-
señanza.
El fin del discurso es el hallazgo, la conclusión y reco-
gida del objeto. Cuando no alcanzárnoslo que buscamos
es por lo mismo que pierde el perro la caza que persi-
gue, ó porque es el discurso tardo por naturaleza y el
objeto está situado lejos, de manera que no tiene bas-
tantes fuerzas para llegar hasta él, ó por ser débil de
voluntad, como cuando no tiene ganas de atender ó ca-
mina por donde no conviene. Así sucede á quienes no
conocen el camino que deben seguir, ya por pobreza ú
obscuridad de su entendimiento, ya por alguna pertur-
bación temporal, como pasa en una pasión excitada, ó
cuando se presentan diversos pensamientos que se estor-
ban unos á otros, ó también cuando se pasa como vo-
lando sobre cualquier objeto; por ejemplo, las personas
demasiado perspicaces y aquellas que tienen una fantasía
excesivamente rápida. Estas, en efecto, marchan más
allá del sitio en que está el objeto; y dejando á su espalda
la que conviene, se fijan en cosas que para nada son
necesarias: necedades, absurdos, demencias, en una pa-
labra, en asuntos los más ajenos de lo que hace al caso.
Así, pues, conviene después del discurso, de la fantasía
y de la investigación, detenerse inmediatamente en la
memoria, á fin de que el entendimiento aprenda con
tranquilidad aquello que ha obtenido, para no dejarse
llevar de aquel velocísimo impulso que le llama á otro
objeto.
CAPITULO V
EL JUICIO
El juicio es una censura, es decir, la aprobación ó des-
aprobación de la razón, ó sea el discurso y sus conclu-
siones, cosa que está en la mente como cierta regla y
norma, ó como el fiel en la balanza. Por eso, mientras
la razón se halla actuando, el juicio descansa; cuando ha
terminado aquélla su función surge la censura, y juzga
primero acerca de la concesión, luego del discurso, y sí
aprueba éste, no puede ya rechazar la conclusión. Mas
si ésta parece absurda y contraria á la sentencia ante-
riormente recibida y afirmada, el juicio queda en sus-
penso y sospecha que es falso; pero si no hay motivo
alguno de falacia, pasa á otro distinto parecer bajo im-
pulso de la argumentación; siendo ésta la mayor fuerza,
ó mejor dicho la única, caso de presentarse como vero-
símil, que se puede imponer al entendimiento, inaccesi-
ble á todas las demás imposiciones.
Cuando estima que el discurso no está bien y no
marcha por donde debe, el juicio se detiene y se domina
sin inclinarse á ningún lado, cosa que á menudo ocurre
al sabio por la gran variedad y las dificultades que se
otrecen con toda probabilidad, las cuales antes bien se
presentan al pensamiento de una persona docta y cuerda
que al del tosco é inepto. Así anduvo acertado el autor
de la máxima: «Es juez necio el que precipita la senten-
7
gS LIBRO SEGUNDO
cia», porque atiende á pocas circunstancias. Así como
la razón emplea fórmulas dialécticas que se refieren á la
probabilidad, el juicio se sirve de los referentes á la
argumentación; y en ellas se engaña muchas veces á
causa de las tinieblas de nuestro entendimiento porque,
creyendo que hace bien un raciocinio, resulta que está
mal; por eso los indoctos y los de temperamento muy
ardiente definen y resuelven con temeridad precipitada;
y no pocas veces también después de un discurso recto y
acabado se interpone una especie de niebla á la conclu-
sión y juicio de un objeto, que produce alucinación y hace
tomar una cosa por otra. Esto sucede mucho á los bilio-
sos, aun siendo expertos y sabios, tanto más cuando se
hallan afectados de miedo, de ira ó de vergüenza; por lo
cual ésos discurren mejor por escrito que de palabra.
Los hay también que raciocinan discretamente consigo
mismos; pero son al mismo tiempo bastante blandos y
movedizos para dejarse arrastrar de otros, bien por afec-
to, bien porque confían poco en sí propios.
Es un juicio recto y sano el que examina debidamente
de qué se origina una cosa, qué es propio de cada una de
ellas, qué ajeno y contrario, qué congruente y adecuado.
No hay cualidad más alta para la enseñanza y para todas
las artes, y en último término para la vida entera, y
sólo por ella se diferencian los entendimientos más altos
y excelentes de los ínfimos ó mediocres; no por la prác-
tica, el conocimiento de muchas y variadas cosas, ni por
la agudeza ni la erudición y la ciencia de las doctrinas
y artes.
La verdad es correspondiente á la inteligencia como
el bien á la voluntad, al paso que la mentira es su extraña
y enemiga, como el mal de la voluntad; también hay
cosas convenientes para unos sentidos y otras que no lo
son. Si el juicio estima que su conclusión es verdadera,
á ella se adhiere y la abraza como congruente consigo.
CAP. V. — EL JUICIO 99
Esta adhesión se llama asentimiento, ú opinión y apre-
ciación; si estima que es falsa, la rechaza y es el disenso.
El asentimiento firme se llama fe, como (Cicerón con-
cluye en sus Particiones, diciendo que es una opinión
firme; hay otro débil que es la sospecha, cuando algo es
neutral, y no se inclina al mal ni al bien, ocupando un
lugar intermedio entre el asenso y el disenso. Hay la
duda ó ambigüedad, la credulidad é incredulidad, que
más bien que un acto significan un hábito de la mente.
Son crédulos los que desean, los que temen, los senci-
llos, dulces, benévolos; son incrédulos aquellos que no
alcanzan ó no comprenden las razones y las causas de
alguna cosa, los que tienen razones contrarias que las
sujetan de varias maneras, los que no quieren, los que
desean inmoderadamente al ver que las cosas no son ó
suceden de un modo dado. Hay algunos espíritus per-
versos naturalmente y malévolos: dispuestos á una
incredulidad absoluta, rehusan toda adhesión y confor-
midad á otros espíritus y nada quieren creer sino lo que
ellos inventan ó proponen.
Es la suspicacia un hábito del alma que se inclina á la
parte peor; son así los envidiosos, avaros, ambiciosos,
malignos, malévolos; quienes han sufrido muchos males,
perjuicios y engaños, como los viejos, y aquellos que han
intervenido en negocios fraudulentos ó tratado con gen-
tes taimadas ó falsas. Nace la sospecha cuando, teniendo
algunas conjeturas, creemos que son ligeros y no sufi-
cientes para determinarnos; como también al contrario,
cuando no existe conjetura alguna, ó son tales que juz-
gamos tienen más fuerza que las contrarias. El asen-
timiento se produce más fácilmente por la seguridad
que con el cuidado y la solicitud, pues convencemos más
pronto á quien nada teme y que por lo mismo no se
precave. Por eso damos crédito con su mayor facilidad
á una fábula que oímos contar sencillamente que á razo-
100 LIBRO SEGUNDO
namientos dispuestos previamente para controversia en
un certamen, y por eso mismo, para inspirar confianza
al vulgo, es más útil la retórica que la dialéctica, según
ya dejamos demostrado en otro lugar.
I
CAPITULO VI
DEL INGENIO
Al poder ó fuerza general de nuestro entendimiento se
ha llamado «ingenio», porque se expresa y manifiesta
por ministerio de sus instrumentos. Se halla en nuestro
cuerpo la inteligencia como aquel que encerrado en una
habitación no tiene otra abertura para mirar afuera que
una ventana de cristal, ni puede ver sino lo que éste per-
mite: si está limpio, verá con mayor claridad; si cubierto
de polvo y moho, confusamente. Está del mismo modo
que el sabio en casa del necio, llevado como en angari-
llas por los sentidos; y semejante al encerrado en una
habitación, sabe que hay un cristal que le impide perci-
bir las cosas con absoluta distinción y claridad. Pues así
está en el cuerpo nuestro espíritu, que aunque condu-
cido por los sentidos, corrige á su vez á éstos.
Refutando San Jerónimo á Joviniano emplea, para
explicar la relación de nuestra inteligencia con los sen-
tidos, el símil de uno que va á caballo; á pesar de llevar
éste al jinete, es sin embargo gobernado por él. Y la dife-
rencia entre el hombre y el animal es que aquél remedia
la imbecilidad de los sentidos, sus frecuentes errores y
engaños mediante la razón, mientras que el segundo, pri-
vado de ella, nada entiende de tal corrección. Está nues-
tra inteligencia separada de la materia* de suerte que se
eleva sobre ésta y sobre todo cuanto á ella y á la imagi-
102 LIBRO SEGCNDO
nación pertenece; si bien nada puede hacer mientras se
trate de cosas concretas y corporales, sin el instrumento
material, según antes dijimos. Esta es la causa de que
sus actos se retarden muchas veces, siempre que se ma-
nifiesta poco dócil el instrumento de aquella facultad; y
la inteligencia, por su parte, gustaría ocuparse en pen-
samientos selectos y excelentes, pero á menudo se lo im-
piden sus órganos, que la llevan á pesar suyo desde
aquellas excelsas contemplaciones á conceptos jocosos, á
tonterías y asuntos totalmente ligeros, á los cuales se
prestan como instrumentos fáciles de manejar.
Los órganos de la función racional son ciertas ema-
naciones finísimas y en extremo luminosas del cerebro
que hacia él exhala la sangre del corazón; constituyen
los órganos interiores de todos los conocimientos; y
cuando se evaporan con frialdad cerca del corazón por
una sangre también fría, resultan débiles y lánguidos los
actos mentales; de ahí resultan hombres obtusos y tor-
pes, como ya quiso expresar Virgilio en sus Geórgi-
cas (i):
«Sin has ne possim naturae tangere partes,
Frigidus obstiterit circum praecordia sanguis.»
En cambio, si aquellas exhalaciones son cálidas, tam-
bién los actos resultan prontos y vigorosos.
De aquí dimana que el estado y hábito del corazón in-
fluya no poco en el pensamiento y la inteligencia; por
eso se llama á los hombres «cuerdos», ó al contrario «no
cuerdos» ó insensatos; y á PubHo Nasica, que era su-
mamente sabio, se le puso el sobrenombre de Corculum
(corazoncito). A veces hasta se ha tomado el corazón
por la inteligencia misma, y así leemos en las Sagradas
Escrituras: «Del corazón provienen los pensamientos; á
Dios se le llama con el nombre especial de «observador
(I) Libro 2, verso 483.
CAP. VI. — DEL INGENIO I03
de los corazones»; y en ese órgano reside la fuente y
origen de todas las acciones del alma.
Mas la función central reside en la cabeza. No enten-
derá la mente, no experimentará ira, temor, tristeza ó
vergüenza sin que antes lleguen al cerebro aquellos eflu-
vios procedentes del corazón; prueba de ello es que por
mucha sangre que hierva cerca de él no produce per-
turbación alguna del alma, como sucede en los varones
animosos y moderados, en cuyas entrañas hierve la
sangre, y con todo no dan señales de estar encolerizados
por no haberse recalentado su cerebro. La sangre y los
efluvios siguen la índole y la íuerza de las cuatro cuali-
dades principales, según aquella que domine en la mez-
cla: la pituita engendra humedades crasas y funciones
lentas del entendimiento; la bilis amarilla, súbitas y ra-
pidísimas; la sangre, moderadas. En los insanos y furio-
sos se enardecen todos los líquidos; en los estúpidos se
enfrían y condensan; por eso unos y otros son fuertes
corporalmente y robustos: los furiosos, prontos para
obrar, á causa del hervor que prevalece en la sangre;
los pacatos, dispuestos á sufrir, por motivo del frío que
es propio de la paciencia constante.
Debidamente atemperados el calor y las humedades^
contribuyen á formar un ingenio agudo y sano; la bilis
negra contiene los pensamientos que la amarilla revuel-
ve y hace vagar caprichosamente, á fin de que se enca-
minen á su objeto; sin perjuicio de que esa misma bilis,
ó sea la materia densa, cuando se inflama, asume más
fuego y calor, así es que no anda revoloteando por la
superficie de las cosas como la llama sobre la estopa ó
las pajas, sino que penetra hasta lo íntimo y profunda
de ellas.
Auméntase la melancolía con la agitación de los pensa-
mientos ó de los afectos cálidos, por lo cual conviene que
esté mezclada con otros humores, principalmente con la
104 LIBRO SEGUNDO
bilis amarilla, que sirve como de freno para evitar que
aquélla, movediza por su índole y naturaleza, se precipite
adonde no debe; y dejando sola á la bilis negra, por la
desecación de todas las humedades, invade tumultuosa-
mente el cerebro, condensa y obscurece los espíritus, de
donde provienen los furiosos y maníacos. Luego se re-
chupa el cuerpo y se debilita, como pasa también en todo
pensamiento vehemente, y es fuerza mental, á causa de
que con aquella acción del cerebro y de los efluvios, por
obra admirable de la naturaleza, sube el calor desde el
estómago y órganos vitales á la cabeza como auxilio para
el sitio donde principalmente se trabaja. De ello resulta
la crudeza y abundancia de los humores nocivos, la debi-
lidad de los nervios y, en último término, la decadencia y
malestar de todo el cuerpo.
Mas si está mezclada la bilis negra con los efluvios
sutiles y claros, engendra habilidad en la razón; en el
juicio, la prudencia y la sabiduría. Tales ingenios pro-
fundizan, construyen y descubren muchas cosas con
gran lucidez; y á ello se refiere la frase de Platón, tomada
de Demócrito Arderita: «No hay ingenio excelente sin
manía», esto es, sin el furor que es efecto de la bilis ne-
gra; y se parece al del vino, en que produce sus resulta-
dos según el cuerpo á que se aplica, como ya explicó
Aristóteles circunstanciadamente en sus Problemas.
Son, pues, todos ellos instrumentos de la inteligencia;
y así como un artífice cuando dispone y prepara sus ins-
trumentos no puede ocuparse en su obra, la facultad ra-
cional, ocupada completamente al principio, durante la
infancia en sus líquidos y efluvios, no puede aplicarse á
sus funciones, porque hay tanta mezcla y confusión de
cosas en aquella adaptación, que hasta la razón misma
se confunde y se ve abrumada para realizar su cometido,
como habiéndose perturbado alguno de sus centros. Ade-
más, aquel movimiento y agitación de la materia no deja
CAP. VI. — DEL INGENIO I05
que se impriman en la fantasía las imágenes de los obje-
tos: y de igual modo que en la infancia no emplea la ra-
zón sus órganos por no estar aptos todavía, lo mismo
sucede en la senectud decrépita, porque ya cesaron de
serlo, deteriorados y corrompidos por el uso excesivo.
Nace de tales humedades y efluvios, no sólo tanta va-
riedad y diversidad como hay de ingenios, sino aun tal
oposición como la que existe en el semblante humano,
materia de que ya traté en la obra De tradendis disci-
plinis. Unos tienen energías de ingenio capaces de pro-
ducir trabajo con constancia; tales son los melancólicos
ó flemáticos, á lo cual también contribuyen condiciones
análogas de lugar y de tiempo, v. gr., cuando la frialdad
no ha debilitado por completo la fuerza del calor, ni la
obscuridad amenguado la luz; por eso son aquéllos á pro-
pósito para las artes manuales, en que es preciso experi-
mentar con paciencia y no desesperarse porque se frustre
la labor, arrojándola lejos con enfado; otros tienen pocas
fuerzas y débiles, no pueden permanecer largo tiempo
trabajando, como los biliosos y calientes de sangre, los
habitantes de países cálidos y algunos durante el verano;
ésos se distinguen por el primer impulso, no por la cons-
tancia; otros rehusan poner atención en el trabajo, á
causa de su cuerpo pesado y grueso, quienes, por falta de
costumbre ó de ejercicio, algunos no toleran que se les
obligue, ni son capaces de ejecutar cosa alguna por man-
dato ajeno, sino que, libres de suyo y sujetos sólo á la
inclinación de su espíritu, emprenden fácilmente por sí
mismos grandes obras y no hacen lo más pequeño por
imposición extraña. Los hay que avanzan rápidamente,
mas no mucho trecho, cambiando en extremo durante la
marcha respecto de como eran al principio; otros cami-
nan lentamente y llegan lejos; muchos necesitan descan-
sar á menudo y tomar nuevos alientos; por eso los que
se cansan pronto y sienten como una obscuridad que se
I06 LIBRO SEGUNDO
extiende por el entendimiento, quitándole su vigor, con-
viene que empiecen siempre con el ánimo fresco; así los
vergonzosos, timoratos é iracundos; asimismo cualquier
pasión movida del alma ofusca el ingenio como una nie-
bla. Hay en cambio quienes no se perturban, constantes
de suyo, á cuya mente viene en seguida cuanto es pre-
ciso, tanto para interpretar como para responder; todo
parece que se les presenta á la mano, y de ellos puede
decirse lo que Augusto de Vinicio: «tienen el ingenio al
contado.»
Algunos son muy perspicaces para una cosa y se con-
funden como agoviados por la abundancia cuando se
presentan muchas; otros se dirigen rectamente al núcleo
de un objeto y le examinan con gran agudeza y sutili-
dad, pero no miran lo que tiene alrededor, á la izquierda
ó á la derecha; éstos, aun siendo despejados, carecen de
prudencia y de juicio.
Ciertos ingenios cambian para mejorar, como los co-
léricos cuando se apaciguan; otros, para empeorar,,
como los flemáticos, en los cuales se extingue el calor
por predominio de su humedad fría; por eso se embrute-
cen los que parecían de mucha cordura en el primer pe-
ríodo de su vida; cambiase también durante el curso de
su temperamento, é igualmente por las circunstancias
de localidad, régimen alimenticio, de ocupación ó por
ociosidad. Hay quien sufre frecuentes cambios, como
los ingenios inconstantes; otros lentamente y á grandes
intervalos, en el tránsito de una edad á otra, en la ju-
ventud, en la vejez, tras una enfermedad grave. Aque-
llos que tienen efluvios sumamente tenues les conviene
engrosar mudando de sitio ó de régimen; por lo cual ya
dijimos que era útil á los biliosos y sanguíneos la melan-
colía. Lo admirable es que haya ingenios adecuados para
todo, además de para una cosa sola, como aquel perso-
naje de Horacio, bien conocido en Argos:
CAP. Vi. — DEL INGENIO ÍO7
«Qui se credebat miros audire tragaedos:
celera qui vitae servaret munia (i).»
Respecto de la materia, también es grande la variedad;
aquellos cuyo ingenio penetra hasta lo profundo de las
cosas, tienen gran valor para los asuntos de mucha gra-
vedad é importancia; los que se mueven como revolo-
teando por la superficie, son gentes sutiles, decidoras y
sofistas sin solidez alguna; se fijan en ciertas minucias
que no eran precisas para nada, y que otros desdeñan
con razón; tienen el filo del escalpelo, no el del sable, y
cortan fácilmente un cabello; pero se embotan al tro-
pezar cualquier objeto duro. Unos se distinguen por
sus estudios; otros, por la prudencia en la práctica de
los asuntos; quiénes, en las artes manuales: entre los
primeros son unos poetas por naturaleza, otros aptos
para aprender idiomas, aunque refractarios y poco feli-
ces para las demás enseñanzas. Se ve que algunos han
nacido y están como formados para hablar; encantan
con su lenguaje sencillo, carente de toda retórica; se ex-
presan muy artísticamente, sin emplear artificios; otros
tienen aptitud propia para las matemáticas, éstos para
la medicina, aquéllos para el derecho civil, algunos para
investigar los misterios: «Tal es la distribución de los
dones de Dios, y nadie puede alabarse de haberlos alcan-
zado todos, como tampoco quejarse de no haber reci-
bido ninguno.»
(i) Epist., lib. 2. Epist. 2 versibus 229 et 23i, et seq.
CAPITULO VII
DEL LENGUAJE
Acertadamente llamó Demócrito al lenguaje «el arroyo
de la razón»; para los griegos la voz Xóyji significaba á
la vez lenguaje y razón. Opino que, no sólo debe enten-
derse con ese nombre aquello que expresamos verbal-
mente, sino también lo que se escribe, porque el lenguaje
fluye como de una fuente de la inteligencia entera: las
simples palabras, de la inteligencia simple; las compues-
tas, de la fantasía; las adecuadas y conexas, de la razón
que une y separa; y el lenguaje total, de la razón que
discurre y del juicio que acomoda las cláusulas. Por eso
debe advertirse que aquellos en quienes la razón domina
poco, como los niños y los fatuos, expresan todas sus
ideas con palabras simples é inconexas, vicio que se ob-
serva igualmente en los idiomas rudimentarios.
Aun cuando las palabras provengan del alma, no están
allí compuestas como se componen al exterior; muchas
cosas simples se expresan en composición; y otras que
se hallaban expresadas afuera simplemente no las recibe
así el alma, sino que añade á ellas algo que la fantasía
acumula y pinta con rapidez.
Faltan palabras á muchas personas; necesitan un largo
rodeo para expresarse las que son torpes, tienen fantasía
cohibida y el recuerdo lento y débil, por lo cual explican
con dificultad lo que sienten. Los que poseen razón y
CAP. VII. — DEL LENGUAJE IO9
juicio prontos, aunque sin eficacia, podrán ser locuaces^
pero de ningún''modo elocuentes. Entiendo por elocuen-
cia la expresión cabal de cuanto ha concebido la mente^
por medio de palabras adecuadas; esto consiste en el
conocimiento perfecto de la lengua, cualquiera que sea^
en la conexión congruente del lenguaje y en los racioci-
nios empleados; lo cual supone un juicio agudo en extre-
mo, y á la vez sólido y circunspecto. Así dijo Cicerón
de Lucio Catilina: «hombre de bastante elocuencia y de
poca sabiduría.»
Muchos hay que tienen facundia para narrar y son
notoriamente principiantes en cuanto á los argumentos,,
como también al contrario. A menudo los tardos y es-
casos de]palabra manifiestan gran ingenio porque pien-
san lo que van á decir y se enteran de las circunstancias
preseñtes^de lugar, tiempo^ personas y otras análogas;
mientras que los listos y versátiles, como nada tienen que
desarrollar en su pensamiento, son de extraordinaria
verbosidad; sueltan cuanto y como les viene á la boca sin
que la razón ponga freno alguno en su pensar desor-
denado.
A veces también ingenios excelentes y clarísimos, con
aptitud para penetrar perspicazmente en lo íntimo de las
cosas y con una amplia complexión de pensamiento que
abarca muchos y graves asuntos, resultan como infantiles
por no hallar palabras adecuadas para expresar tantos
objetos. En cambio, aquellos que hablan de las cosas
que les son usuales en la vida, hallan palabras y giros
fáciles y abundantes para expresarse. El lenguaje nece-
sita á su vez de enseñanza y ejercicio; por eso no es ex-
traño que personas despejadas y de muchos y extensos
estudios, en ocasiones parezcan niños que apenas han
aprendido, ó han ejercitado poco su idioma.
La memoria ayuda muchísimo á la facultad de hablar;
los que la tienen aprenden fácilmente las lenguas y se
no LIBRO SEGUNDO
expresan con expedición como quien dispone de un de-
pósito que faciliía benévolamente cuanto sea necesario.
Por eso se ha incluido con razón el conocimiento de los
idiomas entre los ejemplos de personas de mucha memo-
ria, como Cleopatra de Egipto, Mitrídates del Ponto y
Temístocles de Atenas.
Todos entendemos mejor que hablamos una lengua
cualquiera, porque al hablar buscamos para expresarnos
medios que á menudo se nos ocultan y no aparecen á
pesar de nuestras pesquisas; y para entender nos basta
con que conozcamos lo que se nos presenta; trabajo más
fácil que el anterior.
Hasta hay quien no entiende al oír cosas que él sabe
decir: y es que cuando hablan, buscan y forman tran-
quilamente los vocablos, mientras que cuando oyen, el
lenguaje avanza con más rapidez que su atención, ha-
ciendo confundir el entendimiento. Pertenecen princi-
palmente á este número los que han aprendido una
lengua por la lectura más bien que de viva voz.
Más extraño aún es que algunos desconocen en la lec-
tura aquello mismo que saben decir y que entienden
cuando lo oyen á otros. Consiste eso en que leen con
atención débil, y en que ésta adquiere calor y excitación
cuando hablamos ó escuchamos; al pasar á la lectura se
amortigua aquélla y se entorpécela inteligencia.
Hay quienes hablan mejor que escriben, como decía
Cicerón de Galba, circunstancia que atribuye á personas
que, aunque de ingenio, son poco doctas, y que pasado el
calor del hablar, no teniendo en su auxilio el arte, se
hallan incapaces de escribir. Los doctos, en cambio,
tienen habilidad á falta de ardor interno; mas ella no
sirve á su vez de mucho cuando decae el vigor del inge-
nio, como sucede á la persona instruida en estado de
fatiga, de enfermedad ó de perturbación. Otros, habiendo
aprendido algo de los doctos, no saben bien por qué se
CAP. VII. — DEL LENGUAJE III
I — < .... — ■ ..- . I I r .1 ■— . ■ — ■
dice cada cosa, y puestos á escribir, queriendo expresarse
con mayor corrección y pulimento, se desvían del sen-
tido recto de las palabras yendo á parar á un lenguaje de-
fectuoso é indocto.
Como el lenguaje nace de la razón, es tan natural
como ésta en el hombre; pues dondequiera que está el
manantial, allí está también el arroyo que forma. Mas
no existe un lenguaje fijo por naturaleza; todos son arti-
ficiales, por lo cual hay diversas lenguas, cuyo estudio
corresponde á otro lugar.
Todo lenguaje consta ó de palabras escritas ó de vo-
ces pronunciadas, nombre que también se aplica ó la
escritura. La voz es un sonido como todos, pero más
adecuado y peculiar, que el animal emite por su boca
para significar alguna cosa. El sonido articulado y dis-
tinto es solamente propio del hombre, y á imitación suya
decimos que también producen voces las avecillas y los
instrumentos músicos; mas esos sonidos se emiten sin cri-
terio ni inteligencia. En el hombre son las voces signos
del alma entera, de la fantasía, de los afectos, de la inte-
ligencia y de la voluntad; en los animales, lo son única-
mente de sus instintos, lo mismo que sucede en nosotros
con ciertos vocablos deformados, que los gramáticos lla-
man interjecciones. Cosa admirable es que una tal diver-
sidad de sonidos de la voz humana pueda abarcarse en
tan pocas letras, de las cuales se ha formado tanta varie-
dad y abundancia de palabras, de clases de lenguaje y de
idiomas.
CAPITULO VIII
DE LA MANERA DE APRENDER
Entiéndese por doctrina ó enseñanza «la transmisión
de aquello que uno conoce á quien no lo conoce»; y por
disciplina, «la recepción de lo transmitido»; sólo que la
mente de quien recibe se llena, y la del que transmite
no se agota, antes bien, aumenta la erudición cuando se
comunica, como crece el fuego con el movimiento y la
agitación. En efecto: excitado el ingenio y discurriendo
por los objetos referentes al asunto del momento, acaba
por hallar y formar otros; así, aquello que no ocurre á
quien está en quietud, viene á las mentes del que enseña
ó diserta, á causa del calor, que decimos aguza el vigor
del ingenio; por lo cual nada hay tan conducente para
obtener una gran erudición como el enseñar.
Es la disciplina de dos clases: una, la colocación en
nuestra alma de cualquier cualidad, como al transmitirse
un idioma nuevo, según ocurre en los inventos humanos;
otra, el sacar al entendimiento de la potestad al acto,
como sucede en las ciencias y artes, cuya materia es na-
tural, pues, según queda dicho, las semillas de todas ellas
están infundidas naturalmente en nuestra mente, como
las de las plantas en la tierra; de tal suerte, que quien
enseña no hace cosa distinta de lo que el sol al sacar los
gérmenes de las semillas, las cuales ciertamente saldrían
por sí mismas; pero no tan felizmente ni tan pronto.
CAP. VIII. — DE LA MANERA DE APRENDER Il3
Enseñan los animales á sus pequeñuelos para que eje-
cuten con más rapidez lo que desde luego harían ellos
por sí, como el ave á volar á sus polluelos, el gato á ca-
zar los ratones, con objeto de verlos muy pronto seme-
jantes á sí mismos, esto es, perfectos en su especie. Nos-
otros enseñamos á los nuestros para que hagan tal como
queremos lo que nunca harían ó lo harían de distinta
manera; y nuestra enseñanza casi no es otra cosa que
acostumbrarles á hacer alguna cosa material, como ha-
blar, correr, mover el cuerpo ó alguna de sus partes de
un modo dado. En una palabra: el animal es enseñado
para sus fines por magisterio de la naturaleza; nosotros
necesitamos del ejercicio propio y de la advertencia ajena
para sacar lo que tenemos dentro.
La marcha del aprendizaje va desde los sentidos á la
imaginación, y de ésta á la mente, como pasa en la vida
y en la naturaleza; así, va el proceso de lo simple á lo
compuesto, de lo particular á lo general, como es de
observar en los niños que, según ya dije, expresan pri-
mero las partes separadas de cada cosa, después las jun-
tan y combinan; además, nombran las cualidades gene-
rales con un nombre particular; llaman, v. gr., á todos
los artesanos como al primero que conocieron; todas las
carnes son para ellos buey ó vaca, si es así como oyeron
decir cuando empezaba á formar las palabras. Después
induce la mente lo universal de lo singular, y vuelve á su
vez desde aquello á esto; por eso son los sentidos los pri-
meros maestros, en los cuales está como encerrada la in-
teligencia; de ellos el principal es la vista que, según
Aristóteles, es la que nos manifiesta mayor número de
especies, y es autora de la investigación de la ciencia,
como ya escribió Platón perfectamente. De esa vista pri-
mera vino la admiración; de ella, la observación, la in-
vestigación y el deseo de la sabiduría.
Después de obtenido el conocimiento de las cosas y de
a
I 14 LIBRO SEGUNDO
constituidas las artes, el sentido del oído nos enseña nue-
vas cosas, más elevadas y con más rapidez, pues recibi-
mos en muy poco tiempo lo que en mucho tuvo que pre-
parar el que nos enseña. Por eso le llamó con razón Aris-
tóteles «el sentido de la disciplina)^; y los animales que ca-
recen de él no son capaces de ella; y muy de admirar es
que haya habido un sordomudo de nacimiento que apren-
día las letras, como afirma bajo su palabra Rodolfo
Agrícola, por haberle visto, como se consigna en sus es-
critos terminantemente.
Verdad es que, en los estrechos límites de nuestra
mente es admirable la extensión de fuerzas que posee, y
vemos cuan paternalmente obró Dios poniendo al al-
cance del hombre todo lo que era necesario para
aprender.
Nada hay más útil que aprender muchas cosas, ni
más fácil que oírlas. En ciertos hombres, su inteligencia,
dispuesta y hábil por naturaleza, con pequeñísimo auxi-
lio ajeno, se amplía y dilata maravillosamente; hácese
maestro y educador propio; ni los sentidos, ni á veces
una persona docta, pueden enseñarle como se enseña él
mismo, 'y de aquí los llamados c^OToa^OsT;.
Tienen en primer lugar ingenio feliz aquellos que
conciben fácil y debidamente las imágenes de las cosas y
de cuanto está comprendido en el espacio ó el tiempo y
á quienes los griegos llaman ¿ucpaviaaitúta;, según nos dice
Quintiliano. Son muy aptos para describir y narrar, por
lo cual hallan fácilmente argumentos eficaces; luego los
que discurren rápidamente, ya de modo natural, ya por
el arte, inducen con rectitud y conjeturan hábilmente,
en cuyo número están los dialécticos naturales, y prin-
cipalmente aquellos que averiguan con gran ingenio el
primitivo origen de una cosa; tales fueron Aristóteles y
Galeno; también los que sin enseñanza alguna traen á
su mente cuanto les es preciso, á los cuales coloca Hesio-
CAP. VIH. — DE LA MANERA DE APRENDER Il5
do en el primer grado de excelencia, como dice Tucídi-
des que fué Temístocles.
Los ingenios grandes y más distinguidos en cualquier
esfera de la disciplina y del conocimiento lo son por be-
neficio de la Naturaleza; van dirigidos como por impulso
innato hacia lo más grande é importante y adquieren en
su mente una imagen exactísima del objeto á modo de
canon, al cual adaptan como á una norma cuanto ellos
y los demás hacen en aquella esfera; por lo cual perci-
ben y juzgan perspicazmente sus propias obras y las
ajenas, ya erróneas, ya bien hechas.
A estas formas llama Platón ideas, ó sea los modelos
más verdaderos y exactos para hacer las cosas; si las
ayudan la enseñanza y práctica ajenas, no cabe decir
cuánta es la magnitud y excelencia de los ingenios que
las poseen. De gran auxilio sirve cultivarlos constante é
intensamente; leer con atención y diligencia las obras de
los que lograron tan excelso bien, pues algo nos queda
de aquel asiduo roce.
Contribuye asimismo á tal rapidez y agudeza de
mente la meditación y la práctica de cualquier disciplina,
por las cuales crece aquélla; porque no se sabe tanto lo
que recibimos por una tácita contemplación como lo que
se nos transmite por el ejercicio y el uso; así, en las ma-
neras de los actos y obras externas, en la virtud, en la
música, en la elocuencia, en el arte fabril y el pictórico
y demás de este género. Y el provecho en ellos es tanto
más grande si se persevera en la obra sin molestia ni in-
comodidad del espíritu. Hay que continuar y persistir en
el trabajo; lo que no sale bien por un medio, intentarlo
por otro; conviene luchar con la obra, no enfadarse con
ella.
En las ciencias contemplativas sirve de meditación y
de ejercicio el pensamiento tácito y el pesar las cosas, lo
cual nos hace penetrar más profundamente en el cono-
Il6 LIBRO SEGUNDO
cimiento del asunto que las discusiones y altercados, que
más á menudo obscurecen que aguzan el juicio. Los in-
genios medianos, no dotados por la naturaleza de aque-
llas normas, por más que se auxilien con lecciones de
las grandes inteligencias, no lograrán tanto como éstas
que parecen inspiradas por grandioso numen; falta, en
efecto, á aquellos primeros lo que más vale, ó sea el mo-
delo para hacer períectamente una cosa.
No basta al maestro saber bien aquello que profesa,
si no puede explicarlo con soltura y no agrega á esto
arte y habilidad. Con tales cualidades un discípulo dócil
llegará á obtener pronto gran instrucción. Contribuye á
la docilidad una atención diligente, cuando se pone el
alma entera en lo que vemos y oímos, sin desviarnos en
otra clase de pensamientos. Aprovechan asimismo con
rapidez los que reúnen los datos individuales y reflexio-
nan sobre ellos; además, aquellos que no se avergüenzan
de aprender; por eso «los soberbios» se cierran el ca-
mino de la enseñanza con esa mala pasión. «Es la arro-
gancia un gran obstáculo para todo aprovechamiento»,
dijo Bion; é Isócrates: «Si tienes deseo de aprender, en
breve serás eruditísimo.» Pertenecen igualmente á ese
grupo los que creen que no han adelantado mucho con
instruirse, y de ellos dice atinadamente Séneca: «Pienso
que muchos hubieran podido llegar á sabios si no hu-
biesen creído que ya lo eran.» Es menester, sí, que se
pare quien estima que nada le queda ya á que dirigirse,
y si ha llegado al extremo, que descanse.
Hay quienes van por delante del que enseña; otros le
siguen, toman bastante de la enseñanza y con ello se sa-
tisfacen. Tales son los que teniendo inteligencia no quie-
ren ó no saben investigar con ella, ya por ser lenta la
marcha de su razón ó porque no dominan el impulso de
la mente, sino que divagan á capricho por doquiera. De
los que van delante, lo hacen rectamente quienes disfru-
CA?. VIH. — DE LA MANERA DE APRENDER ílj
tan de razón y juicio; otros, en cambio, con ineptitud,
por ser más bien á propósito para conjeturar.
El receptáculo y como tesoro de lo que enseñan los
maestros es la memoria, donde se conserva todo lo
aprendido. Sería inútil el trabajo empleado en los estu-
dios de no haber sitio en que se contenga lo que hemos
adquirido. Si todo esto se derrama es lo mismo que
echar agua en un tonel agujereado, como cuenta la fá-
bula de las hijas de Danae. La infancia es la edad más
á propósito para recibir lo que se enseña, á causa de te-
ner entonces libre y expedita la memoria, sin que la es-
torben otros pensamientos y cuidados que no dejan
paso fácil á la enseñanza que se presenta, según sucede
en la mayor edad. Además, los niños no consideran como
trabajo el estar sentados, atender, leer y escribir, apren-
der y ejercitarse; por eso se cansan menos; mientras que
á los adultos causa fatiga el considerar cuánto trabajo
tienen.
Con razón llamaban los griegos xaioopOsc;, es decir, ins-
truidos desde la infancia, á los que sabían bien alguna
cosa; aunque el viejo, en vez de esta facilidad de apren-
der, dispone de un juicio más seguro y de un saber re-
unido mediante la experiencia; esto es, tiene maña en
lugar de fuerza.
Otra de las obligaciones del maestro es la de enmen-
dar y corregir, cosa no menos útil que la explicación
ligera de los preceptos; mucho más si conoce por qué
aprueba ó desaprueba en cada caso, y si sabe enseñar y
quiere explicar cuidadosamente las razones de su cen-
sura. Así podemos evitar lo que es perjudicial, marcha-
mos por donde vemos que el maestro nos precede y guía;
y si es de criterio sólido y acertado, se obtiene de la co-
rrección más provecho que de todos los restantes ejer-*
ciclos de la escuela. En efecto: la comparación de cada
paso que damos con lo hecho en la época anterior y lo
Íl8 LIBRO SEGUNDÓ
que hacen los demás pone de manifiesto nuestros ade-
lantos, lo que se ha conseguido, lo que nos falta. Des-
pués se agrega á todo ello los instrumentos, que forman
no pequeña parte del artífice.
Dio la naturaleza al hombre el más excelente de to-
dos los artistas en el mundo, un instrumento externo
con el cual no es comparable ningún otro, á saber, la
mano; de cuya aptitud, comodidad y utilidad sería obra
larga el disertar, y además ajena á este tratado. Ella
hace la vez de palabra, como puede verse en los mudos
y en las gentes de idioma extraño, á quienes entendería-
mos difícilmente sin la gesticulación de las manos; bien
es verdad que la pericia y habilidad del artífice auxilia y
rige el uso de un instrumento tan apto y conveniente;
hasta pudiera decirse que á él se debe la excelencia del
instrumento mismo. Así lo demuestra la experiencia
diaria: cuanto mayor ingenio y arte tiene una persona,
tanto más bellas y perfectas obras es capaz de crear con
pocos y ligeros instrumentos, aun los menos á propósito;
y no es creíble, de no haberlo visto, lo que puede hacer
un hombre que tiene cortada la mano derecha, con la
izquierda; y hasta con los pies, si carece de manos; «lle-
var la comJda á la boca, cortar, coser, tejer», cuando la
necesidad aguija el esfuerzo mental, como sucede en los
ciegos y los mudos.
Nada hay más parecido á la inteligencia que los ojos
del cuerpo: así como la mente especula con auxilio de la
instrucción, mira el ojo con el de la luz; y de igual
modo que una luz brillantísima obscurece la vista, so-
portándola, sin embargo, poco á poco unos ojos fuertes,
mientras que los débiles y enfermos quedan con ella
como agoviados, así soportan la instrucción los grandes
y sólidos ingenios; los pobres y pequeños no son capaces
de ello, sino que con ella se quiebran y desploman como
bajo un peso excesivo, como los ojos pierden la facultad
tíAP. VIII. — f)E LA MANERA DE APRENDER íig
de ver ante un resplandor vivo. Como son muy pocos los
dotados de ingenio firme y sólido, en todos los oficios y
artes de la vida son muchos los que progresan en sumo
grado y con rapidez; al paso que son escasísimos los que
se distinguen poruña excelente erudición, y ésos ade-
lantan con gran lentitud y poco vigor.
Aquel mismo ingenio de orden inferior, acostum-
brado á dirigir sus esfuerzos hacia el fulgor de la ilus-
tración, se embota de suerte que ni aun mira á la cien-
cia en sí, y después de convertirse á otros objetos, tam-
poco se halla apto y acomodado, como si estuviesen sus
ojos deslumhrados por un fuerte resplandor. Hasta los
mismos que han sido enseñados perfectamente y con
resultado, sise trasladan de pronto á esas interioridades
de la vida que parecen colocadas en un sitio obscuro, se
quedan como ciegos, de igual modo que quien pasa súbi-
tamente de un lugar con mucha luz á otro que está en
las tinieblas. Hay muchos que no teniendo en cuenta esta
circunstancia se admiran de que personas doctísimas
no demuestren tanta aptitud para la administración pú-
blica ó la particular como otras indoctas que están ejer-
citadas en ella.
La marcha en la instrucción es lenta; se llega á la
meta despacio; en cambio, en otras ocupaciones de la
vida, la mayor parte de las gentes progresan mucho en
muy poco tiempo, y pasan por más despiertos y dispues-
tos para todas las profesiones. En realidad, los estudios
para la sabiduría están en lugar arduo; oprimen y debi-
litan las inteligencias, hasta que una vez acostumbradas,
respiran y recobran fuerzas, pues son por naturaleza
fuertes y robustas. Pero las demás artes y conocimientos
se hallan contenidos en muy reducidos límites, y el
llegar á ellos nada tiene de difícil; por eso los indoctos
manejan con toda felicidad sus negocios; mientras que la
sabiduría los tiene muy apartados; y más bien no exis-
120 LIBRO SEGUNDO
ten sus límites, y hay que andar por largo tiempo antes
que adelantemos algo en tan amplia carrera.
Mas cuando un hombre instruido, ya repuesto y con
los recursos alcanzados por el estudio de las ciencias
consagra su atención al gobierno de la vida — siempre
que sea de buena fe, cosa que pocos pueden obtener de
sí mismos, por creerlo cosa de pequeña importancia —
pero al fin á ello se dedica, aventaja muchísimo á todos
los demás, y manifiesta evidentemente cuánta distancia
hay entre la ignorancia y la cultura.
CAPITULO IX
DEL CONOCIMIENTO Ó LA NOCIÓN
El conocimiento primero y más sencillo viene de los
sentidos; de éste nacen todos los demás, unos de otros,
y así crecen y se aumentan según vemos no sólo en las
artes y enseñanzas, sino en el curso mismo de toda la
vida.
De los diversos objetos, unos caen bajo nuestros sen-
tidos, y son aquellos que están al exterior, obvios; otros
se hallan ocultos. A su vez los obvios están presentes
unos, otros ausentes.
Conocen las cosas presentes los sentidos; las que no lo
están, la imaginación; luego viene la reflexión que inves-
tiga el interior de la mente y refleja á ésta como en sí
propia para que reconozca su contenido, apreciando su
cualidad y cuantidad. Por último, la razón saca de los
objetos concretos y obvios los recónditos y carentes de
cuerpo, de lo particular lo general; todo ello lo comunica
á su entendimiento, y después á la contemplación, si
está libre. Y así como los ojos corpóreos necesitan una
luz exterior para ver, el ojo mental también necesita
una interior para conocer y entender.
Las cosas son, ó de índole mudable y temporal, ó
inmutables y perpetuas. Para ver estas últimas es me-
nester una luz sobrenatural cuyo conocimiento se llama
sabiduría; lo que ésta comprende de carácter pasajero y
122 LIBRO SEGUNDÓ
variable, como es lo que conocemos de objetos particu-
lares, y aun de los generales, pero que no conservan
constancia perenne, es lo que Marco Tulio llamó cosas
opinables, y su conocimiento es la verosimilitud, ú opi-
nión, según dicen otros autores que traducen el con-
cepto griego ^o^c/.v. Ejemplo de conceptos universales,
entre otros, son: «El hijo es amado por su madre; tal
enfermedad se cura con esta ó la otra hierba; los que se
hallan afectados de tal pasión desean ó repugnan estas
cosas ó aquéllas; con el actual estado del cielo suceden
estas cosas»; todo lo cual admite alguna excepción y
variedad, por más que haya siempre una gran diferen-
cia entre lo particular y lo general de cualquier género
que sea; pues de esto último se pueden establecer reglas
y preceptos de los cuales se forme algún arte ó ense-
ñanza, mientras que de las cosas particulares, como infi-
nitas que son, y de infinita variedad, no es posible for-
marle, pues no es dable al ingenio humano alcanzar
aquello que carece de número. Por eso aconseja Platón
acertadamente detenerse cuando se descienda por las
formas últimas de las cosas antes de llegar á lo indivisi-
ble. Mas volvamos ya á nuestro asunto.
Se compone el tercer grupo de aquello que en la natu-
raleza mudable es perpetuo y constante, como las cosas
que vemos persistir siempre las mismas y de igual
modo, tales como las de este mundo celeste y sublunar
que son propias de un género y forma determinada. De
ellas tenemos una noción infundida por la naturaleza,
según antes se dijo: muchas las infiere la razón, y á ese
conocimiento se llama ciencia; en segundo lugar está
cierto vastísimo resplandor de la luz natural aumentado
con la habilidad, la enseñanza, la meditación y el ejer-
cicio. Entre la multitud de aquellos conocimientos pri-
meros naturales, los más próximos á éstos, es decir, los
que de ellos provienen por trámite rapidísimo y eviden-
Cap. IX. — DEL CONOCIMIENTO O LA NOCIÓN 12
i
te, al desarrollarse sucesivamente se envuelven de pronto
en tinieblas, no de parte de los objetos, sino de nuestras
inteligencias, que abrumadas por la pesada carga del
cuerpo, ya sufren retardo en su marcha, ya se pertur-
ban y alucinan por interposición de alguna nube. Así,
pues, la formación del conocimiento y de la claridad
para alcanzar la verdad consiste en nuestra mente, no
en las cosas; pues hay quien se ofusca ante las más cla-
ras y se ve rodeado de tinieblas en medio de la luz me-
ridiana, por ignorancia ó por torpeza. Otros, en cambio,
ven las más obscuras distintamente por voluntad de su
ingenio, ya natural, ya cultivado.
Por lo mismo, cuanta más luz, más ciencia, y cuanto
menos, más duda. Si no hay luz ninguna ó tan poca que
equivalga á no haberla, se expone la ignorancia á ma-
nera de densa obscuridad en noche nublada y sin luna;
allí falta toda ciencia, toda verosimilitud y hasta ambi-
güedad; luego no son éstas causa del error, sino la niebla
que va mezclada con la luz; y si ésta nada alumbra
cuando se interpone la sombra de un cuerpo, es imposi-
ble que la ciencia produzca ignorancia, la pericia el
error ni el resplandor la obscuridad.
De igual modo que cambia la cualidad de la luz y su
fuerza por interponerse una masa, de suerte que unas
cosas reciben más claridad, y otras menos, así reina sor-
prendente variedad en la iluminación de nuestra mente
por las muchas cosas que se interponen en esta vida; de
suerte que los hombres infieren, juzgan y resuelven de
muy distintas maneras acerca de lo que es bueno ó de lo
verdadero. En efecto: las condiciones diversas de cons-
titución corporal, edad, estado de salud, robustez, cos-
tumbres y pureza, estado actual de ánimo, propias de
las cualidades temporales, son producto también de las
circunstancias del lugar y tiempo. Influyen asimismo los
actos y exterioridades, aunque éstas varían por razón
Í24 LIBRO SEGUNDd
del individuo, de las costumbres, afectos del ánimo, la
torpeza ó viveza mental, la agudeza, el embotamiento,
la enseñanza, la escuela ó partido tradicional, y también
una persuasión anterior, los hábitos, la costumbre y la
autoridad ajena. De aquí proviene tan grande y tan fre-
cuente variedad y aun oposición en lo que sentimos y
afirmamos, no sólo los hombres unos respecto de otros,
sino hasta cada uno consigo mismo; hasta el punto de
que en un momento ulterior se condena y suprime una
determinación previamente adoptada y resuelta.
CAPITULO X
DE LA REFLEXIÓN
Sigue á la acción el descanso: así como es la razón una
especie de escrutinio y elección de juicios, es la reflexión
una inspección sosegada y firme de todo aquello que la
razón ha reunido y grabado, después que el juicio lo re-
cibió y aprobó. No hay en la reflexión raciocinio alguno;
en ella son ya todos los conocimientos ciertos y demos-
trados; así como todo deleite nace de cierta proporción
y congruencia entre el objeto y la facultad correspon-
diente, y nada hay más congruente con la inteligencia
que la verdad, también en la reflexión existen grandes
deleites para nuestra mente, y de ellos forma parte á la
vez la contemplación de la verdad y del entendimiento.
Son, por su parte, las verdades sumamente gratas,
por su carácter de absolutamente ciertas y depuradas,
cuando se ofrecen en unión de sus orígenes y causas pri-
meras. Mas si esto no llega á conseguirse, viene en se-
gundo término aquello que más se acerque y más seme-
jante sea á la verdad; nadie tiene un espíritu tan rudo é
inclinado á la tierra que no se excite con estas palabras:
«Le manifestaré la causa de esto»; y tan innato es por
naturaleza en el hombre el deseo de conocer las causas
de las cosas, que bien pudo el poeta esbribir aquella
frase feliz (i):
«Qui potuit rerum cognoscere causas.»
(i) Virgilio, Geórgicas, lib. 2, verso 490.
126 LIBRO SEGUNDO
Y las inteligencias, á su vez, se complacen con la seme-
janza y la proposición: las más altas y eminentes, con las
cosas de mayor excelencia, y siguiendo detrás las otras,
según la esfera de cada una, hasta llegar á las ínfimas y
más despreciables^ que se ocupan en lo más vil y trivial.
Es tan grande este placer de la reñexión para los espí-
ritus elegidos que una vez le gustaron que no es de ex-
trañar que sólo por él hayan renunciado muchos genti-
les á todas las cosas humanas, aunque parezca esto in-
creíble ó absurdo á quienes jamás saborearon tales dul-
zuras espirituales. Por eso la contemplación más dichosa
habrá de ser en el cielo, la de Dios, ser el más grande y
excelente que cabe pensar, alejada toda niebla, manifes-
tada la suma verdad, no con verosimilitud, sino con la
mayor de las certidumbres, viendo y conociendo las cau-
sas de todas las cosas en el mismo autor de ellas, eman-
cipados á la vez nuestros entendimientos de esta cárcel
obscura y tenebrosa, no existiendo ya distinción alguna
ni diferencia de juicios, de suerte que convengan unos
con otros, ó, mejor, existiendo un juicio igual para todos.
Los que trabajan tan sólo para saber, permanecen en
la contemplación misma reflexiva, sin buscar aplicación
alguna al exterior; los que se ocupan en lo que ha de
hacerse para el bien, se manifiestan fuera; y allí, aquello
que tiene preceptos fijos y constantes é invariables, ó
muy generales, se comprende en un arte. Es, por tanto,
el arte «la colección de fórmulas generales que le enca-
minan hacia un resultado». Pero aquello que cambia
con las circunstancias ó por la diversidad de asuntos —y
se llamó por lo mismo zoXuoaasi; — , es decir, según los
lugares, tiempos, personas ó relaciones análogas, es pro-
pio de la circunspección ó prudencia, á la cual muchos
llaman juicio; bien que en los nombres de estas cosas
comete graves errores el lenguaje usual, lo que hemos
lamentado repetidamente.
CAPÍTULO XI
LA VOLUNTAD
Todo conocimiento ha sido otorgado para desear el
bien; el sensible para el bien sensible, el mental para el
inteligible; en suma, á fin de que desee el bien una vez
conocido, y al desearle le siga hasta unirse y concordar
con él mientras sea esto posible. Sólo así, y no de otro
modo, será tal bien para el conocimiento y su contra-
rio un mal, para que le rechace, le evite y no se ad-
hiera á él.
La facultad que realiza este fin es, en los brutos, un
apetito sensual; en el hombre, la voluntad. Es ésta, por
tanto, «aquella facultad ó fuerza del alma por la cual
deseamos lo bueno y aborrecemos lo malo, con la razón
por guía»; esta guía en los animales es la Naturaleza.
Hay, pues, en la voluntad dos actos: la propensión ó
adopción del bien y el odio al mal. Privación de ambos
fines se da cuando la voluntad inerte no se inclina á
ninguna de las dos partes.
Es por sí la voluntad reina y dueña de todos sus actos,
pero no tiene de suyo luz alguna, sino que va ilustrada
por la inteligencia, ó sea por la razón y el juicio, colo-
cados á su lado como un consejero y guía, no para im-
ponerse á ella y torcerla, sino para dirigirla é indicarla
lo que es mejor. Por eso nada apetece ó rechaza la vo-
luntad que no haya sido previamente demostrado por la
128 LIBRO SEGUNDO
razón; y en tanto, el acto voluntario, aunque producido
por la voluntad, es juzgado y aconsejado por la razón;
es, por decirlo así, engendrado por ésta y dado á luz por
aquélla. Así, es la razón maestra y preceptora, pero no
señora de la voluntad, á quien quiso su autor hacer.libre,
con pleno derecho y propiedad; y aunque obedezca
siempre á la razón, no está obligada á un determinado
acto, sino que sigue el que mejor le parece de cuantos se
ofrecen. Es, por tanto, libre la voluntad para elegir
entre un acto y su omisión, puede querer ó dejar de que-
rer, pero no decidirse entre dos actos contrarios; porque
como esta facultad no puede querer sino aquello que se
presenta bajo alguna forma de bien, ni aborrecer más
que lo que la tiene de mal, resulta que, ante una especie
cualquiera de bien, puede la voluntad no quererle, pero
no lo contrario, esto es aborrecerle ú odiarle; y viceversa
si se ofrece una especie de mal, puede no aborrecerle,
pero no quererle, esto es, unirse con él y amarle.
De muchas maneras se demuestra esa libertad y poder
de la voluntad. Primero, porque antes de la deliberación
es libre, puesto que puede dar cuenta ó no á la mente
del caso en cuestión, y dentro de la deliberación misma,
puede mandar que se aplace el asunto ó que se suspenda
totalmente y se dirija el pensamiento hacia otro objeto,
del mismo modo que un príncipe puede ordenar á su
Consejo delibere respecto de un asunto cualquiera ó que
se suspenda y aun quede suprimida toda deliberación.
Además, después de adoptada una resolución, puede
la voluntad contenerse y dejar de apetecer lo que dicta-
minó por bueno la consulta. Esta misma corresponde á
la voluntad, porque no vamos, á modo de los anima-
les, arrastrados por un impulso fijo é inmutable de la
naturaleza, sino averiguando la razón adonde hay que
dirigirse y de donde desviarse, sopesando lo que hay de
bueno ó de malo en cada cosa.
CAP. XI. — LA VOLUNTAD I 29
igualmente puede la voluntad ordenar una nueva de-
liberación y que en vez de conformarse con la anterior
se investigue lo posible hasta hallar algo mejor y más
conducente. En efecto: siendo tantos los objetos que se
presentan á nosotros para elegir, aun cuando la razón
demuestre con poderosos motivos que uno de aquéllos
es el bueno y aconseje adoptarle, si se ofrece otro que
tenga algún aspecto del bien, aun sumamente tenue,
puede la voluntad inclinarse á él y abrazarle con esa
sola pequeñísima sospecha, mientras rechaza al otro qu9
posee una muy excelente forma y substancia de bien.
Para ello tiene, á la verdad, un gran asidero por el hecho
de que todas las cosas humanas están entremezcladas
con bienes y males, no sólo de parte de nosotros mismos,
que constamos de elementos tan distintos, sino también
por las múltiples circunstancias referentes al alma, al
cuerpo y al exterior, que hemos de tener en cuenta.
En medio de tal variedad de objetos, ninguno vendrá
á dehberación en que la facultad de la razón no halle
cosas buenas y malas que aconsejar ó disuadir, se-
gún los diversos sitios, épocas, personas, cualidad res-
pectiva y demás circunstancias. También sucede á me-
nudo que la voluntad, para manifestar su soberanía,
rechaza y desdeña cuanto se le presenta, así como aquel
príncipe que, no queriendo parecer gobernado por otro
poder alguno, desecha todas las indicaciones de los con-
sejeros, resultando aquello que dijo el poeta en su Sá-
tira (i):
«Sic voló, sic jubeo: sit pro ratione libido;»
bien que esto mismo no sucede sino bajo alguna forma
de bien, pues nada puede apetecer ni ejecutar la volun-
tad sino bajo la condición de haber hallado en ello algo
(i) Juvenal, Sátiras^ 6, verso 223.
I 3o LIBRO SEGUNDO
de bueno la razón; y aquélla aprueba este juicio para
que así quede á todos patente su poder y su libertad; co-
sas a que, en el ejemplo del príncipe, éste da más impor-
tancia que á los consejos útiles que oye sobre un asunto.
Asimismo, algunos jóvenes alardean de ser libres no obe-
deciendo los preceptos de nadie; antes bien desdeñan
con impertinente resistencia cuanto les aconsejan pru-
dentemente sus padres ó sus maestros.
Esto en cuanto á la libertad de obrar interiormente;
respecto de Ja externa, no es menos evidente, porque, aun
después de aprobada la determinación, puede no ejecu-
tarse, V hasta cesar de actuar, estando ya comenzada la
acción, ó no realizarla en las proporciones ó con la
presteza debidas. Nada de esto ocurre en los animales,
cuya facultad natural obra siempre con la extensión y
rapidez que permiten las fuerzas que se les concedieron:
el que obren algunas veces más enérgica y velozmente
que otras no significa que atenúen ó aumenten sus es-
fuerzos mediante un acto voluntario, sino por virtud de
estímulos provinientes unos de afuera, por circunstan-
cias de lugar ó tiempo, otros internos, por hábito corpo-
ral ó afecto anímico, los cuales excitan y aguzan sus
energías, aumentándolas en cantidad y vigor, como
sucede al fuego cuando se le echa aceite, se sopla sobre
él ó se coloca debajo madera seca, pues se hace más vivo
una vez que domina la resistencia del frío ó de la hu-
medad; pero siempre arde en relación con las fuerzas
que tiene en el momento; lo mismo que hace ó padece
la bestia que va movida como por un resorte ó impulso
ciego.
Hasta se da igual caso entre los hombres, cuando uno
ha degenerado hasta descender á la naturaleza é índole
del animal, y se arrebata á ejecutar actos sin delibera-
ción alguna. Y en cambio hay animales naturalmente dis-
puestos para fingir y disimular, como la zorra, el gato
CAP. XI. — LA VOLUNTAD l3l
que acecha al ratón; precauciones que se originan del
miedo á sufrir ó á perder algo. En efecto: si al bruto
que se lanza sobre su presa amenaza algún peligro, el
ímpetu primitivo se contrarresta con otro opuesto; no es
que haya deliberación, sino un obstáculo al primer mo-
vimiento, lo mismo que un dardo disparado se detiene y
rechaza por el adversario, siendo, por último, el más
fuerte quien arrolla consigo al que intenta resistir.
En el hombre, cuando luchan obstinadamente dos
afectos contrarios, aunque en medio de aquel ardor se
halle cohibida la mente, no falta del todo la deliberación;
y el que resulta vencedor no triunfa sin tener alguna
razón, por exigua que sea, tal, sin embargo, que parezca
en el momento muy valedera para el afecto vencido, y
muy digna de que uno se someta á ella. Y en esto con-
siste la ignorancia del pecador, que estima ser bueno al
presente lo que apetece, no pensando que existe otro
mejor en el mismo momento, y siendo incierto el bien
futuro que espera habrá de compensar este mal de
ahora.
Un gran don de Dios es la libertad de la voluntad,
por la cual nos hizo hijos suyos, no siervos, y puso en
nuestra mano «formarnos como quisiéramos con auxilio
de su favor y gracia». De no ser así no habría diferencia
alguna, en cuanto se refiere á la excelencia de la virtud,
entre el hombre y las bestias, si obrase en nosotros una
potencia natural tan necesaria é inevitable como en
ellas. Mueven, sí, nuestra voluntad los mismos resortes
que al juicio como en cierto contacto, de igual modo
que cuando se tira del primer anillo de un collar se
tira también del segundo y de los siguientes á causa del
enlace en que están. Hay asimismo instigación de parte
de las inteligencias superiores, de los ángeles buenos y
malos, de Dios principalmente, único que puede obli-
garnos, como de quien hemos recibido no solamente la
ID2 LIBRO SEGUNDO
libertad, sino el ser mismo. La voluntad, cuando va im-
pulsada por una fuerza y poder mayores, se eleva sobre
su facultad por cima de su naturaleza, cosa tanto más
evidente, tratándose de Dios, y realiza obras que ella
misma admira después de hechas, aunque si se detiene á
observar, comprende bien que ha sido conducida por
una potencia superior.
No falta quien afirme estar sometida totalmente la vo-
luntad del hombre al cielo y á los astros, por los cuales
somos completamente impulsados y obligados, cuanto
más guiados por sus avisos é instigaciones: tales son los
astrólogos, que en esta cuestión opinan como suelen ha-
cerlo los que se consagran en absoluto á un arte cual-
quiera, ó que de él obtienen una gran reputación ó
provecho. Pretenden ellos que todas cuantas cosas exis-
ten en el mando entero vayan á parar á la ciencia
que cultivan y se encierren en los límites de la misma;
pero esto lo hacen, no tanto por excesivo amor á ello
como por el suyo propio; creen saber y poseer aquello
que es, no sólo lo principal de todo el orbe, sino casi lo
único.
En realidad, el cielo, como cosa inanimada, no puede
mover ó impulsarnos más que mediante lo que es seme-
jante á sí mismo, es decir, por la constitución del cuer-
po; ahora bien: si las facultades del cielo para actuar son
naturales, dentro de una misma facultad y causa natural
no pueden existir efectos contrarios; y como vemos que
bajo cualquier astro que sea, la voluntad del hombre, por
más que sea solicitada por esto ó aquello, se aplica sin
embargo á cuanto le place — cosa que pugna con la acción
natural, la cual produce por necesidad algún deter-
minado efecto, y nada hay más ajeno y distante de la
necesidad que la libertad—, resulta que si en Ios-cielos y
los astros reina la necesidad, y en la voluntad humana
la libertad, según queda demostrado, aparece patente
CAP. XI. — LA VOLUNTAD l33
.^ I
que son entre sí cosas muy diversas y contrarias el cielo
y la voluntad del hombre.
Hay también quienes dudan, ante la presciencia y
providencia divinas, de que pueda coexistir con ellas
nuestra libertad: ^es posible que pueda nuestra voluntad
libre cambiar lo que Dios ha previsto como venidero y
hacerle que se engañe ó mienta?
Pero reparemos que esa presciencia divina no me
priva de la libertad más que la presencia de cualquiera
que me esté mirando cuando ejecuto un acto. Tampoco
su providencia, puesto que aquélla es la inteligencia di-
vina que conoce todo previamente, ó mejor dicho, «que
sabe lo presente», porque nada hay pasado ni futuro
para ella; y la providencia es la voluntad que gobierna
todas las cosas con su infinita prudencia; y como esa
voluntad divina quiso que fuesen libres las voluntades
.de los ángeles y las nuestras, debemos concluir que lo
que hacemos libremente lo hacemos por ella, esto es,
por su mandato y bondad.
Pudiera Dios engañarse ó mentir si para él hubiese
algo venidero ó algo pasado, como sucede en nosotros;
pero siéndole presente toda la eternidad, nadie pone en
cuestión su verdad y sabiduría.
Hay en la voluntad dos actos: la aprobación y la re-
probación, de los cuales salen las acciones exteriores.
La aprobación, que se aplica al bien, produce la ejecu-
ción para alcanzarle; la reprobación, para el mal, pro-
duce el resurgimiento para dominarle ó el retraimiento
y la huida para evitarle.
Muchos aprueban mediante juicio y voluntad, sí, pero
lánguida é inerte, que no trasciende fuera, y de ellos dijo
Salomón: «el perezoso quiere y no quiere.» Aquí se da
otro acto de voluntad que impide realizarse el primero;
ó sea, la dificultad de ejecución, que juzga un mal la vo-
luntad, y la opone al bien que á ella misma había agrá-
l34 LIBRO SEGUNDO
dado. Y es para muchos un motivo de admiración pen-
sar por qué nuestra voluntad se enardece y estimula por
lo prohibido más que hacia las cosas lícitas y permitidas.
¿Es que, en la generalidad, por el hecho de no prohibirse
las cosas vulgares y comunes, y sí las raras y preciosas,
surge la sospecha, en cuanto una cosa se prohibe, de que
es muy apetecible, y con ello se excita el deseo?
Otros se dejan llevar por la curiosidad de saber, y no
dudan de que es cosa digna de conocerse cuando se difi-
culta su noticia: ¿será entonces que para aquellos que
saben lo que es y cómo es la cosa prohibida se presenta
el deseo libre con menos intensidad, como sucede al
viento esparcido por la llanura, que si se halla apretado
en angosturas hácese potente, coge fuerzas é ímpetu;
sucediendo esto mismo en la voluntad, que si está suelta
asienta, y si forzada, se vuelve vehemente y violenta?
Las cosas que son en nosotros naturales no atienden á
la voluntad; por ejemplo, el sentirse bien ó mal de salud;
en otras muchas, aunque también recibimos de la natu-
raleza su facultad respectiva, nacen los actos de la vo-
luntad; así el poder oír, hablar, el comer, son dones de
la Naturaleza; pero el oír ó no oír, hablar ó dejar de
hablar, comer ó no comer, son actos relativos á la
libertad.
Si la voluntad es la soberana de los actos humanos, en
su potestad está el obrar bien ó mal, la virtud y el vicio,,
la alabanza y el vituperio, el premio y el castigo.
CAPÍTULO XIÍ
DEL ALMA EN GENERAL
Explicados ya del mejor modo posible los actos del
alma humana, réstanos averiguar cuál es su esencia, cosa
que en el fondo ignoramos; mas como formada por Dios
para unirse con Él en la felicidad eterna, no es posible
definirla mejor que afirmando ser de la substancia misma
divina, tan capaz de participar de la divinidad y de unirse
con ella, que su conocimiento engendre el amor; y unién-
dose de tal suerte que alcance la suma beatitud perpe-
tuamente.
Podemos, pues, decir que «alma humana es el espí-
ritu por el cual vive el cuerpo á que está unido, apto
para conocer y amar á Dios, y unirse por lo mismo á él
para la bienaventuranza eterna». En efecto: así como
nuestra alma desciende de lo más elevado hasta lo ínfimo
que es el cuerpo, en virtud del amor á ella de Dios, su
autor — quien por ese descenso quiso comunicarle su feli-
cidad, y á todas las cosas con que se conexiona — , tam-
bién ella á su vez se levanta y retorna á su origen me-
diante el conocimiento y amor divinos. De tal modo
viene de lo más alto á lo más bajo; elévase luego de esto
á aquello, proceso que se manifiesta igualmente en la
vida entera, pues el hombre vive al principio como una
planta, después como el animal, luego ya con vida hu-
mana; cuando llega á depurarse y se levanta sobre las
I 36 LIBRO SEGUNDO
cosas terrenales, se convierte en ángel, y, por último,
unido á Dios, hácese también un dios en cierto modo.
Es así nuestra progresión ascendente de la materia á los
sentidos, de los sentidos á la imaginación y á la fantasía,
de ésta á la razón, á la reflexión, y últimamente al amor.
La descendente se verifica del todo al contrario; y lo
mismo se pervierte el alma cuando cede el juicio ante las
pasiones, ó la razón se somete á la fantasía, que le sucede
al cuerpo si intentara andar con los pies extendidos á lo
alto y la cabeza en el suelo.
El alma es una sola en cada hombre, aunque dentro
de su esencia están sus diversas funciones públicas ó
privadas, como son para el hombre las artes ó las cien-
cias. Si se ocupa de lleno en alguna obra, diíícilm.ente
puede emprender otra; así cuando se halla pesarosa, no
es capaz de reflexionar; cuando piensa ó medita intensa-
mente algo, cesa de ver; y si pone gran esfuerzo en
entender, averiguar ó admirar una cosa^ no juzga, como
sucede ante un objeto nuevo; pero cuando se pasa esa
admiración ó investigación, aparece de nuevo el juicio,
según vemos ocurre al desaparecer la novedad.
Por lo mismo, las obras de los ingenios de la antigüe-
dad que resistieron el tiempo, esto es, el juicio y críticas
de muchas gentes, se prefieren con razón á las moder-
nas, en las cuales estorba al juicio la novedad. Igualmente
son de admirar aquellos que pudieron dedicarse al mis-
mo tiempo á muchas cosas mentales, como el dictador Cé-
sar, y los capaces de llevar su atención desde los objetos
exteriores á los pensamientos más íntimos, como cuenta
Séneca que solía él mismo hacer en el baño y en el
teatro ocupándose en asuntes de interés público, y refiere
también de Plotino Porfirio. Así pasa en los dolientes ó
enfermos; cuando el alma consigue apartar su atención
de las molestias del momento, las siente menos. Todo
ejercicio vehemente y sostenido del alma debilita los
CAP. XII. — DEL ALMA EN GENERAL 1 37
Órganos, cosa que también sucede á todos los demás
artífices; por eso observamos que se cansa la vista cuando
mira con mucha fijeza, y el oído cuando escucha inten-
samente. Sucede esto con más razón cuando la materia
en que se opera es dura é impenetrable, como al escribir
en un papel áspero se embota la pluma, y el cuchillo al
cortar un nudo en la madera; por eso un objeto sensible
inadecuado estropea el sentido, según los peripatéticos,
como difícil y excediendo de la fuerza del órgano; y lo
mismo sucede en los actos de inteligencia que se fatigan
y embotan con objetos arduos, como los ojos mirando
al resplandor.
Como nuestra alma es acción no puede cesar en ella
enteramente, á no ser por oponerse con gran esfuerzo
una facultad, esto es, por algún obstáculo que se opone
de parte de los órganos, v. gr., la masa que abruma el
útero, el mareo en la embriaguez, los vapores contrarios
en la estupefacción, impedimentos todos que como algún
otro análogo son de índole violenta y opuestos á la natu-
raleza del espíritu, que al cesar la resistencia de la facul-
tad vuelve en seguida á su actividad. Para ello ningún
auxilio exterior necesita, sino únicamente para quitar el
obstáculo; una vez desaparecido éste, en manera alguna
puede el alma pararse, es preciso que piense en cualquier
objeto y trabaje con él. Si alguien se empeña en que cese,
como son todos los que no quieren pensar en nada abso-
lutamente, es lo mismo que si intentase impedir arder al
fuego que ha prendido en material combustible; de lo
cual resultará una de estas dos cosas: ó apagarle ó que
su fuerza arrolle el obstáculo todavía con pujanza más
violenta. Sucederá que, ó bien se destruyala vida en tan
extremada lucha, ó en vez de reprimir un pensamiento
sólo, se originará un gran tumulto de pensamientos y de
visiones, en una palabra, la verdadera locura.
CAPITULO XIII
DEL SUENO
Después de la acción tratemos del descanso, esto es,
del sueño, que es un reposo y cese, no ciertamente de
toda el alma, sino tan sólo de los sentidos. Ese es propio
de los animales, pues reparemos que todos ellos, unas
veces se sirven de sus sentidos y otras cesan éstos en ab-
soluto de funcionar, como en fiesta ó vacación; este es-
tado se llama sueño, y el anterior, vigilia.
Concedió el sueño la naturaleza porque la acción finita
de los sentidos necesita algún reposo; por ser preciso el
sueño á todos los animales le tienen, como benévola,
mente dispone la naturaleza para las cosas precisas; aun-
que en unos este descanso es más breve, y de mayor du-
ración en otros.
Proviene el sueño de la evaporación del alimento, por
escaparse los efluvios que rodean los nervios hasta impe-
dir la función de los sentidos, que durante la vigilia están
en libertad, y como atados en el sueño. Aquel vapor
sube al cerebro, donde adquiere materia húmeda y fría,
y con ella se humedece y condensa más; luego se difunde
por todo el cuerpo á manera de nube. Dormido el ani-
mal se desploma, incapaz de sostenerse, pues acometidos
de sopor sus nervios, cuyo origen está en el cerebro,
dejan de realizar sus funciones los sentidos y miembros *
todos. Ya en estado de pesadez el cerebro, se verifica un
CAP. XIII. — DEL SUEÑO l3g
m I 1
rápido cambio en el ser durmiente; invade el sueño prin-
cipalmente la parte anterior de la cabeza, que es la más
húmeda, y por eso aparece con preferencia en los ojos,
que tienen cerrados durante el sueño todos los animales,
excepto la liebre y algunos hombres; en aquélla se atri-
buye al miedo el no cerrarlos al dormitar, y se quedan
rígidos cuando ya duerme. Después aquella humedad
oprime los músculos de las mejillas, y para desecharla se
verifica el bostezo.
También agobia y oprime el sueño el sentido común,
situado en la región anterior de la cabeza. No es, por
tanto, el sueño un estado de estupefacción del animal,
como pasa en el desfallecimiento del espíritu, ó en una
enfermedad, sino el descanso de los sentidos externos,
por evaporación del alimento que cuece en el estómago,
hallándose el cerebro como amarrado é impedido. En el
sueño reposan tranquilamente los órganos; pero en la
estupefacción ó desmayo una violenta opresión invade la
mente y el alma entera.
El cuerpo se restaura con el sueño, como la planta con
el saludable riego; porque en la vigilia se agotan los eflu-
vios trabajando, y durante el sueño son llamados aden-
tro y se refrigeran; alh' se verifica su concentración, y
así se reparan de nuevo para la labor de la vigilia. Por
eso el que duerme siente más frío exterior, y en las ex-
tremidades del cuerpo, que estando en la vigilia; además,
las cosas creadas y frías son soñolientas; las primeras de
suyo, las últimas por su crasitud y densidad.
El descanso, la soledad y el silencio invitan al sueño,
porque entonces reposa la bilis y se refrescan los humo-
res; durante el sueño es más favorable la digestión á
causa de recogerse el calor adentro, como sucede en in-
vierno, y porque mientras se descansa cumple mejor que
estando despierta sus funciones la facultad vegetativa
del alma. El que no duerme es solicitado por la acción
140 ■ LIBRO SEGUNDO
de los sentidos, y se fatiga; así es que entre las facultades
del alma obtiene preferencia la nutritiva.
Plinio llamó con acierto al sueño: «Retirada del alma
al centro de sí misma»; va el sueño penetrando por
causa del cansancio, pues los nervios fatigados ceden
en seguida á la humedad del sopor, y también porque hay
más frío cuando se debilita v consume el calor con los
ejercicios, cosa que puede igualmente aplicarse al can-
sancio del alma, como en los estudios, en la tristeza,
después de pasar miedo; lo cual sucede por el trabajo y
flojedad consiguiente del cuerpo á consecuencia de los
estados mencionados del espíritu. Si el cuerpo está seco
y ardoroso no se duerme tan fácilmente, como pasa en
las enfermedades; así es que los niños necesitan dormir
mucho, y los viejos no tanto, aunque están llenos de hu-
medad fría, por faltarles calor que haga hervir á ésta me-
diante la evaporación é irrigación.
Por eso son soñolientos los biliosos cuando tienen
humedad abundante, esto es, si hay mucha evaporación
por el exceso de humedad, la cual tiene debajo un fuego
más fuerte; ni hay cosa que haga temperamentos biliosos
como el sueño, según cuentan de Alejandro de Mace-
donia.
La índole de las cualidades del cuerpo tienen las de
lugar y tiempo: así, en época de lluvia suele ser más
largo el sueño; lo mismo en las comarcas húmedas, y
también cuando participamos de un banquete abun-
dante.
La cesación del sueño puede ocurrir por causa inte-
rior nuestra ó proceder de fuera. Despertamos espontá-
neamente cuando se suelta el vapor como una atadura;
igualmente, si se nos pincha ó nos excita un dolor corpo-
ral, las molestias de cualquier enfermedad ó agitación
del alma, como el miedo ó el deseo; pero quitan antes el
sueño los afectos ardientes, como la ira, el amor y el
CAP. XIII. — DEL SUEÑO I4I
deseo que los fríos, como son el miedo y la tristeza, pues
á m.enudo nos dormimos rendidos por la acción de uno
de estos dos últimos afectos; y á esto se refiere aquel pa-
saje del Evangelio: «Habiendo llegado adonde estaban
sus discípulos, los halló dormidos de tristeza.» Por su
parte, el miedo también ejerce coacción con el sueño, le
ataca é interrumpe con preocupaciones y cuidados.
Afuera ocurren igualmente movimientos, ruidos, punza-
duras, pellizcos, heridas; todo ello enrarece la densidad
de las humedades; pero mientras no se desvanezca hasta
cierto límite la evaporación no cesa el dormitar^ esto es,
la lucha del sueño con las funciones de los sentidos; no
desaparece del todo aquella humedad que sube desde el
estómago á la cabeza; aunque esa densidad es la que hasta
cierto punto constituye el sueño, y su atenuación, la vi-
gilia, ó sea la liberación de los sentidos; alternativa que
varía con la cualidad y constitución de los cuerpos, según
que necesita cada uno cosas distintas.
Asimismo puede intervenir la voluntad impidiendo en
algún modo, con su resistencia, que nos invada el sueño.
Se ha concedido éste al animal en razón de la vigilia
para que después vele diligentemente y cumpla con más
prontitud y cuidado las funciones de la vida. Alguien
dijo que la vida es vigilia, mientras que el sueño una
especie de imagen de la muerte, como estado interme-
dio entre una y otra; de suerte que quien duerme no
puede decirse que está muerto, ni aparenta vivir. Por
eso Nuestro Señor y su Apóstol San Pablo llaman «dur-
mientes» á los que llaman muertos los demás; pues
algún día han de despertar y volver á la vida.
CAPITULO XIV
DE LOS ENSUEÑOS
Dormido el cuerpo, no por eso está en sopor el alma,
todas cuyas facultades internas siguen realizando sus fun-
ciones, á lo cual llamamos ensueño, ó sea aquel acto in-
terior d^l alma que se verifica estando el cuerpo en estado
de sueño. No está conforme Aristóteles con que se llame
ensueño á todo aquello que se representa al espíritu du-
rante el descanso; prefiere el nombre de fantasmas; pero
es esa una cuestión de palabras que no debe preocupar
al investigador de las cosas naturales. Mucho más obvio
y expedito es referir esas representaciones al orden de
los ensueños.
Sueñan, en efecto, cuantos seres tienen sentido interno
que pueda ver mientras se duerme las imágenes de las
cosas que se han ofrecido á los sentidos durante la vigi-
lia; así es que sueñan casi todos los animales, puesto que
la fantasía no cesa de obrar. En el hombre no duerme
la inteligencia, mucho menos que el alma ea los brutos;
antes bien, recogida en el período de sueño, inquiere,
investiga, indica una porción de objetos, halla solución á
cuestiones que durante la vigilia no encontraba; á veces
da el descanse por la noche facundia á muchos que de
día carecen de ella.
Mas como la fantasía se halla entonces emancipada de
la censura de la razón, saca cosas de la memoria sin
CAP. XIV. — DE LOS ENSUEÑOS 1^3
. . 1 .
medida ni orden, por lo cual vemos en sueños tantos ab-
surdos, necedades é incoherencias, como sucede en una
enfermedad que ataque á la cabeza. Claramente mani-
fiestan los ensueños que tenemos dentro algo, distinto
del alma vegetativa y de los órganos del cuerpo, que
percibe y conoce los objetos ausentes, que en cierto modo
ve y oye. Nacen esas visiones de las emanaciones que
al cerebro suben del corazón como desde una fuente y
cuya cualidad, lo mismo que la de los vapores que de ellos
surgen, acusan muy frecuentemente los ensueños, en
particular aquellos que en ese proceso se presentan á la
emanación ascendente, en la garganta, en el pecho ó en
otro sitio análogo; y cuando invaden esos hábitos du-
rante el sueño el sentido común, no puede éste juzgar
rectamente de los objetos sensibles ni de los actos de los
sentidos: por lo cual, si hay algo de pituita húmeda en la
garganta, soñamos cosas de agua; si de sangre, sangrien-
tas; si de biüs negra, tristes; si de amarilla, riñas y con-
tiendas. Así es que los médicos diagnostican con preci-
sión la existencia de esos distintos líquidos por los sue-
ños de los enfermos; y á veces, cuando se presentan con
alternativa líquidos contrarios, nos parece haber visto
cosas contrarias en un mismo sueño.
Con igual inexactitud juzga el sentido común acerca
de las funciones de los sentidos corporales; por ejemplo:
cuando oímos un pequeño ruido, nos figuramos que son
grandes estrépitos; al sentir calor, que estamos ardiendo;
si ha quedado alguna humedad en la garganta ó en la
tráquea, nos parece que nadamos y hasta nos sumer-
gimos en un río profundo; no de otro modo aparecen
agrandados los objetos vistos á través de niebla ó de un
cristal espeso. Como el cuerpo sigue el movimiento del
corazón, cuando á éste le empuja hacia arriba algún va-
por, soñamos que subimos, ya por escaleras, ya por una
cuesta escarpada y penosa; y si aquél se desvanece y el
144 LIBRO SEGUNDO
corazón se sosiega poco á poco, creemos bajar; y si de
pronto se desvanece y vuelve á su sitio el corazón con
rápido movimiento, se nos antoja que caemos por un
precipicio, y agarramos convulsivamente las almohadas
y ropas de la cama. En cambio si está el corazón lleno
de humedad excesiva y densa, experimentamos angustia
y creemos soportar un enorme peso sobre el pecho; na-
cen á veces de estos sueños graves perjuicios para la sa-
lud, y en ocasiones hasta la muerte; otras, halla dificul-
tad en resolverse ó cambiar de sitio aquella humedad;
entonces nos parece que queremos correr ó subir, pero
nos lo impide deteniéndonos una gran fuerza contraria.
A menudo soñamos lo que hemos hecho ó presenciado
durante el dia; y esto sucede, ó porque está fresca y libre
la fantasía sin haberse distraído con otras imágenes,
como pasa á los niños, ó porque nos dormimos ocupados
en un pensamiento, el cual se presenta inmediatamente
al espíritu, que le absorbe, y eso mismo ocurre en las
visiones impresas por una fuerza superior que obra en
nosotros, como son los pensamientos fijos y constantes,
una pasión enérgica y sostenida: el miedo, el amor, el
deseo, la ira ó la envidia. Es la fantasía que se apodera
moralmente del sentido común y de la atención obligán-
dole á fijarse solo en el objeto que ofrece, como se ve en
los amantes y en todos aquellos que están dominados
por una fuerte perturbación del alma.
Unos tienen ensueños fragmentarios y descompuestos,
mientras los tienen otros plácidos y completos; quiénes
temibles, quiénes agradables. Ocurren imágenes claras y
como verdaderas, cuando está la sangre depurada de
humedades impuras, cual sucede al amanecer ya termi-
nada la cocción durante la noche; por lo cual los filóso-
fos antiguos creían ser más verdadero lo que se nos
aparece entonces. Podrá ser más completo y mejor com-
puesto y detallado, pero no más verdadero, por lo misma
CAP. XIV. — DE LOS ENSUEÑOS I45
que una fábula puede ser más bella y mejor arreglada
que otra, sin ser verdad ninguna de ellas.
Si los vapores son más tenues y templados, va el curso
del sueño con mayor integridad y continuación, por co-
rrer la fantasía más tranquilamente como reposado arro-
yo; pero si llevan excesivo ardor, se arrebata la fantasía y
corre con exagerada rapidez tras de los fantasmas á modo
de rueda velocísima. Proviene entonces una gran mezcla
y confusión de tiempos y lugares; de Roma con París, de
César con Pompeyo; hacemos de una misma persona rey
y esclavo; juntamos y separamos las cosas más absurdas,
increíbles y de toda imposibilidad; los sueños así pertur-
bados nos acarrean grave molestia, pues tal confusión
repugna, no sólo á la inteligencia y al pensamiento, sino
aun á la fantasía misma; por eso no queremos dormir
de nuevo para no reincidir en aquellas visiones; y tal
suele suceder tanto en una enfermedad ó dolor corporal,
como durante una gran excitación del espíritu; en una
palabra, siempre que el cerebro se halla en mala dis-
posición.
A veces vuelve el sueño sobre sí mismo, y creemos
que soñamos, ó se nos figura que no soñamos: eso acon-
tece generalmente en los que están muy alegres, y temen
que sea aquello una vana apariencia, ó por lo contrario
en los muy tristes, que prefieren sea falso lo que sueñan.
Como siguen las visiones en el ensueño aquello que
fantaseamos durante la vigilia, ocurre también lo contra-
rio, como en los niños, los enfermos y los de ánimo mal
dispuesto: asustados por las imágenes que ven en sueños,
creen estarlas viendo después de despertar; por eso gri-
tan, huyen y tratan de ocultarse.
El adormecimiento es un estado intermedio entre el
sueño y la vigilia, cuando nos parece soñar lo que en
realidad vemos ú oímos, si bien débil é incompletamente,
y lo mismo en ios restantes sentidos; á veces creemos
10
146 LIBRO SEGUNDO
oír alguien que nos habla, ó ver una vela encendida,
percibir los pasos de uno que pasea por la habitación,
tocar algún objeto áspero ó suave. Tal sucede cuando el
sentido común no es por entero presa del sopor, é igual
es la causa de roncar estando dormidos; si dicho sentido
se despavila un poco, percibe algo sensible, mas no te-
niendo libertad completa, juzga de ello inexactamente y
toma el sonido que oye como si fuese de trompetas ó
bocinas, como un clamoreo y, finalmente, por furibundo
estrépito.
Muchas veces creemos oír que nos hablan, pero sin
distinguir ni entender bien la voz; otras, que leemos una
carta que no comprendemos enteramente, lo cual nos
molesta y disgusta por no hallar resultado á nuestros
esfuerzos.
Esto consiste en que la fantasía no toma de la memo-
ria nociones bastante fijas y expresivas, ya porque no
las suministra esta facultad, ó por prohibirlas aquélla
con excesiva lentitud é inexactamente. También ocurre,
al contrario, que pensamos percibir por los sentidos ex-
ternos objetos presentes á la reflexión durante el sueño.
De las visiones nocturnas, unas se imprimen en la me-
moria de tal modo que las recordamos fácilmente al des-
pertar; otras con menos relieve, aunque no podemos re-
cordar algo de ellas, y las hay, por último, tan exigua-
mente grabadas, que se extinguen por completo, como
sucede en los enfermos y los embriagados.
Puede también ocurrir tal condensación y mezcla de
vapores y espíritus, que nada soñemos, por hallarse
encadenados los instrumentos del centro animal como
durante un gran ataque de embriaguez, en un pár-
vulo y aun recién nacido y hasta en el útero — cosa que
muchos no admiten — . Ni faltan viajeros que cuentan,
al describir lejanos países, que algunas gentes no tienen
visiones de noche, y afirman no haber soñado nunca, ni
CAP. XIV. — DE LOS ENSUEÑOS I47
creen que oíros sueñan, sino que, más bien, se entretie-
nen en inventar y contar sus sueños, como una fábula
para divertirse ellos y al auditorio; y esto sucede porque
las cosas presentes al espíritu durante el sueño no se fijan
en la memoria hasta el punto de poderse recordar
cuando despiertos, por una de dos razones: ó la dureza
del espíritu, que no las recibe, ó la fluidez del medio,
que no las retiene; así ocurre á un signo que no queda
impreso en la roca ni en el agua.
Cuestión es importante y antigua la significación que
pueda darse á los ensueños, y preocupa especialmente á
las personas meticulosas y perplejas respecto del porve-
nir. í^Hay, en realidad, algo verdadero en ellos que re-
vele lo venidero.'^ ^Podemios saber de antemano lo que
ha de suceder por meras conjeturas de aquello que vi-
mos durmiendo?
Mucho se ha discutido, desde bien atrás, en pro y en
contra de una cuestión que ni es difícil en extremo ni es
obscura. Puede interpretarse de dos modos: son los ensue-
ños ó signos ó causas de las cosas presentes, pasadas y
venideras, como se dice de los astros á los cuales se pre-
gunta el destino.
Pero es indudable que no son causas, sino más bien
signos de vapores de humedades, según ya se dijo, como
electos de sus causas y no de otra cosa alguna, y esto,
naturalmente, puesto que todas las cosas naturales tienen
su término establecido, hacia el cual tienden, ya recta,
ya oblicuamente. No se ha concedido á los animales
soñar para que, por este medio, se nos descubra lo que
-está oculto y es abstruso, sino que soñamos, porque la
energía anímica, disponiendo de un órgano adecuado, no
puede descansar, aun dormido el cuerpo. A veces resul-
tan verdad los ensueños, si bien sólo casualmente y
como por accidente, no en virtud de una cualidad natu-
ral suya; así suele pasar cuando, aterrados por efecto de
148 LIBRO SEGUNDO
alguna pasión ó, por el contrario, halagados por una es-
peranza, soñamos con peligros que nos amenazan ó con
dichas que nos aguardan. Además, cuando abriga el alma
un propósito vehemente hacia un objeto solo, éste es el
que aparece estando dormidos. Y un último razona-
miento, que acertadamente emplea Aristóteles, es que,
como soñamos todos los días tantas cosas y tan varias,
no se extrañará que alguna vez acertemos lo que va á
suceder, ó que sucedió ya sin saberlo nosotros; así como
el que á menudo hace disparos, tiene que dar en el
blanco alguna vez, aunque carezca de toda pericia para
el caso.
A veces la inteligencia superior infunde sueños con
igual arte y fuerza con que ellos interesan á la fantasía;
aquellos que proceden de lo alto, es decir de los santos
espíritus, llegan á nosotros avisándonos algún beneficio
público ó privado, como cuentan las Sagradas Escritu-
ras los sueños de Faraón, de Nabucodonosor y de José.
Asimismo, Néstor, según Homero refiere, ordenaba que
se observase y estudiase con diligencia el sueño de Aga-
menón, por ser caudillo del ejército griego, mientras
que no creía tan necesario hacer lo mismo con los de los
otros jefes.
Infunde sueños el demonio, con falaz intención acerca
de cosas pecaminosas, vanas ó superfluas, y es señal evi-
dente de que procede de intento dañino al presentarnos
como juguetes de esas ilusiones provocativas. En realidad,
por su fin puede conocerse de dónde viene el ensueño;
por más que, a veces, guiados de natural impulso y ce-
diendo ante un afecto ó convicción temeraria, le juzga-
mos ya celestial, ya contrario á nuestros deseos.
CAPITULO XV
EL HABITO
De las facultades nacen los actos: por eso las tiene el
alma, por don de la Naturaleza, para todo aquello que
hace. Hay actos que siguen inmediatamente la índole
de la potencia respectiva, como hallándose ya ésta ma-
dura y dueña de sí, y son, en tanto naturales, de igual
modo que las facultades mismas, v. gr., el ver y el oír,
una vez que estos sentidos están ya completos, como en
el niño y en los perrillos, pasados los nueve días de su
nacimiento; actos que no necesitan reflexión ni ejercicio
para salir bien, sino que tienen plena madurez y vigor,
como amaestrados por virtud de la naturaleza misma.
Otros actos necesitan práctica y ejercicio para produ-
cirse pronto y bien, de donde resulta la costumbre de
realizarlos, en la cual se reúnen facilidad para obrar y
propensión, y viene del vocablo griego s^i;, que corres-
ponde al «habitus», ó sea la inclinación á realizar actos
semejantes á aquellos de los cuales se formó. Esta cos-
tumbre no se dice sólo de los actos, sino también de las
pasiones, que, en cierto modo, son actos en las faculta-
des del animal, porque como ejercen igualmente su acti-
vidad padeciendo, aplicamos el nombre de acto á ambas
cosas.
Sucede á veces que la índole del acto es natural, pero
su forma, atributo ó circunstancia son propias del ejer-
IDO LIBRO SEGUNDO
cicio: así hemos recibido espontáneamente de la natura-
leza el ver, oír, gustar, oler y tocar y, sin embargo, per-
tenece á la costumbre la facilidad de soportar formas
absurdas, repugnantes, y causan miedo, ó sonidos estu-
pendos y horribles, sabores ácidos y amargos; de esa
costumbre nacen la aptitud y facilidad en el artíñce y la
correspondiente adecuación en el instrumento: así el
pintor ó el artesano se hacen más prontos y hábiles
con la práctica; el órgano mismo, como la mano; y
hasta á veces el instrumento externo, adquiere mayor
aptitud, á no deteriorarse la materia con su resistencia,
como pasa al pincel, al hacha, la sierra y el cepillo. Lo
propio verifica en el alma el hábito: hácese más docto,
y los espíritus más dispuestos para una clase de ejer-
cicios; aunque también á veces se deterioran con el uso
inmoderado, y llegan á estropearse.
La costumbre arrastra hacia sí el espíritu al cual se
adhirió, v forma la llamada propensión. Cuando un há-
bito se arraiga por el uso continuo adquiere casi fuerza
de naturaleza, invitándonos á obrar de igual modo sin
dificultad y hasta con gusto; las cosas familiares se nos
hacen agradables; y esta costumbre disminuye la sensa-
ción de molestia y trabajo, no sólo en cuanto á los de ín-
dole activa, sino á las pasivas también y á las que son
contrarias en nuestro temperamento; así, la enfermedad
misma y el dolor son más benignos por la familiaridad
con que los sufrimos. De gran sabiduría es aquella
máxima de que debemos elegir el mejor método de vida,
porque «con la costumbre se hará llevadero», y según
Platón es de gran importancia «el modo como se ha for-
mado y acostumbrado cada uno desde la niñez».
Se ha concedido esta raigambre á nuestra alma para
bien suyo, como todas las demás cualidades, á fin de su-
ministrarla mediante el uso y el ejercicio cuanto debe-
mos hacer que sea recto y conveniente; pues si la con-
CAP. XV. — EL HÁBITO l5l
tinuidad y el tiempo no confirmasen la facultad de poder
seguir obrando en un mismo sentido con mayor libertad
y expedición, de saber hacerlo con más aptitud y de que-
rerlo con más gusto, en vano habríamos realizado todo
aquel trabajo y siempre estaría nuestro espíritu rudo
para emprender acciones insignes, nada haría con bri-
llantez, puesto que no habría aprovechado cosa alguna
con el tiempo. Esto por lo que se refiere á lo que hace-
mos voluntariamente, pues en cuanto á lo que sufrimos
á pesar nuestro, bien miserable sería la condición de la
vida humana si de ningún alivio sirviese la costumbre,
entre tantas cosas ásperas y amargas.
Así como el hábito crece y se afianza con el tiempo,
con el mismo disminuye por el desuso, por venir alguna
violencia grave, ya en el interior, por un veneno, ó cual-
quier enfermedad, ya exteriormente por una llaga ó he-
rida. Asimismo cuéntase de algunos que perdieron du-
rante una enfermedad el conocimiento de las letras, de
otros, por el golpe de una piedra ó de un palo; pero en-
tiendo que eso se refiere más al hábito del instrumento
que al del artífice; pues las víctimas de aquellos acciden-
tes, pasada la convalecencia, recobran su primitiva apti-
tud, lo cual no sucedería si hubiesen perdido deí todo
las huellas impresas por la costumbre.
CAPITULO XVÍ
DE LA VEJEZ
Suministra al alma la naturaleza, cuando se reúne al
cuerpo, materia adecuada en forma de miembros; y ya
dentro de él, va poco á poco acomodando á ella instru-
mentos suficientes para llevarla á la perfección, hasta
donde la admita y conserve la cualidad y constitución
de la materia. Esos instrumentos, una vez llegados á su
apogeo, se deterioran con el uso y vuelven paulatina-
mente al estado de torpeza de la masa primitiva; por
último, se estropean del todo y perecen.
La adaptación de los miembros se verifica en el útero;
la de las emanaciones v humedades, en la infancia. Es
la juventud como cierto estado de vigor y perfección de
los órganos; la vejez, su decadencia, y la destrucción é
inutilidad de los mismos, la muerte, producida por
camino natural, sin violencia. Con razón se ha com-
parado la edad humana al día y al año: así, la infancia,
es el período de la mañana y la primavera; la juventud,
el mediodía y el verano; la vejez la tarde y el otoño; por
último la muerte, la noche v el invierno.
Es el calor el adminículo é instrumento principal de
la vida, que adquiere lentamente fuerzas y robustez
para consumir el sobrante de humedad que sacó del
útero el niño; de él es un indicio el sueño casi continuo
propio de éste. Reducida luego la humedad á una por-
CAP. XVI. — DE LA VEJEZ l53
ción que baste el calor actual para alimentarla y sos-
tenerla sin que se agote, crece luego aquel calor, ó sea la
juventud en el animal; por eso los animales más calien-
tes, si es bastante el alimento dado al calor, prolongan
más su juventud. En cambio disminuye el calor cuando
se va secando el jugo en el grado conveniente: así en los
viejos, aunque abundan por las partes extremas los resi-
duos de humedad que producen las secreciones, como
lagañas y fluxión de ojos, mucosidades y destilaciones,
son más tardas las interiores, v. gr., los nervios y medu-
las. En cuanto á la pituita que sale al exterior en los
viejos es por haberse debilitado el calor, que á causa de
su fatiga no es capaz de cocer aquellas humedades.
Por tanto, consiste la juventud en la atemperación de
lo cálido y lo húmedo, mientras que cuando falta uno
de estos elementos viene la vejez. Los enjutos envejecen
pronto; después, los húmedos y fríos. Son rasgos de la
vejez la calvicie, la canosidad, las arrugas. Proviene la
primera de la sequía, cuando, agotada la humedad, pierde
el pelo su raíz, lo mismo que sucede á las plantas en la
arena; por eso mismo se quedan muy pronto calvos los
de cabello crespo. Se produce la calvicie en la parte an-
terior de la cabeza, por ser menos espesa y sólida que la
posterior, según afirma en los Problemas Afrodisio, ó
quienquiera que sea el autor de esa obra.
Es causa de la canosidad la pituita; y por eso empieza
el pelo á encanecer en las sienes, después en el cogote y
pescuezo, por ser estas partes más húmedas que el occi-
pucio. Los niños, aunque más húmedos que los jóvenes,
no encanecen, porque las canas se producen por el lí-
quido frío, no por el que efervesce por la fuerza del
calor.
Son las arrugas señal más cierta de vejez que las canas
y la calvicie, pues se producen al contraerse la piel por
secarse aquella humedad saludable, lo cual sucede prin-
l54 LIBRO SEGUNDO
cipalmenie en las personas cuya constitución ha acumu-
lado mucha bilis, ya amarilla, ya negra; aunque es más
bien la última, porque aquélla, pasado tiempo, viene al
tin á parar en negra, de igual modo que se inclina á ese
lado cada edad según va avanzando, el otoño en el año
y la tarde en el día. No sólo envejecen pronto los que
tienen ese temperamento natural — por ser muy contra-
rio á la juventud — sino asimismo se hacen viejos prema-
turamente y se llenan de arrugas los que caen bajo la
tiranía de la bilis negra, ya por enfermedad, pación de
ánimo, por efectos de localidad ó ejercicio, ya por pade-
cer cuartanas, ó las angustias del miedo, odio, envidia y
en particular de la tristeza; los que habitan sitios oscuros,
se consagran á estudios continuos y difíciles ó á una
meditación intensa.
CAPITULO XVII
DE LA LONGEVIDAD
La vida es «la conservación de los instrumentos que
usa el alma en el cuerpo». Es el principal de ellos el
calor, y después, su alimento y conservación mediante
la humedad congruente con él. Así, son los más vivaces
aquellos seres vivientes que pueden conservar por más
tiempo estas dos cualidades.
La razón y causa primera de la longevidad están en
la constitución de cada uno, en que sea cálida y húmeda
en los nervios, las medulas, los líquidos y las emanacio-
nes. La segunda está en que tal combinación se man-
tenga el mayor tiempo posible. A ello contribuyen mu-
cho los alimentos, el lugar, el sistema y forma de actos
y ejercicios, pues aquellos que comen cosas muy calien-
tes hacen enrarecerse los jugos saludables del cuerpo y
evaporarse el calor hasta el punto de que, extenuado el
corazón, pierda toda su fuerza, y pronto, por consecuen-
cia, la vida misma; á menos que sea tan abundante el
humor flemático que se asimile aquel régimen de vida.
Asimismo los que habitan regiones calurosas no conser-
van fácilmente ese equilibrio de lo cálido y lo húmedo^
pues se evaporan demasiado los efluvios y queda el
cuerpo como desnudo, de donde se apresura la vejez y
la muerte. Igualmente los habitantes de lugares húme-
dos y pantanosos se inficionan con muchas enferme-
dades de distinto género, por abundancia de pituita.
I 56 LIBRO SEGUNDO
Son las enfermedades un camino abierto para la
muerte, siempre que infesten los centros vitales, pues al-
gunas no son de las que abrevian la vida. En los sitios
frescos y secos se conservan los cuerpos más puros y,
por lo mismo, más vigorosos y con mayor longevidad,
pues el calor, por antítesis, se conserva en clima algo
fresco, en invierno más que en verano. La sequía del
cielo y del suelo dispersa las humedades pútridas; de
este carácter es la vivienda en las colinas, en sitios ele-
vados y planicies constantemente surcado de vientos
frescos; allí, el aire libre limpia los cuerpos y no deja
que se consuman; allí se hace también más lozano y
despierto el espíritu de los animales.
También el ejercicio moderado provoca y aumenta las
fuerzas, porque excita el calor y vigorízalos nervios;
así es que tienen vida más larga los ocupados que los
ociosos; si bien un trabajo excesivo debilita las fuerzas
y quebranta el cuerpo. Los seres masculinos de todas
las especies, como tienen más calor, son por naturaleza
más vivaces que sus hembras; pero el uso venéreo exa-
gerado les abrevia los años, y éstas viven más tiempo;
así dijo con razón Hipócrates: «Comida, bebida, sueño.
Venus, ejercicio, todo debe ser moderado.»
Los animales pequeños y de menos calor son de vida
más corta que los grandes; así, por ejemplo, las abejas
viven menos que los perros y las ovejas; y de éstos, los
que han obtenido calor más fuerte, tienen vida más du-
radera; V. gr., las abejas más que las avispas; éstas más
que las moscas, y éstas, que los mosquitos. Además,
los animalillos de cuerpo exiguo no resisten el vigor de
los elementos: calor y frío, humedad y sequía; lo mismo
que las hierbas por su escaso calor y poca materia;
mientras que los árboles, de masa más compacta, resis-
ten muchos verano? é inviernos; en particular las pal-
meras, porque es el más caliente de todos los árboles.
CAP. XVII. — DE LA LONGEVIDAD l5y
Como está más condensada la materia de los árboles
que la de los animales, son aquéllos más duraderos que
éstos; pues no por ser unos cuerpos más sanos que otros
se prolonga más su vida, ni perecen más pronto los afec-
tados de enfermedades, sino que consiste, por lo regu-
lar, en la cantidad de calor y humedad correspondiente,
tanto para la generalidad como respecto de los indivi-
duos.
CAPITULO XVIII
DE LA MUERTE
Destruidos ó deficientes los instrumentos, cesa la vida
y viene la muerte, lo mismo que deteriorados ó perdi-
dos el martillo, yunque, tenazas y otras herramientas
de una fábrica, cesa ésta y el fabricante queda ocioso.
Es, pues, la muerte, «la falta de los instrumentos del
alma, por los cuales se prolonga la vida». Sepárase el
alma, no por desproporción alguna entre ella y el cuer-
po, como tampoco los había unido mutuamente ninguna
proporción ó correspondencia. Entre mí y la pluma con
que escribo no existe proporción alguna, á menos que
se pretenda haber congruencia entre el artífice como tal
y el instrumento hábil de que se sirve, cosa que no dis-
cutiré.
Consiste la vida entera en lo cálido, según hemos di-
cho repetidas veces, y á causa de lo cálido también en
lo húmedo. Es natural la muerte cuando, secándose la
humedad, que es el pábulo del calor, decae éste y se ex-
tingue, por último, como una lámpara privada de aceite.
Es la muerte violenta la que llamaban los gentiles
«realizada contra lo decretado por el destino», cuando
se quita la humedad por algún accidente ó se extingue
«1 calor á causa de una opresión ya interior, como por
veneno, hartazgo ó exagerada ingestión de bebidas, del
mismo modo que si se echa demasiado aceite en una
CAP. XVIII. — DE LA MUERTE I Sq
lámpara, ó ya exterior, v. gr., la compresión de los va-
pores que refrigeran el corazón en la arteria ó en la
boca, como cuando se cubre de pronto y se abruma el
fuego con piedras ó con mucha ceniza.
Es necesario para la vida animal la mezcla y como
moderación de todas las cualidades, unas por sí mismas,
otras por las demás; si falta una de ellas, no puede des-
arrollarse la vida. La principal de todas es la cálida y la
húmeda, situada en la sangre, agotada la cual perece el
animal en brevísimo tiempo. Entre los miembros los
hay principales, sin los que no puede conservarse el ani-
mal: de ellos es el más esencial el corazón; es el primero
que vive y el último que muere; como, á su vez, son los
ojos los últimos que empiezan á vivir y los primeros que
mueren. Van después los que están cercanos al corazón:
el hígado, los pulmones, el diafragma y, por último,
todos aquellos que llamamos órganos vitales, y, asi-
mismo el cerebro y la cabeza. Otros miembros son me-
nos importantes y como de orden inferior, cortados los
cuales, permanece, sin embargo, la vida: tales son las
manos, brazos, pies, piernas, ojos, nariz y orejas. Entre
los animales, los insectos viven aun después de cortados,
como los gusanos, abejas y avispas, cualidad que tienen
común con las plantas; pero la muerte del animal se di-
ferencia de la del hombre en que el alma de aquél, lo
mismo que el vigor de nuestros sentidos, perece total-
mente en la muerte, mientras que nuestra alma sobre-
vive á su cadáver. Por eso podemos definir la muerte
del hombre: «Es el acto de desunirse ó separarse el
alma del cuerpo.»
Pasemos ahora á tratar de esto.
CAPITULO XIX
DE LA INMORTALIDAD DEL ALMA HUMANA
Ya los sabios de la antigüedad discutieron si nuestras
almas sobreviven á la muerte del cuerpo y están eman-
cipadas de la fuerza ciega del destino: problema aún más
intrincado y difícil, de un lado, por la ignorancia de los
hombres; de otro, por la perversidad ó el vicio de quie-
nes, atribuyendo todo á los sentidos corporales, conclu-
yeron que el alma nada sabe fuera de lo que cae bajo el
dominio de ellos. Enfrascados otros en sus deleites y
placeres, desearían que todo acabase á la vez que esta su
vida corporal, sin que hubiese un juez que nos pidiese
cuenta de ella.
Tratándose de cuestión de tal importancia para toda
la vida, para la religión y hasta para la felicidad de los
hombres, ó para su total desgracia, la examinaremos
algo más despacio. No se debe tocar con ligereza lo que
es peligroso dejar sin resolver.
Si sólo damos crédito á los sentidos y no pasamos de
sus estrechos límites, como pretenden los que juzgan
harto groseramente de las cosas, ni atribuiremos alma á
los irracionales, porque no la vemos ni percibimos con
ninguno de nuestros sentidos, ni creeremos que existen
«efectos» ó «formas» en los seres naturales; sin admitir,
por último, nada fuera de esta masa sensible que vemos y
palpamos, lo cual es contrario á toda doctrina científica
CAP. XIX. — INMORTALIDAD DEL ALMA HUMANA l6l
y totalmente ajeno y distante del sano entendimiento
humano.
Cuando un niño muy pequeño, por ejemplo, ve á su
padre que tiene un arma, y luego ésta misma puesta en
pie junto á un árbol, cree que es éste su padre, se acerca
y le habla, sorprendido al ver que no se mueve ni le
contesta, pasa de la admiración al miedo, á la cólera y,
por último, se echa á llorar.
De igual modo que los niños, las personas necias
toman por seres vivos las figuras pintadas en un cuadro
ó en un tapiz, las incitan á hablar y ofrecen cosas para
que coman. Pues eso mismo piensan también los anima-
les al juzgar verdaderas las cosas fingidas, y no se dife-
rencian mucho de los niños y de los tontos, por no decir
de los animales, aquellos que se guían sólo por los senti-
dos, afirmando ser un hombre aquel cuerpo inerte, y
sin embargo no sospechan que lo es un cadáver que ven
tendido en el suelo.
No reparan que esos mismos ojos y esos sentidos cor-
porales, incapaces de ver ni percibir lo que hay en un
sitio cerrado, sólo pueden saberlo por lo que aparece
fuera, el fuego, por el humo; un ser vivo, por la voz, ó
uno muerto, por el hedor.
^Gómo no distinguir la inmensa diferencia que hay
éntrelos hombres y los animales? Aparte otras pruebas
de menos valor, un hombre practica muchas artes ma-
nuales, produce obras tan diversas y admirables de
invención y ejecución, recorre con su pensamiento todo
el mundo, disfruta de razón y de lenguaje, en todo lo
cual resplandece cierto poder é imagen de la inteligencia
divina. Y si por la semejanza del cuerpo hacemos al
hombre igual á las bestias en el nacer y el morir, es
necesario que le juzguemos superior por su grande y
evidente diferencia mental; si renunciamos al gran bene-
ficio de la inmortalidad, habrá que renunciar también al
u
102 LIBRO SEGUNDO
ingenio, á la razón y al entendimiento que nos hacen
inmortales; y si vemos en el hombre señales que atesti-
guan su origen celestial y divino, es de esto una conse-
cuencia cierta el que haya en él algo más grande y supe-
rior á lo que puede verse con los ojos ó tocarse con las
manos.
Dicen algunos que nadie ha vuelto del otro mundo
para decirnos cómo son allá las cosas, y qué sucede; tal
es el argumento del vulgo, que cree haber discurrido
con esto algo ingenioso; pero sucede en ello como en
todo lo que le atañe. Porque nadie haya ido á las Indias
ni haya venido á nuestro país ningún indio no vamos
á negar que existan Indias é indios: y si de tantos milla-
res de años hasta hoy no hubo quien navegase hasta
aquel nuevo mundo, ni de allá hacia nosotros, ni de una
y otra parte se tienen noticias, ^*por qué extrañarnos que
tampoco se haya establecido comunicación continua
entre las almas emancipadas de sus cuerpos, y nosotros,
seres corporales? Al cabo, entre nosotros y aquellos
hombres remotos, aunque largo, intrincado y dif/cil, hay
algún camino, y es posible construirle y lo está, pero es
imposible por leyes naturales establecerle entre el hom-
bre y los cielos ó el infierno; no cabe correspondencia
alguna entre lo corporal y lo incorpóreo, ni seremos
adecuados á la condición de aquellos seres mientras este-
mos encerrados en un cuerpo corruptible.
Además, las almas de los muertos gozan de bienes
mayores, ó sufren males peores para que tengan tiempo
ó gusto de pensar en las cosas terrenas, ó sea en bagate-
las; en suma: unos no quieren y otros no pueden vernos
de nuevo. Si, por ejemplo, á uno le nombran magistrado
en su ciudad, seguramente no querrá volver á la isla
donde estaba desterrado; y si otro está preso en la cár-
cel y encerrado en un calabozo, no puede, aunque lo
desee. Adondequiera que dirijamos la mirada, arriba.
CAP. XIX. — INMORTALIDAD DEL ALMA HUMANA ¡63
abajo, alrededor nuestro, todo nos enseña, demuestra y
proclama que el alma humana es inmortal; la índole y
lo necesario de las causas, la proporción y semejanza,
la vida, la conveniencia, la dignidad del hombre, la
bondad de Dios y nuestra utilidad por razón de ella.
En principio no nos son conocidas por sí las esencias
verdaderas y propias de todas las cosas, sino que perma
necen recónditas en lo más íntimo de cada una, adonde
no penetra nuestra mente, encerrada en esta masa cor-
poral y en las tinieblas de la vida. Es nuestra razón
quien indica, principalmente por los actos, qué es y cómo
cada objeto; pues, según ha dicho acertadamente Aristó-
teles, toda cosa se presenta lo mismo en el ser que en el
obrar; es decir, que sus obras y acciones declaran su
cualidad, cuantidad y la razón de su esencia. Por tanto,
estudiemos, en primer lugar, las acciones propias del
alma.
Es la primera de ellas el conocer, que en cierto modo
significa coger, comprender, concebir, nombres con que
designamos también el conocer. Pero no existe facultad
alguna cognoscente que conozca aquello que no tenga
cierta correspondencia con ella misma: el conocimiento
es á modo de una imagen de las cosas que se manifiestan
en el alma como en un espejo; ahora bien: éste, siendo
cosa corporal, no puede reflejar lo espiritual, ó lo que
pertenece á otros sentidos distintos de la vida; ni tam-
poco ofrecer lo que tenga proporciones mayores que el
espejo, como una montaña entera que se halla próxima,
á menos que se aparte más lejos para que resulte la pro-
porción con la distancia; ni igualmente aquello que no se
le presenta desde enfrente.
Nuestros sentidos externos como propios de la exten-
sión, y dotados de cantidad, no perciben lo que carece de
ella ni lo que tiene masa de mayor amplitud que el alcan-
ce de ellos, ni lo que está ausente. Los sentidos internos
164 LIBRO SEGUNDO
no perciben lo espiritual, á saber, á los ángeles y á Dios;
así, la inteligencia, que es quien los concibe, conoce y
comprende, única de los seres sublunares, es como aqué-
llos un espíritu, y quien entiende la inmortalidad de
aquéllos tiene también que ser inmortal; en otro caso,
no concebiría de manera alguna lo que la excediese infi-
nitamente en amplitud.
Se demuestra todavía con más claridad por el hecho
de que no podemos comprender con nuestro pensa-
miento, agobiado con tal magnitud, aquella parte de la
eternidad inmensa anterior á nosotros, mientras que
concebimos y entendemos fácilmente la que ha de seguir
por siglos infinitos; de donde aparece notorio que la pri-
mera es más vasta que nuestra alma, la cual no tiene con
ella proporción ni analogía alguna, pero sí con la se-
gunda, que no es adecuada á aquélla, y lo es á ésta.
Del mismo razonamiento se infiere sin dificultad que
las almas de las plantas y de los brutos son creadas y
dispuestas por virtud y potencia de la materia; la nues-
tra es peculiar creación de Dios en el cuerpo sobre las
fuerzas de la materia de éste y de su naturaleza; porque
nada es capaz de superar y rebasar aquello de que ha
recibido su esencia y su vigor; en otro caso, no lo reci-
biría de éste, sino de algo anterior y ulterior hacia lo cual
tendiese. Nuestros sentidos internos y externos, como
también los animales que están dotados de ellos, ninguna
otra cosa conocen que lo propio de esta naturaleza que
vemos, y no se elevan más allá; pero nuestra alma, no
satisfecha con el cielo, los astros y los ángeles, llega
hasta el mismo Dios, y no puede ya pasar adelante. Esto
demuestra que las almas de los brutos son engendradas,
por esa naturaleza, sobre la cual no pueden elevarse, y
que la nuestra lo ha sido por Dios, que está por encima
de la potencia de ella.
Acontece con nuestras almas lo que con el agua de un
Cap. XIX. — INMORTALIDAD DEL ALMA HUMANA l65
manantial, que sube tan alto como el origen de donde
procede, y no más, y así como se detiene por bajo del
conocimiento de Dios, y aun mucho más abajo, también
los sentidos se paran en punto muy inferior á las obras
de esta esencia, no penetran en su intimidad, sino que
se ejercitan siempre en la superficie más exterior.
Tal parece dio á entender claramente Moisés al des-
cribir el origen del Mundo, al afirmar que todas las cosas
fueron creadas por sólo el mandato de Dios; al llegar al
hombre, no atribuye á la Naturaleza el poder de crearle,
sino á Dios únicamente: «Hagamos al hombrea nuestra
imagen y semejanza», y á continuación: «Inspiró Dios
en la faz de Adán la respiración de la vida», significando
con ambas frases, tanto el origen propio de Dios, como
la inmortalidad de las almas. Con todo, para que nadie
sea inducido á error, aunque la creación del alma por
Dios sea obra que excede las fuerzas de la Naturaleza,
ya elemental, celeste ó angélica, así es, real y natural-
mente, es decir, en virtud de ley dispuesta y establecida
por El mismo, como todas las demás cosas, pues no
siempre que Dios forma un hombre hace un nuevo «mi-
lagro», ó sea algo diverso ó contrario á la ley prescrita;
por más que no falta quien así lo califique, sin dificultad
de mi parte: Mercurio Trismegisto (si fué él efectiva-
mente), dijo, con razón, que el hombre es un gran
milagro.
En la materia adecuada y ya dispuesta, infundió Dios
un alma sobre las facultades de la materia misma y las
de la naturaleza formadora, aunque según ley por El
establecida. Así es que concedió alma aun á los engen-
drados en adulterio y en repugnante incesto, pues aun-
que lo son contra el bien y la religión, no es contra
aquella ley, como sucedería si se concediese igualmente
á los deshonestos y otros seres análogos. El ser nuestra
alma creada, no por facultad de la naturaleza, sino sólo
l66 LIBRO SEGUNDÓ
por la bondad de Dios, es una verdad que, además, im-
porta al género humano que lo sea; por eso no admite
duda alguna, pues siendo obra peculiar y propia de El,
á Dios, no á la naturaleza, debe el hombre la parte prin-
cipal de sí mismo; á El reconoce por único Padre de su
alma, para ofrecerse y consagrarse á El únicamente, sin
que ningún otro tenga derecho á participar en ella más
que Dios único, uno y omnipotente autor de los espí-
ritus.
En nuestro cuerpo y en todos sus sentidos reclaman
gran parte de la potestad los padres corporales; además,
los hijos, la propia Naturaleza, la Patria, los parientes;
pero el alma es sólo de Dios, que manda se le reserve á
El únicamente para nuestra felicidad. Si, pues, el alma
es producida, no por la naturaleza, sirviente y obrera
de Dios, sino por El mismo, es una consecuencia de ello
que nada haya en la naturaleza que pueda extinguirla,
sino sólo Dios, y no puede creerse que este hubiera de
formar por sí lo que más tarde había de destruir, cosa
que no tendría objeto, pues mejor fuera haber concedido
á la naturaleza el poder de crear y aniquilar el alma
humana, como la de los demás animales, y no reser-
varse una obra especial para someterla después á la ley
y condición común.
Esto, por lo que se refiere al conocimiento; en cuanto
al apetito, se puede afirmar lo mismo, pues todo conocí*
miento se ha otorgado á los seres animales, como hemos
demostrado, y otros autores también, en muchas ocasio-
nes para desear ó evitar algo. Nuestros sentidos conci-
ben el ser actualmente lo mismo que los animales; en
cuanto á la cualidad de éstos y de sus afectos, podemos
conjeturar con mucha certidumbre por los sentidos mis-
mos, ya externos, ya internos que tenemos, comunes y
enteramente iguales á los suvos.
Tienden los animales sólo al momento actual, pues el
Cap. XIX. — INMÓRtALIDAD DEL ALMA HUMANA 167
instinto de conservación les viene, no del conocimiento
de las cosas, sino por obra de la naturaleza; por eso la
facultad de procrear no pertenece á la función princi-
pal, la cognoscente, sino á la vegetativa, ó sea la ínfima,
mientras que el hombre conoce ser él interminable,
porque desea lo que es conveniente y bueno para sí,
siendo, en tanto, natural este apetito, y por lo mismo
de algo que nos es congruente y adecuado; no concedido
en vano, sino para que pueda satisfacerse, luego alguna
vez ha de ser satisfecho plenamente. De otro modo, sería
ociosa y estéril, y además cruel, la concesión de un be-
neficio tan grande.
Un indicio de que existe ese deseo de la esencia eter-
na, el cual nunca desaparece, es el ansia de inmortali-
zar nuestro nombre por los siglos venideros, tan innata
en el corazón humano que aun los mismos que creen
que acaba todo con la vida, á pesar de esto aspiran á la
fama, y hasta después de sepultados quisieran oír ha-
blar bien de ellos; como aquel Epicuro, heraldo de la
impiedad, encargaba en el testamento que se celebrase
su natalicio dando á sus discípulos un banquete el día
vigésimo de la luna.
Aquel deseo natural de verdadera inmortalidad, de-
pravado y corrompido por las tinieblas del entendi-
miento y por innobles deseos del alma, degeneró en esta
otra ambición de fama al modo de una semilla buena
cuando cae sobre tierra mala. Las pasiones mismas de-
claran cuál es la naturaleza de nuestro espíritu y de los
sentidos, la diferencia entre aquéllas y éstos, así los in-
ternos como los externos. En efecto: cuando empieza el
alma á pensar en su muerte, los sentidos internos y la
fantasía, si creen que ha de ser larga esta vida, no se con-
mueven mucho por aquella otra muerte, y hasta quitan
toda importancia á tal pensamiento. El alma, en cambio,
se envuelve en esas tinieblas y se llena de confusión
68
LIBRO SEGUNDO
hasta el punto de que nada teme y rehuye más. Los
mismos víctimas de los mayores males, y que en un
ciego arrebato desean su muerte y total aniquilamiento,
si lograsen volver en sí algún tanto, tranquilizarse y
pensar en la muerte del alma, seguramente desecharían
su intención primera y temblarían ante la idea de morir,
juzgando que es un mal más grande que todos los que
padecieron antes. Y, al contrario, cuando se piensa en la
muerte inmediata del cuerpo, todos los sentidos se con-
mueven de pronto; pero el espíritu, si está sano y tran-
quilo, permanece inmóvil, ridiculiza y corrige ese error
y ese miedo de los sentidos.
Presenta Platón en la apología de Sócrates á éste, el
más perspicaz de los filósofos, hablando acerca de su
muerte á los jueces de Atenas; y como la multitud se
guía por los sentidos, dejaba en incertidumbre la inmor-
talidad del alma, sirviéndose del dilema siguiente: oSi
el alma no muere, me esperan bienes mayores; si perece,
ningún mal sufriré.» Pero estando en la cárcel, rodeado
de sus discípulos, expertos en la ciencia de las cosas, y
deseosos de saber cada vez más, no puso en duda aquella
cuestión, sino que se esforzaba constantemente en con-
vencerlos y persuadirlos con muchas razones de que
nuestras almas quedan sobreviviendo á su cuerpo.
De esto se deduce con evidencia que la muerte del
alma es contra su propia naturaleza, y que teme y re-
pugna hasta el mencionarla; que la muerte corporal
para nada afecta al espíritu, sino que es sólo del cuerpo
y de aquello que le es anejo, es decir, de los sentidos in-
ternos y externos. Otra prueba es, el que el alma con
malos hábitos del cuerpo, como perturbada por las pasio-
nes, envuelta en fantasmas, indocta, viciosa, culpable é
impía, se quebrante más con el recuerdo de la muerte
corporal que si es sobria, está sana, serena, tranquila,
docta, inocente y piadosa. Sólo falta ver de cuál de
CAP. XIX. — INMORTALIDAD DEL ALMA HUMANA l6g
ellas es más cierto el juicio y más verdadero, de la per-
turbada ó de la tranquila, de la enferma ó de la sana, de
la indocta ó de la instruida, en buen estado corporal ó
piadosa y santa.
Del género de placer que experimentamos se infiere
también la esencia del alma humana. Son, pues, los pla-
ceres más grandes, dulces y duraderos cuanto mayor
analogía tienen con la facultad que se deleita, y más afi-
nidad y proporción con ella las cosas que producen el
placer, y cuando se va á juzgar de alguna especie ó for-
ma; para resolver se toma el modelo de las cosas que
están mejor dispuestas dentro de ella, es decir, buscando
la naturaleza pura y verdadera de cada especie.
Ciertamente, hay hombres de índole tan brutal que
se dejan llevar sólo de los placeres de los sentidos; mas
nosotros debemos mirar á las almas superiores y de ma-
yor nobleza, que se deleitan más con los sentidos inte-
riores que con los externos, con el pensamiento antes
que con la fantasía, y dentro del pensar con la reflexión
principalmente, y de las cosas que reflexionan toman con
mayor gusto y conservan más tiempo las de orden su-
premo, carentes de materia corpórea, las que son eter-
nas. Son las que el alma desea con más ardor, las con-
serva y se cansa menos en examinarlas y contemplarlas;
son estos objetos espirituales y sempiternos más análo-
gos al alma que los corporales, y ésta más conforme y
partícipe de la naturaleza y cualidad de las primeras que
délas últimas; en aquéllas descansa perfectamente como
en algo que tiene su propia semejanza y proporción, de
igual modo que los sentidos externos se dejan llevar de
las cosas materiales, no pudiendo aspirar á conocer las
demás, ni aun por conjeturas. Ahora bien: si el alma
fuese mortal como los sentidos, se apasionarían igual que
éstos las almas más excelentes y casi divinas por las co-
sas perecederas, con placer firme y verdadero.
l^ó LIBRÓ SEGUNDÓ
Pero nuestra misma estructura corporal, la cara levan-
tada hacia el cielo, declaran que somos de origen celes-
te, dirigidos siempre á lo alto, como la patria hacia la
cual caminamos; el cuerpo mismo manifiesta el modo de
ser del espíritu; está también elevado, pero mucho más
sublime que aquél, va éste subiendo gradualmente de las
cosas inferiores, sin reposar hasta llegar á los ámbitos
celestiales y divinos, donde por fin se detiene y des-
cansa; así, por el movimiento y la quietud, propios de
todos los seres de la naturaleza, se evidencia cuál es su
natural sitio. Los demás animales, entre ellos los terres-
tres, van siempre mirando á la tierra, donde está su
bienestar; mientras que el nuestro, si no estuviese en
aquella eternidad celeste, nada significaría tener el hom-
bre su cabeza levantada y los ojos dirigidos al cielo. A
no ser que, en medio de tantas calamidades como esta
vida ofrece, la vista de aquel lugar maravilloso y apartado
de toda miseria nos haga más penosa la vida y aumente
en nosotros el deseo de aquella felicidad, tanto más ve-
hemente y vivo cuanto mayor ingenio y erudición se
tiene, ó cuanto más agobiado se halla de las molestias y
contrariedades de la vida... No es difícil que algunos
hombres, semejantes en esto á las bestias, pasen por alto
tales razones, ya por la torpeza mental, ya ofuscados por
su suerte próspera.
Por el modo de nacer á esta vida mortal puede tam-
bién comprenderse el de renacer en la inmortalidad. Asf
como en el claustro materno se forma y dispone el hom-
bre para la vida presente, en ésta se dispone para aquella
otra, ante la cual la luz nuestra de ahora es noche os-
curísima y tinieblas, y de igual manera que al acercarse
el tiempo del nacimiento decae la vida uterina, y parece
que se muere el niño cuando en realidad va á vivir, así
el hombre, al salir de esta vida para nacer en otra, muere
en este mundo y empieza á vivir en otro, tanto más ex*
tíAÍ». Xl3C. — INMORTALIDAD DEL ALMA HUMANA í^í
célente cuanto es mejor esta luz que la del útero. Así,
en éste nos preparamos para la vida del cuerpo, y en el
cuerpo, para la del espíritu. Asústase el almaal partir de
esta vida, por motivo de la gran mudanza que se efectúa,
y se afecta lo mismo que el niño que va á nacer si se le
diese algún sentido para conocer y pensar; pues lo mis-
mo el niño que nace que el hombre al morir pasan am-
bos á una nueva luz y vida, á un aspecto de las cosas
que causa admiración; uno y otro, asustados por la nove-
dad, no querrían salir de su escondite á no empujarlos la
acción de la naturaleza.
No hay duda alguna de que la muerte humana tiene
gran afinidad y semejanza con el nacimiento, á causa de
la imperfección que tiene el niño en el útero, y el hom-
bre en esta vida; pues si el niño fuese perfecto y aca-
bado en todas sus partes dentro del claustro materno,
no tenía para qué nacer, y cuando se le ha dado el sen-
tido, y la facultad de conocer, que no puede ejercitar en
el útero, sale á esta luz dilatada, donde puede sentir y
conocer.
Hasta aquí todas las cosas nos son comunes con los
animales; mas como éstos cumplen en la tierra con
todas las funciones y facultades de que los ha dotado la
naturaleza, aquí es donde viven y mueren; al paso que
el hombre á quien se concedió el alma, de la cual nada
ó muy poco usa en esta vida, tiene seguramente distinto
nacimiento en otra donde cumplir sus funciones espi-
rituales. Ya explicaremos esto en los libros de La Ver-
dad de la fe cristiana é igualmente trataremos lacuestión
de que si es el alma mortal, todo pertenece á esta vida,
y en vano ha sido creado el hombre, á causa de no res-
ponder á ningún fin propuesto, ó á uno que no sea digno
de su excelsitud, con lo cual en vano habrían sido for-
madas por Dios todas las cosas; ni tendría objeto el
crearlas si habían de suprimirse á poco de aparecer, ni
Í72 LIBPO SEGUNDO
habrían de servir al hombre sólo para beber, dormir,
divertirse, sin diferenciarse de los animales en nada,
siendo antes bien más infeliz que ellos, puesto que nunca
podría alcanzar aquello que para él es más importante
y apetecible, como declaran Aristóteles y Teofrasto. Y
si para nada es traído á la vida el hombre á cuyo servi-
cio están todos los demás cuerpos de que él sólo puede,
quiere y sabe usar, mucho menos lo serán las cosas que
han sido creadas para su bien; inútil, por tanto, la crea-
ción entera, é indigna de la majestad y de la sabiduría
inmensa de Dios, cosa que no cabe pensarse; nula sería
igualmente la providencia de quien gobierna el mundo;
pues tan conexas y unidas se hallan en nuestra creencia
y convicción estos tres preceptos: la religión, la provi-
dencia divina y la inmortalidad de nuestra alma, que de
ningún modo es lícito separarlas y disociarlas una de
otra; si alguien intentase destruir uno de ellos, de hecho
perjudicaría la fe en los otros dos.
Si el alma no es «inmortal», no habría premios ni cas-
tigos para las acciones buenas y las malas, pues en el
transcurso de esta vida vemos tan mezclados y confundi-
dos nuestros actos que toda ella no es más que un mero
fraude, en ese caso no existe «cuidado» alguno para nos-
otros de parte de Dios: y si no nos «cuida», ^para qué
hemos de «servirle»?. La «religión de Dios y la piedad»
serían creencias vanas y necias. Y vemos, sin embargo,
que todos los hombres y las diversas naciones, por bár-
baras que sean, ajenas y opuestas á toda civilización
humana, se inclinan por naturaleza á profesar alguna
religión, alaban y aprueban la modestia, la moderación,
la gratitud, la piedad, la mansedumbre, la paciencia y la
equidad; así no pueden menos de ser buenas estas vir-
tudes, y preferidas á sus contrarias; hecho que no ten-
dría explicación si no fuese Dios nuestro testigo y juez;
ellas son, antes bien, las que atestiguan que estamos bajo
CAP. XIX. — INMORTALIDAD DEL ALMA HUMANA I yS
SU cuidado, y que debemos esperar en otra parte el pre-
mio de nuestra virtud, y si está en otra vida ese premio
y el fin del hombre, allí vivirá de cierto el alma, y recí-
procamente, si el alma vive allá, allí está también el fin
del hombre, ó sea lo que toca á lo último y más perfec-
to, que por eso se llama fin.
Y si damos alguna autoridad al sentir de la mayoría
de los hombres, y á los más sabios, tenemos como
prueba, á más de ese asentimiento tácito del género hu-
mano, otra declarada y manifiesta en el hecho de que, no
sólo entre las gentes doctas y de culta civilización, sino
entre las más incultas y bárbaras, como los getas, esci-
tas, indios, y lo mismo en los más apartados del remoto
Nuevo Mundo, existe la firme creencia de que las almas
de los hombres emigran desde aquí á otros lugares ade-
cuados á las acciones que en esta vida realizaron. En
cambio, los menos conocidos de aquellos que cultivaron
la ciencia, y los que colocaron su bien supremo en los
placeres, afirmaban ser mortal el alma; son los mismos
que negaron de raíz toda religión, el culto á los dioses,
su bondad, la providencia y hasta á los mismos dioses.
Una vez trastornada la fe con estas perversas doctrinas,
no podía quedar incólume la «inmortalidad» de las
almas, que está unida y combinada con la causa de la
«providencia» y de la «religión». Pero los filósofos más
sabios y virtuosos nunca afirmaron la mortalidad del
alma, como si la condenasen á perecer: tales eran Fere-
cides. Siró, Pitágoras el más antiguo investigador del
pensamiento en Grecia, su discípulo Sócrates, Platón,
Cenón el estoico y otros muchísimos que de ellos sur-
gieron como de un manantial.
Según declara Sócrates en el Fedón, es innato en los
hombres el deseo de saber, el cual en esta vida apenas
se satisface en muy pequeño grado ó, más bien, en nin-
guno; por lo mismo arguye que, indudablemente, habrá
174 LIBRO SEGUNDO
de cumplirse en alguno, pues nada natural es inútil y
superfluo. Así como fuera en vano dotar de vista á los
animales si no les fuese posible ver cosa alguna por
tener que vivir siempre de noche y en medio de tinie-
blas, sería ridículo y vano también el deseo de la verdad
si nunca hubiésemos de conseguirla. Con tal firmísima
persuasión pierde importancia aquel pasaje de Teo-
frasto en que se quejaba de «haber la naturaleza conce-
dido á los animales una vida larguísima, sin que les in-
terese vivir mucho, mientras que la del hombre, á quien
tanto importaría prolongarla para conseguir la sabiduría,
su bien supremo, es tan breve que, cuando empezamos
á saber algo, nos morimos». Ante la sabiduría y bondad
divinas no cabe, pues, esa queja, sensata por otra parte.
Es nuestra actual vida bastante dilatada para que
aprendamos lo que es conveniente saber aquí; en la otra
tendremos abundancia de sabiduría hasta la saciedad.
De poco serviría cuadruplicar nuestra vida, ni aunque
durase quinientos y hasta mil años, porque no adelanta-
ríamos gran cosa en el curso interminable del saber
cuyo fulgor no soporta nuestra mente, oprimida en las
estructuras del cuerpo y en la oscuridad, lo mismo que
sucede á los ojos de la lechuza ante la luz solar, símil
empleado por el maestro Aristóteles; si bien un tan gran
filósofo como él no debería insistir en esa acusación á la
naturaleza, esto es, á Dios sapientísimo y óptimo, sino
aprender de ella misma, que existe otro lugar, donde
se halla esa sabiduría, cuyo grande y vivo afán ha in-
fundido la naturaleza en el corazón humano y que allí
habrá oportunidad para satisfacerle.
Es Aristóteles, de cuyo íntimo pensamiento aquí no
juzgamos, oscuro, resbaladizo, astuto en esta cuestión
como acostumbra. Dice, con efecto, en un lugar: «Si
puede la mente entender sin la fantasía, puede separarse
de ella; en otro caso, no puede»; no reparando, á pesar
CAP. XIX.— INMORTALIDAD DEL ALMA HUMANA lj5
de SU gran ingenio, en que el alma dentro de su cuerpo
todo tiene que entenderlo sólo corporalmente, ó sea me-
diante los instrumentos corporales, que son los sentidos
externos, y á la imaginación interior sucede como á los
que miran á través de un cristal, que no pueden ver sino
lo que éste permite. Pues en otro lugar dice que «la muer-
te se separa del cuerpo por los sentidos, como lo inmortal
de lo perecedero». A esta máxima de los filósofos más
eminentes, y aun propia de la Filosofía entera, se ad-
hiere el bueno con todo su ser; pero los perversos y des-
esperados desean por conveniencia que el alma sea
mortal; los buenos desechan y repugnan esta idea por
perjudicial. Si alguno, como poco antes decíamos, da en
pensar que todo absolutamente termina con la muerte
y se hunde en perpetuas tinieblas, toda persona buena
y de corazón noble la aborrecerá; ni bastará resignación
alguna ni ánimo para dejar de temer la muerte y de re-
chazarla por todos los medios, así como para esperarla
con la mayor impaciencia y para soportarla cuando la
haga irremediable la necesidad. En medio de grandes
sufrimientos, cuando se desea la muerte y se la invoca
como un puerto de refugio contra las tempestades, so-
breviene algún alivio é intervalo en los dolores; cuan-
do uno está con ánimo excitado, llama á la muerte,
y al apaciguarse un poco la excitación, se consuela á sí
mismo con la esperanza de que, ó cesará el dolor, ó de
que el tiempo y la costumbre de sufrir le hará más be-
nigno. En todo caso, esa luz es cosa grata de algún
modo hasta á los más desgraciados. ^:Cómo no ha de
serlo á quienes no sienten molestias corporales ni con-
tratiempos en la vida?
Esto sin contar la desesperación de un varón justo al
considerar que todos sus buenos pensamientos y obras
no han obtenido premio alguno en esta vida, y aun al
contrario, como sucede más frecuentemente, reciben, en
176 LIBRO SEGUNDO
vez de beneficio, mal pago, la pobreza, ignominia, dolores,
enfermedades, martirios y el suplicio; en suma, que no
existe recompensa alguna para la virtud después de la
vida, y que el virtuoso no recibirá más de lo que reci-
biese el ímprobo y el criminal.
En cuanto á la fama del nombre, ni se logra siempre
ni es justa, puesto que otorga gloria y alabanza á las ac-
ciones perversas; á la virtud y honradez, desdén y, lo
que es más indigno, la infamia. Además, no se aplica
con igual extensión á la diversidad de inteligencia, cos-
tumbres y pareceres de todas las naciones, una vez que
en algunas se juzgan bellas y laudables cosas que en
otras no lo parecen; ni es tampoco duradera la fama ante
el tiempo que todo lo consume; tampoco aprovecha á
los vivos, pues Aquiles ó Sócrates no disfrutan de su
gloria y á Catilina ó Tersites no les causa daño su ig-
nominia.
A un hombre de ciencia, después de haber escrutado
con todo el esfuerzo y propósito de su inteligencia los
cielos, los astros y los elementos; discurrido por el estu-
dio de las plantas, animales, el hombre, los ángeles,
hasta el rey de la creación; estudiado los hechos de la
más remota antigüedad, todo lo que en el mundo ha
acontecido, nada más amargo cabe anunciarle, ni que
menor consuelo admita, que en medio de tanta hermo-
sura, de un espectáculo tan risueño y admirable, ha de
extinguirse la mente que contemplara tales maravillas,
el receptáculo y tesoro de todas ellas; que en adelante
cesará de percibir cosa alguna, que no ha de estar en
ningún otro sitio, lo mismo que el abyecto espíritu ani-
mal, vil y torpe, incapaz de toda elevación. Nadie ha-
brá que después de pensar esto no tema la muerte, aun
aquel que se halle sufriendo los más graves males de la
vida.
Y, por lo contrario, ¡qué gran consuelo para el bueno
CAP. XIX. — IMMORTALIDAD DEL ALMA HUMANA I 77
y el sabio en todas las circunstancias de la vida el saber
que hay un lugar de reposo, no de privación y ausencia
de todas las cosas como imaginaron algunos necios,
pues lo que no existe no puede reposar, sino lugar de
felicidad dispuesto por un Dios justísimo, omnipotente
y óptimo para aquellos que han aportado su buena volun-
tad, con toda verdad y con su alma, para vivir bien y
santamente!
Lo dicho hasta aquí respecto á la opinión unánime de
los hombres y á la autoridad de sus juicios se dirige á
poner en claro que la naturaleza y la verdad se hallan
del lado en que están los buenos y los sabios, ó sea al
nuestro, siendo el criterio de éstos más recto é íntegro
que el de los malos y los insanos. A ese juicio de los
hombres más importantes y de la mayoría del género
humano se agregan la justicia, la probidad, la religión y
las virtudes, todo lo cual tiene su fundamento en la in-
mortalidad del alma, siendo necesario que se incline la
verdad hacia la parte á que ellos se inclinan, y así suce-
derá, más bien que hacia los delitos, los pecados, hacia
la maldad y la impiedad, que son el más seguro cortejo
de la mortalidad del alma.
No es muy de extrañar que al definir y establecer la
naturaleza del alma ciertos falsos filósofos, pequeños se-
gún los llama Cicerón, y poco conocidos, y aun otros
de más renombre, hayan desvariado tanto en las cosas
que caen bajo nuestros sentidos hasta afirmar que es de
color negro la nieve que ven blanquísima, y frío el fuego,
la cosa más ardiente que tocaron. Es en verdad la cosa
más triste en los asuntos y opiniones de esta vida, y que
debemos deplorar con sinceras lágrimas, el que para
afirmar la verdad y lo bueno no son bastante competen-
tes y dignos de fe todos los autores, mientras que cual-
quiera es suficiente para la falsedad y el mal, de suerte
que no resulta calumniosa la frase del juglar: «Para lo
12
lyS LIBRO SEGUNDO
lo malo está siempre pronta la sospecha» (i). Cierta es
también la afirmación de Ovidio:
«Quod nos in vitium crédula turba sumus.»
Es en realidad nuestra índole mala y oscura; somos
propensos á lo falso y lo malo, como algo semejante á
nosotros mismos. Y no son pocos los que se burlan de
Epicuro y refutan á Plinio, llamándolos ignorantes,
cuando hablan de cosas propias de la naturaleza ó de la
vida, y, sin embargo, se adhieren á ellos y los alaban
cuando niegan la providencia y la religión. ¡Hasta tal
punto invaden su mente las tinieblas de los vicios y del
pecado!
Hay quienes dicen que es innato en la vida creer que
el alma es inmortal, y que existen los dieses, porque ni
habría de conservarse entre los hombres una sociedad
perfecta ni obrarían cosa alguna buena á no estar con-
tenidos por el miedo de que hay una vida futura, y en
ella dioses vengadores que se llaman 6;oj; por ese
miedo, es decir, casi osoj:. Y qué, ^sería necesaria una
mentira tan grande para que quisieran los hombres
obrar bien? ¡Oh mísera condición de la virtud, si no ha
de poder persuadirse al hombre más que por una gran
mentira, no habiendo dos cosas tan amigas y conformes
entre sí como la virtud y la verdad, al fin hermanas,
creadas por Dios, útilísimas para las inteligencias hu-
manas, y agradabilísimas para las sanas!
Imposible que un Dios potentísimo, sapientísimo y
óptimo hubiese creado la especie humana con la base y
condición de no ser movido á obrar bien por la verdad,
sino por la mentira. Imposible que tan gran artífice hu-
biese tomado para perfeccionar su obra, no un instru-
ir) «Piensa el ladrón que todos son de su condición.»
CAP. XIX. — INMORTALIDAD DEL ALMA HUMANA 1 79
mentó de su propio fondo y abundancia, sino la mentira,
que es de su enemigo el diablo; la más ajena de Dios,
que es verdad pura.
No quedaría ya más sino que aquel que hubiese
aprendido la mentira mediante su ingenio ó por la ense-
ñanza, como los que esto afirmaron y los aleccionados y
aconsejados por ellos, se librasen del miedo que antes
los ataba, y lo mismo el más docto y perspicaz que el
más perverso, ya sin amenaza, no temiesen á los dioses,
sino solamente las penas de las leyes. De esa manera,
cuanto más se acerca á la perfección humana por el
cultivo de la inteligencia y de la instrucción, tanto más
dispuesto é inclinado estaría á la maldad y álos pecados,
pues que se le habría revelado el secreto de que son
cosas fingidas cuantas se nos preceptúan acerca de la
verdad y la honradez. Creencia ésta que constituye la
más grande corruptela del alma humana, nos aparta de
la perfección y es máxima que á sí misma se refuta,
puesto que cuanto más perfecto, más imperfecto es,
peor cuanto mejor, cuanto más hombre y más veraz,
más semejante á la índole de las bestias y á mayor dis-
tancia del hombre.
He aquí la suma de argumentos que obran á favor
nuestro, es decir, de la verdad; porque nosotros nada
somos, y la verdad es fortísima, provista y acompañada
de fuerza extraordinaria.
^Esperamos quizá llegar á ver salir las almas de los
cuerpos moribundos, como el humo de la llama?
Ni aun entonces faltaría quien dijese que padecía ilu-
siones, que se presentaban á sus ojos imposturas, como
cuando veían blanca la nieve y ardiente el luego. Nada
bastará en realidad á quien se obstinó interiormente en
no creer; no se tramita ya el asunto ante el tribunal de
la razón, sino de una pasión malévola y pertinaz. Para
corroborar esta convicción nuestra, que tenemos por tan
I 8o LIBRO SEGUNDO
clara y cierta como lo que tocamos con las manos y
vemos con los ojos, han expuesto los filósofos, además,
innumerables argumentos; si sólo la décima parte de
ellos estuviese á favor de los adversarios, nadie sopor-
taría la impertinente insolencia de éstos, quienes, desti-
tuidos ahora de toda razón, juicio y entendimiento, nos
desprecian y se burlan de nuestra verdad como de una
tontería porque tenemos fe en los corazones, mientras
que á su favor sólo tienen ese «tal vez no es así; sospe-
cho, creo que no es eso.»
Todos estos motivos y pruebas me llevan á pensar
que esta máxima de la inmortalidad del alma, siendo de
tanta importancia, y fundamento de toda probidad y de
la religión entera, no ha sido incluida entre los artículos
de la fe para que pueda ser entendida por la ciencia, la
cual sería inasequible si necesitase más argumentos que
los que hemos expuesto en la cuestión.
«Parece — dicen algunos filósofos — que el alma es in-
mortal para las creencias religiosas, y mortal á la luz
de la naturaleza.» No hay afirmación de más ignoran-
cia ni más absurda; aquí no discutimos lo que parece,
sino lo que es realmente; no investigamos la luz de la íe
ni la de la naturaleza, sino la verdad misma, que no es
doble, sino única. Y ^qué es aquella luz? No es otra que
la razón humana; ni se han invertido más demostracio-
nes ni de mayor fuerza para las verdades que creemos
saber en virtud de causas naturales ciertísimas á nuestro
juicio y evidentísimas. Pero aún pudieran aducirse otras
muchísimas para esta que defendemos, y es indudable
que alguno las habrá aducido, pues la verdad es obra de
inmensa extensión; aquí sólo van expuestas las que nos
han ocurrido al pensamiento.
No quisiera terminar este libro sin preguntar esto:
«^Por qué se admiten como verdades indudables todas
las demás que se afirman del alma sin otra prueba que
I
CAP. XIX. — INMORTALIDAD DEL ALMA HUMANA í8l
muy escasas y muy ligeras conjeturas, miemras sólo se
tiene por poco firme esta de la inmortalidad, rodeada y
defendida de tanta multitad de razones? Por más que
consideremos también como firmes é indudables aque-
llas primeras, lo que nos interesa es declarar como cierto
que existe alguna fuerza enemiga del hombre, que se
propone controvertir esa verdad tan necesaria para nos-
otros, y de cuyas perniciosísimas tinieblas nos proteja
Dios, luz inmensa y verdadera.
TRATADO DEL ALMA Y DE LA VIDA
LIBRO TERCERO
Viene á continuación la parte del alma referente á las
pasiones, que es difícil en extremo por la diversidad de
éstas, y á la vez necesaria para poner remedio á los
grandes males que causan y medicina para las gravísimas
enfermedades que son su resultado.
No estudiaron esta cuestión con bastante diligencia
los pensadores de la antigüedad, según vemos por sus
escritos. Los estoicos, á quienes sigue Cicerón por con-
fesión propia, pervirtieron todos sus razonamientos con
las argucias que empleaban. Aristóteles, en su Retórica,
sólo trata de esta materia por lo que se puede referir al
orador político; pero aquí nos proponemos explicarla
con la mayor prolijidad y exactitud posibles.
Creó todas las cosas el Rey de la naturaleza, á fin de
que participasen de su esencia, para ser, y de su beati-
tud, para el bienestar, según las facultades é índole de
cada cual. Para adquirir y conservar aquellos dones,
otorgó las facultades correspondientes; para el ser, la
propensión á librarse, mientras uno pueda, de todo in-
flujo corruptor; y para estar bien, el deseo de lo bueno
y la aversión á lo malo. Por eso también se agregó el
conocimiento, tanto sensible como interior para juzgar,
y este juicio, ya para impulsarnos, ya para retraernos.
En cuanto á la retracción en sí, ó retirada, se concede
184 LIBRO TERCERO
en vista de algún bien, pues consiste en apartarse de lo
malo hacia lo bueno; así es que todo cuanto hacemos es
por causa del bien, semejantes en esto á nuestro autor,
que es óptimo: huímos, con efecto, del mal por el bien,
y deseamos éste por sí mismo; si bien en la elección de
él se nos ofrecen grandes errores en la vida.
Es bien simplemente aquello que simplemente apro-
vecha; es bien para cada uno lo que aprovecha á éste.
Frente á él se halla el mal, que es aquello que perjudica.
Como el bien es uno por su naturaleza, lo es igualmente
para nosotros; es decir, aquello que es tal, en verdad, y
por cuya participación nos hacemos buenos y, en tanto,
felices. Pero la ignorancia ciega acumuló en nosotros
muchas clases de bienes: en el alma, en el cuerpo y en
el exterior, los cuales no cabe aquí enumerar, porque ya
lo hicieron muchos autores y también nosotros en otro
lugar.
Los actos de estas facultades otorgadas á nuestra
alma por la naturaleza para seguir el bien y evitarnos
el mal, se llaman pasiones ó afectos, por las cuales nos
inclinamos hacia el bien, ó contra el mal, ó nos aparta-
mos de éste. Entiéndese aquí el bien y el mal, no lo que
realmente lo sea, sino lo que cada cual cree que es para
él, pues lo que pensamos ser bueno ó malo toca al jui-
cio, y en esto cabe gran engaño por la multiplicidad de
opiniones y las densas tinieblas que reinan en nuestros
juicios; por más que aquí tenemos ciertos gérmenes de
verdad infundidos, naturalmente, como antes se dijo,
aunque de carácter muy universal, como lo son ambos
dones de Dios: «es un bien la conservación de sí propio
y el vivir con beatitud.»
Mas como hay que descender desde la cabeza hasta
las diversas partes, vienen al punto muchas caídas y
grandes precipicios. Hay, asimismo, ciertos movimien-
tos del alma ó, más bien, ímpetus naturales que surgen
TRATADO DEL ALMA Y DE LA VIDA l85
del cuerpo impresionado, v. gr., el deseo de comer en el
hambre, el de beber en la sed, la tristeza en la enferme-
dad ó bajo la presión de la bilis negra, la alegría en la
sangre líquida y pura que rodea el corazón, la molestia
con una herida. Todos esos movimientos preceden al jui-
cio; todos los demás, por prontos y velocísimos que sean,
siguen á la resolución del juicio.
No se movería, en efecto, el alma, si no prejuzgase la
bondad ó malicia del objeto de su acción, y lo mismo su-
cede en los animales, cuya pasión no es producida sólo
por la imaginación, sino que se agrega un acto estima-
tivo que en ellos hace veces de un cierto juicio. Pero las
agitaciones de nuestro espíritu son muy violentas y no
dejan tiempo para nuestra percepción y estudio de ellas;
por lo cual parece que en ocasiones ese movimiento del
alma precede al juicio; vemos, sin embargo, que á me-
dida que cambian las enseñanzas y doctrinas que aquélla
recibe, cambian también las pasiones; aumentando ó dis-
minuyendo, ó desaparecen en absoluto y pasan al domi-
nio de otras — ya dijimos en el libro anterior cuáles son
las que mueven al juicio y le convierten á diversas reso-
luciones— ; de consiguiente, sirven para concitar y para
aplacar los movimientos anímicos. No siempre, con
todo, es menester para excitar la pasión un juicio deter-
minado en virtud de un cúmulo de razones; bastan para
moverla, y es lo más frecuente, las representaciones de
la imaginación.
Así, con sólo que la fantasía arrastre consigo, en su
peculiar ímpetu, una forma de opinión ó juicio de que
es bueno ó malo el objeto que se la presenta, caemos en
toda suerte de perturbaciones de ánimo: tememos, nos
alegramos, lloramos, nos entristecemos; por lo cual es
evidente que aquéllos convergen hacia la parte del
cuerpo en que domina preferentemente la fantasía. Por
eso achacamos á todas las pasiones que actualmente su-
l86 LIBRO TERCERO
frimos las mismas cualidades que tiene lá naturaleza
corporal: son cálidas unas, frías otras; éstas húme-
das, aquéllas secas, y otras mixtas de las anteriores;
pues el temperamento del cuerpo humano se forma de
esas mismas cualidades, y, según la índole y naturaleza
de cada pasión, se produce fácilmente y se aumenta en
su semejante corporal, y no así en la contraria.
Estos temperamentos unas veces se excitan y aguzan;
otras, por el contrario, se contienen y refrenan, ya por
agentes internos, ya externos; son los primeros las pasiO'
nes mismas: la tristeza, por ejemplo,, los hace fríos y se-
cos; la alegría, cálidos y húmedos, puesto que aquéllas
no sólo reciben sino que conservan la naturaleza del
puerpo; de éste son, v. gr., la comida y la bebida, la
edad, las enfermedades; factores que obran no perfec-
tamente ni para todo, sino la mayoría de las veces, y
cambian á menudo en el cuerpo, por lo cual también
cambian las pasiones, en particular para aquellos que se
xlejan llevar de ellas, no gobernándose con el timón de la
razón y de un juicio cumplido.
A esto se agregan los pensamientos constantes, Ios-
estudios vastos y difíciles que hacen melancólicas á las
personas; el criterio que tenemos de las cosas, como
Demócrito, que se reía siempre de las perpetuas tonterías
humanas, ó Heráclito, que no cesaba de llorar en vista de
la desdicha de los hombres. Exteriores son el tiempo
natural, v. gr., las cuatro partes del año, las horas del
día y el nuestro propio, ó sea el estado de nuestros
asuntos ó el de los públicos, la localidad, general ó par-
ticular, todo lo cual quedó explicado en otro lugar proli-
jamente. En la última se comprende la habitación, ves-
tido, compañías; los negocios y actos que nos propone-
mos ejecutar, según que sean vehementes y penosos ó
agradables; ya los molestos ó arduos, como los tranqui-
los y fáciles.
TRATADO DEL ALMA Y DE LA VIDA I 87
fc ■■ I - I . ■ ■ ■ , ■ ■ ■ I — ..I- ■ — ■ - , -,-■■, _■— ■■ I , .^w^mm
No corresponde á las pasiones un solo nombre, por-
que lo son también aquellas facultades naturales en el
alma de entenderse hacia el bien y de retirarse del mal;
é igual denominación tienen sus actos, llamados también
costumbres, que de ellos se formaron, del vocablo
griego £?ou;, es decir, el hábito; y así debemos tenerlo en
cuenta en lo sucesivo para no caer en error; por más que
el sentido mismo indica cómo deben entenderse esas
palabras. :.
Habiendo el alma de habitar en el cuerpo, infundió
Dios, artífice admirable, en el ser animal esta facultad
de las pasiones que sirviesen á modo de acicates para es-*
timular su alma y no yaciese inerte y agobiada por la
masa corpórea, cual asno perezoso, con entorpecimiento
perpetuo, y se adormeciese en su bienestar cesando J^
actividad que la era conveniente. Con ellas se excita de
pronto como quien recibe varios espolazos, ó bien es
contenida por un íreno para que no caiga en el mal;
tampoco el hombre carece de tales estímulos y frenos,
por él aspecto animal que ofrece, igualmente necesarios
por las mismas causas; aunque nosotros aguzamos los
primeros y hacemos más pesados los últimos, al agre*
gar el enorme peso de lo superfluo á la necesidad sim-
ple y ligera.
L A§í como los movimientos del mar se deben, ya á un
viento suave, ya á otro más fuerte y, por último, á uno
vehemente que en horrenda tempestad levanta hasta su
fondo mismo con la arena y los peces, sucede en estas
agitaciones anímicas que son algunas de ellas ligeras,
que podíamos llamar comienzos de movimiento, otras
más potentes y otras que quebrantan toda el alma y la
expulsan del lugar de la razón y del asiento del juicio,
constituyendo verdaderas «perturbaciones» é ^<impoten-
cias», en que el alma apenas es ya dueña de sí misma
sino que cae bajo potestad ajena, y «ceguedades» en que
l88 LIBRO TERCERO
nada acierta á ver. Puede llamarse mejor á las primeras
«afecciones»; á las demás, «conmociones» ó excitaciones,
correspondientes al nombre griego 'aOrj, ó sea«pasiones»,
pues en realidad padece el espíritu entero con ese á
modo de golpe y agitación que, si llega á ser más vio-
lenta, se llama «confusión».
Las pasiones que han llegado á dominar con el uso se
llaman con razón enferm.edades y vicios del alma, por lo
cual pertenecen más bien al género de malas pasiones,
que se tratan en otro lugar. Hay también pasiones en
transición, como el pudor que viene de la vergüenza; el
miedo, de un ligero ruido; otras, como el temor, la reve-
rencia, permanecen y se confirman con la duración; en
suma, persiste toda pasión arraigada por la costumbre en
virtud de la repetición de actos ó impuesta por alguna
acción vigorosa y continua. Algunas son infundidas por
la naturaleza y por la constitución corporal, y pasan á
ser facultades naturales á causa de un prolongado há-
bito. Como las pasiones van unidas en parte á la carne
animal, y á ella se adhieren, cuanto mayor es la infec-
ción del juicio por contacto del cuerpo, y va más metido
en la carne, con más gravedad y en mayor número sur-
gen, perturbando y pervirtiendo, no sólo los sentidos
internos del alma, sino también ios externos: tal sucede
á los amantes, á los encolerizados, á los miedosos, que
creen oír lo que jamás existió. Por eso dijo el poeta:
«Omnes
Qui amant, ipsi sibi somnia fingunt (i).»
Y cuanto más puro y elevado es el juicio, tanto me-
nos pasiones admite y más leves, pues examina con ma-
yor cuidado lo que hay de verdadero y bueno en cada
objeto, y por lo mismo se deja conmover más rara vez
(i) Virgilio: Églogas, 8, vers. 8.
r
TRATADO DEL ALMA Y DE LA VIDA I 89
.^ . ^ 1 — —
y con mayor lentitud. Aquellas agitaciones enormes y
completamente confusas provienen, en efecto, de la igno-
rancia y de la falta de consideración, ó también de la
falsedad, por creerse que son el bien ó el mal mayores
de loque son en realidad, como mirando á través de la
niebla del desconocimiento, y no obrando con miras é
intención de un bien cualquiera^ como es debido, sino
habiéndonos propuesto muchos y diversos bienes, fines
y medios, que cambiamos en seguida, con inaudita in-
constancia, según los sitios y las ocasiones.
Además, sin tener en cuenta el movimiento que se
inicia, y sin ser dueños de nuestro poder, nos dejamos
llevar de la tempestad misma, no adonde queremos, sino
donde á ella le place; y como no miramos y comprende-
mos las cosas con un prefijado propósito mental, sino
por arbitrio de la naturaleza, nos conmovemos en el
grado que ésta puede; porque los actos naturales no están
reducidos á los límites de nuestra voluntad, sino gra-
duados por el mayor esfuerzo y potencia de cada fa-
cultad.
Todo ello es muy de otra manera en el sabio, que no
se engaña al elegir el bien, y se propone siempre alguno
determinado, y para alcanzarle toma pocos caminos,
pero explorados y seguros. No consiente que le gobier-
nen los negocios, sino que los gobierna él mismo; se
mantiene en su derecho y potestad, para que cuando
surja una pasión por las fuerzas de la naturaleza, la
contenga al instante con el freno de la razón, y la obli-
gue á ceder ante el recto juicio.
CAPITULO I
ENUMERACIÓN DE LAS PASIONES
Todo movimiento del alma es con respecto al bien, ó
al mal, como contrario á él: es, por tanto, ó hacia el bien,
ó fuera del mal, ó contra éste.
El bien, y lo mismo el mal, es presente, futuro, pa-
sado ó posible; la ausencia del bien se tiene por un mal, y
viceversa. Una vez conocido el bien^ inmediatamente
agrada, y es como la primer aura del movimiento que
surge, y se llama gusto; confirmado éste, conviértese en
amor. El movimiento del bien presente que hemos alcan-
zado es la alegría; el del bien futuro se llama deseo, el
cual se halla dentro de los límites del amor; el primer
movimiento del mal es el enojo, contrario al agrado, y
confirmado, se convierte en odio; el del mal presente,
tristeza; el del venidero, miedo. El movimiento contra
el mal presente es ira, odiosidad, indignación; contra
el mal futuro, confianza y audacia.
Bajo el amor están el favor, el respeto, la misericor-
dia; bajo la alegría, el deleite; bajo el deseo, la espe-
ranza; bajo la tristeza, el pesar. La soberbia es un mons-
truo, mezcla de muchos sentimientos: alegría, deseo,
confianza. Todas estas pasiones se extienden también al
pasado; así, amamos, odiamos ó compadecemos á los
que vivieron mucho antes; se extienden también á las
cosas posibles, y las ocurridas en cierto modo, v. gr., en
CAP. I. — ENUMERACIÓN DE LAS PASIONES IQÍ
las fábulas que sabemos son falsas, lo mismo á las futu-
ras que aparecen cual presentes — por eso odiamos hoy
al antecristo — y las que parecen venideras, como si una
fábula contase que habría un hombre eminentísimo por
su valor y la magnitud de sus hazañas, le amamos ya
desde luego; á lo pasado como futuro; por ejemplo,
cuando leemos la historia, nos tienen suspenso el espí-
ritu la esperanza y el temor de cómo quedarán en defini-
tiva las cosas.
Observamos que siendo las pasiones movimientos del
alma, ya en acto, ya en potencia y facultad, no se tienen
por tales la ecuanimidad, la tranquilidad del corazón, la
mansedumbre, la seguridad, pues que no son movi-
mientos. Tampoco se llaman pasiones las obras, ni na-
cen del juicio, contra lo que opinaron los estoicos, sino
que son naturales, según el estado individual del alma,
el llanto en la tristeza, el sobrecogimiento en el miedo;
los transportes y las gesticulaciones en la alegría inmode-
rada. Por su naturaleza son las pasiones unas poderosas,
como el amor y el odio; en otras influyen exteriormente
causas agregadas, esto es, que vienen de fuera; pero
todas ellas adquieren su fuerza principal de la constitu-
ción del cuerpo, según decíamos antes.
Así como unas brotan fácilmente de otras, las hay
también que son cohibidas y refrenadas por las demás:
del amor nace la malquerencia, el odio y la ira, como
si alguien aborrece y daña á un ser querido para nos-
otros; de la ira, el deseo de venganza y la alegría de
haberla logrado. Si uno ama algo, desea que venga, y
espera apoderarse de ello; teme que no se acerque, y al
llegar se alegra; si no llega cuando pensaba y lo espe-
raba, cae en tristeza.
En cambio, una gran alegría se desvanece con la tris-
teza; la envidia, con la misericordia ó el miedo; ante una
tristeza que nos oprime desaparece otra; ante el miedo.
192 LIBRO TERCERO
el dolor ó la aflicción, como sucede en una lucha ó un
altercado presente; así corre un cojo cuando el enemigo
le acosa. Son, pues, estas oscilaciones á modo de olas; la
que sigue, unas veces aumenta la anterior, otras la dis-
minuye y amortigua; lo mismo que sucede en una re-
vuelta civil, en que nadie obedece y escucha al mejor
sino al más fuerte, ó sea á quien somete el espíritu entero
á su jurisdicción, según suele hacer el amor reconcen-
trado. Porque aquello que uno cede por miedo al vence-
dor, ó á un ladrón, su fortuna, su mujer ó sus hijos, lo
hace á causa de que se ama á sí mismo más que á todo
ello, pues quien no es así prefiere morir en el acto á su-
frir cosa parecida; y quien persigue tenazmente y recibe
con mala voluntad al enemigo por el odio, al adversario
por la ira, al aborrecido por la malquerencia, lo hace
también aunque sea con gran contrariedad, porque se
ama á sí mismo con toda vehemencia y en ello se obe-
dece, condesciende consigo y se sirve con sinceridad;
mientras que quienes no se aman tan tiernamente á sí
propios, son menos pertinaces en la dureza de sus actos,
no se dejan llevar con tanto ímpetu á satisfacer los de-
seos de su alma.
CAPITULO II
DEL AMOR
Juzgada por buena una cosa, y tan pronto como se
ofrece á la voluntad, la mueve ésta y atrae hacia sí
mediante cierta conformidad natural como la que existe
entre la verdad y el entendimiento, entre la hermosura
y los ojos. Este movimiento de la voluntad que se mani-
fiesta en una especie de alegría, en el desarrugar la
frente y sonreír, con lo cual significa que la gusta aque-
llo por ser bueno, se llama agrado: y le revelan también
los irracionales con signos exteriores, saltos, gritos des-
ordenados y caricias. El hombre, á su vez, con la pla-
cidez del rostro, la desaparición del entrecejo, la alegría
y la risa. En suma: tanto el hombre como los animales
ante la presencia de lo bueno, deponen su fiereza, si la
tienen, y comienzan á ablandarse.
El amor no es otra cosa que el agrado confirmado, y
se puede definir cda inclinación ó movimiento de la
voluntad hacia el bien», pues la voluntad camina, en
efecto, hacia lo bueno, de donde nace el deseo de unirse
con él.
Si apetecemos el bien por nosotros mismos, esto es
para nuestro bienestar — aunque en realidad sólo juzga-
mos buenauna cosa en cuanto nos aprovecha — , ese amor
se llama deseo ó concupiscencia, la cual tiene dos par-
tes: cuando apetecemos un bien que todavía no posee-
mos, refiérese á lo futuro, y entonces se llama anhelo;
i3
¡94 LIBRO TERCERO
mas si se refiere á cosas que ya tenemos en nuestro
poder, recibe el nombre de apetito, de conservación ó
de retención. Esta es la manera de amar las cosas que
creemos útiles ó agradables al alma, al cuerpo, á los
bienes; y hasta muchos aman á Dios con esta clase de
amor, por ser autor y dispensador de los bienes todos. El
verdadero y legítimo amor es el que se tiene á las cosas
por sí mismas, por su propia bondad, sin consideración
alguna á nuestro provecho particular: tal es el recíproco
entre amigos, y muy especialmente el que profesa un
padre á un hijo. Del amor nace la amistad, cuando el
objeto de nuestro afecto nos corresponde con el suyo,
reciprocidad que acusa también benevolencia.
Este bien hacia el cual se dirige el amor no es sólo del
tiempo actual, sino que igualmente se remonta al pasado
con respecto á las personas de insigne virtud que más
admiramos; extiéndese al porvenir y hasta á las cosas
fingidas y fabulosas, por imaginarlas verdaderas, como
poco ha decíamos.
La bondad se infiere de las obras: así conceptuamos
por buenos á quienes cumplen bien sus deberes para con
Dios, la patria, los padres, el monarca, el dueño, los
amigos, los hijos, parientes, aliados, conciudadanos y
extranjeros. Esta serie de obligaciones se extiende muy
vastamente en el género humano, pues, como dijo muy
bien Cicerón: «Ningún miembro de la vida, ya pública,
ya privada, puede carecer de obligaciones.»
Tiénese por buenos varones á quienes han procurado
provecho, le procuran ahora ó en lo sucesivo á más gen-
tes, y siendo uno mismo el más querido para sí, ama á
quien le hace beneficios, ó los hace á los que uno ama,
sean hijos ó íntimos amigos, pues el amor todo lo hace
uno. De aquel que nos produce provecho, ó á quienes con
nosotros se hallan unidos por cariño, pensamos que
cumple perfectamente con su deber, y es persona buena
CAP. II. — DEL AMOR IQS
porque ama lo que es digno de amarse, como cada uno
cree serlo; y no desearía conservarse y ser protegido
sino tuviese ese sentimiento respecto de sí propio.
Hasta el que se trata con violencia á sí mismo lo hace
por amor á sí, para librarse de males que le acosan ó
amenazan. De este amor á nosotros mismos proviene el
que tenemos á nuestros hijos como parte del propio ser,
á nuestros semejantes y á nuestras obras. La semejanza
es, con efecto, causa de amor, como á otro yo, pues en
cierto modo produce la identidad; por lo cual todos los
animales se juntan naturalmente á los seres semejantes
á ellos; los niños abrazan y besan los espejos donde ven
su imagen, por creer que hay detrás algún otro niño
semejante á ellos. Se comprende cuan grande debió de
ser el amor que inflamó el alma de Adán al ver por pri-
mera vez á Eva, en quien le parecería mirarse á sí
mismo bajo un nuevo aspecto.
Para granjearnos amor es más poderosa la semejanza
de las almas que la de los cuerpos; si bien aquélla pro-
viene de la constitución misma corporal y además de la
análoga proporción del temperamento, de iguales estu-
dios científicos, de las convicciones, régimen de vida y
costumbres; también la práctica y la costumbre adaptan
un alma á otra, de donde nace la amistad entre consan-
guíneos, deudos, conciudadanos, condiscípulos, consec-
tarios, íntimos y domésticos.
Entre algunos hombres existe una admirable confor-
midad de espíritu que une inmediatamente sus volunta^
des en cierta armonía misteriosa, hasta el punto de que
amamos de pronto á quien jamás habíamos visto, y al
contrario, aborrecemos, en virtud de una oposición y
desigualdad internas, á personas del todo desconoci-
das y no podemos avenirnos de modo alguno á querer
sinceramente á otras, aun beneméritas para nosotros.
Fúndase ello á veces, no tanto en la analogía del tempe-
196 LIBRO TERCERO
ramento corporal como en cierto recíproco contraste en-
tre las almas para constituir la armonía que resulta, verbi
gracia, entre los sonidos del acorde musical ó la propor-
ción de los humores en el cuerpo sano, de tal modo que
no se busca uno á otro por la semejanza, sino por la pro-
porción para realizar esa conjunción armónica y ese so-
nido agradable, equivalente á querer ó no querer una
misma cosa nuestras almas. Así sucede que, á menudo,
hombres de muy diversos ingenios y con una constitu-
ción corporal absolutamente contraria, sostienen mu-
tua amistad firmísima, defecto del cual dice Plutarco
con gran razón: «No se sabe de dónde ha venido, ni
cómo nos ha invadido.»
Así como por las obras juzgamos de la bondad inte-
rior, pensamos que es la cara una imagen del alma, y
por eso amamos naturalmente á quien es hermoso; un
cómico dijo: «El rostro hermoso es una tácita recomen-
dación»; esto, á menos que sepamos que se trata de un
alma mala, al modo como un huésped deforme puede
alojarse en un bello edificio. Es más recomendable, no
tanto una cara hermosa como una"gentil y agradable, en
que se reflejan modestia y compostura; señal ésta más
cierta de un espíritu bien formado.
Hav, además, otras causas por las cuales la belleza
atrae el amor como el ámbar las pajit-.as, y que podemos
transcribir de Platón y de los platónicos: así como el
mundo se hizo, por virtud del amor, de algo informe, no
sólo cosa formada sino hermosa, igualmente el amor
difundido por el mundo va empujado hacia la hermo-
sura, de cuva fuente se deriva, siendo ambos conformes
entre sí. Aparte de esto, toda belleza es como un rayo y
vestigio de la inmensa hermosura de Dios; por eso la
recibimos como un bien, la admiramos, y del mismo
modo que la belleza divina produce amores verdaderos,
su imagen produce la imagen de éstos.
CAP. II. — DEL AMOR I97
Es natural que la belleza de los cuerpos represente y
•en cierto modo ofrezca ante nuestra vista la de las almas
con su cadencia, elegancia, proporción y armonía. En
■efecto: la perfección interior produce la externa; aquélla
se llama bondad, ésta hermosura, que parece ser como
una ñor de la primera y de su propia semilla, como signi-
fica el vocablo griego y.rAoy.a-^adía, Por eso, nuestra alma
tiende hacia la hermosura cual á cosa semejante; en ella
ve expresado corporalmente, con gra admiración y di-
cha, lo que ya Dios la otorgó espiritualmente; así es
que se adhiere al ser semejante á sí misma, y desprecia
lo que presenta deformidad, como cosa desemejante y
ajena. Porque hay en nuestra alma una figura de bondad
y belleza, ó al contrario, de malicia y deformidad pin-
tada por obra de la naturaleza, del arte ó de la costum-
bre; y una pintura exterior del objeto que corresponde
con aquella interna, si conviene con lo bueno y bello que
en nosotros hay, es amada; pero se rechaza si conforma
con lo malo y lo torpe. De aquí tanta variedad y diver-
gencia como existe en los juicios acerca de lo bueno y lo
malo, de lo hermoso y lo deforme. Esa correspondencia
entre almas y cuerpos puede comprenderse por la obra y
su imagen, dadas en el espíritu del artista.
Pensemos también que la bondad del autor de todas
las cosas fué la que le movió á realizar la creación de
obra tan grande, y que la belleza no es sino un rayo de
esa bondad difundido por todo el mundo; según que uno
ha recibido más de ella, más digno de amor es. Padre
del amor es, pues, la bondad; así que la belleza y el amor
parecen engendrados por un mismo padre; de ahí que no
sea una sola la causa de la hermosura. El primer rayo
emanado de la creación cae en «la mente», adornán-
dola con la inteligencia y la reflexión, que es la belleza
suprema; el segundo va dirigido al «alma», ilustrán-
dola con el conocimiento; el tercero, á las «formas» de
igS LIBRO TERCERO
los grados inferiores para fecundarlas con las semillas
de propagación de la especie; el último, ya de índole gro-
sera, toca á «la masa de la materia», á la cual dibuja y
pinta con variedad de formas. Tales son las cualidades
y órdenes de toda hermosura, reflejos de la inmensa luz
divina.
A los dos grados del amor asciende la inteligencia;
pero la imaginación se detiene en los últimos, y de éstos
provienen los amores corporales y el deseo de engen-
drar en lo hermoso, ó de ello, para que salga una forma
semejante á lo hermoso, hacia lo cual se dirige la pasión.
La finalidad última y suprema del amor es hacer de mu-
chas cosas una; de diversas, la misma; así, quien desea 6
hace bien al ser amado, parece que verifica esto mismo al
amante, y tanto más si es por causa de éste mismo, coma
sucede en la recomendación. Por igual motivo amamos
también á quien sabemos es querido de aquellos á quie-
nes queremos, pues el amor, como unitivo y copulador
de suyo, adondequiera se dirija, siempre junta y acopla;
así como, al contrario, el odio desune, separa y disocia.
Mas debe cuidarse que lo amado no sea de tal natura-
leza que se quiera ser el dueño único de ello, pues enton-
ces hay rivalidad, y tras ella, la malevolencia. Frecuen-
temente se toma por verdadero amor la concupiscencia;
yo amo, v. gr., á mi médico por causa de la salud; des-
pués que me la ha devuelto, le amo de veras y con el
alma como á un varón bueno. Cuanto más importante
para mí y más frecuente es el bien que he recibido, con
mayor vehemencia surge el amor.
Por tal razón, el amor más grande y ardiente es hacia
Dios en aquel que contemple debidamente á ese Ser
beneficientísimo. Todo amor que tiene su origen en la
debida gracia es tanto más ardiente cuanto menos remu-
nerados quedamos, ó cuanto menos le deseó y esperaba
aquel á quien aprovecha. Son los primeros en este caso
CAP. II. — DEL AMOR IQQ
los padres en la humanidad, aunque excediendo Cristo á
todos ellos. Hace las veces de beneficio el apartar y
rechazar el mal; como hace las veces de éste el impedi-
mento ú obstáculo del bien.
No es el amor puro y verdadero mientras no esté libre
en absoluto de toda mira utilitaria; y así como se ama á
la persona benéfica, también ama el bienhechor á aquel
á quien favoreció como si fuese una obra suya; por ejem-
plo, el padre á su hijo, el maestro á los discípulos; y aun
sucede á menudo ser más ardiente el amor de quien fa-
vorece y ayuda que el de aquel que ha recibido el bene-
ficio, pues el del primero es por bondad, y el del otro,
por necesidad; en aquél están el honor y la gloria, como
en quien es mayor y más poderoso; en éste, como infe-
rior, una cierta vergüenza, digámoslo así. Tiene, por
tanto, el bienhschor más firme y valioso el principio del
amor, que es su voluntad y su bondad; pues el amor,
como del bien, va más fácilmente al bien que desde la ne-
cesidad á éste. El benéfico obra así porque quiere hacer-
lo; el favorecido, porque necesita; por eso es exacto el
dicho vulgar, «el amor, aunque de naturaleza ígnea,
baja, no sube»: así, ama más el padre al hijo, el maestro
á su discípulo, el tutor al pupilo, que al contrario.
El amor más grande y ardiente de todos es el de Dios
á nosotros; por eso le llamó sabiamente San Juan, no
amante, sino «el amor mismo», y del propio modo Dio-
nisio en los Nombres Sagrados. Podemos afirmar con
fe y con razón verdadera que el autor de todas las cosas
lo ama todo según la grandeza de su bondad, que lo
hace y perfecciona todo, que todo lo contiene en sí y lo
convierte hacia El.
De todo cuanto produce el amor, nada más fuerte y
poderoso que el amor mismo; ninguna cosa es suscep-
tible de conciliar nuestro cariño como el que recíproca-
mente nos profesan; ni hay filtro alguno más seguro ni
200 LIBRO TERCERO
de más poder. No consiste en las palabras, como dijo el
poeta en aquel conocido epigrama:
«Maree, at ameris, ama» (i),
siempre que sea con verdad y de buen grado, pues el
amor fingido ninguna fuerza y nervio tiene, como tam-
poco calienta el fuego pintado en un cuadro, ni ruge y se
enfurece un león de mármol. Tal generación mutua del
amor recibe su germen como en un secreto contacto
de la naturaleza, y mediante un vínculo de todas las
cosas entre sí que creyeron hallar ciertos filósofos, de
suerte que tocada una cosa cualquiera se mueven las
que son análogas y semejantes á ella, como sucede en
las cuerdas de la cítara. Se explica también por el hecho
de que al saber que alguien nos ama, desde luego le juz-
gamos por bueno y creemos justo que se deba amar re-
cíprocamente á una persona buena. Por eso muchas ve-
ces no es correspondido el amante, si el ser amado no
sabe que lo es. Los platónicos buscaron más en lo alto
las raíces de este afecto, diciendo que su principal ori-
gen está en la semejanza, porque como á quien más se
quiere naturalmente es á sí propio, esa semejanza ó na-
turaleza idéntica en varias personas hace como otro ser
iguala nosotros; si alguien es semejante á mí, necesaria,
mente lo soy yo á él, y la misma circunstancia que le
induce á amarme me obliga también á corresponderle.
Además, el amante graba y esculpe en su alma la
imagen del amado, y la lleva en ella como en un espejo
en el cual se mira y reconoce el amado mismo, viéndose
obligado á amar á aquel dentro del cual cree que vive, al
modo como los niños suelen besar su imagen en un
espejo.
(i) «Ama á quien te ama, y responde á quien te llama,
y andarás carrera llana.»
CAP. a. — DEL AMOR 201
El amante prescinde de sí si se entrega y esclaviza en
obsequio del amado; éste se apodera y cuida de aquél
como una cosa suya querida. Si pudiésemos ver nuestra
vuluntad, en ella juzgaríamos acerca del amor; mas
como está cubierta de tantas y tan fuertes envolturas
que no es capaz de penetrar en ella el examen de nues-
tros ojos ni el de la inteligencia, juzgamos por las obras,
según sean grandes, frecuentes, desinteresadas y espon-
táneas; y si á veces no es posible ejecutar actos, con un
consejo sano y oportuno puede declararse la intención
de un afecto en que aparezca la voluntad; así nos abo-
rrecen aquellos á quienes aborrecemos, nos aman nues-
tros seres amados; enójanse aquellos con los cuales nos
hallamos enojados; se alegran con nuestra alegría, se
entristecen con nuestro pesar y vierten lágrimas que son
manifestación elocuente del estado interior de su vo-
luntad.
De consiguiente, juzgamos dignos de nuestro amor y
amistad á quienes nos halagan, alaban todas nuestras
acciones y les parecemos seres justos, como dijo el poeta
cómico:
«Obsequium amicos, veritas odium parit» (i),
es decir, á aquellos que procuran distraernos y apartar-
nos de cosas tristes; aborrecemos y evitamos, en cambio,
á los que nos censuran, nos llevan la contraria y nos
avergüenzan. En aquéllos se revela un afecto idéntico
al nuestro; en éstos, uno contrario y repulsivo; tal suce-
de á quienes prefieren lo aparatoso á lo útil, los vanos
deleites al provecho sólido y permanente, como los jó-
(i) «Lo que se gana regalando, se pierde corrigiendo. Mal
me quieren mis comadres porque les digo las verdades; bien
me quieren mis vecinas porque les digo las mentiras.»
202 LIBRO TERCERO
venes y personas habituadas á los placeres, páralos cua-
les es más agradable la celestina, el buíón ó el tahúr
y el que sabe corromper las buenas índoles, que las
personas más prudentes y sabias — como prefiere el
puerco el cieno á la mejorana.
Mácense de todos amar las virtudes sencillas y apaci-
bles: la equidad, la modestia, la moderación y la frugali-
dad por su misma condición inofensiva, ó porque nos
inclinamos generalmente á lo que es inferior á nosotros
y nos molesta lo superior, en virtud de una especie de
independencia que, naciendo en una naturaleza depra-
vada, como en tierra viciosa, degenera en arrogancia.
Las personas modestas, dulces, blandas y halagüeñas
nos parece que son excelentes, dignas de estima y sim-
patía; muy al contrario de lo que nos pasa con los rígi-
dos censores. Entre aquellas virtudes apacibles está la
sobriedad y la taciturnidad, por eso las amamos; no así
á los habladores y versátiles, ni á los que pugnan por en-
terarse de la mala situación de los amigos, no para soco-
rrerlos, sino por afán y curiosidad de saber, y aun las
más de las veces para tener de qué charlar con otros^
y ejercer su mordacidad, según el dicho de Horacio:
«Percunctatorem fugito, nam garrulus idem est» (i).
Acuden con diligencia para averiguar las desgracias,
mientras ven la prosperidad con indiferencia. Asimismo
preferimos la amistad de aquellos que olvidan fácilmente
las injurias ó las perdonan, á la vez que se nos hace
odioso el que pone empeño en recordarlas; buscamos
por amigos á quienes no echan en cara los beneficios,
al que sabe guardar á los suyos fidelidad y benevolencia,
por lo cual Dionisio, tirano de Sicilia, deseaba ser el
tercero en la amistad de los pitagóricos Damon y Pitias,
(i ) Epistolarum, lib. 1, epist. i8, verso 69.
CAP. II. — DEL AMOR 20D
cuya lealtad, cuando para alguno de ellos había peligro
de muerte, ensalzaron los autores de la época: pues asf
como nos es agradable recordar las vicisitudes ya pasa-
das, mucho más lo son los nombres de aquellos que no
nos abandonaron entonces, sino que nos favorecieron en
lo posible, y de aquí el proverbio: Amicus certus in re in-
certa (i). Con ese motivo decía Nuestro Señora sus
discípulos: «Vosotros sois los que permanecisteis á mi
lado en mis aflicciones.» No podemos amar á quienes
tememos como personas poderosas que no son igual-
mente buenas. La prudencia sin justicia es sospechosa;
se considera como astucia y engaño.
La confianza en alguna cosa brota de la misma raíz
que el amor, es decir, del concepto de bien; por eso uno
y otro afecto se ayudan mutuamente.
Es el amor un sentimiento cálido y nace con facilidad
en los temperamentos y disposiciones cálidas, y lo mis-
mo en circunstancias de lugar, tiempo y acciones de ese
mismo carácter. Pero la mayoría de las personas cálidas
dejan el amor por motivos fútiles, ya porque se enojan
á menudo, ó ya porque se presentan dominantes otros
afectos que ahogan el amor como espinas: tales son la
envidia, la ira, la soberbia, que vencen á los otros. Si la
sangre es delgada, y enrarecidos los vapores, con el más
leve movimiento se extingue la llama que prendió en
materia ligera; cuando es ésta densa y fuerte, que no
cede con facilidad á los cambios, domina el amor vigo-
rosamente con sus temperamentos cálidos, aparte el
peligro que ofrezcan otros afectos muy ardientes, como
la ira, la arrogancia, el odio. Los templados y sanguí-
neos son menos propensos al enojo, y por lo mismo con-
(i) «Échate á enfermar verás quién le quiere bien, quién te
quiere mal. En el peligro se conoce al amigo.»
204 LIBRO TERCERO
servan el amor con mayor firmeza y fidelidad; pues en
ellos, aunque no es tan ardoroso, tiene en cambio más
fomento. Pudieran aquéllos compararse á la estopa,
éstos á la leña, por ser en los primeros mayor el ímpetu,
€n los últimos la perseverancia; asimismo á los amigos
jóvenes, aun de amistad vulgar, cada uno délos cuales no
vacila en ofrecer su vida por el otro, cosa que apenas se
atrevería á hacer un padre por su hijo único; con todo, la
estopa es aquella llama súbita y arrebatada, al par que
el amor paterno es más grande, firme y duradero. Así,
pues, los temperamentos fríos aman con mayor lentitud
y más apaciblemente; pero una vez prendido el amor en
ellos aman con más ardor y constancia, como en mate-
ria densa y seca, que sirve de fomento fuerte y perma-
nente para el fuego, semejante al hierro.
CAPITULO III
LOS DESEOS
Es el deseo un apetito del bien que creemos conve-
niente para nosotros, ya con el fin de alcanzarle si no
le tenemos, ó para conservarle si le disfrutamos. Los
bienes se refieren, unos, al ser; otros, al bienestar; perte-
necen al primero las necesidades propias para conservar
y propagar la vida, que llamamos naturales: comida,
bebida, medicinas, fuego, casa y vestido, y que más
bien reciben el nombre de apetitos que el de deseos.
Hacia ellos va impelida nuestra alma por un tácito estí-
mulo natural; cuando recibe su excitación, rebasa el jui-
cio sin escucharle, como sucede con la sed y con el
hambre, que por eso se llama «mala consejera», y en los
caprichos de las embarazadas, llamados «picazas».
Para nuestro bienestar buscamos comodidades: man-
jares bien preparados, vino ó cerveza, tejidos de lana y
lino, con otros elementos exteriores, ya animales, ya del
hombre mismo; además, placeres y deleites de todos
nuestros sentidos que se apetecen sin límite. Por nuestra
parte inventamos otros diversos, como la nobleza, hono-
res, fama, dignidades, riqueza y gloria, y no cierta-
mente en corto número, sino que los aumentamos todos
en proporciones enormes, de donde proviene un cúmulo
interminable de deseos, que hizo exclamar con razón á
Plinio Segundo: «Ningún animal tiene apetito más gran-
206 LIBRO TERCERO
de de todas las cosas que el hombre, siendo así que
necesita muy pocas.»
Infundióse en el hombre el deseo paraapetecer y seguir
lo que juzga bueno para él, y para que, una vez conse-
guido, lo conserve. El bien verdadero del hombre, el
más firme, es Dios; por eso llega hasta desearle; y como
es inmenso, también lo es la extensión de nuestro deseo,
que no puede satisfacerse sino en Dios mismo, donde se
detiene y reposa. Cuanto más conveniente nos parece un
objeto, tanto más vivamente es apetecido y con mayor
diligencia conservado. Ahora, en cuanto al concepto de
lo conveniente, divergen los pareceres humanos: el espí-
ritu del joven tiene como preferible el placer; para el
hombre maduro son los honores; para el enfermo, la
salud; para el viejo, el sustento; para los soberanos, la
gloria, y para cada cual según son sus afectos corpora-
les ó espirituales. Los de temperamento cálido tienen
diversos deseos, vivos, vehementes y elevados que qui-
sieran satisfacer en seguida, como dijimos hablando del
amor. Los fríos tienen menos deseos, y más apacibles,
aunque pertinaces; se dirigen generalmente á uno solo,
aquel que eligieron ó que inflamó su alma.
La confianza disminuyelos deseos; el temor, los acre-
cienta; aquellos que están seguros de que no ha de faltar-
les lo que necesitan, no tienen ansia por adquirir ni por
■conservar; así los jóvenes, los hombres animosos y los
ebrios, cuya sangre afluye al corazón en abundancia
y con ardor. Lo mismo los que han pasado necesidades
y los que no saben cómo se consiguen ó se pierden las
cosas provechosas. Quienes temen que les falte, buscan
y guardan con avidez, como los inválidos, los enfermos^
las mujeres, los ancianos, y, por último, todos aquellos
que tienen junto al corazón la sangre escasa, tenue y
tibia. Tienen éstos, naturalmente, la angustia y preocu-
pación de no carecer, y no en virtud de motivo alguno ó
CAP. 111. — LOS DESEOS 2O7
de suposición de que padecerán necesidades, sino por el
miedo que oprime su corazón.
A una juventud suntuosa y dispendiosísima sigue, á me-
nudo, una vejez en extremo parca y sórdida; los que de sa-
nos y fuertes eran liberales, cuando enfermos se fijan en
las cosas más despreciables; no quieren alimentos salu-
dables si cuestan más de lo que pensaban; los sobrios y
avaros vuélvense generosos al sentir los efectos del vino.
Aparte de todo ello, quien ha logrado con dificultad lo
que posee, lo guarda con tesón, ya por el miedo á em-
prender de nuevo el trabajo, ya porque lo adquirido pe-
nosamente es más apreciable, como lo comprado á mu-
cho precio, V. gr., su dinero para el mercader diligente
y laborioso, para la madre su hijo y para nosotros
Cristo, que nos redimió á costa de toda su sangre. En
cambio se descuida aquello que nos ha venido fácil-
mente, como son las herencias.
Para conseguir las cosas que deseamos se ha conce-
dido al hombre el cuidado, la solicitud y la astucia; para
conservarlas y custodiarlas, el miedo, la cautela y tam-
bién audacia frente á cualquier daño que se presente.
Han recibido los deseos sus nombres especiales, según
los objetos en que recaen: del dinero, avaricia; de los
honores, ambición; del gusto, gula; del amor, sensuali-
dad, y otros infinitos que varían según las gentes y el
idioma, siendo abundante el griego en tales nombres.
Para la vida usual son los más principales aquellos en
que interviene un vicio, ó bien una virtud, como en el
dinero, honor y dignidades, que pertenecen á la justicia;
en el gusto y tacto, que se refieren á la continencia; en
el conocer y saber, á la curiosidad. En cuanto á otros in-
diferentes, v. gr., el deseo de caballos, la afición á la
caza, á los espectáculos, etc., son infinitos, por lo cual
no caen bajo los preceptos del arte, ni tiene importancia
el enumerarlos prolijamente.
CAPITULO IV
DE AMBOS GÉNEROS DE AMOR INDISTINTAMENTE
Tratemos ahora del amor en general: en cuanto al
deseo, es un amor falso y fingido, que á menudo imita
y representa al verdadero con sus actos. Todo amor se
engendra del bien, y hacia él tiende; la naturaleza misma
del bien hace que deseemos unirnos á él por su confor-
midad con nosotros, de donde nace el deleite y la dicha;
por eso el término último del amor es la reunión hasta
llegar á la unidad, si pudiera ser. Cuanto más estrecha-
mente se junta y en la esencia misma, con mayor verdad
y perfección consigue el amor su fin, afirmándose con la
disolución de su propia naturaleza.
Discreta y oportuna en extremo es la fábula inventada
por Platón: cuenta que habiéndose Vulcano presentado
á dos individuos, muy estrechamente unidos entre sí por
amistad, complacido al ver sus recíprocas muestras de
cariño, los indujo á que le pidiesen un don digno de la
munificencia de un Dios; ellos le contestaron: «Vulcano,
artífice de dioses, te rogamos que con esas tus herra*
mientas y en ese horno, nos fundas de nuevo á ambos,
y hagas de los dos uno.»
Úñense los hombres en vista de los bienes que les son
comunes: aquellos para quienes han de ser provechosas
ó nocivas unas mismas cosas, con el fin de alcanzar las
primeras y evitar las últimas, con tal de que no se estor-
CAP. IV. — DE AMBOS GÉNEROS DE AMOR 209
ben mutuamente, porque entonces pronto se enojarían y
separarían; los que tienen enemigos comunes y dan lugar
al antiguo proverbio «las cosas malas ligan á los hom-
bres», los que van embarcados en la misma nave, ó ha-
bitan una misma ciudad, los que confiaron sus merca-
derías al mismo barco. Amamos las cosas por su precio,
pues estimamos en más los bienes más grandes y las
mayores utilidades, prefiriendo la que nos parece de más
valor, y, por tanto, es querido, en primer lugar, quien
nos la proporciona. Para el joven son bienes principales
las satisfacciones y placeres del cuerpo; para los viejos,
la opulencia; prefieren éstos la salud, otros los honores,
la fama, el prestigio y la gloria. Así, para el ciudadano
romano fueron más dignos de estima y más gratos los
que ensancharon las fronteras del imperio que aquellos
que educaban en la virtud á sus propios hijos; el vulgo
prefiere las virtudes de provecho general, como es la
liberalidad, la tolerancia, la sencillez, á aquellas otras
recónditas, aunque respetables y dignas de admirarse
como la grandeza de alma, la constancia, firmeza y san-
tidad é integridad de vida.
Por lo mismo fueron más simpáticos para el pueblo
romano Pompeyo y César que Marcelo y Catón, si bien
fué éste más venerable; y nosotros distinguimos con
nuestro aprecio las virtudes que aprovecharon á otros
por su semejanza con las que nos traen beneficio, como
son el haber cumplido sus deberes con la Patria, con los
padres, parientes y amigos; el haber mantenido su pa-
labra, aun con el enemigo, como Atilio Régulo. En cam-
bio aborrecemos á los que menosprecian sus obligacio-
nes, á los olvidadizos, ingratos, impíos é inhumanos. El
Rey Alfonso de Aragón, habiéndose hecho odiar de mu-
chos nobles napolitanos, y muy principalmente de los
partidarios de Anjou, empezó á ser querido cuando su-
pieron que, estando de caza en un bosque, ayudó por su
210 LIBPO TERCERO
propia mano á un carbonero á sacar á su amo del ba-
rranco en que había caído.
. No interviene la razón solamente en la estimación
del amor, pues el precio es unas veces constante y fijo,
otras inclina nuestro ánimo en el momento por parecer-
nos bien entonces, ó de utilidad, ó en virtud de algo que
nos hemos imaginado en ello. Así, importándonos
mucho más la salud que un manjar ó una salsa presen-
tada en la mesa, nos vemos impulsados, no obstante, á.
tomarlos, prefiriendo el sabor á la cualidad, con perjui-
cio de la salud, bien por no comparar entonces aquellas
condiciones encontradas, ó esperando que no serán tan
nocivos al cuerpo ó que hallaremos, si lo son, pronto
remedio. De igual manera muchas personas, sin ser
malas, pierden el favor divino por algún provecho en
negocios humanos, cosa que no harían si bien lo pensa-
sen, pero ya se ofuscan olvidando aquel gran beneficio,
ó ya confían en que habrán de recuperarle.
Son fuerzas en cierto modo y acciones del amor: pri-
mero, ama la voluntad, dueña y directora del alma
entera, y ese amor la arrastra hacia su bien; este movi-
miento es el más rápido de todos, pues nace y corre que-
riendo y complaciéndose en él la voluntad misma, pa-
reciendo que va impulsada por una pendiente. Por eso
es el amor la más poderosa fuente de todas las pasiones
y con razón han confirmado los siglos la verdad del
axioma: «Todo cede ante el amor como á un vencedor.»
Además, si investigamos prolijamente la cuestión, ha-
llaremos, como ya antes se dijo, que del amor provienen
todas las pasiones, pues lo que seguimos y apetecemos
es aquello que amamos; huímos y aborrecemos lo con-
trario, como la enfermedad, por amar la salud; la des-
honra, por amar el honor. Por eso los que desconocen
los bienes y, por tanto, tampoco los aman, no aborrecen
ni temen las cosas contrarias; v.gr., los niños las armas
CAP. IV. — DE AMBOS GÉNEROS DE AMOR 211
Ó los precipicios, ó aquel sátiro que quería jugar con el
fuego que nunca había visto, desconociendo sus daños.
Así, no temen la ignorancia los hombres rudos ni las
personas depravadas sus vicios, males más graves que
los que afligen al cuerpo, porque no saben ni reflexionan
cuan importante es la ciencia, la virtud y el bien. Así
como surge el amor del juicio de lo hermoso ó de lo
bueno, cuando adquiere fuerzas confirma, á su vez, el
juicio mismo; de suerte que ya no puede resolver otra
cosa acerca de aquello que ama, á no ser que se trans-
forme radicalmente y de modo tan rápido que el cambio
empeore pronto lo bello ó lo bueno; pues si se verifica
poco á poco, el mismo poder violento del amor dismi-
nuye el efecto de la mudanza. Después que el amor ha
extendido con toda amplitud su dominio en el alma,
aquel juicio pasa á otras particularidades, hasta llegar á
ver el amante en el objeto amado cosas buenas y hermo-
sas que antes no viera, por lo que se llama ciego al
amor; y siempre aumenta en su interior, quien ama, las
buenas condiciones de lo amado y rebaja sus vicios ó
deformidades, como dice Horacio (i):
«Strabonem
Appellat paetum pater, et pullum, male parvus
Si cui filius est;
— huno varum distortis cruribus (2).»
Sé de padres que juran no haber nunca advertido las
grandes deformidades de sus hijos, aunque las tenían
éstos en los ojos y en la cara; de otros, que decían ser
correctísimos y de toda honradez, siendo realmente de
perversidad notoria. Así, la aquiescencia respecto de lo
(i) Satyrarumy iib. I, Sat. 3, verso ¿\<\.
(2} «Ojos hay que de lagañas se pagan. Quien feo ama her-
moso le parece.»
21 2 LIBRO TERCERO
que afirma quien es amado, equivale á un juez en el es-
píritu del que ama, que siempre sentencia á su favor. A
veces es el amor absolvente, en cuanto al juicio de
otras cualidades; quien ama á su hijo ó á su mujer sa-
biendo bien su deformidad, rudeza ó torpeza, como su
cariño no toca á estos defectos, sino sólo á la persona de
la esposa ó del hijo, no se enfría su pasión; pero es que
interviene la benevolencia que juzga aquéllos tolerables
en un ser querido.
Como el amor nace del juicio acerca del bien, en nues-
tra mano está no admitirle, porque nada hay dotado de
bondad ó de hermosura tan puras y excelentes que no
tenga mezcla de algo que pueda disgustarnos ó no con-
venirnos, por lo cual nos parezca menos bueno, y, en
tanto, menos digno de apetecerse.
En este orden sólo debemos exceptuar á Dios, á quien
si la mente humana contemplase tal como es, cosa im-
posible de hecho, en vez de como le contempla, confi-
nada dentro del cuerpo, se vería arrastrada á amarle con
más poderoso impulso que al conjunto de verdades más
ciertas, pues vería el bien sin estar mezclado con mal
alguno. Todas las demás cosas llevan por delante ó con-
tienen dentro de sí algo por lo cual puedan ser desapro-
badas por el examen del juicio ó rechazadas por el
albedrío de la voluntad; tanto más, cuanto que, aun
teniendo cualquier cosa por buena, podemos apartar
nuestra atención de mirarla y comprenderla.
Puede ser, en efecto, la voluntad recibir fríamente lo
que el juicio propone, ó dejar de recibirlo; por eso la
frase «puede el amor ser atraído, pero no forzado»,
confirmada por el dicho de Claudiano: «No obligarás
por fuerza á ser amado.» Mas una vez que el amor se ha
afianzado en su dominio, y como constituido en posesión
de la voluntad, no está dentro de su poder arrancarle
cuando quiera, según el dicho de Publio el mimógrafo:
Cap. IV. — DE AMBOS GÉNEROS DE AMOR 2l3
«Entra el amor por arbitrio del alma, pero no sale así»,
como también lo expresó admirablemente Plutarco:
«Amor sensim illabitur, sed ingressus non facile discet
dit, etiamsi alatus (i).» Obliga, en efecto, á pensar inme-
diatamente en el objeto querido; ese pensamiento le hace
familiares cuantas cosas con él se relacionan, y no sólo
provoca el amor un pensamiento frecuente, sino á la vez
el propósito de investigar y conocer todo lo propio del
amado.
El santo Apóstol dijo: «Todo lo investiga el amor,
hasta las profundidades de Dios.»
El amor del cuerpo quiere unirse corporalmente; el
amor espiritual, la unión de las almas, de suerte que
haya una sola en dos cuerpos, que es el enlace más
grande, verdadero y persistente, del cual nace el querer
ó no querer una misma cosa, y que el amigo sea otro ser
igual á uno mismo: así llamó Horacio á su gran amigo
Virgilio «mitad de su alma»; por eso todas las cosas que
á un amigo pertenecen las llama suyas el otro; de donde
aquella ley de los pitagóricos: «Amicorum esse commu-
nia omnia (2).» Muy á menudo se cuidan las cosas de los
amigos con más diligencia que las propias; y nos acor-
damos de ellos, al paso que nos olvidamos de nosotros
mismos.
Es amor el deseo de gozar del bien, de unirse á él,
para que quien le ama, con el contacto de lo amado, ó
sea del bien, se haga bueno. El amor de concupiscencia
quiere acercarse y juntarse con una clase de unión que
satisfaga el deseo ó la captación: bebo el vino ó como
un manjar; lo que sólo he de oler, no lo aproximo tanto;
todavía de más lejos percibimos los sonidos y vemos las
(i) «Quien en zarzas y en amores se metiere, entrará cuan-
do quiera, mas no saldrá cuando quisiere.»
(2) «Las entrañas y arquetas á los amigos abiertas.»
2Í4 LIBRÓ TERCERO
cosas; el vestido se aplica al cuerpo ó se guarda en el
armario; el dinero, en una arca ó en sitio donde hay
seguridad de hallarle cuando se busque. También hay
quien se cree rico por las partidas de su libro de cuen-
tas, por las mercaderías que navegan en los barcos, ó
están en poder de sus consocios ó administradores. No
es igual para todos los hombres el concepto de cosas
queridas: unas veces se busca lo necesario para vivir,
otras lo que nos produzca placeres. Los amigos, cuando
es posible, se juntan personalmente, se ven y se hablan,
se mencionan ó se recuerdan; si no pueden realizarlo en
la medida de su deseo, sienten disgusto y tristeza, tanto
mayor cuanto más pequeño es el obstáculo que los
separa, pues experimentan mayor impaciencia por saber
que están más cerca. Y aun los que quieren á personas
ya difuntas, comunican con ellas cuanto pueden me-
diante su continuo recuerdo, visitando los lugares donde
solían reunirse, y hasta con la presencia de las cosas
que renuevan su memoria, todo lo cual hacemos con
los amigos ausentes.
Se ha dado al hombre este deseo de unión en el amor
para que quiera juntarse con su verdadero bien, que es
Dios, para que, hecho á su vez un Dios, por decirlo así,
sea copartícipe de su eterna bienaventuranza. Esa es, en
definitiva, la unión cierta, firme y fructífera; precio am-
plísimo del amor; todas las demás uniones son vanas y
sin fruto; tanto, que si uno examina qué es lo que los
amigos apetecen en su recíproco amor, verá que nada
hay más vacío, esto es, estar juntos, verse y hablarse.
Sirve de tormento el amor con su deseo de goce, no
por el amor mismo, que es lo más dulce que puede ha-
ber, sino por ese deseo, que si se aplaza en su satisfac-
ción, aflige nuestra alma; pero si existe alguna esperanza
de gozar, produce consuelo y hasta agrado; pues así
como el amor experimenta gran deleite en su goce, no
(JAP. IV. — DÉ AMBOS GÉNEROS DE AMOR i^ I 5
es pequeño el de la esperanza, porque la imaginación nos
le ofrece como presente. Así, la mayoría de los que de-
sean inventan diversas esperanzas y dan crédito fácil-
mente á quienes les prometen que se logrará lo deseado:
ese es el medio de que se valen los picaros para engañar
á los avaros.
El amor de deseo mira dentro de sí; el de amistad,
hacia fuera, á aquel á quien ama; el amante muere poco
á poco en sí mismo, mientras que en él vive el ser
amado; tal es el dicho del Apóstol: «Vivo, aunque no soy
yo quien vive, sino Cristo el que vive en mí.» Deja ya de
pensar en sí, de cuidarse, de atenderse; y, en cambio,
piensa en lo amado, le cuida y atiende; á esto se llama
«éxtasis», cuando el amante, olvidado por entero de sí
propio, está todo él fuer^ de sí, todo él en lo amado, y
lo amado en él; porque si esa llama se vuelve y recoge
al interior, menos arderá fuera. Así ocurre que quienes
se aman vivamente á sí mismos quieren á los demás con
frialdad, todo lo refieren á sí propios y á cuanto creen
bueno para ellos: placeres, distracción, honor, dignida-
des, poderío. Los hay que no atienden á su mujer, hijos
ni á otras queridas personas, por servir á sus placeres,
y es porque se aman ellos con vehemencia, siendo para
los otros tibios, y más bien fríos.
El amor de concupiscencia desea bienes al amado,
pero por sí propio, v. gr., al vino, dulzura y excelencia;
á su caballo, fuerza y agilidad; hermosura y elegancia á
su amiga; riquezas al bienhechor; apetece, por tanto, las
cosas que juzga buenas para sí. Muy al contrario, el
verdadero amor desea y procura todos los bienes al ser
amado, por éste, no por sí mismo; jamás es mercenario:
no pide para él premio, ni espera cosa que sea contra la
condición del amor; si así lo desease, no le amaría por
ser bueno de suyo, sino por conveniente para él. Consi-
dera el amor el origen del bien, no el fin de su utilidad,
2l6 LIBRO TERCERO
y de ello son un ejemplo evidente los hijos, á quienes
aman sus padres sólo por ellos, sin mira alguna de sus
ventajas, premio ó fruto. Tal es el amor de Dios hacia
nosotros, y tal debe ser el nuestro á El, pues no desea el
amor la conjunción como recompensa de su acto, sino
que es la meta hacia la cual se dirige por móvil espon-
táneo de su naturaleza. Así como no se ama uno por
aprovecharse, sino que se aprovecha porque se ama,
tampoco se ama por querer unirse, sino viceversa; ni
desea unirse para deleitarse, sino que el deleite viene
del contacto con nuestro bien, de su posesión y estrecho
enlace. Ese es el fruto del amor, el fin de su deseo, el
que acompaña antes déla unión. Cuanto más íntimo,
más igualador es el amor; produce la igualdad en cuanto
lo permite la naturaleza de las cosas que une: «las más
altas — nos dice Dionisio, según Hierotco — se bajan al
nivel de las inferiores; las iguales se asocian entre sí; las
inferiores suben á la altura de las más sublimes y exce-
lentes.»
Es en extremo temeroso y lleno de angustia el amor
para los seres queridos: el ebrio, porque no perjudique la
helada á las viñas; el amante, para que el calor ó el frío
no causen daño á su amiga; el comerciante teme las tem-
pestades, el amigo por su amigo, el padre por sus hijos,
el marido por la mujer, ésta por él. De aquella casta
matrona dice el poeta:
«Quando ego non timui graviora pericula veris?
Res est sollicili plena timoris amor (i).»
Causa, en efecto, molestias todo amor á hombres y
cosas humanas, pues ninguna hay respecto de la que no
haya mil temores, por más guardada y defendida que pa-
rezca contra las vicisitudes de la fortuna. Es, en cambio,
(i) Ovidio, Heroidas, epist. I, verso ii.
I
2k
CAP. IV. — DE AMBOS GÉNEROS DE AMOR Úl'J
agradabilísimo el amor á Dios de quien ningún cuidado
ni molestia puede resultarnos; todo en él está seguro,
lleno todo de goces y dicha sempiterna. En los demás
amores hay mucho molesto: en la amistad sentimos con-
tinuo miedo; en el deseo, preocupaciones y ansiedad; en
la conservación, cuidados; en el sensual son innumera-
bles las molestias que le asedian. Cuando hay peligro, el
amor es cauto y temeroso, si confía poder escapar de él,
como vemos en Séneca que dice Tiestes á sus hijos:
«Vosotros me hacéis medroso»; si se le presenta una
dificultad, se hace atrevidísimo.
Ja.más podrá estar ocioso el amor en virtud del estí-
mulo de la voluntad que le instiga á ejecutar actos;
siempre está proyectando algo y piensa qué puede ser
grato al amado y aprovecharle, no sólo á él, sino á quie-
nes desee complacer. Si no puede ser con obras, por lo
menos con sus buenos deseos y aspiraciones, con faus-
tos presagios, procura el bienestar del amado, se alegra
si se realizan, y siente que no lleguen á verificarse, ó que
sea contra su pensamiento.
Del amor de concupiscencia surgen la rivalidad y la
envidia, pues muchos apetecen lo que uno solo desea
poseer, como sucede con una amiga, con un amigo opu-
lento ó con las ganancias. Del amor de las almas nace
el candor y la comunicación; quien ama á una persona
buena no teme rivales, antes bien, quiere que haya mu-
chos que le acompañen en su afecto; como el que quiere
á Dios desearía llevar á todo el mundo á adherirse á este
amor, y piensa que son bien dignos de lástima los que
están separados de él. Aquel amigo que quisiera tener
para sí solo el cariño de otro, no ama bien y con verdad,
sino que d esea algo útil para sí, á saber: disfrutar sus con-
versaciones, la erudición, riquezas, hacienda, la repu-
tación y gloria del amigo. Desea el amante que se pre-
sente algo grande y de empeño que redunde en favor del
2lS LÍBRO TERCÍEftd
amado, y se alegra de que llegue á realizarse: «Iban los
discípulos alegres á presencia de la asamblea porque los
consideraban dignos de padecer injurias por el nombre
de su Señor Jesús.»
Nada rehusa sufrir el amor por grave y difícil, por
humilde y abyecto que sea, bien exceda de sus fuerzas,
bien hiera la dignidad y autoridad de su persona: todo
lo cree fácil; todo conveniente, mientras crea que habrá
de agradar al amado. Y no es este sólo á quien quiere el
amante, sino á todas cuantas cosas le son gratas: los hi-
jos, parientes y amigos, hasta los criados y los perros,
por lo cual se dijo: «Diligit canem, qui et herum
ejus (i).» Le gusta, en suma, cualquier cosa que refres-
que la memoria de él, sus vestidos, pañuelos, retratos,
los lugares y objetos semejantes; esto, á menos que esté
mezclada con el amor la tristeza, pues entonces son tris-
tes los recuerdos del amado, v. gr., el de un hijo que
murió prematuramente, el de la esposa, ó del marido.
Como está en su pensamiento continuamente y le causa
perpetuo cuidado, asciende el calor desde el estómago al
cerebro; de ahila crudeza y agotamiento de la sangre, la
palidez del rostro y de todo el cuerpo, el ahogo de la res-
piración, los sollozos del alma por la tensión vehemente,
muy en particular ante la presencia ola mención del ob-
jeto querido, como si el espíritu se viese aliviado de un
gran peso; á menudo saltan también las lágrimas, por
liquidarse la humedad con el calor del cerebro hacién-
dola fluir por los ojos. Otras veces se canturrea para
espaciar el ánimo fatigado por la lucha de la imagina-
ción; se mira con gran fijeza y gesto extravagante al ser
querido sin dirigir á otro lado la mirada ni el pensamien-
to; alterna el rostro encendido con el lívido por la afluen-
cia ó la retirada de la sangre; por lo mismo se está á veces
(i) «Quien bien ama á Beltrán, bien ama á su can.»
CaP. iV.— de ambos géneros dé aaío^ úig
sofocado, á veces n'gido, no se acierta á estar quieto en
un sitio; es frecuente la agitación excesiva de los miem-
bros, continuas las lamentaciones, fuera de tiempo y ne-
cias las alabanzas; en el amor de Cupido aparece una
repentina indignación, procacidad y petulancia, sospe-
chas á cada paso, y, como dice Terencio: «En el amor
hay lo siguiente: injurias, sospechas, enemistades, gue-
rra, treguas y paz otra vez.» Otro poeta cómico describe
en la Cistellaria los actos y operaciones del amor: «Creo
que en los hombres fué el primer amor una invención
del tormento: me revuelvo, padezco, me agito, me hallo
excitado, mísero, doy vueltas en la rueda del amor», y
sigue por este orden. A fin de estar más tiempo juntos
los amantes, retiene el uno al otro con vana charla,
cuentecillos y fábulas traídas de acá ó allá, sorprendiendo
tanto flujo de palabras que no se sabe cómo salen. Hay
otros que, perturbado el entendimiento ó demasiado fijo
en un punto, no aciertan á hablar seguido, sino que pro-
rrumpen á largos intervalos en tal cual expresión cor-
tada: «jOh amores, vida, dulzura, esperanza! ¡oh belleza
celestial y divina!
Todos los amores de concupiscencia lisonjean y alaban
hasta llegar á la adulación; personas las más respetables,
cuando desean vivamente algo, sirven á otras indignas,
temen á las poderosas y respetan á las de mayor desca-
ro; los avaros hacen regalos y se humillan ante los sober-
bios, porque todos ellos aspiran á complacer por cual-
quier medio sus intentos y satisfacer su deseo; con esa
sola mira no tienen en cuenta su persona y calidad; van
á los placeres á través de toda molestia y dificultad, como
Va el ambicioso á obtener poderío mediante la abyección
y la servidumbre, según dijo Ausonio: «quieren servir
para poder dominar». Son tales, aquellos que en el cortejo
de los soberanos sufren miserable esclavitud, por ver si
al cabo alcanzan algún favor y participan de la potes-
ááO LIBRO TERdERO
lad. Los reyes mismos toleran en sus ejércitos á hom-
bres de la mayor insolencia y maldad, cun tal de lograr
con su auxilio mayor extensión de su reino, ó gobernar
más á su capricho.
Por el gran calor que tiene, impulsa el amor á ejecutar
obras grandes y admirables, que rebasan las fuerzas ordi-
narias, el entendimiento y facultades comunes; se aco-
meten empresas de gran aliento, en que se han de correr
y soportar con firmeza graves peligros; se disipan patri-
monios como si fuesen livianas pajas: «aunque diera el
hombre toda su substancia por el amor, le parecerá no
dar nada», dice Salomón en sus Cantares. Aquel mismo
calor acrecienta el ingenio, se discurren sutiles razones,
se hallan de pronto eficaces consejos, se inventan versos;
adquiere uno de repente elocuencia; nada de lo cual
subsiste si el amor se extingue. También aumenta el
amor con el continuo pensar en el objeto querido, que
se graba así en el alma y se incrusta más profundamente;
pues no hay mayor enemigo suyo que el olvido. Y si
cuanto más se piensa mayores bienes se ofrecen, es
natural que se enardezca más con la benevolencia, como
pasa con el amor de Dios. Lo mismo sucede si se pre-
senta algún bien inesperado, aunque sea muy pequeño,
se considera grandísimo porque viene sin esperarle, y
hasta contra lo que se esperaba; así ocurre cuando pre-
guntamos á uno á quien suponíamos torpe «qué parte del
campo cree se puede arar» y contesta acertadamente.
En suma: amamos el bien en razón directa del grado
en que le conocemos. El conocimiento precede al amor,
y debe ser suficiente para producirle; ahora, cuando ya
nos hemos unido con el objeto de nuestro afecto, le co-
nocemos mejor y de más cerca; entonces es cuando real-
mente gozamos de él. Por el primer conocimiento sabe-
mos que es bueno; por el siguiente lo comprobamos, y
esto se dice de todo amor; por eso el fruto de éste es el
CAP. IV. — DE AMBOS GÉNEROS DE AMOR 221
goce, que es un acto de deleite, no sólo de la voluntad,
sino también de la inteligencia, como sucede en Dios.
De esta manera ocupa el amor un término medio en-
tre el conocimiento incipiente y el conocimiento pleno
que tiene lugar en ia unión; por eso con ésta se extin-
gue el deseo, pero no el amor; antes bien, éste se encien-
de y crece cada vez más cuanto mayores excelencias des-
cubrimos en el objeto amado sobre aquellas que se
ofrecieron en el conocimiento primero, que dio origen
al amor. La costumbre, además, que hace más peque-
ños los males, y aun á veces agradables las molestias,
destruye las cosas contrarias al amor; con ella se purifi-
ca éste y enardece. A las personas acostumbradas enojan
menos las molestias, así anímicas como corporales, que
al principio nos causan sensación de dolor y disgusto.
Con el frecuente ejercicio, no sólo se aviva el amor,
sino que todo cuanto ve y oye el amante lo aplica al
amado, ya por comparación, semejanza ó por algún
recuerdo indirecto; porque siempre está pensando casi
en presencia de él.
Igualmente crece el amor cuando no aman los demás
aquello que juzgamos digno de ser amado; recógese en-
tonces el cariño en el corazón del amante y adquiere más
fuerza, como el calor en los pozos y en los cuerpos de
los animales por el invierno. Así quiere la madre con
exaltación al hijo aborrecido de los otros, porque si todos
le aman, parece como si se dividiese el amor entre mu-
chos, ó que reposa en la estimación general del objeto
aquel impulso primero del alma hacia él; por eso el
amor se vuelve menos vivo y vehemente, si no es que
amemos lo que queremos disfrutar nosotros únicamente,
como en el amor de deseo. También se acrecienta el amor
por la compasión, cual sucede á los padres con los hijos
pequeños, inútiles, enfermos, pobres, desgraciados, en
viajes ó en peligro, v. gr., en guerra, navegación ó en
222 LIBRO TERCERO
expediciones largas y difíciles. Cuanto más numerosas y
graves son sus causas, es natural que se aspire más al
amor que de ellas nace; de igual modo que si á la bondad
de una persona se agrega la hospitalidad paternal que
ofrece, el parentesco, la amistad y otras análogas cir-
cunstancias.
Los deseos de cosas naturales tienen algún término;
pero en los de objetos qué imaginamos no hay meta ni
límite alguno: haciendas, riqueza, honores, poderío y
gloria; pues no consiste en su cualidad, sino en nuestro
concepto acerca de ellos, pues los inventamos para vivir
tranquilamente, con placidez y dicha; pero ellos, como
no tocan á nuestra alma en sí, no son capaces de favore-
cerla, y por mucho que queramos aprovecharlos, son
cosas leves y vanas, que no llegan á colmar la profun-
didad del espíritu; tan lejos están de hacernos felices^
que más bien sufrimos increíbles padecimientos para
inventarlos, para alcanzarlos, y después para conser-
varlos.
Una vez excitadas la avaricia y la ambición por vanas
conjeturas, llegan hasta lo inmenso; pensamos que una
vez adquiridos el dinero ú honores deseados, habremos
de pasar una vida alegre y dichosísima; pero ya en nues-
tro poder, quedamos como antes, ó peor muchas veces;
no se nos ocurre la idea de que las cosas no pueden dar
por sí lo que se las pide, sino que extendemos también
el error á la magnitud del objeto, y apenas conseguido
lo suficiente para llenar nuestro deseo, va éste á nuevas
adquisiciones, y tras éstas volvemos al error de antes.
Por eso no existe límite en la ambición; jamás se detiene,
confirmando la justa lamentación del cantor de Israel:
«Es vanidad universal todo hombre viviente.» No es que
aumenten las necesidades de la vida efectiva ó aumenten
los deseos, sino nuestra falsa opinión acerca de ellos,
como sucede en los viejos, á quienes censura el Catón
CAP. IV. — DE AMBOS GÉNEROS DE AMOR 223
de Cicerón, porque «tanto más se preparan para mar-
char adelante cuanto menos vida les queda»; esto lo hace
el miedo, forjando cálculos acerca de nuestras nece-
sidades.
Igual origen tiene la conservación de las cosas situa-
das fuera de nosotros; extiéndese el juicio, no sólo á las
necesidades presentes, sino á las que pensamos para lo
futuro y de posibilidad; también á los placeres, que en
mucho? influyen las riquezas y honores porque mediante
éstos pueden proporcionarse cuantos goces apetezcan.
Una vez saboreado el deleite, nos hace insistir en la po-
sesión del dinero, del mando, del poder y de la gloria,
de los honores que constituyen el homenaje de los de-
más, el que estén todos atentos á nuestro mandato, y
nosotros al de nadie.
Se amortigua el deseo de conservar cuando lo que po-
seemos es tan exiguo que no ha de servir para las nece-
sidades imaginadas, como hacen los que vienen á parar
en la pobreza, que desdeñan y esparcen lo poco que les
queda; de ahí el antiguo adagio: «Es tardía la modera-
ción en la hacienda.»
Al principio cuesta poco trabajo atenuar el amor; por
eso el poeta, maestro en estas materias, aconseja po-
nerle obstáculos cuanto antes, y el trágico escribe: «El
que se opuso en el primer momento al amor y le rechazó,
ése queda seguro y victorioso.» Así como aumenta con
el pensamiento interno y frecuente, se borra llevando á
otra parte la atención, á ocupaciones y asuntos diver-
sos: «Si suprimes el ocio, cayeron los arcos de Cupido»,
y si examinando el objeto querido, ó viéndole en quien
esté cerca, se percibe grave deformidad ó malicia, dismi-
nuye el ardor y se contiene el ímpetu.
A veces surge, efectivamente, el amor sin que medie
juicio alguno, ó siendo muy débil; y si más tarde se per-
fecciona éste, aquél desaparece, á menos que se descu-
224 LIBRO TERCERO
bran en el amado otras causas de amor; y tanto más
radicalmente se le expulsa cuanto mayor es la fealdad
del vicio que hallamos, como si es de aquellos que
más nos repugnan, el más opuesto y perjudicial á nues-
tros deseos, v. gr., para el ambicioso, un defecto que
ataque al honor; para el avaro, el daño á la hacienda;
para el flojo y perezoso, aquel que le dé trabajo y moles-
tias. Hubo hasta padres que mataron á sus hijos por
motivo del reinado, y lo mismo hijos á sus padres; el
avaro arroja de casa á su hijo por gastador; la espartana
mató al suyo por huir de la batalla refugiándose en casa;
hay ebrios que privan del sustento á mujer é hijos, si
no tienen otro recurso para beber. Asimismo nos en-
ojamos vivamente cuando el defecto está en un sitio que
creíamos bellísimo, y donde había nacido nuestro amor;
como al observar una deformidad en quien por hermoso
queríamos, la mudez en el elocuente, la ignorancia en el
erudito, la infidelidad en el leal, la astucia en el sencillo,
y faltas semejantes en otros. Pues así como los bienes
inesperados producen amor y le acrecientan, el frus-
trarse los que esperábamos le disminuye y suprime; por
eso en los amigos, cuanto mejores son, más se afirma la
amistad, y ésta es más duradera entre los buenos: pues
entre los malos no es tal amistad, sino una relación de
familiaridad, sociedad ó conspiración, y aun ésa, débil y
pasajera.
No sólo debilitan el amor los males, sino hasta los
bienes si son menores de lo que se creía, ó de distinto
género; como son muchas cosas dignas de estimación,
pero inútiles para nosotros, que las juzgábamos de la
mayor utilidad, l'ambién disminuye el amor con alter-
cados frecuentes; más pronto y con menos motivo en
el iracundo y el soberbio, que no desea tanto ser que-
rido como que se le tributen honores. La felicidad de un
amigo aparta de él y ahuyenta al envidioso. Hay, en efec-
CAP. IV. — DE AMBOS GÉNEROS DE AMOR 225
to, quien quiere mucho á los amigos de^ígraciados y abo-
rrece á los felices, sobre todo si alguno ocupa dignidad
elevada, pues muchos de los amigos de inferior posición
sospechan que aquéllos los menosprecian y los tienen
en nada. Así leemos en la fábula:
«Amaniium irae amors esi redintegratio» (i).
Lo que se dice del amor sensual se aplica muchas
veces á la amistad, que se hace más fogosa con la recon-
ciliación, como si en el espacio del enojo tomase nueva
fuerza, lo mismo que la tierra se hace más fecunda con
el descanso, y el horno arde mejor rodándole con algu-
nas gotas de agua.
Además, la sensación de dulzura causa mayor agrado
después de la dureza y la aspereza; sentimos haber ofen-
dido á quien nos convenía tener aplacado; por eso vol-
vemos con más ánimo á la amistad, y en lo sucesivo
cuidamos con mayor cautela que no haya en el amor
cosa alguna molesta, y con ello se corrobora.
Conviene, sin embargo, que la discordia sea breve y
con motivo no muy grave, pues, en otro caso, se destruye
la concordia, como sucede cuando el enojo dura mucho,
y uno de los enojados ha dicho ó hecho al otro cosas que
le molestan si se le recuerda antes de hacer las paces.
Tales enfados, no sólo apagan el amor como al fuego el
agua echada en abundancia; suelen convertirse en odio
grande y en furor cuando toman incremento, como se
hiela con más dureza el agua si está caliente cuando se la
expone al frío.
Si por flaqueza de la pasión se conmueve el alma del
amador, es preciso que ésta vuelva en sí poco á poco,
como de una peregrinación, por medio de la música, por
invitación á banquetes exquisitos y preparados con sun-
(i) «Riña de por San Juan, paz paja todo el año. »
220 LIBRO TERCERO
tuosidad; bebiendo vino claro y muy líquido si fuera
menester, sin llegar á la embriaguez — decían con razón
los antiguos que «el culto de Baco contribuye á limpiar
el alma» — ; por juegos y alegrías de todo género, la pelota
y los dados, bailes, contemplación de tapices, cuadros,
espectáculos y recreos, edificios, campos, ríos; con la
pesca, caza y navegación, con fábulas y narraciones fes-
tivas é interesantes, con ocupaciones, con fuerte ejerci-
cio hasta sudar y que se abran los poros del cuerpo á la
transpiración, y aun siendo conveniente abrir una vena
para que salga la sangre primera y corra otra nueva, de
donde surjan también nuevos vapores y quede sumisa la
otra pasión vehemente, por ejemplo con la ambición de
riqueza y honores, con el miedo, la indignación, la ira,
y esto bastante tiempo, hasta que el alma se afirme en su
inclinación á la otra parte, y no vuelva de pronto al
amor primero.
Basta por ahora con lo dicho acerca del amor: sus
grandes energías, inmensas hasta lo increíble, son para
nosotros inagotables; por el amor fuimos creados, por
él nos perfeccionamos, él nos hace dichosos. Son los
misterios del amor los más profundos, recónditos é
incomprensibles.
CAPÍTULO V
DEL FAVOR
Muy cerca del amor está el favor, que nace del con-
cepto de algún bien y consiste en una cierta benevolen-
cia: de modo que no hay amor sin favor, aunque puede
existir éste sin aquél, cuando deseamos beneficios á uno
á quien no amamos. Por eso el favor es más fuerte y
duradero si va acompañado del amor; en otro caso, es
más ligero y breve.
Es, por tanto, el favor un amor incipiente, pues em-
pezamos ya á querer á aquel de quien juzgamos bien, y
al que creemos digno de algo bueno é interesante; favo-
recemos á quien tiene en nuestra alma algún viso ó grado
de amor, v. g., á nuestros parientes, deudos, conciuda-
danos, amigos íntimos y consocios, é igualmente á los
conocidos más que á los que no lo son, porque el cono-
cimiento es el primer paso para el amor, y podemos
favorecer á uno de palabra, como de pensamiento, que
equivale á desear su bien.
Este juicio tocante al mérito de alguno puede, en pri -
mer lugar, ser simple y universal para todas las cosas, de
donde proviene ese favor general que sentimos hacia la
sencillez y la inocencia, v. gr., con los niños, que de todas
las personas son favorecidos sin envidia alguna, con los
animales jóvenes que nos gustan y á los cuales acaricia-
mos, aun los pequeños lobos, leones y raposos por sólo
la consideración á su hermosa cara, que, según se dijo, es
de suyo una recomendación tácita. Todos los motivos
228 líbro tercero
para el amor se aplican también al favor. Otra clase de
juicio se funda en la estimación por el mérito de una cosa
determinada, de donde proviene el favor hacia ella sola-
mente, como en la concurrencia para la magistratura,
en el juego, si uno realiza algo por lo cual le considera-
mos digno en general, ó más que su competidor. Por
esta razón nace el favor á veces del odio, inclinándonos
hacia el adversario de aquel á quien aborrecemos ó con-
tra aquel á quien él favorece.
También sale el favor de la misericordia, por ejemplo,
cuando alguien recibe injustamente una injuria, desea-
mos que en otra cosa se le indemnice el daño. Hubo en
Atenas un caudillo, reo de muerte, que solicitó la pretura
para que, siéndole denegada, se le absolviese más fácil-
mente, confiando en que los jueces habían de inclinarse
á favorecerle cambiando el deseo de venganza en com-
pasión por la repulsa obtenida.
Igual origen tiene el pedir cualquier cosa injusta para
obtener lo que sea justo.
Otros muchos ejemplos hay de esta clase de sentid
miento compasivo.
Si el favor no está sostenido por el amor, es afecto que
desaparece por los más livianos motivos, tanto más
pronto cuando va contra cosa nuestra ó de los nuestros,
esto es, si aquel favor nos trae algún daño, peligro ó mo-
lestia. El concepto de estimación que formamos temera-
riamente ó en virtud de razones baladíes se abandona
también con facilidad; así, aquel á quien favorecemos
movidos por interés, dejamos de favorecerle una vez
recibida la recompensa, pues desaparece la causa, ó si
no la recibimos, porque entonces le queremos mal, indig-
nados. Asimismo, si favorecemos auno por odio ó envi-
dia á otro, calmado este sentimiento se debilita el favor,
«cosa que acontece diariamente en las luchas y en la dis-
í:ordia civil»,
CAPITULO VI
DE LA VENERACIÓN Ó RESPETO
Nace la veneración del juicio de un gran bien, el cual
no nos perjudica; si creemos que ahora ó más tarde ha
de perjudicarnos, es ya miedo.
Tiene, sin embargo, toda veneración alguna mezcla de
miedo ó de pudor, pues consiste en una opresión ó enco-
gimiento del espíritu por idea de una grandeza buena, ó
al menos inofensiva para nosotros. Se halla basada en la
comparación de esa magnitud con la pequenez propia ó
ajena, llevando siempre consigo un sentimiento de ad-
miración: lo que no admiramos tampoco lo respetamos;
y así como el alma se ensancha por el pensamiento de la
propia grandeza, se deprime por la ajena: de lo que pro-
viene el rebajamiento y menosprecio de nuestra estima-
ción cuando elevamos la mente á pensar en la majestad
divina. Así dijo Ovidio:
«Protinus intravit mentes respectus honoris:
Fit precium dignis, nec sibi quisque placet» (i).
No es el honor— como pensaba Aristóteles y después
de él la mayor parte de los gentiles— el precio de la vir-
tud, sino el testimonio por el cual aseguramos nuestra
creencia de que es virtuoso aquel á quien honramos; y
(i) Fastorum, lib. 5, verso 3i.
23o LIBRO TERCERO
esa expresión externa con que el espíritu declara some-
terse á la excelsitud, es muy diversa en los distintos pue-
blos: «doblar la rodillao, que significa humillarse; «des-
cubrir la cabeza», que, según las costumbres en Grecia
y Roma, es señal de esclavitud, como que era el birrete
símbolo de la libertad; oceder el sitio y el paso», «acom-
pañar», «conducir y traer» á la persona honorable, con
lo cual confesamos que es superior; «el silencio» con
que prestamos atención ó tememos las reprensiones;
«nuestras palabras» que declaran la excelencia de aqué-
lla. De todas estas formas, la más comprensiva es la es-
tupefacción que nos invade al admirarla, de tal modo que
no acertamos á expresarla exteriormente; quedamos
c'atónitos»y ofuera de nosotros». Con efecto: una vene-
ración extraordinaria sobrecoge el espíritu y le tuerza á
olvidarse de los propios deberes, por ejemplo, teniendo
que hablar ante el Senado, ó á una reunión de personas
eminentes, ó á presencia de un gran soberano, muy á
menudo se quedan cortadas las personas sin acertar á
proferir una sola palabra de las que tenían pensadas; asi-
mismo al saludar á un varón eminente, olvidamos mu-
chas veces tributar el debido homenaje á otros que con
él se hallan, por estar embargada totalmente la aten-
ción en el respeto de aquél.
Esta suma de bienes la entiende de distinto modo cada
uno, como sucede en todas las cosas de la vida; en Dios
se dan aparte de las demás excelencias estas dos: la del
poder máximo y la bondad infinita; bajo del poder viene
la sabiduría; todo lo que en la tierra se refiere á la om-
nipotencia produce veneración; lo que á la bondad,
amor.
Aplícase el poder á hacer el bien y á resistir el mal,
primero «en los bienes externos», en cuyo número están
los príncipes y los hombres opulentos, luego, «en los
corporales», como son los valientes y hermosos, por la
Cap. ví.— de la veneración ó respeto 23í
natural conjetura de que dentro tienen un espíritu seme-
jante á la forma, de donde aquel proverbio: cda hermo-
sura es digna del mando»; «en el alma», cual son los ani-
mosos; «en la mente», los prudentes, 'los instruidos, los
elocuentes y los sabios; «en la voluntad», los justos,
moderados, fuertes, constantes, los no dominados por
las peripecias y caprichos de eso que llaman la fortuna,
A los buenos, es decir, á los justos, los de moderación y
templanza, más bien los amamos que los respetamos,
bien que algunos reverencian más á estos últimos, aun-
que no ensalcen todos los demás bienes.
Es la majestad el supremo honor hacia los más gran-
des bienes; se deriva de la palabra «major», para dejar
el honor á los objetos medianos, reservando para los más
elevados la majestad; y si bien el honor es más extenso
que ésta, por el género, se distinguen bien en el lenguaje
usual.
hnaginaron festivamente los poetas que la majestad
era hija del honor y del respeto; fábula que desarrolla
con versos ingeniosos Ovidio en el libro quinto de sus
Fastos. Del respeto sale el amor, cuando contemplamos
la magnificencia combinada con la bondad, como está
en Dios; quien, por ser «máximo», es también «óptimo».
En cuanto al temor, y de éste el odio, nace cuando sos-
pechamos que nos viene ó vendrá algún daño, como su-
cede á los que sólo piensan en el poder de Dios y la se-
veridad de su juicio, sin la clemencia; de aquí aquella
aguda sentencia: «¡Oh César! quienes se atreven á hablar
ante ti parece que desconocen tu grandeza; los que no
se atreven, tu bondad.»
La admiración preserva el respeto; así, al terminar
aquélla, se borra la veneración, que desaparece con el
uso y la familiaridad, como se nos cuenta en el apólogo
de la zorra, que desmayándose la primera vez que vio á
un león, ya en la tercera empezó á jugar con él confiada-
202 LIBRO TERCERO
mente. Por eso entre las gentes rudas, no sólo se pasa
del respeto á la familiaridad, sino que, á menudo, dege-
nera en desprecio, según el pasaje de la conocida co-
media.
Con todo, se conserva la veneración aun en medio del
trato y de la costumbre si aquellos con quienes se comu-
nica comprenden la verdadera grandeza, á la cual honran
tanto más vivamente cuanto la ven con mayor fijeza y
claridad teniéndola cerca de sí. También se conserva si á
diario se ofrece alguna cosa nueva de igual grandeza;
ó si ésta lo es en tal grado, que por sí misma se vindica
fácilmente del desdén y el menosprecio.
Las palabras y actos graves, viriles, constantes, su-
blimes, sin vanidad y arrogancia notoria, que es lo más
aborrecible, las propias de la grandeza, guardan nues-
tra veneración; la quitan, por el contrario, las palabras
y hechos pueriles, femeninos, jocosos y bufonescos; los
lascivos, ligeros, vanos, versátiles, bajos y abyectos, los
ajenos y distantes de aquella excelencia; igualmente los
arrogantes, pesados, jactanciosos, los iracundos y ame-
nazadores. Así dice un poeta:
«Non bene conveniunt, nec in una sede morantur
Majeslas et amor (i)^>.
Es decir: el amor, olvidado su deber y dignidad, ha-
laga, ruega, se reoaja, dice tonterías y burlas, con lo
cual desaparece completamente la veneración que de
suyo ya tenía raíces delgadas y endebles, fáciles de
arrancar con pequeño esfuerzo. En efecto: una vez su-
primida la creencia en lo excelente del objeto— que es
donde está el origen de la veneración — , ya deja ésta de
existir; aquella creencia disminuye con gran facilidad,
(i) «Amor y señoría no quieren compañía. Rey y enamo-
rado, mal se compadecen.»
Caí», vi. — DE LA VENERACIÓN Ó RESPETO 2^3
porque toda excelencia humana está mezclada con la vi-
leza, la cual, en virtud de nuestra debilidad, se mani-
fiesta más pronto al exterior que aquélla, que es lenta.
Además, nuestros juicios, á consecuencia de su índole
depravada, se apoderan con más rapidez de lo que es
vicioso ó malo, como algo afín y semejante á sí mismos.
Además, el amor inconsiderado que cada uno profesa á
si propio, y que es origen de la soberbia, produce el de-
seo de no ser aventajado por otro alguno, y aun la creen-
cia de que no lo es. Casi todas las pasiones extremadas
impiden la veneración, haciéndola disminuir: la ira, la
envidia, el odio, el amor, no sólo por lo que es venera-
ble, sino en contra de los demás, perturban de tal suerte
el juicio, que ya no puede ó no quiere resolver en justi-
cia acerca del mérito respectivo, hasta el punto de que,
si está presente una persona enemiga ó menospreciada,
omitimos de propósito las señales de respeto hacia otra,
por no parecer que honramos á quien aborrecemos ó
despreciamos. Tal se cuenta que hizo Eneas cuando ce-
lebraba un sacrificio; al pasar Diomedes por delante de
él no hizo demostración alguna exterior de adoración y
de culto divino para que no se tomase como homenaje al
enemigo. Así ocurre frecuentemente en la vida, á no ser
que intervenga un sentimiento más poderoso que nos
obligue á exteriorizar aquellos signos, v. gr., el deseo ó
el miedo, cuando tememos que nos perjudique esa omi-
sión de nuestro deber, ó cuando esperamos ó deseamos
algo de aquel á quien veneramos.
Padece la veneración según en el grado de maldad y
vileza de las cosas que la dieron origen y, según nues-
tro juicio, acerca de la excelencia de ellas; pero si ha na-
cido de un juicio prudente, en nada la daña la debilidad
corporal ó la vulgaridad, aunque sí el lenguaje rústico,
la educación poco urbana y la cólera; por más que hay
quien juzgue que la fuente de lodo bien está en un
i^4 LlÓftO TERCERO
solo sitio y crea que fuera de él no hay nada exce-
lente y digno de veneración. Unos la colocan en lo ilus-
tre del nacimiento; otros, en la elocuencia, en la gramá-
tica ó en el arte de hacer versos; quiénes, en la belleza de
la forma; los más, en las riquezas. Muchos reúnen necia
y perversamente las cosas más distintas, confundiendo,
por ejemplo, el modo de vestir, de presentarse ó de
tomar asiento, con la erudición, de suerte que si no tie-
ne alguno aquellas circunstancias como uno cree se
deben tener, no le consideran como persona instruida.
Así, piensan que no es magnate el que no habla con al-
tanería, ni escribe incorrectamente, ó no tienen por buen
soldado al que no suelta recios ternos á cada palabra
que pronuncia.
CAPITULO Vil
DE LA MISERICORDIA Y LA SIMPATÍA
Define Aristóteles la misericordia «el dolor del mal que
nos viene sin merecerle al parecer». Llama á ese mal
cp6apxuov, como si dijéramos «corruptivo» ó «corruptor»,
tal como las enfermedades, la muerte, el hambre y la
sed, los tormentos, las heridas, la expoliación y otros de
género análogo. Quizás afirmaba esto porque no discu-
rría acerca de las cosas naturales, sino de preceptos civi-
les, pues en la curia y el foro no aparece la conmisera-
ción por aquéllas.
Son objeto de este sentimiento toda clase de males; en
efecto: compadecemos á los deformes y mancos, á los
torpes, rudos, necios y malvados. No son, á nuestro
juicio, dignos del mal los hombres buenos, los que cum-
plen rectamente su deber; ni los inocentes que sufren
una pena, los hombres totalmente inofensivos y senci-
llos, como son los niños, los privados de razón, los inca-
paces de soportar grandes trabajos y miserias, como las
mujeres, viejos, enfermos y personas delicadas. Agré-
ganse á éstos quienes perdieron una gran fortuna, aque-
llos que no han podido disfrutar de sus bienes, por ejem-
plo, el hombre de gran talento que es arrebatado de lá
vida en lo más fructuoso de sus estudios, como Juan
Pico, ó el heredero de grandes riquezas que muere antes
de obtener la herencia ó el nombrado para la magistra-
tura que no llega á lograr ese honor. ^ .
>.t6 LIBRO TERCERO
Es tanto más intensa la conmiseración si, en vez del
bien que se espera, se padecen males impensados, como
el heredero de un reino que pasa á la cautividad de un
calabozo, «como sucede todos los días á las almas de los
impíos, y de ellos no nos compadecemos». Aquellos que
soportan animosamente y con valor sus calamidades
menos dignos de ellas nos parecen, y nos apiadamos más
de quienes no imploran nuestra misericordia. También
mueven á compasión los peligros por ser cosa próxima
á los males: la navegación, los lugares que abundan en
salteadores; produce, antes bien, tristeza que conmise-
ración el pensamiento del mal que ocurre á uno ó á los
suyos; pero se reúnen ambos sentimientos cuando cree-
mos que nos sucede injustamente ese mal, ó á los seres
que más amamos, como se infiere de las palabras con
que se lamenta: «padecemos esos males sin merecerlos»,
que es la conmiseración por nosotros mismos.
La semejanza trae la simpatía y mueve á misericordia,
como sucede con los semejantes en edad, costumbres,
constitución, estudios, dignidades y linaje. Es la simpa-
tía á modo de contacto de una función, á la cual respon-
den las demás funciones semejantes, como pasa en dos
cuerdas de diversas cítaras, puestas en igual tono, cada
una de las cuales suena cuando se toca la otra.
Mucho se afecta al alma con los males ajenos, porque
viéndolos cerca pensamos que también nos amenazan á
nosotros. El tránsito entre cosas semejantes es cosa fácil,
y lo que se considera lejano se desdeña, como si para
nada nos tocase, como sucede á gentes del interior ante
un grave naufragio, ó al monje con los padecimientos en
la milicia. Fué aguda é irónica la contestación de aquel
filósofo que, preguntado en tono ofensivo por qué las
personas ricas socorren mejor álos ciegos, sordos y cojos
que á los filósofos pobres, apiadándose mucho más de
aquéllos que de éstos, dijo: «Porque los ricos se tienen
CAP. VII. — DE LA MISERICORDIA Y LA SIMPATÍA 23/
mejor por sordos y ciegos que por filósofos.» Así tam-
bién, los que «por la embriaguez de una gran felicidad»
se creen exentos del destino humano, se hacen incompa-
sivos por pensar que á ellos no llegan las vicisitudes de
los demás hombres; de igual modo, los que padecen
males extremos ó se hallan en grandes alternativas del
mal de nadie se compadecen, por creer que ninguno es-
tará peor que ellos mismos; desaparece el sentido de
humanidad por el rudo contacto de la desgracia, y con
él se embota ese sentimiento tierno y suave del alma en
que consiste la compasión. Nada más propio de la hu-
mana naturaleza que el apiadarse de los afligidos; senti-
miento que admira ver que los estoicos pretendían ex-
pulsar del alma de un varón recto, siendo ello cosa in-
comprensible y contraria á nuestra condición. Es afecto
que nace de una cierta semejanza y correspondencia de
las almas entre sí, no pudiendo éstas menos de conside-
rar, cuando contemplan los males ajenos ó piensan en
ellos, que están también expuestos á los mismos y ame-
nazados de sufrirlos, y en tanto, los compadecen, dolién-
dose de que un semejante tenga que sufrirlos.
Si el amor todo lo hace común y hasta todo lo identi-
fica, no es posible que un amigo deje de condolerse de
otro que sufre; y si se conduele de uno, lo mismo tiene
que sucederle con otro cualquiera de sus amigos. Siendo
una máxima de sabiduría y de bondad el que todos los
hombres se hallen entre sí unidos como con un nudo
sacratísimo — y tal estamos formados y dispuestos por la
naturaleza— ésta, la sabiduría y la bondad, nos imponen
de consuno y nos inspiran la misericordia; desaparecida
la cual, gibemos de poner en su lugar la dureza, la fero-
cidad, la crueldad y la inhumanidad; es decir, despojar
al género humano de esa humanidad precisamente para
hacerle inhumano? Cierto que dijo Séneca: «Yo puedo
ayudar al afligido y socorrer al desgraciado sin que sea
238 LIBRO TERCERO
preciso ese dolor y tribulación del alma que llaman
misericordia.» Podrá hacerlo quizás ese filósofo alguna
vez, pero no siempre; ni podrán otros que necesitan un
acicate interno para marchar rectamente en la vida.
Además, quien no tiene con qué socorrer, ^no puede ai
menos sentir en su espíritu los males ajenos y mani-
festar que éstos le afectan también á él?
No hay para qué discutir más sobre el caso, y dejemos
sentada esta afirmación. No se puede al afligido darle
socorro más eficaz que el condolerse de su dolor: nada
como la comunicación de éste es capaz de aliviar y con-
solar las enfermedades del alma y los más graves males,
porque no hay cosa que nos pueda ocurrir en la vida
tan triste y desesperado como el pensar que nadie nos
compadece, ni puede el desgraciado hallar cosa más
grata que las lágrimas ajenas asociadas á las suyas.
Dejemos á un lado á los estoicos que quisieran en vano
convertirse en rocas, gracias á sus disquisiciones esco-
lásticas, habiéndolos hecho hombres la naturaleza. Siga-
mos hasta terminar esta materia.
Es la misericordia un sentimiento de gran manse-
dumbre, concedido por Dios á los hombres por su bien
para el mutuo auxilio y consuelo de las diversas vicisi-
tudes que pasan en la vida, en las cuales suple la mise-
ricordia la falta de amor. Cuanto se dice de los males á
que estamos próximos y expuestos, se aplica igualmente
á nuestros allegados, íntimos y personas queridas. En
efecto, hállanse prontos á apiadarse los que tienen mujer,
hijos, ó nietos ó grandes amigos amenazados de los mis-
mos males. Por eso son misericordiosos los viejos, que
lo temen todo por los suyos; la blandura de corazón
hace á las gentes simpáticas y compasivas: hasta el
punto de que algunos compadecen aun á los que sufren
males merecidos, como los niños y las mujeres se apia-
dan de ladrones y parricidas aunque no se los castigue
CAP. VII. — DE LA MISERICORDIA Y LA SIMPATÍA 23g
más que con golpes. Al contrario, la dureza de corazón
disminuye la misericordia; así sucede en la ira, en la
milicia; y á los que no reflexionan lo que es malo, ya
por torpeza de espíritu, como los rústicos, de quienes
dijo Virgilio:
«Aut doiuit miserans inopem, aut invidit habenti» (i),
Ó por ambición de aquello que creen bueno. Los impru-
dentes ó sin experiencia, se compadecen pronto y mucho
de los males pequeños; asimismo las almas generosas y
sencillas sienten gran misericordia, como son los jóvenes
y personas muy principales; mas los experimentados
y prudentes entre los magnates no hacen caso de las
minucias: los santos varones juzgan cosa muy grave el
detrimento de las almas en el pueblo; y aunque también
los conmueven los males corporales, desprecian y se
burlan de la hacienda en aras de las almas.
Las obras de la misericordia son análogas á las del
amor, como nacidas aquéllas de éste, á su vez crece el
amor con la misericordia, como el de la madre hacia su
hijo enfermo, afligidos ó en peregrinación. No hay afecto
alguno que tenga más prontas las lágrimas que la com-
pasión; tanto que hay quien no llora los males propios y
llora con los extraños: ambos sentimientos son dignos,
honorables y generosos. También sucede á menudo que
algunos derraman lágrimas por el mal ajeno y no pue-
den llorar por el propio, como si se hallasen agobiados
por la magnitud del dolor: tal cuentan de Amasis, anti-
quísimo rey de Egipto, el cual lloraba la muerte de un
amigo, y no lloró la de su hijo. También se dice que la
misericordia entra generalmente por los ojos, según ya
dijo Horacio:
(i) Geórgicas, lib. 2, verso 499.
240 LIBRO TERCERO
«Segnius ¡rritant ánimos demissa per aurem
quam quae sunl oculis subjecta fidelibus.» (\)
En la antigua Roma se sacaban á la plaza ó ante la
asamblea los hijos pequeños para mover la compasión;
iba delante el reo desharrapado, sus amibos vestidos de
luto, llevaba á la vista, desnudo el pecho, las heridas ó
las cicatrices, las ropas ensangrentadas, la representa-
ción del he^ho pintada en un cuadro. Cierto que todo
ello influye mucho en el vulgo, que se deja llevar por los
sentidos; pero quien antes bien se guía por el pensa-
miento y la inteligencia se conmueve más con la rela-
ción del suceso, bien expresada.
Hasta los hay que se impresionan oyendo una fábula ó
una historia, y apenas se conmoverían presenciando el
acontecimiento real. Así dice M. Fabio: «Sirve más á
los actores para mover los ánimos la voz misma y la
pronunciación bajo la máscara teatral en la escena»; esto
es, al paso que oímos, ayudan al sentimiento la idea y la
fantasía. El mismo asunto lamentable gana con el arte
del actor para producir impresión: «se explica la grave-
dad del mal, la perversidad de quien le sufre: se compa-
ran la ventajas del bien, se comenta cuánto menos
digno era el protagonista de tal ó cual desgracia, se nos
hace ver esta ó la otra circunstancia de tiempo», todo lo
cual parece aumentar la probabilidad. Además, por ese
medio el oyente saca consejos para sus hijos, consortes,
seres queridos y aun para sí mismos, en virtud de nues-
tra suerte común.
Encargan los preceptores del arte que sea breve el
efecto de compasión que se obtiene por la habilidad del
narrador: las lágrimas que no brotan por virtud del
hecho natural tardan poco en secarse.
(i) Arte poética, verso 180.
CAPITULO VIII
LA ALEGRÍA Y EL GOZO
Es la alegría un movimiento del alma por el juicio de
un bien presente ó apetecido como cierto. La privación
del mal se tiene por bien, aunque en éste siempre hay
alegría, y no así en la retirada del mal, como cuando sólo
desaparece la enfermedad que nos ataca. La alegría no
soporta cosas contrarias, y si llega á soportarlas, se con-
vierte en afecto leve que llamamos hilaridad; es una ale-
gría atenuada.
El juicio de un bien ajeno, que nos complace, aunque
no en términos de identificarse con nosotros mismos, ó
el de bienes que han de sobrevenir ó de los pasados, y
también de males que ya hemos dejado de padecer, pro-
duce en el alma un cierto movimiento agradable que, si
bien semejante á la alegría, no es ella, en rigor, sino
gozo, el cual se experimenta igualmente con el bien pro-
pio cuando le recibimos con moderación.
Distingue á la alegría un impulso vehemente y se
aplica á cosa que hemos deseado mucho ó por la cual
hemos luchado y trabajado, ó que nos viene de re-
pente, contra lo que creíamos ó esperábamos, agita-
ción que dilata el corazón extraordinariamente, has-
ta el punto de producir á veces la muerte. Así suce-
dió á aquellas mujeres de la segunda guerra púnica que,
al ver de pronto sanos y salvos á los hijos cuya muerte
i6
242 LIBRO TERCERO
se les anunciara, cayeron exánimes; siendo más rápida
en ocasiones la muerte por alegría inmoderada que por
gravísima enfermedad.
De esa misma dilatación del corazón nacen la risa,
los transportes; cuando ya no cabe en el pecho, la ges-
ticulación y hasta la demencia. En cambio, la alegría
moderada ó hilaridad y el gozo limpian la sangre con
su calor, afirman la salud y provocan un color resplan-
deciente, puro y agradable, según dijo el Rey Sabio:
«Un corazón alegre sirve de medicina; un espíritu triste
deseca los huesos.)^
Los que son de corazón blando admiten pronto el
pesar y la tristeza, como sucede al sello estampado en la
cera; los que le tienen duro y cálido cogen rápidamente
la alegría y la conservan largo tiempo, y, al contrario
los de corazón duro y frío, la tristeza, como en la bilis
negra. Es ésta una pasión terrosa, fría y árida, mientras
que la alegría es cálida y húmeda; por eso surge fácil-
mente en los niños, jóvenes y personas saludables, en
las tranquilas y firmes; porque el miedo impide la ale-
gría, sobre todo si se refiere á un objeto de mayor im-
portancia que el de la alegría. Surge asimismo en prima-
vera, en los sitios templados, en las fiestas, conmemo-
raciones y banquetes.
Al presentarse la alegría, muchos apartan los obstácu-
los que á ella puedan oponerse y llevan á mal que se les
perturbe y aun se les pregunte acerca del aconteci-
miento agradable. Por igual razón no quieren oír ha-
blar de asuntos tristes cuando se está celebrando una
fiesta, un convite ó espectáculo, v. gr., de la muerte,
las privaciones, la pobreza, de negocios públicos ó par-
ticulares, del rigor de la virtud y de la frugalidad.
En tales ocasiones son enojosos todos esos asuntos;
pero una vez pasada la alegría, se enteran de ellos
sin dificultad y se conmueven más que en ninguna
CAP. VIII. — LA ALEGRÍA Y EL GOZO 243
Otra ocasión, por el recuerdo mismo de lo fugazmente
que ha pasado el suceso feliz, pues entonces ven que
desaparece volando aquello que tanto gustaba, ó por-
que, ya refrescado el corazón, reciben con mayor facili-
dad pensamientos más serios.
Es tanto mayor la alegría cuanto más grande el bien
que creemos haber alcanzado; esto es, amplio, nuevo,
raro ó inusitado, y que haya cabido á muy pocas perso-
nas y éstas las más principales y honorables. En los
casos contrarios es aquélla menor.
CAPITULO IX
EL DELEITE
La alegría es el primer movimiento por el bien que se
acerca, ó por el que se nos ha unido ya agregado.
Cuando después de recibirle sosiega el alma, goza y des-
cansa en el bien concorde con ella, resulta placer ó deleite
que puede definirse: la aquiescencia de la voluntad con
el bien conforme á ella. Repetidas veces hemos dicho
que no importa á las pasiones que un objeto sea ó no sea
tal en realidad, siempre que se piense que lo es. Algu-
nos, en efecto, por sólo la acción de su fantasía, consi-
guen creer encontrarse en medio de los mayores bienes,
como sucedió al conocido personaje de Argos de quien
nos habla Horacio:
«Qui se credebat miros audire tragaedos
In vacuo laetus sessor plausorque theatro5> (i),
cosa común á todos los afectos.
El deleite reside en la congruencia, la cual no se halla
si no hay alguna razón de proporción entre la facultad y
el objeto, ó sea una cierta semejanza entre ellos; de
modo que ni sea mucho mayor lo que produce el deleite
ni notablemente menor que la facultad que le recibe, en
(i) Evistolar.. lib. 2, epist. 2, ver. 129.
CAP. IX. — EL DELEITE 245
la parte recibida. Por eso es más grata á la vista una luz
mediana que una fuerte; y las cosas semioscuras son
más agradables á un órgano visual débil; lo mismo que
sucede en los sonidos; así nos subyuga más el canto con
versos conocidos que con los que no lo son. Se dice «en
la parte recibida» por ser donde se aplica su fuerza la
facultad al objeto; pues unos mismos sonidos son exten-
sos para un oído y moderados para otro, y aquel que era
exagerado á poca distancia, si se retira más parece te-
nue. Dios, que es inmenso, es recibido con deleite por
la parte del alma capaz de acomodarse á E\; y como existe
diferencia entre salud y placer — pues el estar sano no
es deleitarse, como erróneamente creía Epicuro — tam-
bién la hay entre recreo y deleite, porque, si bien mu-
chos de aquéllos participan de la índole de éste, no son
todos: la disminución ó el cambio de trabajo, aun del
menor al mayor; los juegos, las conversaciones triviales,
á menudo no tanto deleitan el espíritu como le espacían
y refrescan. Por eso el recreo es cosa más amplia que el
placer: todo placer recrea, pero no todo recreo nos pro-
duce placer.
En cada una de las facultades cognoscitivas del ani-
mal hay fuente de deleites: en los sentidos externos, en
los internos, en la inteligencia; y en la medida que cada
cual se consagra más á alguna de esas facultades, es
atraído con más fuerza por sus deleites; el pueblo se in-
clina á lo sensible; los sabios, á lo intelectual; según la
índole y cualidad, ya de nuestras facultades, ya de la cosa
agradable, es el respectivo deleite excelente y levantado,
puro y duradero, ó, por lo contrario, vil y sórdido, corto,
mezclado con molestias y perturbado, siendo el inferior
de todos el que corresponde al sentido del tacto, el
terrenal; algo más elevado el del gusto, aunque también
propio de los animales. Es ligero en el olfato, sentido el
más obtuso del hombre, pues no es tan grato el olor
246 LIBRO TERCERO
suave como molesto el hediondo. Los oídos, que pertene-
cen al aire, contienen placer algo mejor; los ojos, de
naturaleza ígnea, casi etérea, aventajan á los demás
sentidos. Más elevados que ellos son los placeres inte-
riores del alma; los más puros y nobles de todos, los to-
cantes á la mente, y entre las facultades mentales, la re-
flexión.
Los deleites del tacto y del gusto no son duraderos,
porque esos sentidos se cansan pronto y llevan consigo
gran pesadez y muchas molestias; los de los otros senti-
dos son más persistentes; entre ellos, la facultad de mi-
rar encuentra placer inagotable. Los deleites de la fan-
tasía son más estables que los de los sentidos; así, entra
pronto la saciedad en los de la comida, bebida, los
sexuales, de música y espectáculos; no así en los de ad-
quisición de dinero, poder, honores y gloria, que radican
en la fantiisía y en conceptos falsos. Los de la inteligen-
cia son los más puros y perennes; no la cansan, sino que
la refrigeran; su naturaleza es tal que no pudiera creerlo
quien no los ha experimentado; mas pueden servir de
prueba las personas que, habiendo perdido sin dificul-
tad ni pena cuanto tenían, se contentan con gozar libre-
mente de aquéllas. Los deleites de la reflexión son de
aqutllos que nos hacen más felices en la eternidad. La
vida á ella consagrada la calificó Pitágoras como la más
excelente de todas. x\ristóteles puso en la reflexión el
término de todos los bienes.
Esto se entiende con una conducta recta y sincera en
el hombre; mas, corrompido por el delito y como ago-
biado con su enorme peso, inclínase hacia abajo y busca
objetos inferiores para espaciarse y divertirse, con lo
cual se aparta de contemplar los más altos y excelentes
para consagrarse á los actos de la vida; se ocupa en polí-
tica y en administrar los negocios públicos ó los domés-
ticos; otras gentes hay que ni con esto se conforman,
CAP. IX.— EL DELEITÉ 247
sino que se recrean con fábulas y con el solo conoci-
miento y recuerdo de los grandes hechos; quien se dedica
á obras manuales, la edificación, el tejido, la sastrería,
las artes plásticas ó la pintura, etc. Los hay también que
no son capaces de tanto, y se entregan á la molicie, á los
juegos, al ocio infecundo y embrutecedor, ó bien á los
placeres é ilusiones de los sentidos, hasta llegar á esa
interior abyección brutal con que el alma se ve arras-
trada por el vértigo de los deseos desenfrenados: escalón
del cual ya no puede el hombre bajar más, sino que se
desvía completamente del camino de la razón y del jui-
cio. Inventa luego la nobleza, los honores, la fama, el
favor popular y todo aquello que la suerte ofrece para
halagar nuestra vanidad; llegaría, por último, á preten-
der despojarse del pensamiento si le fuese posible, para,
emancipándose de su severidad, sumergirse en los pla-
ceres. Y como no se atrevería á hacer esto por impe-
dirlo el cuidado de su propia estimación, se sirve de una
persona intermediaria, cualquier muchacho decidor, fa-
tuo ó bufón, á cuyo lado se hace idiota hasta el último ex-
tremo del rebajamiento. Con eso se hace tan endeble su
espíritu, que no soporta el menor peso, ó tan deprimido
que se arrastra al fondo deliberadamente.
La inteligencia no necesita intervalo alguno en el dis-
frute de sus placeres; los sentidos sí, y á menudo: aqué-
lla cambia sus deleites por otros del género más diverso,
los mayores por los menores, y viceversa; porque las
distracciones, los pensamientos ligeros acerca de cosas
pequeñas y agradables, son actos y atractivos del inge-
nio; mientras que los sentidos necesitan ocio, reposo,
cierto recogimiento dentro de sí mismos, de suerte que
en nada se ocupan, al paso que la mente no puede pa-
rar ni descansar. Por el ocio y la interrupción son ma-
yores los placeres de los sentidos; así dijo el poeta sa-
tírico:
248 LIBRO TERCERO
«Quas commendat rarior usus» (i);
y se hacen más vehementes por excitación de sus con-
trarios, como la comida por el hambre y la bebida por
la sed.
Combát nse mutuamente los placeres del cuerpo y los
del alma: quien se entrega á los primeros no percibe los
propios de la mente, y á la inversa. Cuanto más excelen-
tes unos y más viles sean los otros, más luchan entre sí
y menos toleran su comunicación recíproca. Los objetos
naturales causan deleite más puro y duradero que los
artificiales. Si miramos tres ó cuatro veces seguidas obje-
tos de oro ó de plata, pinturas, cosas elegantes y de arti-
ficio, ó casas perfectamente amuebladas, vestidos de arle
exquisito, de gran precio y belleza, nos fatigamos hasta
el punto de sernos molesto seguir mirando, lo cual no
nos sucede al contemplar los prados, montañas, huertos,
valles v ríos, el cielo y el mar; porque cada cual se
deleita con aquello que es para él adecuado y conve-
niente; á nosotros, seres naturales, nos interesan más
las obras de la naturaleza que las de nuestras artes.
Además, la perfección es mayor en cualquiera de aqué-
llas que en éstas, y hasta en el arte mismo se aprueban
y agrandan las obras de la naturaleza más que las pro-
pias, y se desea siempre imitarlas; tanto, que si ello fuese
dable á los artistas, preferirían ciertamente producir
obras naturales. Y aquellos que á esa perfección se apro-
ximaron, juzgan que han acertado mejor que nunca, y
son los que más aplaude el espectador.
La rareza v la habilidad aumentan el valor de las cosas
que proceden del arte, porque nos admira que haya po-
dido el ingenio humano progresar hasta tal punto. Desde
luego, cualquier cambio gusta, siempre que ofrezca nove-
(i) Juvenalis, sat. 11^ ver. último.
CAP. IX. — EL DELEITE 249
dad á los sentidos, como sucede en las pantomimas,
oyendo á un papagayo, al niño que empieza á hablar.
La admiración y el placer que nos causan las grandes y
estupendas obras naturales se borran con la costumbre
ó se ocultan por nuestra falta de atención, pues de con-
tinuo vamos de propósito á las cosas viles, y no estamos
libres para mirar y contemplar aquellas obras admi-
rables.
Una pequeña molestia deshace á menudo un deleite
grande y vivo, porque así la constitución de nuestro
cuerpo como el curso de la edad van siempre hacia lo
peor; un dolor insignificante alcanza en nosotros mismos
mayor fuerza para encogernos y derribarnos que un de-
leite para elevarnos y ensancharnos. También es cierto
que más fácilmente carecemos de placeres que sentimos
dolores, y es menester gran esfuerzo para sostener este
cuerpo vacilante: lo primero es propio de la privación;
esto, de la existencia; con aquello nada podemos, con lo
último se aflige el sentido y desaparecen, entre tanto, sus
buenos hábitos.
CAPITULO X
DE LA RISA
De la alegría y el deleite nace la risa, que no es un
afecto sino una acción externa que se origina de la inte-
rior. Por la alegría y la delectación, en efecto, se dilata
el corazón, con cuyo movimiento se extiende el rostro y
en particular la parte contigua á la boca que llamamos
laringe, de donde viene la risa; así es que ésta tiene su
sitio externo primeramente en la laringe, luego en los
ojos y en toda la cara. En cuanto al interno dice Plinio
Segundo que está en el diafragma que los griegos lla-
man (pc>£tvcí;. «En él (en esta membrana) se halla el
asiento principal de la hilaridad, como se observa en el
cosquilleo de los sobacos, donde va á parar.» También
afirma que los gladiadores recibían riendo las heridas en
ese sitio; risa que es completamente corporal, no de
pasión, como sucede al cosquilleo en el sobaco y otras
partes del cuerpo.
Cuando tomamos, después de sufrir hambre largo
rato, los primeros bocados, no podemos contener la risa,
lo que se explica por extenderse con la comida el dia-
fragma contraído. Hay risa que no es verdadera, en la
tristeza y en la indignación, como dicen que pasó á Aní-
bal, en el Senado cartaginés, después de ser vencido por
Escipión; mas aquello no era reír, sino rechinar los
dientes.
Los que tienen mucha bilis amarilla son propensos á
CAP'. X. — LA RISA
25í
la risa, porque con el calor exagerado se dilata el cora-
zón, como de otro lado los flemáticos y los que padecen
bilis negra, por el retraso que produce el frío, son lentos
para reír. La risa que proviene de la pasión es de ale-
gría ó de un nuevo deleite, pues surge de aquel primer
contacto con el cual mueven estos afectos el alma; lo
inesperado y repentino nos afecta más y nos hace reír
más pronto y durante mayor rato; por eso no reímos
con cosas antiguas ó habituales, á no ser que alguno las
considere nuevas y conocidas por primera \ez, como
sucede ya en aquellos que son por su naturaleza pro-
pensos á la risa, v. gr., los niños, mujeres, ó personas
fatuas, ya por la índole del asunto, tan congruente con
nuestro espíritu, que cuantas veces se ofrece, la recibe
como cosa nueva.
A veces no nos reímos por no habernos fijado en lo
que pasa, y al cabo de mucho tiempo, al acordarnos, em-
pezamos á reír; y es que, así como un pensamiento
intenso impide manifestarse la pasión, también la risa.
Por eso en los hombres sabios y mesurados es más rara
y forzada la risa, que más bien llamaríamos sonrisa;
siendo ello debido, ya á que sus pensamientos son inten-
sos y profundos, ya á que hay para ellos pocas cosas
nuevas ó desusadas, por tenerlas todas previstas y cono-
cidas.
Además, se debe tener en cuenta la constitución cor-
poral que en personas de gran entendimiento propende
á la bilis negra; se dominan para no reírse de un modo
exagerado, por ser inconveniente. La risa es siempre
acto natural y no voluntario, aunque se modifica por la
costumbre y la razón para no estallar inmoderadamente
sacudiendo todo el cuerpo según pasa en las carcajadas
de los ignorantes, los rústicos, los chicos y las muje-
res, incapaces de contener la risa vehemente que los
invade.
252 LIBRO TERCERO
Así, como son diversos en cada uno los motivos del
deleite, también dimana la risa de varias causas: en
unos, por lo que ven; en otros, por lo que oyen; quién
ríe por objetos mentales que le agradan, por la alegría
del bien, por el deleite que produce lo extraño de una
frase ó un hecho dispuestos para hacer reír, tal como
sucede con las gesticulaciones, con las palabras amena-
zadoras del débil— cuando provienen de quien tiene fuer-
za más bien nos inspiran temor, aunque no seamos cul-
pables—; con las ocurrencias necias ó bufonescas, con las
interpretaciones y preguntas absurdas, las respuestas en
que se desvía ingeniosamente el sentido á cosa distinta
de la que se preguntaba, con la asimilación de palabras
que tienen significado contrario, y en otras muchas oca-
siones parecidas.
En todo lo cual gusta lo inesperado; porque las cosas
que se presentan por el camino ordinario se dejan pasar
sin atención, por ser antiguas y previstas en cierto
modo, al paso que nos impresionan las torcidas y malig-
nas, porque no las esperamos. La eterna risa de Demó-
crito era más bien afectada que natural, era una irrisión
contra las tonterías humanas que se tomaban como actos
de sabiduría. Entre todos los animales sólo el hombre
ríe, porque es el único que tiene rostro donde se mani-
fiesta la risa; en los demás lo impide la inmovilidad de
la cara, y no es que éstos carezcan del sentido del bien
ni dejen de apasionarse por el placer, aún mejor que el
hombre, dando señales que hacen veces de la risa, como
saltos y gritos informes á su peculiar manera, sino que,
no cambiando su rostro de expresión como el nuestro,
no decimos que ríen.
Llamábanlos griegos «agelasti» — no rientes — no á
quienes no pudieran reír, sino á los que reían rara vez,
ya por su carácter melancólico, ó por dureza de cora-
zón, ó ya por estar embargados en pensamientos dema-
CAP. IX. — EL DELEITE s53
yores males en que se desvanece la alegría y el placer,
ya por hallarse su atención ocupada discurriendo sobre
asuntos diversos, ó bien que, reflexionadas perspicaz-
mente todas las cosas, nada se les ofrece de nuevo en
ellas.
Por el contrario, estallan á cada momento grandes
risotadas por las delicias que contiene un corazón blan-
do, por el vino, el juego, los amores, las fábulas festi-
vas, el canto, la lascivia, por dejar á un lado y desterrar
los pensamientos, por recobrarse la seguridad, emanci-
pado ya el espíritu del miedo, de tribulaciones molestas,
ó ya en fin por gozar de deleites exquisitos, en extremo
nuevos y desusados.
CAPITULO XI
DEL DISGUSTO
Hasta aquí hemos tratado del hombre como tal; ahora
se nos ofrece como la bestia más atroz y fiera; pues las
pasiones que provienen del concepto del mal exasperan
enormemente y ponen fuera de sí al espíritu humano.
Llamamos disgusto á esa primer mordedura del mal
que se siente como un pinchazo; es el dolor procedente
del contacto con un mal que nos contraría y que lleva
incubadas otras pasiones, como el odio, la malqueren-
cia, la ira; dolor muy semejante al corporal que nos pro-
dujera un pellizco ó una punzada. Es un mal, que nos
disgusta, cualquier cosa adversa é inconveniente, ene-
miga de nuestro bienestar; como si vemos algún ob-
jeto deforme, ú oímos sonidos horrísonos y mal acorda-
dos. Tal bienestar ó congruencia existe en el cuerpo y
en el alma: en aquél es la armonía por la cual nos sen-
timos sanos; y cuando es acometida de un movimiento
adverso, nos disgustamos, como el sufrir un choque, em-
pujón, lesión, herida, cualquier presión molesta, y tam-
bién el calor ó frío, el hambre ó la sed.
La congruencia espiritual está primeramente en los
sentidos, cada uno de los cuales tiene su concordancia
con ciertas cosas, y se aparta de sus contrarias, v. gr.,
los ojos en el color y las líneas bellas, los oídos en el
concierto de los sonidos, el gusto en los géneros de sabor
CAP. XI. — DEL DISGUSTO 255
que le son agradables, el olfato en ciertos olores, el tac-
to en la proporción de las cualidades primordiales. Existe
igualmente otra concordancia en los sentidos internos,
como en la imaginación y en la facultad estimativa; de
ahí la delectación y el terror que sentimos en sueños,
cosas ambas que se observan también en los animales
cuando rechazan ó atacan las cosas ajenas ó contrarias
á su naturaleza. Hay también una doble concordancia
en la razón: respecto de la verdad y de lo que se sabe
solamente, y respecto de lo que se ejecuta; y los actos á
su vez son, ó manuales, que llamamos obras, ó aquellos
que consisten en la práctica y orden de la vida, en su
régimen prudente.
A todos nos disgusta la mentira, aun cuando se ex-
prese como una verdad. Por otra parte, agrada la com-
posición y ficción de la verdad; así pasa con una pintura
ó imitación contraria á ella. Los conocimientos, artes ó
enseñanzas que no tienen proporción con nuestra men-
talidad nos disgustan, aunque sólo produciendo aversión,
no censura malévola, á menos que intervenga maligni-
dad, perversión ó soberbia que nos haga no admitir
como bello nada que no nos plazca, ó que no poseamos.
Es conveniente y digno en la vida aquello que tiene su
base en la honradez, en el cumplimiento de los deberes y
en la virtud, para lo cual apenas hay fórmulas prescri-
tas, sino que depende del criterio y la opinión de cada
uno; en ese punto es increíble la variedad de casos de
disgusto que de ello resultan, pues apenas hay dos per-
sonas á quienes guste una misma cosa, siguiendo cada
cual su inclinación á sus ideas, no el recto examen de la
razón; y por eso mismo existe hasta diversidad de jui-
cios, como que la razones única, ó al menos no múlti-
ple en exceso, y los entendimientos son infinitos, los más
diferentes y varios. A más de esto, nada hay susceptible
de tantas versiones y argumentos contrarios entre ¿i
256 LIBRO TERCERO
como el concepto de los deberes y la dignidad en la vida;
en cualquier sentido que uno se dirija halla iguales razo-
nes y probabilidad de acierto que en el opuesto; de lo
cual proviene el error y engaño de quienes no investi-
gan las cosas con mayor elevación.
La cuarta proporción ó concordancia es la de la vo-
luntad, respecto de aquello que cada uno ha creído
bueno actualmente; aquí nace el disgusto en su caso, y la
voluntad vehemente de desear cuanto juzgamos bueno
y de rechazar con cuidado su contrario, lo malo y per-
judicial. Son los disgustos tanto más graves cuanto más
adentro penetran, es decir, en la parte principal del ob-
jeto, en lo más íntimo; por eso, el tocar á ello es afectar
y herir el objeto mismo, y en tanto, producir el disgusto
más gravedad; el máximum de ella está en los de la
voluntad, después en la razón y en los sentidos; el me-
nos grave, en el sentido corporal, pues ni siquier?, nos
disgustamos con aquello que nos daña el cuerpo si la
voluntad no se muestra ofendida, como sucede cuando
son amigos íntimos quienes hacen el daño, que no tole-
raríamos en los demás; y cuando no nos impresiona
una mentira que nos es agradable, porque complace á la
voluntad, mientras que nos disgustaría profundamente
si se dijese de otra persona.
El disgusto supone la sensación: lo que no se siente
tampoco disgusta; al hombre le molestan las moscas, y
no al elefante, porque no las siente. Por eso también se
disgustan pronto los de sentido delicado por naturaleza,
hábito ó debilidad, y no se entienda esto sólo del sentido
exterior, sino del general de la razón y de la voluntad.
Son tiernos por naturaleza los niños y las mujeres; por
costumbre, los niños criados con mimos, v. gr., los de
madres viudas; los príncipes, magnates y aquellos á quie-
nes todo el mundo halaga y nadie contraría, hallando
siempre colmada la medida de su deseo; por debilidad,
CAP. XI. — DEL DISGUSTO 25j
los enfermos, ancianos, los fatigados, hambrientos y se-
dientos; los acosados de grandes agitaciones del alma,
como amores y deseos ardientes que no se pueden satis-
facer. También producen igual efecto las vigilias, an-
gustias, miedos y terrores; en general cualquier forma de
desecación ó efervescencia corporal, pues el disgusto se
refiere á los temperamentos cálidos y secos, y por lo mis-
mo, crece fácilmente con una análoga constitución del
cuerpo y con circunstancias semejantes de lugar y tiem-
po. También por la falta de costumbre es grande y fre-
cuente el sentido del disgusto: las gentes sin experiencia
se disgustan hasta por lo más mínimo, pues carece para
ellas de relieve todo aquello á que no se han acostum-
brado; así camina con dificultad el que nunca había sa-
lido de su casa; se censura y condena como absurdo,
necio y bárbaro todo cuanto parece distinto de las cos-
tumbres ancestrales, aun siendo generalmente preferible
á lo que se ha visto hacer en su familia. Son menos sen-
sibles las personas versadas en la práctica y experiencia
de las cosas, las habituadas á soportar males y afrentas,
como Sócrates, que en su vida privada aprendió á tener
paciencia para demostrarla en público; y los que han
sufrido ya muchas adversidades de la suerte.
Interminable sería exponer todas las demás clases de
disgusto peculiares de cada uno; hay quien no puede
sufrir el rechinar de una sierra, el gruñido del cerdo, el
desgarrar del lienzo, el partir un ascua con las tenazas;
á otros disgustan los gestos de cierto género, el modo de
sentarse, de andar, de mover las manos, de hablar; al-
guno, hasta el ver una arruga en la ropa de otro. ^jQuién
acertará á explicar tantas impertinencias de este animal
difícil, que á veces ni hay quien le sufra ni puede sufrir
él á los demás.'^ Por otra parte, no es ello muy de extra-
ñar, porque no hay cosa tan bien hecha, tan recta y
buena que guste á toda la multitud.
17
258 LIBRO TERCERO
Algunos, por la mala costumbre de despreciar todo, se
han habituado á disgustarse por cualquier cosa sin pa-
rarse á examinar y juzgar; tienen, en vez de sabiduría, la
cualidad de no aprobar nada, ni aun lo ejecutado con
mayor rectitud, investigando sólo con la mayor iniqui-
dad aquello que sea censurable. Esto les complace mu-
cho, y los necios les dan fama de talento; como si no
fuera mucho más breve y fácil á cualquiera condenarlo
todo indistintamente que establecer diferencias entre lo
bueno y lo malo, cosa propia del hombre inteligente y
cuerdo.
El disgusto se aminora y desaparece por las causas
contrarias: el máximum del disgusto es la irritación, y el
mínimum, la aversión, pues se aplaca con sólo ésta y con
la separación; así, cuando el alegre se aparta del triste, el
jocoso del serio, el batanero del carbonero, á lo cual se
llama molestia. La irritación sacude todo el cuerpo y
enardece el corazón; si se la contiene y no puede romper,
se convierte en rabia, y pone sobre sí propio mano vio-
lenta; en tal caso se dirige lejos, hasta contra aquellos
que en nada nos ofendieron; se irrita, exacerba y ex-
tiende fuera de nosotros.
Se ha dado á los hombres el disgusto para que al pri-
mer sabor del mal se eche atrás y no pase ya más ade-
lante para que no empiece á agradarle en fuerza de la
costumbre, pues lo contrario del disgusto es el agrado.
«La privación es cierta ecuanimidad y profundidad por
la cual se tolera fácilmente aquello que los demás no
pueden sufrir.»
CAPITULO Xíl
DEL DESPRECIO
El desprecio nace del disgusto, cuando el mal que
produce no daña, sino que se considera vil y abyecto,
como sucede con personas libertinas y perdidas. No de-
seamos beneficiosa quien despreciamos, pero tampoco
queremos perjudicarle, sino solamente burlarnos de él y
manifestar cuan digno es de desprecio y de ser tenido
en nada.
El desprecio templa á menudo la dureza del odio y de
la envidia; no nos inspira deseo del mal, pues, aunque
intenta dañar carece de toda fuerza y se desespera en la
impotencia; ello produce odio en algunos, pero en otros
no hace más que aumentar el menosprecio y la irrisión,
según se refleja en el proverbio «la mujer, espada».
Siguen tras el desprecio la burla, la gesticulación, el des-
dén, el que apartemos vista y oídos délo que dice ó
hace el despreciado, como indigno de verse y oírse.
Los pusilánimes son suspicaces, creyendo que todos
los desprecian: cuanto hablan ó ejecutan va á parar, se-
gún ellos, á que los menosprecien; de aquí los incesantes
lamentos y maldiciones. Es propenso á ser despreciado
quien alcanzó muy poco de los bienes á que damos más
importancia: la nobleza para unos; la elocuencia, rique-
zas, el ánimo viril para otros, y así sucesivamente. Con
todo, se le aprecia si ha conseguido otros bienes de no
menos estimación, como el poder, dignidades, favor,
erudición; igualmente cuando puede hacer mucho daño,
pues no despreciamos á quienes tememos. Ya dijo Cice-
rón: «No esperes nada de él, porque no querrá; nada te-
mas, porque no podrá.»
CAPITULO XIII
DE LA IRA Y EL ENOJO
Es la ira una fuerte excitación del alma al ver que se
desprecian sus bienes, que cree no deben ser desprecia-
dos, pues hay en ello menosprecio del ser mismo que
los posee, y que les da su debido valor y estimación. La
ira es un movimiento; la iracundia, un hábito ó confor-
mación natural; toda ira nace del enojo, aunque éste no
siempre es ira. Ambos se diferencian como lo general de
lo especial, si bien aparecen contundidos en el lenguaje
común, que emplea los dos nombres indistintamente; lo
que los separa es la adición del desprecio, como una dis-
tinción entre la forma y el género, porque no hay ira sin
desprecio, mientras que enojo sí puede haberle. Así de-
cimos que nos encolerizamos con los animales, los niños
y seres inanimados cuando no nos obedecen, y aun con
nosotros mismos cuando nos arrepentimos de algún
acto ó tratamos de hacer algo sin éxito; pero eso es
enojo y no ira, porque en tales casos no se da la forma
del desprecio. Como acabamos de decir, se confunden
usualmente ambos nombres y no sólo entre el vulgo,
sino también los aplican uno por otro las gentes doctas,
debiendo muchas veces entenderse del enojo lo que se
afirma y preceptúa de la ira, y viceversa.
Asimismo existe un cierto modo de inflamación en
nuestro pecho cuando el alma se excita concentrando
Cap. xiir. — de la ira y el enojó 261
muchos alientos para realizar algo grande y difícil, en lo
cual no cabe ira ni enojo alguno, puesto que ninguna
forma del mal se ofrece; sin embargo, todos llaman á
tal estado de ánimo hallarse airado, hasta el mismo
Aristóteles, atribuyendo las grandes obras á la parte
irascible, con abuso de la palabra, por comprender en el
concepto de ira toda suerte de enardecimiento de la san-
gre, que en el caso citado es ardimiento del deseo.
Volviendo á nuestro asunto, se toma por desprecio el
desdén, sobre todo en quienes tienen de sí propios una
alta opinión ó juzgan que sus cualidades deben obtener
preferencia y respecto de parte de los demás: son de
este género los nobles, los militares, los elocuentes, los
hermosos y superiores en cualquier orden de virtudes,
que estiman necesario que se les reverencie; en otro
caso creen que se les desprecia.
La suspicacia de la soberbia humana ha creado muchí-
simos signos de donde se infiere el desprecio: frases y
actos, la risa, señales ó gestos, movimientos diversos
del cuerpo; y cuando esa sospecha toma incremento,
todo lo atribuye á desprecio. Existe un cierto movi-
miento natural de enojo hacia quien lastima el cuerpo,
como nos sucede con los animales; hay otro que nace
súbitamente, como sin intervención de tiempo con el
primer contacto del desprecio, por lo que algunos creen
que es natural y anterior á todo juicio; se produce á
veces por una exagerada inflamación de la bilis; y otras
proviene, no de un juicio formado de pronto á causa del
desprecio, sino del que tenemos ya impreso en nosotros
y confirmado de que somos buenos, doctos, liberales,
industriosos y excelentes, de que es conveniente que se
nos manifieste honor y respeto, y en modo alguno que
se nos desprecie. De este concepto que nos hemos for-
mado y tenemos interiormente fijo, estalla de pronto la
ira en cuanto asoma por vez primera el desprecio, aun-
262 LIBRO TERCERO
que sea de lejos. Con la ira y el enojo vehemente se per-
vierte el espíritu hasta el punto de no atender á lo que
es bueno y piadoso, de no tener en cuenta la benevolencia
ni el parentesco, pues hasta hubo quien, arrebatado de
ira, dio muerte á su mujer, á sus hijos queridos; el avaro
prodiga sus riquezas, el ambicioso desdeña los honores,
todo ello en aras de otra pasión aún más desenfrenada.
También la indulgencia muy blanda consigo mismo
oscurece el juicio y se abandona hasta caer en vengan-
za; es una verdadera ceguedad mental, y crece de tal
suerte que ansia vengarse, aunque por ello se derrum-
base el cielo, la tierra y todo el género humano; se in-
digna porque no se interesen en su venganza los astros
mismos y tomen en ella calurosa parte. Nos enfurece-
mos, no sólo con el que nos causó daño, sino con toda
su nación por culpa de él; así hizo Dido con los troyanos
y sus descendientes, por Eneas, aunque fué aquello,
quizá, más bien odio que ira, según opina Aristóteles,
en oposición á Séneca.
Algunos se complacen, no en la ira, sino en el pensa-
miento de la venganza, grata al hombre; imaginan cómo
han de perjudicar á quien les dañó. Si la ira es vehemente,
provoca el furor mental, la locura, como en Ayax; otras
veces, enfermedades y hasta la muerte; Lucio Sila murió
en sus tierras del Puzol de un ataque de irritación. Sus
efectos en el cuerpo son horrendos, indignos del hom-
bre; hierve la sangre que rodea el corazón al comienzo del
enojo; ese órgano mismo se hincha, de donde proviene
la palpitación del pecho, si bien no es todavía ira ni
enojo hasta que aquellos vapores invaden el cerebro su-
biendo desde el corazón. Por mucho que se caldee el
pecho está el hombre sosegado y tranquilo si el calor no
sube al cerebro, como tampoco está ebrio el que ha be-
bido mucho vino si no cuando éste ataca á la cabeza;
así es que se sofocan muy pronto aquellos cuyos humos
CAP. XIII. — DE LA IRA Y EL ENOJO 26Í
cerebrales hierven con exceso, y de ahí el cambio en el
rostro, el temblor de boca, la privación de la palabra y
otros síntomas de aspecto terrible, más bien de fieras
que de personas humanas.
Hay todavía gentes tan necias que, encima de la defor-
midad que la ira presenta ya al exterior y pinta en su
cara, gustan de exagerarla en ella y en los movimientos
de todo su cuerpo; de los encolerizados, unos palidecen
por concentrarse la sangre en el corazón, así sucede en
las personas de gran ánimo; otros, se ponen encarnados,
por subir aquélla al cerebro, como ocurre á los pusilá-
nimes.
Como la ira es el dolor al ver despreciadas nuestras
buenas cualidades, que creemos no merecen serlo, por
lo mismo queremos demostrarlo haciendo alarde de po-
der, y principalmente produciendo daño; de aquí el de-
seo de venganza, propio también del enojo, el odio y la
envidia. Aristóteles establece algunas diferencias entre
odio é ira: «El odio crece con el tiempo; la ira dismi-
nuye»; la venganza de la ira es devolver el dolor; la del
odio es hacer mal y dañar gravemente; aquélla quiere
que se sienta su venganza; éste no se cuida de eso con
tal de causar daño, y por eso procura la muerte del ene-
migo ó sus equivalentes, la privación de un miembro,
enfermedades, pobreza, la prisión, el destierro, un vicio
ó la locura, como los antiguos cretenses que no desea-
ban al enemigo otro mal que el de complacerse con sus
males y acostumbrarse á ellos.
El airado se duele; el que aborrece, no. La ira y el
enojo hacen temibles á los poderosos y ridículos á los
impotentes, como los niños y las mujeres, tanto más si
profieren vocablos fuertes y trágicos, é, imitando á los
poderosos, amenazan males crueles y horribles. Séneca
afirma que la ira estalla de pronto y por completo, pero
Plutarco le contradice con razón, pues crece, por virtud
►64 LIBRO TERCERO
de sus motivos, como el fuego cuando se le alimenta; es
decir, arrecia ante las propias causas de las cuales na-
ciera, ó sea de la creencia del desprecio, y se extiende
con las diversas circunstancias, según es quien está aira-
do: si es tierno, endeble, está fatigado, enfermo ó ham-
briento; si es un amante, como se dice en los antiguos
proverbios: «Para quien desea, nada se apresura bas-
tante; buscar reyertas al cansado; con el hambre y el
malhumor se revuelve la bilis.» En algunos de estos
casos aquel hervor es natural y anterior á toda reflexión,
según ya dijimos, para quien no está hecho á sufrir in-
jurias es más intolerable la ofensa; en los débiles es la
ira pronta y aguda, pues creen que por serlo se los des-
precia; además, por malhumorados se hacen suspicaces.
Asimismo, toda debilidad lleva consigo grandes sos-
pechas de que se la desprecia por los seres superiores;
por eso el débil se incomoda fácilmente y los moteja de
soberbios; por lo general piensa de sí que es propenso á
que se le menosprecie; así, los ancianos, enfermos, po-
bres, plebeyos y los mal conceptuados. Los abstemios
suelen ser vehementes é iracundos, por ser tenues sus
vapores y prontos á arrebatarse por la llama de la ira;
en cambio los tienen más crasos, por tanto, menos fáci-
les de incendiarse, quienes beben vino ó cerveza. Son
también propensos á esta pasión los hombres estudiosos,
porque con el trabajo de pensar sube el calor al cerebro,
donde reside la iracundia; igualmente las personas tier-
nas y delicadas y todos aquellos con quienes se abusa de
la condescendencia; es por eso mucho más fuerte y du-
radera la ira en los príncipes, á quienes todo el mundo
complace y adula; por razón del lugar, es más irritable,
v. gr., quien desprecia al maestro en su escuela; tam-
bién se observa esto mismo en las localidades cáli-
das, y dentro del mismo sitio, es de gran importancia en
presencia de quién bC realiza el acto de desprecio, pues
CÍAI^. XIII. — DÉ LA ÍRA Y EL ENOJO 265
nos molesta mucho más ser despreciados delante de per-
sonas para las cuales quisiéramos ser objeto del mayor
respeto.
Otra circunstancia es la ocasión, por ejemplo, cuando
se va á solicitar una dignidad, al ser coronado, como ve-
mos en Demóstenes, en su oración contra Midias: «En
tiempo de recolección se entretiene el agricultor.» Influye
también la situación, pues se tiene como mayor afrenta
despreciarnos cuando nos hallamos en posición desven-
tajosa, habiendo tenido antes fortuna más próspera. Nos
encolerizamos con quien nos contradice, por parecer
que tiene en menos nuestro juicio, sobre todo cuando se
nos juzga á nosotros mismos; cuando aquél es inferior
en el respecto en que nos desprecia, v. gr., en noble-
za, riquezas ó instrucción; si es amigo ó si ha recibido
beneficios de nosotros ó de los nuestros él ó alguno de
sus allegados; si queremos ó hemos querido servirle, en
lo cual hay más bien enojo que ira, igualmente que en
el caso de que no correspondan debidamente á nues-
tros favores, y más aún si, en vez de devolverlos, nos
devuelven mal; como también si aquel á quien se me-
nosprecia está en situación de auxiliarnos, como el
hijo y el padre respectivamente, el soberano, en lo cual
hay ó una omisión ó una violación del deber. Es ira,
en realidad, cuando nos vemos menospreciados por
nuestros íntimos, resultando mucho más grave en ellos
el desprecio porque, siendo los que mejor nos deben
conocer, parece que se nos desprecia con razón.
Se considera intolerable el desprecio cuando no nos re-
verencian quienes han solido hacerlo antes; si nos des-
atienden con indiferencia ó nos causan injuria ó afrenta.
Tiénese en cuenta también el instrumento, v. gr., según
que uno es golpeado con la mano, el puño ó una caña;
el modo de acción, pues se encoleriza grandemente quien
desea algo con ansia y lo mismo si alguien se presenta ó
206 LIBRO TERCERO
parece presentarse contra nosotros; igual sentimiento
inspiran los que no piensan como nosotros y no se in-
dignan al par nuestro; provocan el enfado, no sólo aque-
llos que han manifestado el desprecio, sino hasta quie-
nes le anuncian ó refieren, como aquel que hirió á quien
recitaba una poesía dirigida contra él, diciendo: «El que
dice versos que hablan mal de mí, los hace.» Y esto se
aplica extensamente á todo aquel que fué causa, aun la
más remota y tenue, no del acto despreciativo, sino
hasta ocasión de él, ó la facilitó, ó bien pudo impedirle
si hubiese querido. En todos estos casos se halla un
cierto desprecio, desdén ó negligencia. Nos incomoda-
mos si se da poco valor á lo que atribuímos mucho, ya
en nosotros, ya en los demás, y que deseamos sea te-
nido en gran predicamento, tanto en cosa propia, como
en lo que nos es querido; como el filósofo, cuando
delante de él se menosprecia la filosofía; el militar, si
las armas, tanto más proviniendo de personas sin
competencia en el particular, v. gr., el indocto ó el co-
barde.
El que cree causar á otro un bien, como noticias agra-
dables ó un regalo, se enfada con quien dice que no es
tal bien, pues parece desestimar lo que aquél creía cosa
grande y se vanagloriaba de haberla traído. El que se
alegra de nuestra desdicha nos hace muy grave ofensa;
nos encolerizamos con quien nos anuncia sucesos adver-
sos, como Agamenón con Calcante, á quien llamó u-cíivX-.y
xa/tuv, con los que presencian ú oyen nuestras afliccio-
nes, porque parece que no se preocupan de nuestro
dolor conduciéndose mal si nos desprecian, ó como ene-
migos ó juzgándonos sin importancia, pues los amigos ó
los que nos respetan se conduelen, se indignan y nos de-
fienden. Más nos irritamos cuando se burlan si mani-
fiestan complacerles nuestra desgracia; también nos en-
fadamos con los que toman á burla nuestras cosas serias
Cap. XIII.— -de la ira y el enojo 267
y aun las comentan con chistes; en tales casos nos pa-
rece que añaden la broma al desprecio.
Asimismo nos encolerizamos contra aquellos que ha-
cen beneficios á todos menos á nosotros, cosa que lleva
consigo una especie de negligencia ó desdén: con los que
se han negado á acceder á nuestro ruego persistente,
donde á veces aparece la envidia ó el odio. También el
olvido produce la ira, por el descuido que supone; tanto,
que algunos oyen de muy mal grado que los llamen con
nombre distinto del suyo, pareciéndoles que no fijan la
atención en ellos, y que los tienen por insignificantes. In-
fluye el fin, V. gr., si roban á uno por burlarse de él; las
circunstancias, pues cuando el desprecio tiene lugar sin
pensarlo, ó contra lo que se pensaba, es más doloroso;
los antecedentes, si proviene de un amigo; los consi-
guientes, cuando el desprecio lleva consigo ignorancia
permanente para nosotros, la familia ó la nación. A ve-
ces nos airamos sólo por el influjo ajeno, pues aun no
siendo motivo alguno para irritarnos, nos aprietan y
estimulan á ello nuestros parientes, afines, íntimos ó los
superiores, pareciéndonos un delito no sacrificar nuestra
opinión en su obsequio. De tal suerte, no bastan tan-
tas diversas pasiones como en nosotros anidan, sino
que aún hemos de tenerlas por mandato extraño: y en
ésta que estudiamos es bien doloroso que tome creci-
miento tal un monstruo tan pernicioso para el género
humano.
Hasta hay personas que, aun después de pasada la ira,
siguen fingiéndola por soberbia, porque no parezca que
se han encolerizado sin motivo. De Séneca son estas
palabras: «A muchos habríamos de absolver si empezá-
semos por juzgar antes de irritarnos; pero preferimos
seguir el primer ímpetu, y luego, aunque nos hayamos
encolerizado por cosas vanas, seguimos airados para no
parecer que lo hicimos sin motivo, volviéndonos más
¡68 LIÉRO TERCERO
contumaces la injusticia de la ira, cosa la más inicua,
pues la conservamos y la aumentamos como si el irri-
tarse mucho fuese prueba de que era justa la ira.»
Aquel hervor se apaga en los pulmones al tocar en
ellos la cúspide del corazón. Observamos que algunos
cesan muy pronto en su deseo de venganza por hallarse
así dispuestos los pulmones, y por la delgadez de la san-
gre que anuye al corazón, que se extingue en seguida
como la llama de una estopa. Son más tardos para airarse
los temperamentos fríos, aunque también más pertina-
ces; por eso ayuda el seguir un régimen moderado de
vida, tomar frías comida y bebida; en los biliosos, el
alimento craso, el sueño prolongado, el descanso, los
actos sosegados. Disminuye la ira al amenguar también
la opinión del desprecio ó el deseo de venganza; ó por-
que hayamos olvidado la injuria ó desechemos el pensa-
miento de ella, siendo conveniente, por lo mismo, pasar
á otras ideas más alegres. Así es que se aplaca fácilmente
en días festivos, en las conmemoraciones, banquetes,
espectáculos, con la alegría, los sucesos prósperos y el
éxito; la risa, cualquier respuesta graciosa desvanece los
enojos, como los jóvenes de Tarento aplacaron á Pirro
irritado; lo propio sucede si quedan ya olvidados aque-
llos á cuya opinión dábamos gran valor, y que sentíamos
nos despreciasen: unos, por haber muerto; otros, por-
que ya no nos despreciarán allí donde marcharon, ó no
nos preocupa su desprecio en tal lugar, ó le ignoramos.
También si ellos han descendido tanto, que más bien caen
en ridículo que nos causan cuidado al afectar desdén.
Cesa igualmente la ira cuando es manifiesto que no ha
existido el desprecio que creíamos, por venir de un necio,
imprudente, ignorante ó afectado de algún género de
locura, de suerte que sea incapaz de juzgar bien; además,
el ya habituado ó el que desprecia involuntariamente ó
forzado á ello, tampoco se entiende que menosprecien;
Cap. xiii.— de la ira y el enojo 269
así como refiriéndose la injuria á una necesidad inevita-
ble, por ejemplo, á la voluntad de Dios, á la cual nadie
puede resistirse, y lo mismo al mandato de un rey ó
tirano, \ en general de todo aquel que puede imponer-
nos su fuerza.
Tampoco se dice que menosprecia el que perjudica á
otro por provecho propio. Preferimos recibir injuria de
personas agitadas por una perturbación de su alma, que
de las tranquilas y de resoluciones maduras; no hay
desprecio cuando realiza el hecho alguien confiado en la
benevolencia, humanidad y mansedumbre de otro, lo
cual es más bien una opinión de su superioridad. Agré-
gase á esto cuando la opinión de vileza se borra por un
honor que antes no tenía el agraviado. Cuando observa-
mos que hasta nuestros íntimos, cuyos sentimientos
tomamos por los propios, no se irritan y creen que no
hay afrenta, nos ablandamos por autoridad ajena, del
mismo modo que por ella nos encolerizamos, según
arriba se dijo; aplacándonos también al ver que muchas
personas se incomodan con quien nos injuria, aparece
ya claro que se juzgó mal de nosotros, y asentimos en-
tonces á tantas opiniones en contrario; habiendo en ello
hasta cierto grado de venganza al estar tanta gente irri-
tada contra uno. Asimismo, cuando se arrepiente el que
nos ofendió, pues sufre ya el castigo con su penitencia;
los que confiesan que se equivocaron disminuyen nuestra
ira, los que niegan haber hecho lo que se les imputa,
pues no admitieron el desprecio que en ellos sospechá-
bamos, ó porque nos temen, confesando con eso que
somos superiores. Cuando hay enojo y no ira, nos irri-
tamos más pensando que mienten; así sucede con los
hijos, criados y discípulos, pues nos incomodamos con
su indiscreción y contumacia. Si alguien se somete á
nosotros, nos aplaca, como puede observarse en las fie-
ras; cuando nos causa algún gran beneficio, se ablanda la
270 LIBRO TERCERO
ira contra él; sométese también el que necesita, ruega ó
cae en una desgracia.
Disminuye la bilis cuando nos respetan y temen quie-
nes nos quieren mal, pues esa sumisión es contraria al
desprecio; también cuando nos condenamos á nosotros
mismos por creer que sufrimos merecidamente, como
sucedió á David con Semei; pues en tal caso no estima-
mos que deben apreciarse mucho nuestras cualidades,
pensando en nuestra maldad. Y así como la bilis excitada
provoca fácilmente el enojo y la ira, cuando disminuye
se apaga aquella especie de llama de la perturbación, por
lo cual es muy eficaz, como antes indicaba, refrescar la
bilis comiendo, bebiendo, con las abluciones, el sueño»
el aire ubre y en presencia de cosas amenas. Por eso, los
que asisten con frecuencia á banquetes y diversiones, se
enojan menos y están más prontos á deponer el enfado;
así ocurre en los países del Norte.
Influye mucho en dejar la ira el conocimiento y per-
suasión en que estamos de que casi todos los hombres
juzgan muy mal de las cosas, acaso por gusto perverso
del espíritu, tal que merezcan ser despreciados aquellos
mismos que nos desprecian, y aun dignos más bien de
lástima; igualmente influye el no tener de nosotros mis-
mos una muy alta opinión, sino reconocer de cuántos
errores, debilidad y vileza está compuesto y rodeado el
hombre.
■♦(Se ha concedido á los hombres la ira para apetecer
las cosas excelentes; y, al contemplarse y dolerse de ser
rechazados por sus actos viles y abyectos, procuren
librarse de ellos y se consagren á los elevados, que no
pueden ser, con razón, objeto de desprecio.»
CAPITULO XIV
DEL ODIO
Es el odio un enojo arraigado que hace á uno desear
causar grave daño á quien se piensa que nos injurió»
enojo que no se contrae al momento presente ni al tiem-
po pasado, sino al venidero y aun á la mera posibilidad;
así, odiamos á quien nos dañó, daña ó dañará, hasta
á quien pensamos que pueda dañarnos. En ello tiene
gran fuerza la sospecha, hacia la cual nos dejamos lle-
var de nuestro carácter meticuloso ó de conjeturas de
razón ó de experiencia, de que uno causó daño á otros,
V si no él, sus padres ó sus parientes; de que los que son
como él suelen hacer daño; los forzudos, los arrojados
sin juicio suficiente, las fieras hambrientas ó irritadas.
Por eso, quienes han sufrido injurias de mucha gente,
se enojan menos y más rara vez, aunque sienten mayor
temor y se hacen más suspicaces, por tanto más inclina-
dos al odio, á no ser que se aplaquen por bondad de su
naturaleza ó por sabias reflexiones, como el ateniense
Sócrates.
Hasta los animales aborrecen lo que les trae á repre-
sentación un daño antes recibido. Los cobardes son pro-
pensos al odio, por el temor de que de todos lados les
amenaza algún daño; por lo mismo aborrecen todo cuanto
supone fuerza y poder que pueda perjudicarlos espiri-
tual ó corporalmente 6 en su hacienda; de aquí que en
272 LIBRO TERCERO
los poderosos es grande la crueldad si con ella va unido
el temor, como se cuenta de Calígula, Nerón y otros
príncipes cobardes.
Los que han ofendido á poderosos los odian mucho
por medio al castigo, y quisieran verlos desaparecer
para obrar con más seguridad, de donde el proverbio:
«El que ofende no perdona.» Son para cada uno las
causas del odio, según las juzga; lo más grave para el
ambicioso es el decir, hacer ó pensar algo contra su re-
putación; para el religioso, contra la piedad; para el
avaro, contra los bienes; para el buen ciudadano, contra
la patria y su gobierno. Si estaba anteriormente ocupada
el alma por el amor, suprimido éste, contrae odio con
más facilidad, como al enterarnos de que una cosa no es
como pensábamos, pues se exacerba más el odio cuando
vemos lo contrario, v. gr., ser avaro aquel á quien que-
ríamos por su benignidad, débil el amado por fuerte.
Lo mismo ocurre cuando se pone frente al amor una
causa de odio preponderante, por ejemplo, el ser despo-
jados por uno de quien sabemos que es generoso para
otros.
El odio es propio de temperamentos fríos y secos y
por eso se propaga en las personas, lugares y tiempos
de esa índole; en los melancólicos, por el invierno, con
la enfermedad, penuria, hambre y mala fama. En ellos
arraiga más hondo el odio aunque domina la inercia y
flojera; con el calor, en cambio, se hace más fuerte. Son
propensos al odio los soberbios, los envidiosos, los dota-
dos de alguna malevolencia ingénita y los que la adquirie-
ron por hábito, acostumbrados á alegrarse con los males
humanos. Quienes se aman entre sí muy tiernamente
aborrecen por leve motivo á los demás, pues creen
siempre que se les perjudica é injuria.
Se confirma y acrecienta el odio por la frecuencia de
la ira, por eso algunos le han llamado «ira inveterada»;
CAP. XIV. — DEL ODIO ayS
igualmente por la envidia, que es la pasión más violenta
y atroz de todas, pues más pronto se aplaca el odio
nacido de una gran injuria ó afrenta que el de la envi-
dia. Ei odio por miedo evita el pensamiento porque no
nos agrada pensar en aquello que nos asusta; el de la ira
ó envidia, al contrario, promueve un pensamiento fre-
cuente, ya estando en prosperidad para que lo sientan
nuestros enemigos, como dice Gnaton a Parmenio en
aquel pasaje de Terencio: «^•x\caso ves algo que no
quieres?», como en la adversidad para que no se alegren
nuestros enemigos «Príamo se alegrará de nuestra dis-
cordia», que Homero pone en boca de Néstor. Así cui-
damos en lo posible de que no nos vean tristes ó abati-
dos, á menos que evitemos de propósito el odio de la
envidia, como Dionisio de Corinto; pero nos alegramos
si están mal aquellos á quienes aborrecemos, tanto más
si es en lo que nos ofendió, como el haber perdido sus
fuerzas el insolente, su autoridad el arrogante, sus rique-
zas quien usaba mal de ellas.
Del sentimiento de alegría del bien nace el amor; del
de amargura del mal, el odio; los bienes, por la debilidad
de nuestra naturaleza, nunca son puros ni duraderos,
dejándonos exigua sensación de ellos; mientras que los
males, como hallan en nosotros donde pasar y adherir-
se, son más largos y graves, imprimiendo su huella
permanente. Por eso surge en nuestra alma el odio más
pronto que el amor echa raíces muy robustas; son más
lozanos sus troncos y sus fibras, porque han hallado
tierra adecuada; así dijo muy bien Cicerón: «Se acuerda
el que padece y olvida el contento.»
Rebulle bajo el odio la maledicencia; una vez encen-
dido, vienen la dureza y la crueldad; el amor estimula
á obrar bien; el odio nos aparta de esto y nos impulsa y
solicita á hacer daño. Con ello siembra enemistades
y taimadamente procura que se vea en peligro aquel á
i8
274 LIBRO TEHCERO
quien se odia, é incurra en las iras del que puede causar
gran mal; desea, en fin, que de cualquier modo le venga
daño, directamente ó por otro, á escondidas ó de frente.
Se debilita el odio con lo cálido y lo húmedo, con los
casos alegres y muy prósperos; también poniéndole delan-
te objetos que producen amor, ya superiores á los que fue-
ron causa de odio, ya iguales, y aun á veces inferiores,
según nuestro ánimo en cada momento. Se desvanece
con la misericordia, se quita con la esperanza ó el deseo
cierto de conseguir del enemigo algo que juzgamos será
útil ó agradable y digno de que le amemos por tal ob-
sequio. También se disuelve por otro odio mayor ó más
grave, por la preocupación y cuidado de otras cosas de
más importancia.
Una vez desaparecida la causa del odio, sucede que
también acaba éste, como en el cambio de afectos, tanto
más pronto si existe otra causa de amor, v. gr., un pa-
riente, amigo íntimo, una persona instruida ó útil á la
nación, y también por haberse convertido á vida mejor.
Quebrantan odios y enemistades el desprecio de las co-
sas terrenas, la elevación del espíritu á las celestes y
eternas; á quien está destinado á la patria celestial, nada
importan las pequeñas ofensas de esta breve peregrina-
ción. Asimismo se aminora el odio cuando uno se
acostumbra á tomar en el mejor sentido lo que hacen ó
dicen los demás; con ese modo de pensar desaparece el
origen de la ofensa, y, por tanto, también el del odio.
CAPITULO XV
DE LA ENVIDIA
De cuatro distintas maneras se puede considerar el
bien que ocurre á otro: ó nos perjudica por aminorarse
nuestros bienes al sobrevenir otros mayores, v. gr., cuan-
do se perjudican las luces de nuestra casa por levantar-
se la pared vecina, en lo cual hay un cierto dolor natural,
pues la privación de bienes se tiene por un mal. Otra
razón es la del bien ajeno, el cual, aun cuando no nos
daña, sentimos sin embargo que no haya sido sólo para
nosotros, y esta es como una forma del deseo. La
tercera es cuando no quisiéramos que otros consiguiesen
lo que nosotros, ó lo que deseamos ó hemos deseado sin
haber podido alcanzarlo; y es mayor esa envidia si se
trata de bienes que creemos conveniente disfrutar, y no
los tenemos, ó que se adjudican á otros cuando opina-
mos que deberían correspondemos propiamente, como
la dignidad á un noble, forma ala cual se llama celos.
Por último, existe la cuarta cuando el bien nos duele
simplemente y sin mira alguna de nuestras utilidades,
sino sólo por creer malo que otros estén bien, la cual es
la verdadera y más propia naturaleza de la envidia,
como la del diablo y de sus progénitos.
Hay otras clases de pasiones que por la semejanza
con ésta se llaman también envidia. Esta consiste en
un encogimiento del ánimo por el bien ajeno; en lo
276 LIBRO TERCERO
cual hay cierta mordedura y dolor, y por eso tiene
parte de tristeza. Los bienes que envidiamos principal-
mente son los que llevan consigo precio, estimación,
honores, prestigio y gloria; los demás, como la agudeza
de ingenio, la vasta erudición desconocida ó la virtud
desdeñada, no son tan envidiados, á menos que se los
aprecie en poco; así es que la envidia no los ansia por
ellos mismos, sino por el precio que se les atribuye; de
modo que más bien envidiamos en los demás la honra y
la gloria, que los verdaderos bienes á quienes se atribu-
yen estas cualidades.
Casi nace la envidia de la soberbia, pues el soberbio
ambiciona más lo sublime y aparatoso que los bienes
verdaderos y sólidos, de los cuales es aquella una espe-
cie de sombra; por eso es envidioso de naturaleza, origi-
nándose la envidia del deseo de sobresalir; y tanto más
envidia uno, cuanto más carece de los bienes que desea
y menos es lo que afecta parecer; por eso son envidio-
sos en general los pusilánimes, según dijo Job: «Mata al
pequeño la envidia» y elocuentemente Cicerón: «Nin-
guno que confíe en su virtud envidia los bienes de otro.»
Es la envidia una pasión abyecta y servil, pues el que
la tiene juzga preferibles á los suyos y mayores los bie-
nes de los demás, ó teme por lo menos que suceda así:
por eso nadie se atreve á decir que envidia á otro; antes
confiesa que siente ira, odio ó temor, afectos menos
torpes é inicuos. El que aborrece, se encoleriza, está
triste, teme ó ama, se atreve á descubrir estos sentimien-
tos, con lo cual experimenta gran alivio de alma y de co-
razón; pero quien tiene envidia pone gran trabajo en
impedir que se manifieste esa llaga interior, cosa que
trae consigo grandes molestias corporales: palidez lívida,
consunción, ojos hundidos, aspecto torvo y degenerado.
El generoso león nunca mira de reojo, y lleva á mal que
se le mire así; en el alma se revuelven encerradas y co-
CAP. XV.— DE LA ENVIDIA 27^
hibidas esas manías y furias, cuando un tormento no es
superado por otro alguno. Con razón han afirmado al-
gunos que la envidia es una cosa muy justa porque lleva
consigo el suplicio que merece el envidioso.
Este se complace en la maledicencia y se apodera de
cuanto hace ó dice otro como él para infligir una mala
nota ó difundir una mancha, tergiversando en el peor
sentido lo que es bueno, no tanto porque él lo tenga por
malo, sino porque parezca así á los demás. Lo cierto
es que la envidia, una vez desarrollada, pervierte el jui-
cio más intensamente que las restantes pasiones; hace
pensar que son importantes las cosas más pequeñas, y
repugnantes las de mayor belleza; en lo cual influye mu-
cho la fuerza del odio que está ingénito, y con el carác-
ter más atroz, en toda envidia. Es fácil mitigar el odio
de la ira; el de la ofensa desaparece con la satisfacción;
pero la envidia ni se amansa ni admite excusas; hasta se
irrita más con los beneficios, como el fuego prendido en
la nafta que aumenta el incendio al echar agua encima.
El único medio de que disminuya su vehemencia es el
de que desaparezca la dicha objeto de la envidia: ésta
quisiera hacer á otro desdichado; el odio, perderle por
completo, cosa que también intenta la envidia, si no
puede de otro modo provocar su desgracia, y adopta
también el carácter de odio grave y rabioso, hasta desear
la perdición de aquel á quien envidia.
La cuarta clase de envidia se extiende á todo género
de bienes; las tres primeras sólo á aquellos que pensamos
poder lograr de algún modo; y por eso existen principal-
mente entre personas iguales ó semejantes: el alfarero
envidia al de su oficio; el pobre, á quien está también
necesitado; el poeta, á los poetas, según observó Hesio-
do; es decir, que se considera deshonra — y mortifica, es-
tando en el mismo concepto — no ser igual en todo lo
demás, pues se tiene como injuria que valga más el que
2yS LI6R0 TERCERO
no es reputado como mejor; ahora, si otro es superior,
ya no hay deshonra ni queja alguna. Entendemos aquí
por iguales v semejantes á los que lo son ante la compa-
ración de algún bien determinado, aunque sean en lo
demás muy diferentes, v. gr., un rey músico con respec-
to á los otros músicos; Nerón ó César comparados con
artistas griegos plebeyos; los doctos desiguales en for-
tuna: los afortunados con distinta instrucción y talento.
Trátase aquí de cuando se les compara, respectivamen-
te, en la fortuna ó en la ilustración.
Tampoco es la verdad, sino la apreciación y el juicio
de cada cual, quien mide aquella semejanza ó diferencia.
Son personas de la condición más ínfima los que envi-
dian la opulencia y felicidad de los reyes, alardeando en
su creencia insana de ser iguales á ellos; otros se juzgan
más dignos del reino y censuran que aquél sea quien
ciñe la corona, y no ellos; habiendo algunos, encerrados
con los furiosos y de la más vil prosapia, que reclaman
para sí el derecho de reinar, como los hemos conocido
en este país y en la Gran Bretaña. Lo propio ocurre en
literatura, en todas las artes y doctrinas, en la posesión
del talento; sabemos de uno que sin haber apenas pasado
de los primeros rudimentos de la instrucción, se vana-
gloriaba de no ser inferior en erudición á Tomás Moro
ni á Erasmo de Rotterdam.
La envidia de los bienes espirituales abarca más am-
plios límites que la de los corporales y externos, porque
el prestigio y la estimación de aquéllos no tiene fin,
como tampoco aquellos bienes que se extienden indefini-
damente con el poder inmenso del alma. Los del cuerpo
son de límites más reducidos ya en su desarrollo, como
también en la práctica y en el precio que se les atribuye;
así sucede, por ejemplo, en el enojo que nos produce ser
vencidos en el juego, que si es de gran habijidad como
las damas, ú otros de ingenio, lo llevamos más á mal
CAP. XV. — DE LA ENVIDIA 279'
que cuando es de aquellos en que predomina la suerte,
V. gr., en los dados.
Decae la envidia cuando aumenta hasta tal grado la
felicidad, en nosotros ó en el rival, que se quite toda
igualdad; así era con la fortuna de Alejandro, á quien
muchos podían odiar, pero ninguno envidiar. Sofócase,
en efecto, aquella pasión con la grandeza, no de otro
modo que el humo con una gran llama. Adriano César,
á quien tocaba ascender á la soberanía, al salirle al
paso cierto rival le dijo: «Evitaste el peligro.» En ver-
dad, aquel cuarto género de envidia no entiende de di-
ferencia: todo lo invade y destruye.
También se convierte la envidia en misericordia si en
vez de la dicha sobreviene el infortunio; así se explica
que los envidiosos sean propensos á la compasión, é in-
versamente los compasivos á la envidia. El desprecio,
como parte que es de la desgracia, atenúa la envidia; y
eso sucedió á Dionisio el Menor cuando, derribado de la
tiranía, fué tratado en Corinto desdeñosa y vilmente;
asimismo envidiamos menos á los enfermos, viejos y
niños por apiadarnos de su debilidad; en unos viendo
que se les acerca el fin de la vida, y en los otros, por no
saber si llegarán á alcanzar la grandeza objeto de nues-
tra envidia. Además, son los niños, como todo animal
joven, amables por su misma inocencia y sencillez.
Una envidia menor se combate con otra mayor, ó sea
de cosas á que nosotros damos más importancia; tam-
bién se contiene por el miedo de algún mal grande;
quien se lanza de propósito á un peligro, no se entretie-
ne en envidiar á nadie. Aminórase igualmente con res-
pecto á los que están muy distantes, ya en lugar ó tiem-
po, como pasa con los que marcharon muy lejos y con
los muertos, á menos que alguna circunstancia los apro-
xime ó haga presentes, cosa que sucede cuando recor-
drn'cs su rrérilo f cr ccn"f ?rí c en de lik 1 I ( i. . .,
28o LIBRO TERCERO
escritos, hazañas, ó de su nobleza, riquezas, poder ó
algo semejante.
Hácese menor la envidia comunicada á otros; la nues-
tra se borra con la ajena respecto de una misma per-
sona, por resultar ésta digna de compasión al desearla
males tantas gentes. Hasta hay quien habla y juzga
bien de los que envidia, al oír expresarse de ellos en
forma peor de la que creen merecida, ó cuando ven
que se la vituperan cosas que creen más bien dignas de
alabarse. Y es que se conmueve su alma por la indigni-
dad del hecho, pensando que suceden cosas malas á una
persona buena; y cree que el castigo de ellos es contra-
decirlos y aplaudir lo que reprueban, para mortificarlos.
Esa cuarta forma de la envidia es decididamente la
más perversa; no nos proviene de Dios, sino que ha
sido introducida mediante el pecado por su enemigo el
diablo. Las otras tres constituyen más bien estímulos
para que deseemos alcanzar y conservar los mayores
bienes.
CAPITULO XVÍ
DE LOS CELOS
Comprendidos en la tercera clase de envidia están los
celos, que, como su nombre indica, son una emulación
tocante á la belleza, un miedo de que sea hermoso por
algún concepto aquel á quien no queremos. Esta pasión
se manifiesta en forma doble: ó de disfrutar algo nos-
otros solos, ó de que lo disfrute sólo quien queremos;
por eso tenemos celos hasta de los hijos, las hermanas,
las madres; de los pupilos y los confiados á nuestro
cuidado; no para disfrutar de su belleza, sino para que
los demás no la disfruten contra lo que es justo y lícito;
pues lo consideramos como un mal ya para nosotros
mismos, en sentido de pena ó ignominia, ya para quienes
nos son queridos, en concepto de deshonra ó pecado. Los
celos de nuestro goce nacen del propio deseo, el cual
es de placer, posesión ó propiedad, ó de honra. Con el
crecer y descrecer de tales deseos aumentan y disminu-
yen los celos; pues, ó creemos que es tan grande el pla-
cer, que deseamos gozar de él solos, pensando que se
acabará si se comunica á otro, ó anhelamos poseerle te-
miendo que se pierda con la transmisión; y sea como
quiera lo que poseemos, no queremos tener á nadie por
consocio, como aquel que aseguraba no toleraría por
rival ni á Júpiter mismo. Por tal razón ocurre á me-
nudo que aquello que tenemos como propio, si se con-
282 LIBRO TERCERd
vierte en común, lo rechazamos en absoluto con desdén,
desprendiéndonos, no sólo de los celos, sino hasta de
todo deseo de ello. En esta pasión se atiende, por último,
al aspecto de honra ó deshonra; según la estimación ó
censura de cada uno, entramos en celos, los desecha-
mos, los aumentamos y disminuímos; de donde resulta
que en personas de distintas naciones se manifiesta esa
pasión de diferente manera: los occidentales y meridio-
nales reputan como gran deshonra para los maridos el
impudor de sus mujeres, y por eso son muy celosos; no
lo son tanto los del Norte; algunos animales sienten
también esa pasión, como los cisnes, palomas, gallos y
toros, por miedo de la comunicación, es decir, para que
no se aminore ó pierda por completo aquello de que
participan otros.
Crecen y disminuyen también los celos según las per-
sonas, el lugar, tiempo y las diversas ocupaciones. En
cuanto á las personas hay que distinguir: el celoso, aquel
de quien lo está y el que motiva los celos; si el primero
es suspicaz é interpreta todo en mal sentido, da gran
acceso á su enfermedad; si piensa de sí propio no tener
cosa que le agrade, cae más pronto en los celos y con
mayor intensidad. La persona de quien tenemos celos
puede dar ocasión á ellos con el crecer y decrecer de
su afecto, en el cual — antes que se haga notorio con
la experiencia — , se consideran preferidas la madre, la
abuela, la institutriz, la educación misma y toda la vida
anterior; después, en la práctica, el lenguaje, las cos-
tumbres, la religiosidad, la constancia, el talento, la dis-
creción, el amor hacia nosotros, el cuidado del buen
nombre y el temor de la mala fama. Asimismo importa
mucho nuestro estado de ánimo hacia la persona: si es-
tamos incomodados con ella, acogemos toda ocasión de
calumnia y rencilla; si, por el contrario, la amamos, nos
arrastrarán con menos facilidad los celos, pues el ver-
CA?. X:vI. — DE LOS CELOS
!á3f
dadero amor nada tiene de suspicaz, más bien se desva-
nece con los celos, á no ser tal que vaya unido con la
concupiscencia, según dijimos en otro lugar, ó cuando
uno envidia el cariño de un amigo respecto de otros,
queriendo disfrutarle él solamente.
La persona de la cual estamos celosos, si solicita al
impudor cuando puede, si conoce las artes empleadas,
si se prenda de un género de belleza como la de quien
tenemos celos, si, efectivamente, procura solicitarla ofre-
ciendo con qué complacerla directamente, ó más cosas
y mejores que las que le causan desagrado, —todo ello
produce y sostiene los celos.
Por razón del lugar, si no existe acceso alguno y está
todo cerrado, ó el sitio es sagrado, ó también si es muy
concurrido y está expuesto á la vista de nuestra gente ó
de amigos que nos sean fieles ó enemigos de ella, curio-
sos, habladores, ó de un vigilante atento y discreto, tie-
nen menos fuerza los celos, y muy grande en los casos
contrarios. Respecto del tiempo, hay que tener en cuenta
la oportunidad, las reglas, el no estar desocupados soli-
citante y solicitado; y respecto de las ocupaciones, si
están dedicados á importantes negocios, ó muy ocupa-
dos; si estiman que es su pasión perjudicial á sus intere-
ses ó á su reputación; en suma, que se trate de algo más
importante para ellos que el placer mismo.
A esto hay que agregar las causas contrarias, pues las
anteriores se sustituyen unas á otras, mientras que éstas
producen efectos contrarios. En las que llevamos ex-
puestas, las más numerosas y más fuertes tienen mayor
peso; pero son mayores ó menores, no en realidad, se-
gún se ha dicho varias veces, sino por el estado de áni-
mo actual y la opinión de cada uno.
Los celos producen inquietud en el alma, hacen pasar
días y noches agitadísimas; el celoso se apodera de cual-
quier susurro, hasta del aire, le amplifica y convierte
204 LIBRO TERCERO
en la más alevosa calumnia de todos. A su vez los celos
nacen en las personas suspicaces y hacen también que
lo sean, como ic;ualmente muy propensos á la credulidad
en todo lo peor. Se convierten en odio y rabia, no sólo
contra el objeto de ellos, sino contra todo en general;
hacen formar malamente la idea de haber dado ocasión
para algún crimen, con la angustia consiguiente, y, en
último término, hasta contra sí mismos; dándose lugar
á actos de extrema cruedad, no pocas veces, hasta poner
violentamente manos sobre sí propio, ante la impotencia
morbosa que los invade.
Aquí no nos referimos, según es usual, sinc á uno de
los sexos; mas entiéndase todo ello de ambos, porque
aquella peturbación no es menor en las mujeres, ni la
impaciencia que suele producir es más leve que en los
hombres.
«Esa pasión se extingue» cuando desaparecen las cau-
sas que la originaron, muy principalmente las sospechas
y la credulidad; además, cuando se invoca la razón y se
reflexiona que cuan en vano se atormenta uno sin otra
ventaja que acarrearnos molestias. Por eso algunas es-
posas dotadas de gran prudencia, así en los antiguos
tiempos como en nuestra misma época, considerando
que con ser celo^as no podían traer á buen camino las
pasiones de sus maridos, dejaron en absoluto los celos
como cosa inútil v calamitosa. Otras, al ver que la las-
civia de los cónyuges de ningún modo producía ignomi-
nia para ellas, antes bien las servía á menudo de mayor
gloria, toleraron con magnanimidad el adulterio y la
deserción de los suvos.
CAPÍTULO XVII
DE LA INDIGNACIÓN
Es indignación un enojo ó dolor por una felicidad in-
merecida; indignidad que puede estar en la persona ó en
el objeto: lo primero, si un indigno desea algún bien, ó le
consigue, lo que es aún peor; lo segundo, cuando su-
cede algo bueno á un malo, ó viniendo de él.
Hay en ello un doble movimiento del alma: indigna-
ción contra el que obra sobre el malo y misericordia
hacia quien sufre injustamente. La indignación nace con
facilidad de la envidia, la cual, siendo perversa, nos hace
creer que recae en un indigno cualquier bien que acon-
tezca á otro; la punzada que uno siente por la molestia
posible del bien ajeno, más que indignación, es una per-
turbación, ese miedo del que se origina el odio, y si el
daño está ya presente, produce pesadumbre del ánimo.
A veces hay hasta quien se indigna, aun tratándose de
la felicidad propia, con aquel que se la concede ó pro-
cura, por juzgarse indigno del caso y no á la altura de
él; V. gr., con el soberano que le nombró cónsul, con los
amigos que se interesaron en el nombramiento y consigo
mismo que le deseó, ambicionó y aceptó; en este sen-
tido, hace Tranquilo hablar á Vespasiano después de
triunfar de los judíos: lo cual suele ocurrir cuando hay
por medio alguna molestia. Por eso en la anterior defi-
nición, al decir «una felicidad inmerecida», no hemos
286 LIBRO TERCERO
añadido *la ajena», como puede interpretarse en aquel pa-
saje de la Comedia: «Atorméntase á sí propio porque se
conduce mejor en la paz que su hijo en la guerra, y por
eso resuelve hacerse mal á sí mismo.»
Esa indignidad se aplica á todo género de bienes; nos
indignamos de que al malo hayan tocado riquezas, her-
mosura, fuerza, salud completa, elocuencia, talento lite-
rario. Entendemos por malo aquel que á nuestro juicio
no ha de usar rectamente de esos bienes: mientras
que si se trata de persona justa y honrada no nos indig-
namos, pues creemos que lo merece, y que no será ene-
migo nuestro, ni nos hará daño, como tampoco á los
que deseamos bien, Dícese que los cretenses deseaban á
quien querían mal que se habituasen á las cosas malas,
y una vez que adquirían buenas costumbres, no persis-
tían en tal deseo, pues no hubieran sido enemigos de
quienes no lo eran suyos, no habiendo nada tan amable
como la justicia v la probidad.
Nos indignan con más fuerza aquellos á quienes otor-
ga un bien el azar, que si proviene de la naturaleza; y
los que le obtienen recientemente, más que los de anti-
guo, porque tiene ya el tiempo un fuero que hace pare-
cer natural lo que de muy atrás se posee; también nos
incomodamos sí alguien pretende cosas que están sobre
sus fuerzas ó su mérito; por ejemplo: la magistratura,
honores, prestigio, competencia con un superior, ya en
aquel mismo, ya en otros respectos. Otros casos de lo pri-
mero son el contender el ignorante con el docto, el co-
barde con el valiente, el pobre con el rico, y de lo últi-
mo un inicuo con un varón justo, un orador con un
general, un pintor con un magistrado, comparación
ésta en la cual el arte pictórico se pone en paralelo con
la dignidad de la magistratura, al paso que en otras de-
nominaciones no pensamos en compararlas. También
nos perturba que alguien, aun digno de alabanza, sea ala-
CAP. vil.— DE LA INDIGNACIÓN 287
bado más de lo qae merece; entonces tratamos de qui-
tarle hasta la parte merecida.
La indignación domina mucho en el soberbio, que,
creyéndose muy digno de los mayores bienes, juzga á
todos los demás incapaces é indignos aun de los más
moderados; por eso censuran á quienquiera que ostente
algún género de bien como no merecedor de él, y por lo
mismo contra la justicia. Si les hace competencia ó em-
prende igual camino que ellos, nace la emulación para que
no lleguen á la meta, bien sea las riquezas, fama, erudi-
ción, favor ó gloria; por eso no padecen esa perturbación
las personas modestas y las de espíritu humilde y servil.
La indignación sale de la misma raíz que la miseri-
cordia, esto es, del juicio y del amor del bien. Pero en
cuanto al objeto son efectos contrarios, puesto que la
indignación es por el bien de quien no le merece, y la
misericordia por el mal inmerecido también; de la mez-
cla de ambas nace aquella pasión que en las Sagradas
Escrituras se llama á veces celo, como en los libros de
los reinos de Helia y en los Salmos: c(Porque tuve ce-
los de los malos viendo la paz de los pecadores»; y lo
mismo se dice de aquellos celosos en la guerra de los
judíos de quienes habla José. Son, en efecto, esos celos
la indignación que se siente por las cosas que se hacen
indignamente contra quien no es querido, contra Dios,
las cosas santas, contra la nación ó el soberano. A me-
nudo con ese pretexto dan culto muchos á malos deseos,
y dan suelta á su odio perverso, con el nombre de celo;
otros se dejan arrebatar de esa pasión ignorante é indis-
cretamente, como atribuye á los judíos San Pablo en su
epístola á los romanos.
«Se ha dado al hombre la indignación para comunidad
de la vida, á fin de que se establezca una distribución
equitativa y recta de todos los bienes y no vayan á parar
á los indignos, esto es, á quien ha de usar mal de ellos.»
CAPITULO XVIII
DE LA VENGANZA Y DE LA CRUELDAD
Cuantas cosas nos afeccionan, sean buenas ó malas,
ansiamos devolverlas al punto de donde vienen; de aquí
nace la benevolencia respecto del benévolo, el beneficio
hacia el bienhechor, ó, por el contrario, la malevolencia
y la maldad. Por eso el alma, cuando se halla afectada de
algún dolor, desea rechazar sobre quien le causó, una
mordedura semejante, á lo cual llamamos deseo de ven-
ganza, y una vez realizado éste, venganza.
La cual no es otra cosa que la imposición de una
pena, merecida á nuestro juicio; la pena es un daño ó
lesión tocante á cualquier clase de bienes espirituales,
corporales ó de fortuna, según el criterio acerca de cada
uno de ellos; pues hay quien cree vengarse de una inju-
ria con un movimiento de desprecio, un gesto feo ó un
ultraje; otros que prefieren recibir golpes de palo ó es-
pada, á un dicterio injurioso; aquellos que no tienen
fuerzas suficientes para vengarse, á pesar de desearlo
con el mayor ardor, se desatan en denuestos y maldicio-
nes, ó claman á un vengador más alto, al príncipe, á la
divinidad.
Toda ofensa, pues, extendida merced al odio, la ira,
la envidia ó la indignación, abriga el deseo de venganza,
es decir, de devolver el dolor, á menos que otras pasio-
nes lo estorben. La envidia, por ejemplo, se arrastra tai-
CAP. XVIII. — LA VENGANZA Y LA CRUELDAD 289
madamente para no dar á entender que de ella partió la
venganza; la ira y la indignación proceden de un modo
abierto, á fin de que lo comprendan y sepan los demás,
y, sobre todo, aquel de quien quiere vengarse: la emula-
ción cree gloriosa y digna de publicidad la vindicta ejer-
cida sobre aquel á quien reprocha; el odio obra de diver-
sas maneras: cuando estalla, pasa á convertirse en ira; si
permanece frío, se infiltra y hiere alevosamente, como la
ponzoña. La intensidad del enojo que no puede ya conte-
nerse descargando todo género de venganzas para dañar
á cuanto sea posible, se llamea rabia, vocablo tomado de
la enfermedad que ataca á perros y lobos, la cual, no pu-
diendo romper, comprime el corazón que tiende á ensan-
charse; ataca y hiere de gravedad el cuerpo entero, que
queda, por último, destruido.
El acto pleno del castigo y de la venganza se convierte
en dureza ó crueldad, que es la ausencia de la simpatía;
pues los que se compadecen, sienten también miseri-
cordia. Esa privación de simpatía es en unos perpetua,
temporal en otros; aquéllos, por complexión natural del
cuerpo, por costumbre convertida en simpatía; éstos, por
hallarse endurecidos á causa de una conmoción pasional
vehemente; pero su estado no dura más que la perturba-
ción misma; así, v. gr., el deseo exagerado de una cosa
exacerba la dureza contra el que se opone; ya se trate de
riquezas, mando, placeres, ya del temor respecto de un
objeto querido, la vida, el imperio, como pasó á Nerón,
Galígula y Cómodo, que fueron crueles por miedo; al
contrario que Tito Vespasiano, hijo, que por confianza
y seguridad de su espíritu, era en extremo benigno, aun
con los que conspiraban contra su soberanía.
Guando se encienden en ira y enojo, apartan los bue-
nos pensamientos é inducen á lo más duro y cruel.
Tres formas tiene la crueldad: cuando procura el
acto, le ejecuta ú omite el contrario; lo primero reali-
í9
290 LIBRO TERCERO
zan quienes mandan, ó emplean artificio ó astucia; lo se-
gundo, los verdugos y los soldados; hay, en efecto, per-
sonas crueles para mandar, que serían incapaces de mo-
ver una mano para el acto. La crueldad por omisión
consiste en dejar de cumplir nuestro deber cuando no
nos compadecemos cuando es conveniente, por malicia ó
negligencia; cuando abandonamos ú olvidamos á padres,
parientes, amigos, á los necesitados en trance de enfer-
medad, miseria ó peligro, sin conmovernos por su des-
gracia. La razón de ello es que carecemos de aquella
simpatía antes mencionada. La fiereza é inhumanidad
consiste en despojarnos del criterio y condición huma-
nos tomando los de los animales.
Queda reducida al interior la venganza cuando se ha
refrescado la sangre en los pulmones ó se ha enfriado
por sí misma, como sucede en aquellos cuya bilis se
inflama pronto, aunque se apaga en seguida por haber
prendido en materia ligera como la estopa. Son más
pertinaces los melancólicos, ó los flemáticos enardeci-
dos, por ser más tardos para calentarse.
Nos apaciguamos igualmente una vez recibido el cas-
tigo impuesto por nuestra mano ó la ajena, sea un ami-
go, la naturaleza ó la suerte; cuando uno se hace des-
graciado, enfermo, pobre, ignominioso; cuando soporta
mayores suplicios que los que había de causarle un en-
colerizado. No se ensaña la ira con los muertos, por
haber ya traspasado el último límite y no estar expuestos
á nuestra venganza. A menudo también cesamos de
desear la venganza cuando la hallamos ya dispuesta,
cosa que ocurre á muchos que perdonan á su enemigo
al tenerle en su poder juzgando que es bastante haber
podido hacerle daño. Asimismo decae aquella dureza,
dominada ya y fatigada después de haber descargado
sobre algunos; así, por ejemplo, en las ejecuciones públi-
cas, se aplaca el soberano en sus estados, el general en
CAP. XVIII. — LA VENGANZA Y LA CRUELDAD 29 I
SU ejército, una vez aplicada la pena á unos cuantos
reos. A veces se quebranta por otra pasión, por una ira
más grave, como una piedra se rechaza con otra, ó con
un martillo.
Cuando la fi*a hierve, no admite remedio alguno; an-
tes bien se exacerba con él, por estar la razón comple-
tamente peturbada, así como el fuego comprimido arde
con más fuerza, á menos que sea tal el empuje de la
opresión que ahogue y extinga el fuego, como sucede en
un incendio con un derrumbamiento. También se mi-
tiga por amor de aquel que intercede por el enemigo, ó
cuando es honroso el perdonar, ó cuando esperamos al-
guna utilidad ó tememos daños, como un clavo que se
saca con otro: «El tiempo mismo es quien trae remedio
á todos los males del alma», más pronto ó más tarde,
según la condición del cuerpo, las convicciones y el jui-
cio de cada cual; y así como la bilis exacerbada produce
fácilmente enojo é ira, cuando se aplaca se amortigua
también la llama de la perturbación que la causó. Por
eso es muy conveniente que se refresque la bilis en
aquellas personas de quienes hablamos más arriba.
La venganza se comprime y reserva también para otra
ocasión, si el momento no es oportuno para realizarla;
así nos dice Homero que hacían los reyes: disimular el
deseo de venganza hasta hallar la coyuntura favorable;
pero entre tanto se acumula y corrompe en nuestro in-
terior, y cuanto más tiempo es aplazada, con mayor vi-
rulencia se desahoga luego.
CAPITULO XIK
DE LA TRISTEZA
La tristeza es el encogimiento del alma por un mal
presente, ó que se tiene como tal. Es una perturbación
contraria totalmente á la alegría, y Cicerón la llama pe-
sadumbre, que consta de diversas partes, según opinión
de los estoicos. No las enumeramos aquí por. creer que
ni éstos transmitieron con fidelidad ese concepto ni Ci-
cerón le comprendió y explicó rectamente: fácil es á cual-
quiera esta comprobación, consultando el libro IV de
las Tusculanas.
A veces nace la tristeza por sólo la ausencia del bien,
por ejemplo, en la madre que pierde su hijo único. Mu-
chos se entristecen aun después del deleite, de los ban-
quetes, de pasar días festivos y alegres, lo cual se expli-
ca por el deseo de lo que hemos perdido, buscando
siempre algo nuestro espíritu inquieto, tal como sucede
á la yegua á quien quitaron su cría. La tristeza produce
la bilis negra, por la cual, á su vez se exacerba aquélla, y
también por la creencia de un nuevo mal. Vemos tristes
á personas melancólicas aunque nada malo las ocurra y
sin que sepan darse cuenta del motivo.
Resultado de ese negro humor es entenebrecer el
alma, con los inconvenientes de quitar al espíritu su lo-
zania, con ofuscación del entendimiento, que sale tam-
bién al rostro: «Me entorpecieron las molestias», dijo
CAP. XIX. — DE LA TRISTEZA 29^
Marco Tulio, y de Niobe se cuenta que á fuerza de llorar
se convirtió en roca. Ya despejado el cerebro, le acomete
el sueño, como leemos en el Salmista: «Se durmió de
pesadumbre mi alma.» Surge el odio á los hombres, á
la luz misma, á todas las cosas de este mundo; nos
complace sumergirnos más y más en la tristeza; no ad-
mitimos nada alegre, ni consuelo alguno, cual sucedía á
Octavio con su hijo Marcelo que pereció en su juven-
tud; ansia ensancharse aún la pesadumbre pensando
que nunca ha de acabarse. Así hace exclamar Lucano á
la Cornelia de Pompeyo, frente á su dolor:
«Turpe mori post te solo non posse doleré.»
En los meticulosos aumenta especialmente la tristeza
porque prolongan las sospechas en extremo, fabricando
amplia tela de dolores, poniendo un daño tras otro,
luego uno nuevo, del cual vendrán sucesivos hasta ter-
minar en odio á sí mismo, en desesperación y rabia,
como se lee de Hécuba, á quien suponen convertida en
perro por esa causa.
Con la pesadumbre se reseca el cuerpo, el corazón se
contrae hasta el punto de que en algunos que murieron
de ella se halló no más abultado que una membrana; á
esa contracción sigue la de la cara, imagen de aquél, y
por último, se desgasta la salud misma. Lamentaciones,
quejidos y llantos acompañan á la tristeza: es pasión de
carácter frío y seco; impera por lo mismo en épocas y si-
tios fríos y generalmente en todo cuanto ostenta com-
plexión melancólica: en otoño é invierno, en tiempo nu-
blado, de noche, hacia el Norte, región donde invade la
tristeza á más personas que en España ó en Italia.
Por lo contrario, la luz y serenidad del ambiente ale-
gra las almas: el sol, al decir de Plinio, «desvanece las
tinieblas y la tristeza, no sólo del cielo, sino también del
espíritu humano». Así como aumenta la alegría co-
294 LIBRO TERCEÜO'
municada á los demás, igualmente en la tristeza: en
aquélla, además de nuestro propio bien, nos regocija-
mos con la alegría de nuestros amados; así en la pesa-
dumbre, además del mal nuestro, observamos que aque-
llos que nos aman sufren los mismos males porque el
amor identifica todas las cosas. Sucede lo contrario en-
tre los que no se quieren bien: no aumenta la alegría co-
municada, ya sea en la solidaridad de ganancias de vic-
toria, en la guerra, en los recreos, en los pleitos. En la
tristeza transmitida á otros se alivia el ánimo, porque es
un consuelo, ya el no estar solos en las adversidades, ya
el que otros se apiaden de nuestra desgracia, como si
fuese inmerecida; y si ocurre que alguien se conduela de
nosotros, y ese dolor no nos vuelve recíprocamente, pa-
rece que trasladamos parte del peso de nuestros hom-
bros á los ajenos. De aquí se sigue que la alegría ajena
exacerba nuestra tristeza; así ocurre en días festivos y
solemnidades públicas en que la tristeza se reconcentra
en lo interior y crece, por oposición de lo contrario, como
en invierno el calor de los cuerpos vivos.
Cuando juzgamos que los demás no sienten nues-
tro dolor, surge la indignación, la compasión de nosotros
mismos, y la tristeza se aparta como ante un nuevo mal.
La tristeza se desvanece, ya por ausencia del mal, por
recuperarse el bien perdido, ó ya sobreviniendo cosas
alegres de mayor importancia que estimamos en más
que aquellas cuya ausencia lamentábamos. Igualmente
se aminora con todo aquello que templa la bilis negra,
como son los manjares calientes y humeantes, princi-
palmente con el vino, del cual dicen las Sagradas Escri-
turas: c(Da vino al triste.» Asimismo con las distraccio-
nes de la vista y el oído, por ejemplo, á cielo abierto, en
los campos y praderas extensas, con la música, aunque
esta es de tal índole que causa más dolor al triste.
Los habituados á sufrir males tienen como un callo en
CAP. XIX.— DE LA TRISTEZA 29$
■ ■I
el alma, se abaten menos por la pesadumbre y en ellos
el mal mayor oscurece el sentimiento del menor. Com-
bátese también la tristeza apartando de ella el pensa-
miento, V. gr., con los negocios, narraciones graciosas»
con reflexión conveniente, esto es pensando que el mal
no es tan grande para que nos aflijamos tanto; que per-
demos más obrando así que por la pérdida que sentimos,
por ejemplo, negocios, ocasión de ganancias, dignidades,
autoridad, fama y gloria; así como otros consuelos co-
munes: V. gr., que no es en realidad un mal, ó de tan
grave importancia; que no lo es para quien le ocurre ó
para nosotros ó nuestros seres más queridos; que se
aproxima ó se ha alcanzado un bien mayor; que ese es
el destino general del hombre, y que proviene de Aquel
á cuya voluntad y derechos no es lícito desobedecer;
que con la tristeza nada se remedia.
Por último: como sucede en otras enfermedades espi-
rituales, un clavo empuja á otro, ya cuando se pone de
manifiesto que no hay para qué tener en cuenta un peli-
gro de mal mayor que el que ya tenemos delante, como
sucede á quien se duele del dinero perdido, hallándose
ante la alternativa de la esclavitud, de la muerte ó de la
pérdida de sus hijos; ó ya cuando se nos presenta una
esperanza de grandes bienes, la fama, la inmortalidad
del nombre, de las dignidades, de la gracia principal,
«ó de aquello que supera á todos los bienes: la eterna
felicidad».
CAPITULO XX
DE LAS LAGRIMAS
El lagrimeo no es una pasión, como tampoco la risa.
La lágrima es un humor producido por el caldeamiento
del cerebro húmedo y tierno, que destila de los ojos. Si
se caldea excesivamente y el cerebro se deseca, no afluyen
las lágrimas, como sucede en los hombres encoleriza-
dos; y tampoco si está ya desecado antes, v. gr., en una
prolongada tristeza y duelo, en la vejez ó cuando es uno
seco de suyo, como los melancólicos.
Hay personas á quienes de tal suerte embota la pesa-
dumbre, que hallándose comprimido todo calor, no
pueden verter lágrimas, que correrían con abundancia
en cualquier dolor ordinario. Brotan ellas cuando está
el cerebro humedecido, como en los embriagados, ó
blando y tierno como en los niños, mujeres y enfermos;
salen también á menudo con el viento fuerte, con el humo,
con alguna manifestación, con mala salud; igualmente
con la risa, pues el cerebro se calienta entonces. Surgen
asimismo de las pasiones, del amor, del deseo de poseer
un objeto querido, de la ira en las personas débiles y en
las que no pueden vengarse; de la envidia en la mujer y
los niños, del pudor, de la alegría. Muy singularmente
afluyen las lágrimas por la compasión, ya propia, ya
de otro.
Se compadece uno de sí mismo, entristeciéndose por
CAP. XX.— DE LAS LAGRIMAS 297
creer que le viene el mal sin merecerle; son entonces tan
naturales las lágrimas, que muchos las derraman en abun-
dancia sólo con pensar que puedan ocurrirles males
injustamente; por ejemplo, la prisión, el destierro, la
pobreza, la orfandad, la muerte; y como cada uno se
ama con la mayor ternura, y se juzga digno de los ma-
yores bienes, está dispuesto en extremo á compadecerse,
por lo cual llora con sólo imaginar su mal.
También nos mueven los males ajenos por simpatía,
arrancándonos lágrimas, que, sin embargo, son más tar-
das en salir y más fáciles de secar, porque vemos las
molestias ajenas como á lo lejos y su sentimiento llega
á nosotros ya atenuado. Igualmente asoman lágrimas
cuando hemos presenciado, leído ó vemos actualmente
y recordamos alguna acción piadosa, santa, en aras del
deber, referida ó ejecutada por alguno; y tanto más si
quien la realizó ó la refiere no tuvo en cuenta magnáni-
memente su propio daño ó peligro ante la grandeza
del acto.
c<Se han concedido al hombre las lágrimas para ates-
tiguar nuestro dolor; para inducir á los demás á que nos
compadezcan y auxilien; para favorecernos recíproca-
mente con la mutua ayuda, y también para dar testimo-
nio de que nos afectan los males ajenos, en lo cual hay
una muy grande solidaridad entre las almas.»
CAPITULO XXI
DEL MIEDO
Es miedo, según Aristóteles, la imaginación de un
mal que se aproxima; así tenemos miedo á los peligros
precursores del mal próximo, como son las tempestades,
las malas condiciones del tiempo seguidas de inundacio-
nes, hambre y peste; asimismo tememos la ira y los en-
ojos de quienes pueden causarnos daño; pues en el hecho
de tener fuerza y propósito de causarle es evidente que
amenaza algo malo. Los taimados, pérfidos y astutos
son más temidos que los sencillos y espontáneos.
Tienen miedo los que son temibles para los demás,
conforme á la frase del cómico Liberio: «Tiene que te-
mer á muchos aquel á quien muchos temen»; pues el
que causa á otros temor, á menos que esté loco, verá
que se halla en peligro de parte de todos ellos, de que
traten de librarse del miedo según el antiguo proverbio:
«se odia á quien se teme». No es así cuando son los te-
merosos aquellos de quienes no puede salir daño alguno
por no querer, ó porque carecen de fuerza; cosa muy
rara, porque nada hay tan débil que no sirva para ha-
cernos algún daño, sobre todo si se ofrece ocasión. No
perturban menos los males lejanos, v. gr., una muerte
incierta, que hasta los viejos confían que no esté dema-
siado cerca.
De otro modo define también Aristóteles el medio
CAP. XXl. — DEL MIÍDO 29^
como una perturbación por la creencia del mal futuro,
ya molesto solamente, ó ya fatal. Dice que, en efecto,
no lo tememos todo, por ejemplo, el llegar á ser mal-
vado, ó ignorante, sino aquello que nos traiga graves
molestias espirituales ó la destrucción corporal; y esto
casi concretado á la vida civil, de la cual trata aquel
autor en las reglas de Retórica; pues la mayoría de las
gentes no concederán como un mal la ignorancia y el
vicio, sino lo que perjudique al cuerpo ó al sentimiento;
aunque quienes gozan del privilegio del talento no te-
men menos el desconocimiento de las cosas buenas, y el
vicio, que otros las enfermedades y la muerte. Por eso
puede el miedo definirse más claramente así: es el enco-
gimiento de ánimo por algo que á uno parece malo cuando
se piensa que va á venir; y como nace el miedo del pen-
samiento del peligro, temen más los que más reflexionan,
como son los prudentes, virtuosos y experimentados.
Los peligros próximos, aunque no amenacen directa-
mente, nos causan el temor propio de que no tenemos
lejos el mal. Esa proximidad puede ser de lugar, como
en la frase: «cuando arde la pared vecina»; ó por seme-
janza de condiciones, por ejemplo, tiembla el ladrón
cuando ve colgar á otro, la mujer encinta al saber que
ha muerto una en el puerperio; siendo mayor la pertur-
bación cuanto más parecida es la condición, sobre todo
en aquello de que procede el mal; por eso al castigarse
á un salteador que hirió además de robar, se estremece
el que ha cometido el mismo crimen; y si existe alguna
diferencia, es menor el miedo, v. gr., el que no hizo más
que robar, sin herir; ó si aquél fué preso hallándose
solo, y éste tuvo cómplices; si el primero pernoctaba en
una posada y el segundo en una cueva. Igualmente
cuando murió de fiebre cuartana uno que se dejaba lle-
var demasiado de la bebida, tiene menos miedo un abs-
tenio que también la padece.
3oó
LIBRO TERCERO
Ante todo, el miedo contrae y debilita el corazón:
para aliviarle, le envía la naturaleza el calor superior, y
si éste no basta, también el inferior, de donde procede
la palidez y el frío.
Al temblar el corazón, tiembla todo el cuerpo, el cual
sigue el movimiento de aquél, de ahí el titubeo y vacila-
ción de la palabra; y eso mismo es de observar en otras
pasiones en que el corazón late con mucha rapidez, como
en la ira y en la alegría, igualmente con el ejercicio. Con
el miedo sale la voz débil, porque el calor baja desde el
corazón y las regiones superiores; con la ira es más
fuerte porque sube. También se erizan los cabellos por
comprimirse los vasos con el frío, y se quedan rígidos.
Aquellos que tienen cerca del corazón poca sangre ca-
liente son cobardes; por eso los de corazón voluminoso
por la proporción de ese líquido, son tímidos natural-
mente como la liebre, y también las palomas y los cier-
vos, por carecer de hiél, en la cual puede encenderse la
sangre; pues á aquellos en que se hincha la bilis amari-
lla, les hierve la sangre cerca de los intestinos, y se ha-
cen valientes y vigorosos; los que tienen sangre gruesa,
abundante y cálida junto al corazón, son de ánimo firme
y audaz, precisamente por esa abundancia de calor, ele-
mento principal de la confianza en la cual se conserva
largo tiempo la materia, por su densidad y fortaleza.
Mas cuando el calor escaso se retira dentro del pecho,
hácese más débil el corazón y tiembla más; de ahí que
el colorearse el rostro con el miedo es prueba de un es-
píritu pusilánime, al paso que es lo contrario en el que
palidece, pues la naturaleza favorece al corazón, con el
auxilio de calor y sangre que de todos lados le envía.
Cuando el calor disminuye, crece el miedo en el cora-
zón desamparado, y hasta el vientre se afloja. Por eso
dice con razón Homero del cobarde «que se le cae el co-
razón á los cálcanos».
CAP. XXI. — DEL MIEDO 3oi
Hay que advertir que toda opresión del corazón por
pesadumbre y temor, aun por enojo y también por
algún deseo refrenado, se llama angustia. A veces se
presenta sin estado pasional, sólo en virtud de algún
humor espeso que obra sobre el corazón. Tales son los
efectos corporales del miedo. En cuanto á los del alma,
perturba y confunde los pensamientos; acertadamente se
ha dicho: «^Gómo ha de investigar los cielos y los ele-
mentos aquel que siempre esté dominado por el miedo
de la pobreza, de la esclavitud, de la muerte?» Y aquella
frase es también exacta: «El pavor me arranca del alma
toda la ciencia.» El tener ánimo en los peligros y poder
adoptar resoluciones en cada momento y á la mano, como
dejaron escrito Tito Livio de Aníbal y Salustio de Yu-
gurta, no sólo es de hombres los más esforzados y de
aquellos que no se conmueven fácilmente por los peli-
gros, sino también de personas agudas y de gran talen-
to. Se forman así por la práctica y larga experiencia, ó
bien los ha formado ya y dispuesto la naturaleza tenien-
do sangre abundante, cálida y líquida cerca del corazón;
que envía al cerebro copiosos vapores, sutiles y templa-
dos. Dice Plinio — y á sus palabras nos remitimos — :
«En ningún animal produce el pavor tanta confusión
como en el hombre.» Aquellos que por condición de ca-
rácter se inclinan al miedo, no hallan bastantes razones
y consejos para recobrar el ánimo y para mostrarse con-
fiados. Grande es y poderosa la fuerza de la naturaleza
cuando existe por dentro, esto es en la primitiva consti-
tución; á menos que haya una meditación vigorosa y
continua para despreciar los peligros, para fortalecer el
ánimo frente á los males hasta persuadirse firmemente
de que aquellos que tememos no son tan dañosos, ó de
que hay dispuestos bienes mayores si nos libramos del
mal temido, ó males mayores si no esquivamos y vence-
mos los que nos amenazan.
002 LIBRO TERCERO
Acertadas son las palabras que pone Salustio en boca
de Catilina: «Tengo bien sabido, soldados, que las pala-
bras no infunden valor, y que una arenga del general no
es capaz de hacer valiente al cobarde, ni animoso al tí-
mido. El arrojo que cada cual tiene ya por naturaleza ó
ya por costumbre ese es el que manifiesta en la guerra.
A quien no mueven la gloria ni los peligros no hay para
qué darle consejos: el temor de su alma le cierra los
oídos.» Si se intenta convencer al temeroso de que el
miedo le perjudica más y hace más grandes los daños,
mayor temor siente, como sucede en las enfermedades
contagiosas en las que causa mucho daño la imaginación
del mal, por moverse un miedo doble, el del peligro y el
del temor mismo.
Son consecuencias del miedo el abatimiento, la pro-
pia abyección, la condescendencia, la adulación, las sos-
pechas, la precaución que en las almas fuertes estimula
á buscar remedios al mal, al paso que en los débiles en-
tra la consternación, la perturbación y la desanimación;
aparece también la pereza, la desesperación y postra-
ción que nos convierten como en un ser yacente sobre el
cual se desploma toda amenaza. Por eso no hay calami-
dad en el alma mayor que la del miedo, ninguna escla-
vitud más repugnante; así es que el odio hacia la per-
sona temible se aguza con el miedo, cual piedra de afilar,
lo mismo que hacía el tirano; desea el alma afirmarse en
la libertad; recobradas fuerzas, se recalienta la sangre en-
friada, y, por efecto de la reacción, arde en ansias de ven-
garse. Esto hace muchas veces animosos á los que habían
sentido miedo, convierte en amos cruelísimos á los que
antes servían, llegando á sacudirse con gran ímpetu á
quienes los subyugaban.
Como en general otras pasiones, es también el miedo
suspicaz, y lo son todos los meticulosos: él aumenta la
importancia de las cosas, pues el peligro nunca es tan
CAP. XXI. — DEL MIEDO 3o3
grande como uno se le figura. Por eso sirve de alivio á
quien teme por un ser querido el presenciar sus peli-
gros, ó al menos conocerlos con toda claridad; estado
que expresa muy bien Ovidio en aquel conocido verso,
y los sucesivos, cuando hace exclamar á Penélope:
«Utilius starent etiam nunc moenia Trojae (i).»
Aumenta el miedo en la misma proporción que las
causas de donde nace; también con el temor de otros
que han pasado aquellos peligros y saben los males que
pueden traer, como sucede á los marineros que tiem-
blan al ver que el piloto se asusta ante la tempestad.
Los de ánimo intrépido aumentan nuestro miedo, si
ellos le tienen; por ejemplo, el soldado bisoño que ve
temblar á un veterano. Igualmente nos aterran más los
peligros cuando se debilita nuestro amparo, v. gr., el
pueblo que se asusta doblemente cuando muestran temor
los magistrados ó aquellos que acostumbraban á mirar
por la ciudad en tiempos de peligro; ó los pollos que
tiemblan al ver asustada á su madre. Asimismo, des-
pués de haber pasado vicisitudes muy duras, es mayor
nuestro miedo, como sucede en una pelea al que salió
gravemente herido en otra anterior.
Existe seguridad cuando pensamos que no hay peligro
alguno, ya por reflexión ó por ignorancia: lo primero,
si, libres de un peligro, creemos que no queda ningún
otro; ó despreciando en general todo cuanto pudiera
amenazarnos, juzgamos que nada malo nos ocurrirá.
Obran seguros también quienes no ponen interés ni cui-
dado por el bien que está amenazado de peligro, rique-
zas, fama, la vida misma; nada les queda de qué pre-
ocuparse, y por tanto que temer.
La ignorancia se refiere á aquellos que no piensan ni
(i) Heroid., Epist. i, y. 67.
304 LIBRO TERCERO
reflexionan, como el que está dormido, los niños, los
embriagados, aquellos que carecen de experiencia; ó
también á quienes tienen su atención en otros pensa-
mientos ó preocupaciones, ó están violentamente per-
turbados con la ira, la envidia, la ambición. Ya dijimos
arriba que nos hallamos seguros si tenemos la creencia
deque no existe peligro algnno para nosotros.
Sobreviene la confianza cuando en medio del peligro
cobramos aliento contra los males que se aproximan; y
nace, ó por aumentarse el color interno, v. gr., bebiendo
vino, ú otra cosa que fortaleza el corazón; ya merced
á otra pasión viva, como la ira, el amor, el deseo, el
miedo de un mal mayor, todo lo cual sirve, aun á los
más cobardes, en vez de presencia de ánimo. También
se presenta por medio de ciertos cantos, como se cuenta
del mismo Timoteo que con los sonidos de su lira ex-
citó primeramente á pelear á Alejandro de Macedonia, y
poco después le hizo calmar cambiando de música.
Surge la audacia cuando para rechazar los males ú
para conseguir bienes difíciles se levanta y arrebata el
ánimo, lo cual sucede mediante un mayor hervor de la
sangre, y por lo mismo se refiere á un sentimiento iras-
cible, según dijimos al tratar de la ira. Se aprecia el pe-
ligro por el lugar, el tiempo, las personas — nosotros ó
nuestros enemigos — por las fuerzas; la consideración
de todo lo cual aumenta la opinión del peligro ó la dis-
minuye, si vemos que nos puede perjudicar poco en tal
ocasión ó lugar, de parte de quien no quiere dañarnos,
ya por amor á nosotros ó por bondad de ellos mismos,
como sucede con la confianza en Dios.
Aquellos que no pudieron hacer daño, por carecer de
fuerzas, no se atreverán, por desconocer su poder, por-
que realmente no le tienen, ó no le entienden como los
caballos, los toros y aun muchos hombres, mientras
que nosotros podemos servirnos de la familia, amigos y
CAP. XXi.— DEL MIEDO 3o5
allegados, examinar y comparar entre sí nuestras fuer-
zas y recursos — que preservan tanto la parte invadida
como la invasora— . Al talento pertenecen la perspica-
cia, la erudición, la elocuencia; á la fortuna, las rique-
zas; á la salud, la complexión, el vigor, las medicinas; á
las dignidades, la autoridad y el favor; todo lo cual es
sumamente extenso y no toca á este lugar explicarlo.
Quienes afrontaron repetidas veces un mismo peligro,
saliendo de él incólumes ó con pequeño daño, se vuel-
ven más confiados para lo sucesivo, como sucede en la
guerra á los soldados veteranos; mientras que los peli-
gros nuevos, repentinos é inopinados impresionan y
llegan á consternar á los espíritus, por fuertes que sean;
en cuanto á los que ya teníamos previstos, y nos hemos
hecho casi familiares dándoles vueltas en el pensamien-
to, nos imponen menos, porque aquel constante pensar
sirve como una costumbre de sufrirlos, formando á
rnodo de un callo en el alma. Igualmente nos fortalecen
los ejemplos ajenos: si lo hizo éste y aquél ^por qué he-
mos de ser menos? Y cobramos tanto mayor ánimo
cuanto más creemos aventajar á los que arrastraron
los mismos peligros con éxito, en fuerzas suficientes
para soportarlos ó rechazarlos: en elocuencia, discre-
ción, favor, fortaleza, ó en auxilios de los amigos, de
lugar ó tiempo, del soberano, de Dios.
Cuando no estimamos grande y pernicioso el mal que
nos amenaza se reafirma el ánimo, v. gr., sabiendo que
hay dispuesto un bien mayor que le compense amplia-
mente, riquezas, erudición, gloria, la vida inmortal. El
horror y la desanimación que son efectos y consecuen-
cia del miedo en el alma se extienden hasta á lo pasado,
según la frase de Virgilio: «Horrorízase el alma aun con
el recuerdo», y cuentan de un tal Judeo en la Galia, que
al volver de noche del campo á su casa dormido sobre
su asno y habiendo pasado un puente, casi destruido,
20
3o6 LIBRO TERCERO
por una estrecha tabla, pensando al día siguiente en el
peligro que había corrido, se desmayó. Y es que la ima-
ginación nos ofrece el objeto como presente, según diji-
mos en otra parte.
Los temores se extienden aun hasta á lo meramente
posible: díganlo aquellos esposos que se lamentaban sin
compasión por haber estado conversando junto al fuego,
mientras que podían haber perdido el hijo único que te-
nían, que, sin embargo, estaba sano y bueno. Ese imperio
de la fantasía domina extensamente en todas las pasio-
nes. «Kl miedo se ha concedido al hombre para pre-
caverse de lo que ha de causarle daño antes que lle-
gue á él.»
CAPITULO XXII
LA ESPERANZA
La esperanza del deseo es una forma, á saber: la con-
fianza de que ocurrirá lo que deseamos. No tiene la evi-
dencia de la ciencia, sino la conjetura de la opinión, ya
probable ó ya posible, fundada en que muchas veces ha
sucedido cosa parecida ó en alguna ocasión; que en casos
iguales pasa lo mismo; que por alguna razón ó motivo
debe suceder; que es natural que ocurra, ó debe creerse
que será así en tal circunstancia, por cual causa, en este
momento, lugar ó situación.
En una palabra: no hay cosa alguna, por liviana, por
pequeña, lejana ó extraña que parezca á que no se ad-
hiera con facilidad el alma para buscar los auxilios de la
esperanza; de cualquier cantidad ó género que sea ello,
tiene suficiente fuerza para sostenerla: tan exigua es, y
de tal calidad de anzuelo y cebo. «Cosa agradabilísima
es la persuasión de la esperanza, y de primera necesi-
dad en la vida», en medio de tantas miserias, de vicisi-
tudes duras, poco menos que intolerables. Sin ese con-
dimento todo resultaría insípido y repugnante; por eso
tiene gran sentido la ficción de la caja de Pandora, en la
cual, desparramados y perdidos todos los demás bienes,
quedó sola en el fondo la esperanza, que es imagen de la
vida humana; así ha hecho el Artífice del mundo «que
con muy ligeros motivos nazca y se conserve la espe-
ranza)^.
CAPITULO XXIII
DEL PUDOR
Es el pudor el miedo de un desdoro que no trae daño
consigo. Aristóteles le definió: «Un dolor ó perturbación
del alma por cosas que parecen producir deshonor.»
Refiérese á todo tiempo, el presente y el pasado, el fu-
turo y hasta el posible; y, no sólo versa sobre el desdoro
en sí, sino aun sobre el peligro de que admitamos algo
en que parezca haber riesgo de vileza.
Siendo, pues, el pudor un miedo de deshonra, influye
mucho en quienes tienen apego al honor, los cuales te-
men lo contrario de éste como un grave mal.
Así lo vergonzoso como lo honroso, son de muchas
clases, unas propias de la naturaleza misma, por ser
afectas ó refractarias, naturalmente, al hombre: la justi-
cia, la humanidad, la modestia, son cosas bellas y deco-
rosas; son deformes sus contrarias.
Puede lo vergonzoso derivarse del primer delito que
se comete; al corromperse ya la naturaleza, disminuye
la bondad y prevalece el vicio. Este reside en toda mani-
festación libidinosa, según leemos en el Génesis, cuando
los primeros cónyuges cubrieron su desnudez después
de la desobediencia; y ello es debido á que la nobleza del
alma humana, al ver que sus órganos no la obedecen,
sino que se guían por algún motivo y pasión propia,
retira de su presencia y oculta al siervo que se resiste y
CAP. XXIII. — DEL PUDOR SoQ
al subdito rebelde. Por eso aquellos cuyos dichos miem-
bros no desobedecen á la razón y á la voluntad huma-
nas los ocultan menos en la presencia y en la mención,
porque no sienten tanto pudor: así pasa en la inocencia
primitiva, en los ancianos y en los niños, donde con la
pubertad viene también el pudor de aquellos objetos.
Asimismo hay otra clase de vergonzoso en la ofensa
natural de los sentidos: en un olor ó aspecto feo y re-
pugnante, como sucede con todo excremento corporal,
particularmente en los que salen por los grandes des-
agües del cuerpo; cosas que son de suyo vergonzosas;
teniendo el carácter de alguna obscenidad, y debiendo
evitarse las palabras y referencias de ambos géneros,
porque necesariamente mueven la inteligencia y la fan-
tasía del que las oye; así, en los dados á placeres sexua-
les excita la imaginación actos pecaminosos de deseo; en
personas tristes, repugnancia y náuseas con perturba-
ción de todo el cuerpo, si son un poco delicadas. Con
esto se refuta aquella maliciosa censura de los cínicos á
la humanidad porque tiene vergüenza de mentar actos
necesarios, sin ser pecado, como el procurar hijos, eva-
cuar el vientre, sonarse, orinar, y no se avergüenzan de
hablar públicamente de vicios y crímenes, por ejemplo,
de latrocinios, hurtos, fraudes, traición á la Patria, viola-
ción de leyes, tiranía. Pero esta mención de delitos, aun
siendo nefandos, no mueven la fantasía hacia cosas ver-
gonzosas ó perjudiciales al cuerpo, y las otras sí, aunque
sean necesarias y convenientes á la naturaleza; además,
las personas prudentes se abstienen de mencionar tales
actos ante quienes sospechan que pueden imitarlos al
enterarse, si bien más por el peligro ajeno que por pro-
pia bajeza, y si refieren alguno de ellos es condenándole
para advertencia de los oyentes. Estas formas de lo de-
forme y lo decoroso dan origen á reglas de las costum-
bres y juicios humanos; siendo por eso de gran impor-
5lO LIBRO TÉRCÉRÚ
tancia saber cómo pensamos de aquéllas nosotros y
aquéllos por cuyo criterio nos guiamos.
El concepto del decoro y de la deformidad se forma
por las costumbres ó por las opiniones admitidas; de ahí
que las cosas parecen más ó menos feas á cada cual, se-
gún los sentimientos de las gentes con quienes vivimos y
tratamos; así, nada hay más oprobioso para el soldado
que la cobardía; para el comerciante, la pobreza ó la falta
de lealtad; para el aficionado á la literatura, la ignoran-
cia; cualquiera de estos defectos que se les atribuye les
causa pudor, y hasta las semejanzas, imágenes ó signos
de ellos.
Son vicios los actos contra lo piadoso y lo lícito, contra
lo equitativo, el derecho, las leyes; contra las institucio-
nes de los antepasados, contra las costumbres del país,
contra los preceptos de los sabios y los consejos de los
prudentes.
El carecer de las bellas cualidades que adornan á otros
semejantes nuestros, ya sean particulares, como la falta
de educación noble en un joven ilustre, ó ya públicas,
como la de las leyes ó de la libertad en una nación, suele
contarse entre los vicios, como si fuesen cosa que hemos
perdido por propia culpa ó que no hemos adquirido.
Las cosas que se apartan de la razón común imprimen
vergüenza, ya se trate de vicios verdaderos ó de cosas in-
diferentes, como una estatura enorme ó una exigua, la
deformidad de la boca ó del cuerpo, los defectos de pro-
nunciación; y, no sólo nos avergüenzan nuestras defor-
midades, sino las de aquellos que son muy allegados
nuestros, las cuales redundan en nosotros como las nues-
tras en ellos: por ejemplo, las de nuestros padres, abue-
los, hijos, nietos, consanguíneos; de los soberanos y los
subditos, de los tutores y pupilos. Es la mayor de todas
la de los padres, consignada en aquel verso griego: «Na-
die es tan excelente y confiado en sus virtudes á quien
CAP. XXIII.— DEL PUDOR 3ir
no afecte la ignominia de sus padres»; porque los vicios
de ellos parecen derivar en nosotros, cual hereditarios,
por la semejanza de naturaleza.
Con todo, para quien considera bien las cosas, nada
de aquello lleva consigo un pudor justo y legítimo, ex-
cepto los casos en que hay alguna culpa de nuestra parte,
como pasa en los defectos de los encomendados á nues-
tro cuidado y gobierno: hijos, discípulos, esposa, pupi-
los, subditos, clientes, la familia y amigos en general,
según la frase: «Tolerando los vicios del amigo los haces
tuyos»; y lo mismo en aquellos que á nuestra solicitud
toca evitar «ó corregir; por lo cual hasta las leyes, los
hábitos piadosos y las buenas instituciones tradicionales
en un país no tienen buena fama en otros si aquél no se
mejora con todas aquellas cualidades, como dijo San Pa-
blo: «Por vosotros se habla mal del nombre de Dios en
las naciones.»
Con motivo del pudor y de la ignominia ajenas, tam-
bién nos avergonzamos al conocerlos, ó si hemos sido
sus causantes ó maestros, auxiliares y colegas; lo mismo
cuando alguien se avergüenza sin motivo, no siendo
digno de él ese sentimiento; también nos sonrojamos de
la impudencia ajena al ver que no se inmuta, ó muy
poco, aquel que debía avergonzarse. Los que ven que no
se les muestra la reverencia que estiman se les debe,
por ciertas personas, ó en algún lugar, tiempo ó circuns-
tancia, no sólo se avergüenzan sino que se indignan y
encolerizan á menudo, tanto más cuanto mayor es el
mérito que se atribuyen, y son más apasionados del
honor. Las personas modestas se avergüenzan de reci-
bir alabanzas ordinarias, como dice Cicerón de Cayo
Aquilio en la oración por Publio Quintio: es que temen
hacerse sospechosos de arrogancia si escuchan impávi-
dos sus elogios, como pareciendo que los reconocen y
aprueban.
3í2 LIBRO TERCERO
Aun los que desconocen esas diferencias entre lo feo
y lo decoroso tienen miedo á la deshonra, y otras veces se
avergüenzan sin motivo como los niños y la mayoría de
loscampesinos— deaquí elrubor característicodeéstos — .
Pero los que de nada de ello se preocupan tampoco se
avergüenzan, cosa debida á distintas causas; unos lo ig-
noran por falta de educación, v. gr., los rústicos, los hijos
de gente pobre, otros por haberse echado á la vida vi-
ciosa hasta perder completamente los respetos propios
del hombre, por ejemplo, los ladrones, meretrices. y me-
diadores; los hay también que van impulsados á la des-
esperación por sus desgracias, y de ahí á odiar el honor,
como los miserables, los mendigos ydeshonrados. Otros,
en cambio, se creen superiores á todos los demás, y que
pertenecen á una clase que no tiene que guardar respeto
alguno á nadie, como los soberanos, los maestros, los
padres y los ancianos, los hombres arrogantes que des-
precian á todos cual inferiores; de otro lado, los que
piensan modestamente de sí propios, sienten más á me-
nudo pudor, no de parte de las cosas, sino de su condi-
ción misma; y los que se ufanan de no ser. inferiores á
nadie ni subditos, afectan de propósito su impudencia,
á la par que buscan ocasión en que se deba manifestar
pudor para ostentar esa confianza en sí mismos.
Están en la mejor y principal categoría los corifeos
de la ciencia que se burlan de estas vulgares distincio-
nes de los conceptos, teniéndolos ellos muy superiores,
más minuciosameute pensados y conformes al criterio
de verdad.
Al discernir lo hermoso y lo deforme se tienen en
cuenta las circunstancias de «lugar»; así, v. gr., en
Etiopía no es feo el color negro, ni la pequenez de esta-
tura entre los pigmeos, ni el robo en Lacedemonia; las
de «tiempo», por ejemplo, los juegos y bromas durante
las fiestas saturnales; las de «personas», bien sea la pro-
ÓAP. XXlII. — DEL PÚDÓR 3l3
pia, V. gr., porque es más indecoroso en un magistrado
que en un particular hacer una cosa fea; bien la ajena,
cuando nos avergonzamos más en presencia de aquellos
cuya reprobación tememos que nos traiga mayor des-
honra, ya por nuestro concepto de ellos, v. gr., de pa-
dres, tutores ó maestros, ya por el de todos ó de la ma-
yoría, de los príncipes y de los más considerados en
sabiduría, en su juicio de las cosas, en virtud, y muy
principalmente, de aquellos que están exentos de la ig-
nominia que tememos, pues menos vergüenza nos causa
hacer algo indecoroso entre los que obran de igual
modo.
Más nos avergonzamos ante aquellos que nos causan
respeto; lo contrario nos sucede con las personas á cuyo
juicio no damos importancia, como son los niños y los
necios. Lo que se hace delante de muchos causa más
pudor que si es en presencia de pocos, con circunstan-
cias iguales por lo demás; así, nos da mucha vergüenza
hacer manifestación de algo indecoroso á vista de quien
sospechamos que habrá de referirlo, y más aún que lo
divulgará por todas partes, como hacen los que tienen
esa costumbre, los habladores, los que lo hacen con
gusto, V. gr., los enemigos ó quienes tienen medios al
efecto, como los escritores de renombre ó los que tratan
con muchas y elevadas personas.
Si el amor está unido con la opinión de grandeza, va
también acompañado del pudor; en otro caso, no le lleva
como sucede entre iguales. Se entiende por grandeza
toda alta cualidad que se reputa como tal, ya sea de
condición y fortuna, ya de cuerpo, alma y entendimien-
to. También contribuye al pudor la esperanza, pues
cuando esperamos recibir algún bien de cualquier géne-
ro, ó creemos que lo es, de una persona, nos invade el
rubor en presencia de ella, á la más pequeña señal de
falta de decoro, por miedo de que se frustre nuestra
3l4 LIBRO TERCERO
esperanza, pues deseamos vivamente parecería bien
para lograr nuestro fin.
Son signos de la fealdad: el acto de reprender ó incre-
par, la gritería, la burla y mofa, las palabras, señales y
gestos, las voces desordenadas.
El pudor hace afluir á las mejillas el rubor, ó sea la
vergüenza; porque el peligro del miedo es de una condi-
ción que para desecharle hace falta el auxilio del cora-
zón, es decir, del calor que en él se acumula. Mas tam-
bién hay en el pudor cierta perturbación del alma por la
creencia del desdoro; entonces se arrebata el calor á la
cabeza y de allí se esparce por el rostro. Por eso á
M. Catón no gustaba que el niño se quedase pálido en
momentos de pudor, ni que el soldado enrojeciese en la
pelea; en éste es prueba de cobardía; en aquél, de con-
fianza propia é impudencia.
Más vergüenza nos causan nuestras torpezas presen-
ciadas, que oídas, y mucho mayor ante la vista de per-
sonas á quienes respetamos. Por eso es general bajar la
vista el avergonzado; á veces separarla ó cerrar los ojos.
Al sonrojarse los niños se los cubren con las manos, y
también la cara, en un movimiento natural.
Al tratar Sócrates del amor, en el Fedro de Platón,
ocultábase la cara con el manto, como si se ocupase en
materia poco digna de él; de aquí la verdad del prover-
bio «El pudor está en los ojos».
Apenas aparece en la oscuridad; y si lleva uno en-
vuelta en ropa la cabeza y no es conocido, es menor el
pudor, si bien hay gentes más delicadas que, aun estan-
do solas, se avergüenzan, ya cuando ejecutan algo feo,
ya por recordar lo que hicieron.
El pudor perturba el alma, como el miedo, aunque no
con tan gran tormento; con todo, confunde las ideas y
arroja fuera los pensamientos acertados.
Puede esto comprobarse en personas doctas y cuerdas
CAP. xxíii. — DEL Pudor
iii
al empezar á hablar ante la multitud ó ante algún prín-
cipe á quien tengan gran respeto.
El deseo poderoso de alguna cosa sacude la vergüenza,
como pasa entre los amantes ó cuando se está en peligro
de perder algo querido, la vida, un hijo.
Por ese motivo no se avergüenzan mucho los avaros
si tienen alguna esperanza de lucro. Tampoco los viejos,
ya por hallarse entre jóvenes, á quienes consideran
como inferiores ó como hijos, á menos que los tengan
por más fuertes, como sucede con príncipes, poderosos,
ó bien que sean sus patronos; también sucede lo mismo
si no los impulsa tanto el decoro ó el desdoro, como lo
útil ó lo inútil.
Se ha concedido el pudor á los hombres «á modo de
un pedagogo». En efecto: así el niño como el joven care-
cen de consejo por ignorancia de las cosas de la vida; si
confían en sí propios, sufrirán muchos perjuicios, y,
á fin de conformarse con la opinión de los prudentes, tie-
nen por estímulo el pudor, que los hace respetar á sus
superiores.
Son superiores, por razón del número, cuando se re-
únen muchos; otros por edad, la práctica en la vida, la
prudencia, la instrucción en leyes y costumbres, las opi-
niones paternas, ya universales ó en mayoría, ó de aque-
llos que están en gran predicamento. Nada, por tanto,
es más útil para quien desconoce los deberes humanos;
además, impiden que se desborden y divaguen las pasio-
nes, sirviendo de educación á niños y mujeres, de las
cuales nada ha podido decirse más deprimente que lo
consignado en las Sagradas Escrituras respecto de aque-
lla «que había desechado el pudor»; así también la sen-
tencia del filósofo, que vio avergonzarse á un niño:
«Está tranquilo, hijo mío; ese es el color de la virtud.»
Además sirve de freno para los vicios, á fin de que no
se lance el joven á actos que sean indecorosos é incon-
^i6
LIBRO TERCERO
venientes para él y para los demás, porque no ejecuten
cosa alguna torpe ó pecaminosa, con malicia ó falta de
decoro, ya por razón de la persona, de la edad, del tiem-
po y el lugar, de la vida social y de la humanidad. Es,
en fin, grandemente necesario el pudor a todos cuantos
havan de vivir en mutua comunicación v sociedad.
CAPITULO XXÍV
DEL ORGULLO
Es el orgullo una hinchazón del alma por creencia de
un bien eximio, que da honor y mérito, y que puede ser
actual, pasado ó futuro. Están clavadas en nuestro pecho
las raíces de ese mal, porque de su amor nace el que
cada uno se profesa naturalmente á sí mismo, el cual,
cuando va unido á la ignorancia, se obceca y hace que
nos creamos mejores que todos, y muy dignos, por lo
mismo, de cualesquiera bienes. Esta opinión pasa de
nosotros á aquellos á quienes amamos en extremo, por-
que son otros «yo», según hemos dicho antes.
Así, la fuente primera del orgullo es el inconsiderado
amor que cada cual se tiene á sí propio, y, como todo
aquello que surge inconsideradamente, tiene que influir
mucho en las personas rudas, burdas ó estúpidas, en las
imprudentes é irreflexivas, pues los doctos, despiertos y
moderados, aquellos que dirigen su vista hacia adentro,
reconocen bien que ningún mortal tiene de qué envane-
cerse. Los biliosos, aun los instruidos y agudos, están
expuestos á ese mal de no contenerse con gran reflexión
y refrenarse, por decirlo así; se lanzan violentamente en
medio de perturbaciones del alma, y también porque el
fuego se propaga con facilidad, y la cólera esparcida por
todo el cerebro sacude de pronto, como de un golpe,
toda la fuerza de la razón. Muy á menudo esa gran os-
3l8 LIBRO TERCERO
curidad de la irreflexión ensombrece la inteligencia,
hasta el punto de que los más orgullosos son quienes
tienen menos motivos y más nimios para ensalzarse.
Del orgullo nace la arrogancia, pues como el orgulloso
se cree digno de los mayores bienes, estima grandes,
únicos, los más excelentes de todos aquellos que posee y
de donde toma origen su orgullo: así, el noble, su raza;
el hermoso, la belleza; el agudo, el ingenio. Cuanto á
esto se agrega de otra parte, es pequeño, inferior á su dig-
nidad; pero si se atribuye á otros, se piensa que excede
del mérito y calidad de ellos, por envidia y malevolen-
cia, que son compañeros del orgullo. Todo lo que sea
capaz de conquistar honor, autoridad y dignidades trata
de obtenerlo realmente ó finge que lo posee, y evita cuan-
to de cualquier modo pueda dañar á su estima; de aquí
su ardiente deseo de ostentar los bienes de que goza, de
hacerlos ver á los demás; su cuidado y diligencia en
ocultar sus vilezas, no sólo en las cosas mismas, sino
por su lenguaje jactancioso, con los gestos de todo el
cuerpo. Y como nuestra admiración aumenta el valor
de aquello que es raro, nuevo, inaudito y singular,
queremos que los demás se convenzan de que lo po-
seemos, exhibiéndolo en las dotes del alma, en las cosas
del cuerpo, en aquello que toca á la vida, hasta en el
comer, vestir, jugar y andar; en las mayores futilidades
donde nada importa conducirse y obrar de este ó de
otro modo. Aun en aquellos puntos en que es peligrosa
la novedad, afecta el orgulloso discrepar de los demás,
abrirse por sí propio el camino que emprende; de ahí
nuestras absurdas afirmaciones en la enseñanza para
demostrar que ha implantado algo nuevo; de ahí la mal-
querencia hacia los que hacen cosas mejores ó iguales,
pues consiguen que no sean únicas y propias nuestras,
que es lo que más apetecemos.
Nada desea tanto el orgulloso como alguna semejanza
CAP. XXIV. — DEL ORGULLO 3ig
con Dios; no ciertamente por bondad, sino por el poder
V la grandeza; el no necesitar de nadie, y de él muchos;
no ser subdito de ninguno, pero tenerlos él numerosos;
que nadie le haga beneficios, y poder hacerlos él. Para
ostentar los orgullosos su grandeza se conducen en una
forma que no es amable, sino temible: aparentan y se
jactan de tener riqueza, recursos, poderío, desprecio de
los demás como muy distantes de sí; no se dignan con-
versar con ellos; usan un tono de voz grave; emplean
palabras sonoras, trágicas, la irrisión y la burla, quere-
llas y amenazas, haciéndose intolerable su insolencia en
hechos y dichos. En cualquier género de disputa apa-
rece su indomable pertinacia, contra toda autoridad y
frente á la verdad más evidente, hasta en contra de lo
que es bueno y útil al mismo orgulloso; porque todo lo
pospone á su preeminencia para no ser inferior en cosa
alguna. Por eso no toleran ser amonestados ni quieren
ser enseñados; todo cuanto han adquirido lo mantienen;
de ahilas sectas y partidos; preferirían que cambiase la
verdad y la índole de las cosas antes que sus afirmacio-
nes, aun sabiendo que son erróneas muchas veces. Sigue
al orgullo la ira, porque piensa que nunca se le conoce
tanto como merece; luego el deseo de venganza, el cas-
tigo en las ocasiones, ó también la circunspección hacia
toda palabra, signo ó gesto ajenos que pueda indicar algo
deshonroso para él.
El orgullo es suspicaz; convierte en calumnia, con la
interpretación más maliciosa, lo que se ha dicho ó eje-
cutado con la mayor sencillez.
Por esta malacostumbre, equivalente á una exagerada
indulgencia consigo propio, el espíritu se hace sensible
en extremo y muy poco sufrido respecto de todo cuanto
sucede contra su voluntad; de ahí el enojo, la indigna-
ción más rabiosa y las reprobaciones, no sólo contra los
hombres, sino hasta contra Dios, tácitas las más veces;
320 LIBRO TERCERO
Otras, expresas y manifiestas. Esta ignorancia tan crasa:
esta falta de reñexión tan imprudente no nos permiten,
cuando meditamos sobre nuestros bienes, pensar de
quién proceden; quién nos los dio, de qué modo y por
qué razones. No nos ocurre la idea de Dios; creemos
que es nuestra aplicación y diligencia, nuestro mérito,
quien nos los ha proporcionado, y así leemos en Eze-
quiel de la persona del diablo: «Yo me formé», que equi-
vale á «besar su mano», cosa que es una gran im-
piedad.
El orgullo se desliza en el alma prodigiosamente como
por terreno minado; á menudo nace de grandes virtudes;
otras veces nos envanecemos pensando en nuestra mis-
ma moderación, y aun al reflexionar que somos orgu-
llosos y lo sentimos, vuelve el alma sobre sí, pero segui-
mos siéndolo porque la degrada su orgullo.
Es en verdad ondulante aquel reptil enemigo nuestro;
mas también está muy corrompida nuestra materia por
la larga tradición de los vicios. En ocasiones despierta
el orgullo un régimen recto de vida; «enferma curando»,
según la antigua expresión, y «se eleva inclinándose»,
como se cuenta de la palma. En efecto: cuando aconse-
jamos á uno que confíe en su virtud, que es un bien ver-
dadero y sólido, y no en nuestro linaje, riquezas, belle-
za, elocuencia, instrucción y favor, que son cosas vanas,
ocurre muchas veces que, despreciando la advertencia,
cree que lo principal en él es aquello de lo cual se le
manda no ensalzarse, y que posee gran erudición, be-
lleza ó dotes semejantes, puesto que ve ser necesario un
remedio para no engreírse con tan buenas cualidades.
Así, al aplicar la medicina, se recrudece la enfermedad,
pues se rechaza aquélla por molesta ó se omite como
inútil; mientras que resulta agradable y se favorece
cuidadosamente la causa de la enfermedad, que pa-
rece contener un honor. Por eso hace falta gran arte
CAP. XXIV. — DEL ORGULLO 321
para reprimir esta fiera de tan múltiples formas y
cabezas.
El orgullo impide que se hagan grandes progresos en
la ciencia, en parre por vergüenza de aprender á fin de
no parecer inferior, y también porque los orgullosos
pasan la mayor parte de la vida en la ambición, la envi-
dia, la ira y el afán de venganza. Ocupados de esta
suerte, no cabe en su pensamiento idea alguna sana. Y
así como los animales envenenados, cuanto comen algo
saludable lo convierten en veneno, cuanto hace el or-
gullo lo aplica á procurarse honores y conseguir reputa-
ción. Como desea ser singular y único, al oír hablar de
alguno con alabanza, presenta al instante sus méritos
para comparar, como superiores. Preguntado Temís-
tocles cuál era la música más grata á su oído, contestó:
«El lenguaje de quien me alaba.» Gusta que le enco-
mien hasta por aquello que, no sólo está cierto de no te-
nerlo, sino que también lo saben otros; así dijo una mu-
jer á su sirvienta que la ensalzaba: «Mientes; pero me
agradas.» Siente que los demás se fijen, piensen y
hablen de otra cosa que de él mismo, creyendo que
no hacen su deber, pasándole por alto, según es-
cribe Tranquilo acerca de Calígula. Por eso quisieran
que se borrase toda altura como perjudicial á su propio
esplendor, de igual modo que ciertos príncipes sien-
ten una tácita molestia cuando se recuerda el poder
divino, y desean que nadie, ni el mismo Dios, fuese su-
perior á ellos. Calígula aparentaba tener enemistad con
Júpiter.
Tan convencido está el orgulloso de su preeminencia,
que cree debía estar hbre de las leyes humanas, y que-
dar inmune aunque haga lo que quiera, á la vez que es
un juez severísimo para los demás, y no sólo que sean
impunes sus actos, sino lo que es más intolerable aún,
que haya exentos de las leyes, de la naturaleza, en cosas
21
322 LIBRO TERCERO
bien hechas, sin ser subditos del sumo y omnipotente
Dios; así algunos creen vergonzoso orar en los templos,
rogar á Dios humildemente, arrugar el rostro al recuer-
do de los delitos, ó verter algunas lágrimas. Oportuna
es la exclamación consagrada al orgullo: «Se avergüen-
za de tener miedo á César.»
El orgullo hace al alma hinchada, y por lo mismo
vacía, como el fuego al agua, y así lo vemos en los cuer-
pos biliosos, dondeseproducenfácilmente flatos y vientos.
En toda clase de vicios, excepto el orgullo, pueden
coexistir la paz y la concordia, á lo cual aluden los. Pro-
verbios de Salomón: «Entre los orgullosos siempre hay
querellas»; porque los otros viciosos desean lo que to-
dos desean conseguir, no así los primeros. El soberbio
sólo tiene algún viso de amistad con aquel que le está
sometido, ó por adulación en las cosas ó por condescen-
dencia en las palabras. No hay que persuadir al orgu-
lloso de que se abstenga de las pasiones que son fronte-
rizas de la humillación: el miedo, la alegría abierta, la
condescendencia, la ostentación; si bien aquél se rebaja
en ocasiones para ser luego más ensalzado; de igual
modo que retroceden los que quieren saltar más, así á
veces complace con la mayor abyección para dominar
con menos poder, y se somete aun á los más necesita-
dos y los menos puros si con ello cree ganar un paso en
la dominación, como sucedió antiguamente á Cayo Ma-
rio y Julio César, y ocurre á diario á nuestros príncipes.
Existe también una cierta cortesía y educación orgu-
llosísima, no por honor de otro, sino de nosotros mis-
mos, para ser considerados como buenos y prudentes y
bien educados: de tales dice Jesús en el Eclesiástico:
«Hay quien se humilla malignamente, y sus interiorida-
des están llenas de engaño.»
Esta pasión es muy efervescente: nace y crece en si-
tios, tiempos y lugares cálidos; por ejemplo, en el me-
CAP. XXIV. — DEL ORGULLO 323
diodía, en las guerras y altercados. Cuando mayor im-
portancia se da al bien que creemos poseer, más levanta
su cresta esa especie de gallo, como si fuese el más raro,
que disfrutaron muy pocos, los más distinguidos, ó nin-
gún humano. Se examinan y tienen en cuenta las opinio-
nes de los presentes: así se envanece en los campamen-
tos y en los francos de guerra el soldado animoso; el
sabio ilustre en las academias; al contrario, pierde bríos
el hombre estudioso en medio de los arreos militares,
como el soldado entre los libros. Por lo mismo los más
orgullosos de todos son los nobles, y los hermosos,
porque así el linaje como la belleza son muy apreciados
en todas partes; además, los ricos, porque, como dijo el
sabio: «todo obedece al dinero», y á quien le tiene se le
da honor universalmente.
El orgullo se quebranta: primero por la sabiduría,
por la reflexión en nuestra vileza; también cuando sa-
bemos claramente que los otros no ignoran que carece-
mos de los bienes que aparentamos, ó saben que no son
nuestros, sino con relación al tiempo: lo mismo si vie-
nen tantos males que preponderen sobre los bienes creí-
dos y nos llevan al encogimiento de alma, ó al miedo y
horror por el gran peligro que haya.
Siendo una pasión cálida, se entibia con el enfria-
miento del cuerpo, por los alimentos, por el lugar; los
bienes pasados, si los consideramos en sí, nos levantan
el ánimo, al par que le deprimen si los comparamos
con la vergüenza déla suerte actual, pensando que los
perdimos por culpa nuestra, y más si además es infame,
por traición, hurto, latrocinio, adulterio, azar, impru-
dencia ó locura.
No era mala aquella primera semilla del orgullo, de
la cual degeneró en tan gran maldad; era para que el
hombre, creyéndose nacido en condición excelente, se
amase y considerase digno de los bienes mayores y
324 LIBRO TERCERO
verdaderos, esto es, de los celestiales, para desearlos
con toda su alma. Pero, caído en la ignorancia, se apartó
mucho de aquel rin hasta parar en el deseo de cosas
viles y las más vanas, á las cuales llamó bienes, y las
puso en lugar de aquellos otros eternos.
Brujas, año de i538.
índice
PAGS.
Prólogo V
Introducción xi.'i
Nota biográfica xxxix
Prefacio i
Libro primero 5
Capítulo I. — De la facultad acreedora 12
Cap. II. — De la generación 17
Cap. III. — De los sentidos 22
Cap. IV. — ^De la vista 24
Cap. V.— Del oido 28
Cap. VI. — Del tacto 32
Cap. VII. — Del gusto 34
Cap. VIII.— Del olfato 36
Cap. IX. — De los sentidos en general 38
Cap. X. — Del conocimiento interior 45
Cap. XI. — De la vida racional 50
Cap. XII. — ¿Qué es el alma? 52
Libro segundo 67
Capítulo I. — De la inteligencia simple 70
Cap. II. — De la memoria y el recuerdo 73
Cap. III. — De la inteligencia compuesta 84
Cap. W. — La razón 85
Cap. V. — >E1 juicio 97
Cap. VI. — Del ingenio loi
Cap. VIL — Del lenguaje 108
Cap. VIII. — De la manera de aprender 112
Cap. IX. — Del conocimiento ó la noción 121
Cap. X, — De la reflexión 125
Cap. XI. — La voluntad 127
Cap. XIL — Del alma en general 135
320 ÍNDICE
PAGS.
Cap. XIII.— Del sueño 138
Cap. XIV. — De los ensueños 142
Cap. XV. — El hábito 149
Cap. XVI. — De la vejez 152
Cap. XVII. — De la longevidad 155
Cap. XVIII.— De la muerte 158
Cap. XIX. — De la inmortalidad del alma humana... 160
Libro tercero 183
Capítulo I. — Enumeración de las pasiones 190
Cap. II. — Del amor 193
Cap. III. — Los deseos 205
Cap. IV. — De ambos géneros de amor indistinta-
mente 208
Cap. V. — Del favor 22^
Cap. VI. — ^De la veneración ó respeto 229
Cap. vil — ^De la misericordia y la simpatía 235
Cap. VIII. — iLa alegría y el gozo 241
Cap. IX. — El deleite 244
Cap. X. — De la risa 250
Cap. XI. — Del disgusto 255
Cap. XII. — Del desprecio 259
Cap. XIII. — ^De la risa y el enojo 260
Cap. XIV.— Del odio 271
Cap. XV. — De la envidia 273
Cap. XVI.— De los celos 281
Cap. XVII. — De la indignación 285
Cap. XVIII. — De la venganza y de la crueldad 288
Cap. XIX. — De la tristeza 292
Cap. XX. — De las lágrimas 296
Cap. XXL— Del miedo 298
Cap. XXII. — La esperanza 307
Cap. XXIIL— Del pudor 308
Cap. XXIV.— Del orgullo 317
ESTE TOMO SE ACABO DE IMPRIMIR
EN LA TIPOGRAFÍA DE ''lA LECTURA
EL DÍA 14 DE NOVIEMBRE
DEL AÑO MCMXVI
EDICIONES DE LA LECTURA
PASEO DE RECOLETOS, 25. MADRID
CLÁSICOS CASTELLANOS
OBRAS PIBLICADAS
Santa Teresa. — Las Moradas. Prólogo y notas por don Tomás
Navarro. (Vol. i.o de la Bibl.)
Tir.so de Molina. — Teatro. {El Vergonzoso en Palacio y El Bur-
lador de Sevilla.) Prólogo y notas por don Américo Castro.
(Vol. 2.0 de la Bibl.)
Oai'cilaso. — Obras. Prólogo y notas por don Tomás Navarro. (Vo-
lumen 3.0 de la Bibl.)
<^"ervantes. — Dox Quijote de la Mancha. Prólogo y notas por don
Francisco Rodríguez Marín, de la Real Academia Española.
(Vols. 4.0, 6.0, 8.0, 10, 13, 16, 19 y 22 de la Bibl.)
Qnevedo. — Vida dki. Buscón. Prólogo y notas por don Américo
Castro. (Vol. 5.0 de la Bibl.)
Torres Villarroel. — Vida. Prólogo y notas por don Federico de
Onís. (Vol. 7.° de la Bibl.)
Duque de RiA-as. — Romances. Prólogo y notas por don Cipriano
Rivas Cherif. (Vols. 9.0 y 12 de la Bibl.)
B.o Juan cTe Avila. — Epistolario espiritual. Prólogo y notas por
don Vicente G. de Diego. (Vol. 11 de la Bibl.)
Aretpreste (Te Hita. — Libro de Buen Amor. Prólogo y notas por
don Julio Cejador. (Vols. 14 y 17 de la Bibl.)
Guillen de Castro. — Las Mocedades del Cid, Prólogo y notas por
don Víctor Said Armesto. (Vol. 15 de la Bibl.)
3rarqués die Santillana. — Canciones y decires. Prólogo y noíns
por don Vicente G. de Diego. (Vol. 18 de la Bibl.)
Fernando de Rojas. — La Celestina. Prólogo y notas por don Ju-
lio Cejador. (Vols. 20 y 23 de la Bibl.)
Villcíías. — Eróticas o amatorias. Prólogo y notas por don Narciso
Alonso Cortés. (Vol. 21 de la Bibl.)
Poema de >íio Cid". Prólogo y notas por don Ramón Menéndez
Pidal, de la Real Academia Española. (Vol. 24 de la Bibl.)
La Vida de Tiazarillo de Tormes. Prólogo y notas por don Julio
Cejador. (Vol. 25 de la Bibl.)
Fernando de Herrera. — Poesías. Prólogo y notas por don Vicente
García de Diego. (Vol. 26 de la Bibl.)
Cervantes. — Novelas ejemplares. (La Gitanilla. Rinconete y Corta-
dillo y La Ilustre Fregona.) Tomo L Prólogo y notas por don Fran-
cisco Rodríguez Marín, de la Real Academia Española. (Vol. 27
de la Bibl.)
Fray Luis de León. — De los no?*ibres de Cristo. Tomo L Prólogo
y notas por don Federico de Onís, (Vol. 28 de la Bibl.)
Fray Antonio de Guevara. — Menosprecio de Corte y alabanza
DE ALDEA. Prólogo v notas por don M. Martínez de Burgo>í
(Vol. 29 de la Bibl.)
Xiereniberg. — Epistolario. Prólogo y notas por don Narciso Alon-
so Cortés. (Vol. 30 de la Bibl.)
Quevedo. — Los Sueños. Tomo I. Prólogo y notas por don Julio
Cejador. (Vol. 31 de la Bibl.)
PRECIOS: En rústica, 3 pesetas; encuadernado en tela, 4;
ÍDEM EN piel. 5.
CIENCIA Y EDUCACIÓN
PUBLICADOS
P. 3íatorp. Pedagogía social. Traducción del alemán por Ángel
Sánchez Rivero. Precio : 6 pesetas rústica, 7,50 tela.
Rein. Resumen de Pedagogía. Traducción del alemán por Domingo
Barnés. Precio: 1.50 pesetas rústica, 2,50 tela.
Davidson. La Educación griega. Traducción del inglés por Juan
Uña. Precio : 3 pesetas rústica, 4 tela.
H. Weimer. Historia de ¡a Pedagogía. Traducción del alemán pot
Gloria Gixer de Ríos. Precio: 2,50 pesetas rústica, 3,50 tela.
I\ Xatorp. Curso de Pedagogía genera!. Traducción del alemán por
María de Maeztu. Precio: 1.50 pesetas rústica, 2,50 tela.
R. Altaniira. Filosofía de la Historia y Teoría de la civilización.
Precio : 2 pesetas rústica, 3 tela.
Abel Rey. Lógica. Traducción por Juli.án Besteiro. Precio : 6 pese-
tas encuademación tela.
Adolfo Posada. Felipe Clemente de Diego y otros. Derecho
usual. Precio : 8 pesetas encuademación tela.
Barth. Pedagogía. Tomos I y II : Parte general y parte especial.
Traducción del alemán por Luis Zulueta. Precio : 6 y 4 pese-
tas tela.
Abel Rey. Etica. Traducción por Manuel García Morente. Precio :
5 pesetas encuademación tela.
Abel Rey. Psicología. Traducción por DoMiNno Barnés. Precio:
5 pesetas encuademación tela.
Francisco Giner de los Ríos. Ensayos sobre educación. Precio:
6 pesetas rústica, 7,50 tela.
Brackenbury. La Enseñanza de ¡a Gramótic.:. Tr:iduci.i;n del inglés
por Alicia Pestaña. Precio: 1,50 pesetas rústica, 2,50 í.i.»
Oibbs. Levasseur y Sluys. La Enseñanza de la Geografía (mono-
grafías). Traducción y prólogo por Ángel Regó. Precio: 1,50 pe-
setas rústica, 2,50 tela,
JLavlsse, Monod, Altamira y Cossío. La Enseñanza de la Historie.
(monografías). Traducción por Domingo Barnés. Precio : 1,50 pe-
setas rústica, 2,50 tela.
Edmundo Lozano. La Enseñanza de las Ciencias físicas y natu-
rales. Precio: 1,50 pesetas rústica, 2,50 tela.
Oonipayré. Pestalozsi y la Educación elemental. Traducción por
Ángel Regó. Precio: 1,50 pesetas rústica, 2,50 tela.
Conipayré. Herbart. Traducción por Domingo Barnés. Precio: 1,50
pesetas rústica, 2,50 tela.
Conipayré. Herbcrt Spencer. Traducción por Domingo Barnés.
Precio: 1,50 pesetas rústica, 2,50 tela.
Pesttilozzi. Cómo enseña Gertrudis a sus hijos. Traducción del ale-
mán por Lorenzo Luzuriaga. Precio : 3,50 pesetas rústica, 5 tela.
Herbart. Pedagogía general y Escritos pedagógicos. Traducción del
alemán por Lorenzo Luzuriaga, y prólogo de José Ortega Gasset.
Precio : 3,50 pesetas rústica, 5 tela.
•Julián Besteiro. Los juicios sintéticos "a priorV^ según Kant.
Precio : i peseta rústica, 2 tela.
LíUis Zulueta. El Maestro. Precio: 0,60 pesetas rústica, 1,50 t,ela.
l'estalozzi. El Método. Traducción del alemán por Lorenzo Luzu-
riaga. Precio: 0,50 pesetas rústica, 1,50 tela.
Milton. De Educación. Traducción del inglés por Natalia Cossío.
Precio : i peseta rústica, 2 tela.
Montaigne. Ensayos pedagógicos. Traducción, prólogo y notas por
Luis de Zulueta. Precio : 3 pesetas rústica, 4,50 tela.
LIBROS ESCOLARES
^TJltoliOELCiOS ( Encuadehnados en tkla).
ARITMÉTICA. — Grados i. o, 2." y 3.0, por Luis Gutiérrez del Arro-
yo. Precio : 0,50, 0,75 y 1 peseta.
CIENCIAS FÍSICO-QUÍMICAS.— Grado 3.0, por Edmundo Lo-
zano. Precio : 1,50 pesetas.
HISTORIA UNIVERSAL.— Resumen^ por Lavisse, traducción y
adaptación por J. Deleito. Precio : 2 pesetas.
HISTORIA NATURAL, por Francisco de las Barras. Precio-.
^,50 pesetas.
-EL CONDE LUCANOR.— Adaptado para los niños por Ramón
M. Tenreiro, ilustrado por A. Vivanco. Precio : 75 céntimos.
XA VIDA ES SUEÑO.— Drama de Calderón de la Barca, adaptado
a manera de cuento por Ramón M.* Tenreiro, ilustrado por
F. Marco. Precio: 75 céntimos.
HERNÁN CORTÉS Y SUS HAZAÑAS, por la Condesa de Pardo
Bazán, ilustrado por A. Vivanco. Precio : 75 céntimos.
PLATERO Y YO. — Elegía andaluza, por Juan Ramón Jiménez,
ilustrado por Fernando Marco. Precio : 75 céntimos.
FÁBULAS LITERARIAS, por Tomás de Iriarte, ilustradas por
P. Muguruza. Precio : 60 céntimos,
EL CALIFA CIGÜEÑA y otros cuentos, de W. Hauff, narrados
por R. M. Tenreiro, ilustraciones de P. Muguruza, Precio :
75 céntimos.
Historia de España. — Grados i.o, 2.° y 3.0, por Rafael Altamira.
Geografía. — Grados i.o, 2.0 y 3.0 ^
Ciencias físico-químicas y naturales. — Grados i.o y 2.0, por
Edmundo Lozano y Ángel Cabrera.
Gramática castellana. — Resumen, por M. de Unamuno.
Geometría. — Resumen, por Luis Gutiérrez del Arroyo.
BIBLIOTECA DE JUVENTUD
F-Lil3lioa.ca.os
EL COXDE LiUCAXOR. — Adaptado para los niños por Ramón
M. Tenreiro, ilustrado por A. Vivanco. Precio : i .^o pesetas.
LA VIDA ES SUEÑO.— Drama de Calderón de la Barca, adaptado
a manera de cuento por Ramón M. Tenreiro, ilustrado por Fer-
nando !NLarco. Precio : 2 pesetas.
IIEKXAX CORTÉS Y SUS HAZAxAS. por la Condesa de Pardo
Bazán, ilustrado por A. Vivanco. Precio : 2 pesetas.
PLATERO Y YO. — Elegía andaluza, por Juan Ramón Jiménez^
ilustrado por Fernando Marco. Precio : 2 peseta^.
FÁBULAS LITERARLVS. por Tomás de Iriarte, ilustradas por
P. Muguruza. Precio : 2 pesetas,
EL CALIFA CIGÜEÑA y otros cuentos, de W. Hauff, narrados
por R. M. Tenreiro. ilustraciones de P. Muguruza. Precio : 2 pesetas.
J. J O K, O- E isr S E 3sr
VIDA DE SAX FRANCISCO DE ASÍS
. TRADLXCIOX DE RAMOX MARL\ TENREIRO
PRECIO: En rústica, 5 pesetas; encuadernado en piel, 8-.
SHAKESPEARE
EL. R, E "Sr 31. E -A. R
traducción de jacinto benavente
PRECIO: En rústica, 2 pesetas: encuadernado en tela, 3.
4pf
\
University of Toronto
Library
DO NOT
REMOVE
THE
CARD
FROM
THIS
POCKET
Acmé Library Card Pocket
Under Pat. "Ref. índex File"
Made by LIBRARY BUREAU